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X - LA PSICOLOGÍA (1) EL PLAN PARA LA PSICOLOGÍA



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X - LA PSICOLOGÍA




(1) EL PLAN PARA LA PSICOLOGÍA



A lo largo del libro he dicho muy poco acerca de la psicología. Es­ta omisión puede haber parecido un rasgo de obstinación, dado que la obra podría describirse como un ensayo referente a la psicología, aun­que no científica sino filosófica. En parte, esta omisión se debe a lo siguiente. He estado examinando un grupo de conceptos que, regular­mente, emplea todo el mundo. Los conceptos de aprendizaje, práctica, intento, prestar atención, fingir, querer, ponderar, discutir, evitar, ob­servar, ver y estar perturbado, no son conceptos técnicos. Todos tene­mos que aprender a usarlos. El uso que de ellos hacen los psicólogos, no es distinto del uso con que los emplean los novelistas, biógrafos, his­toriadores, maestros, magistrados, guardavidas, políticos, detectives u hombres comunes. Aunque éste no es todo el cuento.
Cuando pensamos en la psicología como ciencia, nos inclinamos a equiparar —y a veces se nos alienta a hacerlo— sus planes oficiales con las investigaciones que los psicólogos efectivamente llevan a cabo; sus promesas públicas con su actuación en el laboratorio. Ahora bien: cuando se acuñó la palabra "psicología" hace doscientos años, se su­ponía que la leyenda de los dos mundos era verdadera. Se admitía, en consecuencia, que como la ciencia newtoniana podía explicar todo lo que existe y acaece en el mundo físico (creencia errónea, por cierto), podía y debía existir otra ciencia que fuera contrapartida de la primera y que explicara lo que existe y acaece en el mundo no-físico postulado. Y así como los científicos newtonianos estudiaban los fenómenos perte­necientes a un campo, debía haber científicos que estudiaran los fenó­menos pertenecientes al otro campo. Se pensaba que "psicología" debía ser el título correspondiente a un estudio empírico de los "fenómenos mentales". Además, como los científicos newtonianos descubrían y exa­minaban sus datos empíricos mediante la percepción visual auditiva y táctil, los psicólogos debían descubrir y examinar sus datos por medio de una percepción no-visual, no-auditiva y no-táctil, contrapartida de aquella.
Por supuesto que no se negaba que existían y podrían llegar a exis­tir otros estudios, sistemáticos y no sistemáticos, del comportamiento humano. Durante dos mil años los historiadores habían estado estudian­do las acciones y las palabras, las opiniones y proyectos de los hombres o de grupos de hombres. Filólogos, críticos literarios y polígrafos habían estudiado lo que los hombres hablaban y escribían, su poesía y teatro, su religión y filosofía. También los autores teatrales y los novelistas, al describir las maneras en que sus personajes imaginarios actuaban o reaccionaban, mostraban —en la ficción— la forma en que la gente de carne y hueso se comportaba o debía comportarse. Los economistas es­tudian las transacciones y expectativas reales e hipotéticas de los hom­bres en los mercados; los estrategas estudian las perplejidades y deci­siones reales y posibles de los generales; los maestros estudian el com­portamiento de sus alumnos; los detectives y los jugadores de ajedrez estudian las tácticas, hábitos, debilidades y aptitudes de sus adversarios. Sin embargo, de acuerdo con el plan para-newtoniano, los psicólogos deberían estudiar a los seres humanos de una manera totalmente dis­tinta. Deberían descubrir y analizar datos inaccesibles a los maestros, detectives, biógrafos o amigos; datos que no podrían representarse ni en un escenario ni en las páginas de una novela. Los demás estudios del hombre tendrían que restringirse a examinar las tiendas y casas que habitan los hombres reales. El estudio psicológico del hombre podría hacer uso de un acceso directo a sus residentes. Por supuesto que, hasta que los psicólogos no descubrieran y dieran vuelta la llave, el resto de los estudiosos del pensamiento y comportamiento humanos no podían esperar otra cosa que darse las narices contra puertas cerradas. Las acciones visibles y las palabras audibles producidas por los seres huma­nos, no eran —en sí mismas— actualizaciones de las cualidades de su ca­rácter o de su intelecto sino, únicamente, síntomas o expresiones exter­nas de su ejercitación real, aunque privada.
Dejar de lado la leyenda de los dos mundos implica dejar de lado la idea de que existe una puerta cerrada y una llave que queda, aún, por descubrir. Las acciones y reacciones humanas, las expresiones lin­güísticas dichas, o no, en voz alta, los tonos de voz, expresiones faciales y gestos, que han sido siempre los datos de los que han estudiado al hombre, son, después de todo, las únicas manifestaciones adecuadas para tal estudio. Ellos y sólo ellos han merecido, aunque afortunada­mente no han recibido, el pomposo título de "fenómenos mentales".
Pero, aunque el plan oficial para la psicología afirmaba que el objeto de su investigación consistía en acontecimientos de tipo diferente a los trozos de conducta humana accesible al resto de los estudios del hombre, esto es, acontecimientos que estaban "detrás" de ella, los psi­cólogos experimentales tenían, por fuerza, que quebrar esa promesa en su práctica cotidiana. El diario de un investigador no podía incluir observaciones de entidades no existentes y descripciones de lo mítico.

Los psicólogos prácticos se encontraron examinando las acciones, gestos y expresiones lingüísticas de locos e idiotas, de personas alcoholizadas, fatigadas, aterrorizadas e hipnotizadas y de víctimas de lesiones cerebra­les. Estudiaron la percepción sensorial como la estudian, por ejemplo, los oftalmólogos, haciendo y aplicando experimentos fisiológicos y ana­lizando las reacciones y respuestas verbales de los sujetos. Estudiaron la inteligencia de los niños, ordenando y comparando sus éxitos y fra­casos en base a varios tests de uso generalizado. Contaron los errores cometidos por los linotipistas en diferentes momentos de su jornada de trabajo y analizaron la propensión de sujetos diferentes para olvidar tipos diferentes de sílabas y frases, registrando sus éxitos y fracasos producidos al recitarlas después de un lapso variable. Estudiaron el comportamiento de los animales en laberintos y de los polluelos en incubadoras. Y también el atractivo —por su prometedor carácter "quí­mico"— principio de "asociación de las ideas", halló aplicación prác­tica en las respuestas lingüísticas dichas en voz alta por sujetos a quienes el investigador pronunciaba determinadas palabras.
No hay nada extraño en esta disparidad entre lo planificado y la práctica. La descripción formulada por los filósofos de sus objetivos y métodos ha concordado muy pocas veces con sus resultados y modo de trabajar efectivos. Prometieron, por ejemplo, brindar una descripción del Mundo como Totalidad a la que arribarían mediante un proceso de contemplación sinóptica. En la práctica, produjeron una discusión sumamente personal cuyos resultados, por más que hayan superado en valor al panorama que se observa desde el Vesubio, no han sido en ningún sentido importantes, como tal panorama.
Los químicos trataron de descubrir las propiedades del flogisto. Pero como no pudieron aprehenderlo, se reconciliaron consigo mismos estudiando sus efectos y manifestaciones externas. En la práctica, inves­tigaron el fenómeno de la combustión y pronto abandonaron el postu­lado de un elemento calórico no inspeccionable. Tal postulación fue una especie de fuego fatuo, que dio ánimo al aventurero para explorar selvas ignotas incluidas luego en mapas que, ingratamente, no hacían ya mención a esos falsos puntos de referencia. Los resultados de la inves­tigación psicológica no se habrán malgastado si el postulado de la exis­tencia de un elemento mental específico desaparece de la misma manera.
Sin embargo, todavía nos queda por contestar la pregunta: "¿Cuál debe ser el plan para la psicología?" Cualquier respuesta debe dar cuenta de la siguiente dificultad. Hemos observado que las operaciones de la mente humana son estudiadas, partiendo de los mismos datos, por los psicólogos, economistas, criminólogos, antropólogos, sociólogos, maes­tros, detectives, biógrafos, historiadores y jugadores; por estrategos, es­tadistas, patrones, confesores, padres, amantes y novelistas. ¿Cómo dis­tinguir las investigaciones "psicológicas", rechazando las demás? ¿Cuáles son los criterios que nos llevan a afirmar que los resultados estadísticos de los exámenes tomados en una universidad no son el producto de una investigación psicológica, mientras que lo son los resultados de los tests para medir la inteligencia? ¿Por qué no es un estudio psicológico el análisis que efectúa el historiador de las motivaciones, intenciones talento y limitaciones de Napoleón, mientras que el de Sally Beauchamp lo es? Si dejamos de lado la idea de que la psicología estudia ciertos fenómenos que los demás estudios referentes al hombre no in­vestigan y —con ella— la idea de que los psicólogos manejan datos a los que no tienen acceso los demás investigadores, ¿cuál es la diferencia específica entre la psicología y los otros estudios?

Parte de la respuesta podría ser la siguiente. El baqueano conoce la zona como la palma de su mano; conoce todos los caminos, huellas, arroyos, sierras y bosquecillos; puede orientarse, cualquiera sea el estado del tiempo, haya luz o no, y en cualquier estación. Sin embargo, no es un geógrafo. No puede trazar un mapa de la zona, ni explicar cuáles son sus límites con otras zonas cercanas. No sabe medir distancias con el compás ni determinar cuál es la altura sobre el nivel del mar de luga­res que, de otra forma, conoce tan bien. Carece de una clasificación ade­cuada de los diferentes tipos de suelo que hay en la zona y no puede hacer inferencias acerca del tipo de suelo que hay en zonas limítrofes. Al hablar de la zona, menciona todos los detalles que un geógrafo podría mencionar, pero no dice el mismo tipo de cosas acerca de ellos. No hace uso de generalizaciones geográficas, no utiliza métodos geográficos de medición y no emplea teorías generales con fuerza explicativa y predictiva. Podría sugerirse que, de modo parecido, el detective, el confesor, el maestro y el novelista pueden manejarse a la perfección con datos, obtenidos intuitivamente, que el psicólogo debe manejar con criterio científico. El conocimiento de aquellos sería similar al que tiene el hombre de campo, de las variaciones del tiempo. El del psicólogo, sería similar al conocimiento que el meteorólogo tiene del tiempo.
Esta respuesta nos permitiría establecer diferencia clara entre la psicología y los demás estudios científicos, o cuasi-científicos, acerca del comportamiento humano, tales como la economía, la sociología, la antropología, la criminología y la filología. Los bibliotecarios pueden estudiar el gusto del público apelando a métodos estadísticos pero, aun­que el gusto por cierto tipo de libros es una característica mental indu­dable, no aceptaríamos que tal estudio corresponda a la psicología.
La respuesta correcta a nuestra pregunta parece ser, que abandonar la idea de que la psicología es una contrapartida de la ciencia newtoniana —tal como se la representó, errónea pero piadosamente— impone abandonar la idea de que "psicología" es el nombre de una investigación única o de un conjunto de investigaciones íntimamente conectadas. Así como "medicina" es el nombre de un consorcio arbitrario de inves­tigaciones técnicas más o menos relacionadas, que no tienen ni necesi­tan tener un plan de acción específico, "psicología" puede usarse para denotar una federación fortuita de investigaciones y técnicas. Después de todo, el sueño de la ciencia para-newtoniana no sólo se originó en un mito, sino también en el sueño de una única ciencia (newtoniana) del "mundo externo". La afirmación errónea de un mundo independiente de "fenómenos mentales" se basó en un principio que impli­caba, además, negar cabida a las ciencias biológicas. El modelo carte­siano no dejaba espacio para Mendel o para Darwin. La leyenda de los dos mundos fue, también, una leyenda de las dos ciencias. Por ello, el reconocimiento de que hay muchas ciencias debe aventar todo recelo ante la sugerencia de que "psicología" no es el nombre de una única teoría homogénea. Pocos nombres de ciencias denotan tal tipo de teorías, o tienen la pretensión de hacerlo. Tampoco "juego de nai­pes" es el nombre de un único juego o de un conjunto de juegos ín­timamente relacionados.
La analogía entre la psicología y la medicina que he sugerido an­tes, es equívoca en un aspecto importante. Algunas de las investiga­ciones psicológicas más progresistas y útiles han sido, en un sentido amplio del adjetivo, investigaciones médicas. Entre otras, y por encima de otras, las investigaciones de Freud —el genio de la psicología— no deben clasificarse como perteneciendo a una familia análoga a la de las investigaciones médicas, sino como perteneciendo a esta familia. Tan profunda ha sido la influencia de las enseñanzas de Freud y tan peligrosamente populares se han vuelto sus alegorías que hay una fuerte tendencia a usar la palabra "psicólogos" para hacer referencia, únicamente, a quienes investigan y curan trastornos mentales. Por idénticos motivos, "mental" se usa, corrientemente, con el significado de "mentalmente trastornado". Quizás hubiera sido conveniente dar a la palabra "psicología" este sentido restringido. Pero el mundo aca­démico está demasiado acostumbrado a dar a la palabra un uso más hospitalario e indiscriminado, como para que tales reformas sean po­sibles o deseables.
Es probable que algunas personas intenten sostener que existe una distinción general y susceptible de formulación entre la investi­gación psicológica y el resto de las investigaciones referentes a las ap­titudes y al carácter de los seres humanos. Si bien los psicólogos no cuentan con datos exclusivos en los que fundar sus teorías, éstas son de un tipo diferente a las de los filólogos, expertos en camuflaje, an­tropólogos o detectives. Las teorías psicológicas ofrecen, u ofrecerán, explicaciones causales de la conducta humana. Por supuesto que exis­ten otras maneras de estudiar las operaciones mentales, pero la psi­cología difiere de todas ellas al tratar de descubrir las causas de tales operaciones.
La palabra "causa" y la frase "explicación causal" son, por cierto, expresiones solemnes. Nos traen el recuerdo de los impactos inaudi­bles de pequeñas bolas de billar invisibles que constituían la verdade­ra explicación científica de todo lo que acaece en el mundo, según aprendimos a imaginar erróneamente. De modo que cuando escucha­mos la promesa de ofrecer una nueva explicación científica de lo que decimos y hacemos, esperamos oír o ver alguna contrapartida de aque­llos impactos, algunas fuerzas o entidades en las que jamás soñamos y que no podemos tener la esperanza de observar en su mundo sub­terráneo. Pero si no estamos dispuestos a dejarnos impresionar, en­contraremos inaceptable la promesa del descubrimiento futuro de las causas ocultas de nuestras propias acciones y reacciones. Sabemos muy bien cuál fue la causa de que el granjero regresara del mercado con los cerdos sin vender: encontró que los precios eran más bajos de lo que esperaba. Sabemos muy bien por qué Fulano frunció el ceño y golpeó la puerta al salir: fue insultado. Sabemos muy bien por qué la heroína separó una carta y la leyó a solas: reconoció la letra de su amado en el sobre. Esta explicación causal la da el propio novelista. El niño sabe muy bien qué lo hizo escribir "225" cuando se le pregun­tó cuál era el cuadrado de 15: cada una de las operaciones realizadas lo llevó a realizar la inmediatamente posterior.
Como veremos enseguida, existe un conjunto de acciones, estados de inquietud y expresiones lingüísticas que el sujeto no puede expli­car. Pero las acciones y reacciones que puede explicar, no requieren una explicación ulterior de naturaleza distinta. Cuando sus causas son conocidas por el sujeto y por los demás, la promesa de noticias sorprendentes acerca de causas reales aunque ocultas, es un caso espe­cial de la promesa de noticias acerca de las causas ocultas de acaeci­mientos mecánicos cuyas causas ordinarias son obvias. El ciclista sabe qué es lo que hace que la rueda trasera de la bicicleta dé vuelta: la presión ejercida sobre los pedales que se transmite mediante la ten­sión de la cadena. Las preguntas, "¿Qué es lo que hace que la pre­sión en los pedales ponga la cadena tensa?" y "¿qué es lo que hace que la tensión de la cadena ponga en movimiento a la rueda?", le sonarán como irreales. Lo mismo le ocurrirá con la pregunta, "¿qué es lo que lo hace presionar los pedales para que la rueda trasera dé vuelta?"

En el sentido corriente según el cual todos podemos ofrecer "ex­plicaciones causales" para muchas de nuestras acciones y reacciones, la mención de aquellas causas no es un requisito previo para los psi­cólogos. Cuando un economista habla de "retracción de la oferta" se refiere, en términos generales, a episodios como el del granjero regre­sando con sus cerdos a la granja porque los precios eran demasiados bajos. Cundo el crítico literario discute por qué el poeta usó un me­tro distinto en una línea particular del verso, considera los problemas de composición que aquél tenía que resolver en esa circunstancia par­ticular. Tampoco el maestro necesita oír hablar de episodios ocultos para llegar a entender qué fue lo que hizo que el niño resolviera co­rrectamente el problema propuesto, porque ha sido testigo de los epi­sodios manifiestos que lo llevaron a ello.
Por otra parte, existen numerosas formas de comportamiento que no podemos llegar a explicar de esa manera. No sé por qué tenía tanta dificultad para hablar, ante la presencia de determinada per­sona; por qué soñé determinado sueño la noche pasada; por qué "vi" la imagen de una esquina cualquiera de una ciudad que conozco muy poco; por qué llamé a un amigo utilizando un nombre que no era el de él. Sabemos que estos son problemas psicológicos genuinos. Es po­sible que, si no aprendo un mínimo de psicología, no llegue a saber por qué cuidar el jardín me resulta una ocupación extraordinariamen­te atractiva cuando me esperan en mi escritorio numerosas cartas para responder. La pregunta acerca de por qué el granjero no vendió sus cerdos a determinado precio, no es de índole psicológica sino econó­mica. Pero la pregunta acerca de por qué no vendería sus cerdos a ningún precio a un comprador que tuviera determinado aspecto, es de índole psicológica. Aun en el camino de la percepción y en el de Ja memoria, parece aplicarse lo que decimos. En base a lo que sabemos, no podemos explicar por qué nos parece quebrado el bastón sumergido en el agua, ni por qué las conversaciones en un idioma extranjero nos parecen llevarse a cabo mucho más rápidamente que las conversaciones en nuestro propio idioma. Ambos son problemas psicológicos. Sin embargo, sentimos que se nos hace una promesa fuera de lugar cuando se nos ofrecen explicaciones psicológicas de nuestras estimaciones correc­tas de la forma, tamaño, iluminación y velocidad. Dejemos que los psicólogos nos digan por qué nos engañamos, que bien podemos decir­nos y decirles por qué no nos engañamos.
La clasificación y el diagnóstico de nuestras debilidades mentales requiere la utilización de métodos de investigación especializados. La explicación de las actualizaciones de nuestra aptitud mental no re­quiere otra cosa que buen sentido o los métodos especializados de los economistas, estrategas y educadores. Pero sus explicaciones no son cheques librados sobre las cuentas corrientes de diagnósticos más fun­damentales. De modo que no todas, ni siquiera la mayoría, de las explicaciones causales de las acciones y reacciones humanas, deben ser consideradas psicológicas. Más aún. No todas las investigaciones psicológicas pretenden ofrecer explicaciones causales. Con mayor o menor éxito, muchos psicólogos se dedican a diseñar métodos de medición y a ordenar los resultados obtenidos. Por supuesto que tienen la esperanza de que tales mediciones servirán, algún día, para estable­cer correlaciones funcionales precisas o leyes causales, pero su propio trabajo es, en el mejor de los casos, una etapa preparatoria de su ta­rea ulterior. De tal manera, "investigación psicológica" no puede de­finirse como la búsqueda de explicaciones causales.
Quedará en claro, ahora, por qué he dicho tan poco acerca de la psicología a lo largo de este libro. Su propósito ha sido, en parte, criticar la falsa idea de que la psicología es el único estudio empírico referente a las facultades y propensiones mentales y al comportamiento humano, conjuntamente con el falso corolario de que "la mente" es lo que puede describirse mediante los términos técnicos exclusivos de la investigación psicológica. Inglaterra no puede describirse utilizando, únicamente, términos propios de la sismología.




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