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(2) EL CONDUCTISMO



Sin duda que la posición general desarrollada en esta obra será estig­matizada, inocuamente, de "conductista". Por ello, es pertinente decir algo acerca del conductismo, que fue —en sus comienzos— una teoría referente a los métodos propios de la psicología científica. Sostuvo que debía seguirse el ejemplo de las ciencias adelantadas, actitud no adop­tada hasta entonces por los psicólogos. Las teorías psicológicas debían basarse en observaciones y experimentos reiterables y públicos. Pero las supuestas revelaciones de la conciencia y de la introspección no podían ser verificadas públicamente. Sólo el comportamiento mani­fiesto de las personas puede ser observado por diversos testigos, medi­do y controlado mecánicamente. Los primeros adherentes a este plan­teo metodológico parecen haber dudado entre afirmar que los datos de la conciencia y de la introspección eran míticos, o que no eran sus­ceptibles de investigación científica. No tenían en claro si estaban prestando adhesión a una doctrina mecanicista no muy sutil, como la de Hobbes y Gassendi, o si sostenían la teoría para-mecánica de Descartes, restringiendo sus procedimientos de investigación a los heredados de Galileo. No sabían si sostener que pensar, por ejemplo, consiste en hacer ciertos ruidos y movimientos complejos, o sostener que aunque esos movimientos y ruidos estaban conectados con procesos de nuestra "vida interna", constituían los únicos fenómenos de labo­ratorio.
Sin embargo, no interesa si el conductismo adoptó, o no adoptó en sus primeras etapas, una teoría mecanicista. Cualquiera hubiera sido el caso, se habría equivocado. Lo importante es que la tarea de des­cribir el que hacer de los hombres, realizada según sus recomendacio­nes metodológicas, hizo que muy pronto los psicólogos se dieran cuen­ta del carácter fantasmal de los acaecimientos "internos", pese a re­procharle al conductismo —al principio— haberlos ignorado o negado. Las teorías psicológicas que no hacían mención de las revelaciones de la "percepción interna" eran equiparadas a "Hamlet" sin el príncipe de Dinamarca. Pero el héroe fue visto, en seguida, como un ser sin sangre ni movimientos de modo que, aun los defensores de teorías de este tipo, comenzaron a sentir vergüenza de cargar sus espaldas con tamaños pesos teóricos.
Los novelistas, autores teatrales y biógrafos, siempre habían des­crito las motivaciones, pensamientos, perturbaciones y hábitos de la gente, relatando lo que ésta hacía, decía o imaginaba, o mostrando sus muecas, gestos y tonos de voz. Al concentrarse en lo mismo que había atraído la atención de Jane Austen, los psicólogos descubrieron que, después de todo, esas no eran meras características externas de los hombres, sino su contenido. Por cierto que continuaron sufriendo una ansiedad innecesaria debido a que, al quitar a la psicología la tarea de describir lo fantasmal, se la comprometió a describir lo meramente mecánico. Pero la influencia del espectro del mecanicismo disminuyó debido a que, entre otros motivos, en este período las ciencias bioló­gicas adquirieron su título de "ciencias". Los sistemas newtonianos no constituían ya el único paradigma de la ciencia natural. No era ne­cesario degradar al hombre a la condición de una máquina, como con secuencia de negar que fuera un fantasma en una máquina. Podría ser, después de todo, cierto tipo de animal: un mamífero. Quedaba por delante, todavía, el azaroso salto a la hipótesis de que, quizás, fuera un hombre.
El plan metodológico del conductismo ha tenido una influencia revolucionaria para el plan de la psicología. Más aún. Ha sido una de las fuentes de la sospecha filosófica de que la teoría de los dos mun­dos es un mito. No tiene mayor importancia que sus defensores se en­rolaran en una especie de teoría á la Hobbes y que llegaran a imagi­nar que la verdad del mecanicismo está implicada por la verdad de su teoría acerca de la investigación científica en psicología.
No me corresponde mostrar hasta qué punto los procedimientos concretos de investigación de los psicólogos se han visto afectados por su larga adhesión a la teoría de los dos mundos, ni hasta qué punto la revolución llevada a cabo por el conductismo llevó a modificar ta­les procedimientos. Creo que los buenos efectos del mito han superado, en definitiva, a los malos, y que la revolución conductista en contra de éstos ha sido más nominal que real. Los mitos no son siempre perju­diciales para el desarrollo de las teorías. A menudo, poseen en sus co­mienzos un valor inestimable. Los colonizadores se ven fortalecidos por el sueño de que el Nuevo Mundo es, detrás de su apariencia extra­ña, un duplicado del Viejo Mundo. El niño no siente tantos temores en una casa extraña si las barandas de la escalera parecen, a su mano, simi­lares a las de su casa.
Este libro no ha tenido como finalidad proponer a la psicología una metodología especial, ni criticar las hipótesis de tal o cual cien­cia. Su objeto ha sido mostrar que la teoría de los dos mundos es un mito —no una fábula— de los filósofos, tratando al mismo tiempo de comenzar a reparar el daño que este mito ha estado causando a la filo­sofía. He tratado de probar esta tesis, sosteniendo que los conceptos mentales más importantes han recibido, de parte de los filósofos, un comportamiento lógico equivocado. No he intentado probarla en base a la evidencia extraída de los problemas que preocupan a los psicólo­gos. Si mis argumentos tienen peso, resulta que tales conceptos han sido clasificados erróneamente, por motivos similares —aunque de mane­ras opuestas—, tanto por los mecanicistas como por los para-mecanicistas; tanto por Hobbes como por Descartes.
Para concluir. Si intentamos comparar la riqueza teórica de la teoría de la mente originada en Hobbes y en Gassendi con la de Des­cartes, debemos conceder —sin dudarlo— que la historia cartesiana ha sido la más productiva. Podríamos mostrar su oposición de la siguien­te manera. Un regimiento se instala en una fortaleza. Los soldados de otro regimiento del mismo ejército observan que el foso está seco, que carece de puertas y que las paredes están resquebrajadas. Desdeñando la protección de un recinto tan desvencijado, aunque guiados por la idea de que sólo pueden defender el país utilizando fortalezas, tratan de tomar posiciones en la cosa más parecida a una fortaleza que pue­dan ver: la sombra del fuerte decrépito. Ninguna de las dos posiciones es defendible y, obviamente, la fortaleza de sombras tiene, además de la propia, toda la vulnerabilidad de la de material. Sin embargo, los ocupantes de la fortaleza de sombras han demostrado ser mejores dado que han percibido la debilidad de la fortaleza real, aun cuando sean lo suficientemente tontos para considerarse seguros en donde se colo­caron. Si bien los dioses no son favorables a su victoria, han recibido muestras de que los soldados son capaces de aprender; han mostrado cierto sentido estratégico; se han dado cuenta de que una fortaleza cu­yas paredes estén resquebrajadas, no es una plaza fuerte. La próxima lección que tienen que aprender es que tampoco lo es la sombra que aquella proyecta.
Podemos aplicar esta metáfora a uno de nuestros problemas cen­trales. Desde cierto punto de vista, pensar es idéntico a decir. Los de­fensores de la teoría rival, rechazan esta identificación, aunque lo ha­cen erróneamente al sostener que decir es una cosa y pensar es otra. Las operaciones del pensamiento son numéricamente distintas de las opera­ciones verbales, y las controlan desde un lugar diferente a aquel en que se producen. Sin embargo, por idénticas razones a las que mostra­ron la vulnerabilidad de identificar pensar con decir, tampoco puede aceptarse esta solución. De la misma manera en que el hablar desor­denado y sin prestar atención, no es pensar sino balbucear, cualesquiera sean las operaciones fantasmales que se postulen tendrá que admitirse que también acaecen desordenadamente y sin que se les preste aten­ción. En consecuencia, tampoco serán un caso de pensamiento. Pero, llegar a ofrecer aunque más no sea una descripción errónea de la dis­tinción entre balbucear y pensar, implica reconocer la existencia de una distinción fundamental. El mito cartesiano supera los defectos del mito de Hobbes, duplicándolos. Pero también la homeopatía doc­trinaria presupone el reconocimiento de que existen enfermedades.


1 Mind y mental son usadas por la mayoría de los epistemólogos ingleses para abarcar la totalidad de la vida consciente, sin excluir lo volitivo y lo emocional. Contrariamente, en español esta exclusión parece ser usual, restringiéndose el sig­nificado de "mente" y "mental" a las facultades intelectuales. Recuerde el lector que, en lo sucesivo, ambos términos se deberán entender en su sentido más amplio. [T.]


2 He cambiado el ejemplo que usa Ryle ("She came home in a flood of tears and a sedan-chair") debido a que, en su traducción al español, no presenta la confusión categorial que ofrece en inglés. [T.]


3 El título original del capítulo es Knowing How and Knowing That, cuya traducción literal es "Saber Cómo y Saber Qué". La traducción adoptada ("Saber Hacer y Saber Qué. . .") presenta al lector -en un español más flexible- la clave de la distinción que Ryle traza entre dos sentidos diferentes de "saber" (o "cono­cer") . Además, existe en su favor el siguiente argumento: mientras que John knowt how to play the piano es inglés correcto, "Juan sabe romo tocar el piano" no es buen español debido a que, cuando "saber" (o "conocer") se usa en ese sentido, se omite "cómo", v. gr., "Juan sabe tocar el piano". En lo que respecta al segundo sentido, los puntos suspensivos que siguen a "saber qué" deben entenderse como un espacio que corresponde llenar con proposiciones. [T.]


4 * "Aptitudes inteligentes" debe entenderse como "aptitudes que muestran inteligencia o son susceptibles de ser calificadas de inteligentes". [T.]


5 * Ryk afirma, en el texto, que éste es el uso común de introspective. En­tiendo que en español, "introspectivo" no posee tal significado. Un sinónimo posible del término empleado por Ryle puede ser "introvertido", pero su aparición en el contexto destruiría el paralelo que quiere trazar. De ahí mi uso del potencial. [T.]

6 En realidad, la expresión corriente en español es "no soy el mismo". He optado por traducir literalmente el ejemplo ofrecido por Ryle, porque creo que pone mejor de relieve el tipo de cuestión que está tratando de aclarar. [T.]



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