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(7) LA MEMORIA



Es conveniente agregar a esta discusión sobre la imaginación una breve referencia al proceso de recordar. Comenzaremos advirtiendo dos ma­neras diferentes de usar, comúnmente, el verbo "recordar".
a) El más importante y menos discutido de los sentidos de "recor­dar" es aquél en que recordar algo significa haber aprendido algo y no haberlo olvidado. Éste es el sentido en que hablamos de recordar el alfabeto griego, o el camino que tiene que seguirse para ir de un lado a otro, o la prueba de un teorema, o cómo andar en bicicleta, o que la próxima reunión será a fines de julio. Decir que una persona no ha olvidado algo, no es afirmar que, en el momento actual, está haciendo o padeciendo algo, ni tampoco que, regular u ocasionalmente, hace o padece algo. Es decir, más bien, que puede hacer determinadas cosas, como seguir el alfabeto griego, indicar a un extranjero cómo se lega a determinado lugar y corregir a la persona que insiste que la próxima reunión será a principios de julio.
Lo que se dice recordar, en este uso, es una lección que se ha aprendido, y lo que se ha aprendido y no se ha olvidado no necesita tener nada que ver con el pasado, aunque el aprendizaje precede, por supuesto, a la condición de no haber olvidado. En este uso, "recordar" puede parafrasearse a menudo, aunque no siempre, con el verbo "saber".
b) Muy diferente es el sentido de "recordar" según el cual se dice que una persona ha recordado o ha estado recordando algo en deter­minado momento; o en el que también se dice que recuerda o revive algún episodio de su propio pasado. En este sentido, recordar es un acaecimiento, algo que una persona puede tratar de hacer exitosamente o en vano. Algo que ocupa su atención durante un lapso y que puede hacer con placer o con aflicción, fácilmente o con esfuerzo. El juez im­pone al testigo que recuerde cosas, mientras que el maestro entrena a sus alumnos para no olvidarlas.
Recordar tiene ciertas características comunes con imaginar. Recuerdo, únicamente, lo que yo mismo he visto, oído, hecho y sentido, de la misma manera que me imagino viendo, oyendo, haciendo y dán­dome cuenta de las cosas. Mi recuerdo, lo mismo que mis imágenes, puede ser relativamente vivido, fácil, y relacionado con otras cosas. Más aún. Así como a veces imagino cosas deliberadamente, y a veces involuntariamente, también recuerdo deliberadamente y, a veces, involuntariamente.
Hay una importante relación entre la noción de no-olvidar y la de recordar. Decir que una persona está recordando algo, o que puede recordarlo, o que puede hacércele recordar, implica que no lo ha olvi­dado. Decir que no ha olvidado algo, no implica que lo recuerda o que podría recordarlo. Sería contradictorio decir que puedo recordar, o que recuerdo, las alternativas de una reunión en la que estaba presen­te, aunque no sé qué fue lo que ocurrió en ella. No es contradictorio decir que sé cuándo nací, o que me operaron de apendicitis, pero que no recuerdo los episodios correspondientes. Sería absurdo decir que puedo recordar, o que recuerdo, que Napoleón perdió la batalla de Waterloo, o cómo traducir del español al griego aunque no he olvidado tales cosas, dado que éstas no son el tipo de cosas que pueden recordarse en el sentido del verbo en que recuerdo cosas que he observado, o hecho. Los teóricos hablan, a veces, de conocimiento mnémico, creencia mnémica y de la evidencia de la memoria y, cuando discuten las "fuen­tes" del conocimiento y las maneras en que obtenemos el conocimiento de las cosas, hablan —a veces— como si la memoria fuera una de tales "fuentes" y como si recordar fuera una de tales maneras de adquirir conocimiento. En consecuencia, se suele ubicar a la memoria, junto a la percepción y a la inferencia, como una facultad o poder cognoscitivos. Recordar se ubica junto a percibir e inferir como un acto o proceso cognoscitivos.
Éste es un error. Si se pregunta a un testigo cómo sabe que algo tuvo lugar, puede responder que porque lo observó, o porque se lo di­jeron, o porque lo infirió de lo que había visto u oído. No podría responder que descubrió lo que tuvo lugar porque no olvidó lo que ha­bía descubierto o porque recordó que lo había descubierto. El recordar y el no-olvidar no son "fuentes" de conocimiento, ni tampoco —si esto es diferente— maneras de llegar a saber algo. El primero implica haber aprendido y no haber olvidado. El segundo consiste en haber aprendi­do y no haber olvidado. Ninguno de los dos es una manera de apren­der, descubrir o establecer cosas. Recordar lo que tuvo lugar no apela al uso de ciertas pruebas a partir de las cuales se efectúan inferencias probables respecto de lo que tuvo lugar, salvo en el sentido de que el juez puede hacer inferencias a partir de la que el testigo narra. El tes­tigo no afirma: "Recuerdo que el choque ocurrió después del trueno de modo que, probablemente, ocurrió después del trueno". No existen tales inferencias y, aun si las hubiera, un buen testigo es aquel que recuerda bien y no aquel que infiere bien.
Por cierto que el testigo puede ser llevado a admitir, aun para su sorpresa, que debe haber recurrido a su imaginación, puesto que, por una u otra razón, no puede haber recordado lo que dice recordar. En otras circunstancias podría reconocer voluntariamente que tiene dudas res­pecto a lo que recuerda. Pero del hecho de que los recuerdos pueden haberse construido, no se sigue que los recuerdos veraces son descubri­mientos o logros de una investigación. La persona a la que se le pide que diga lo que sabe acerca de la Vía Láctea, o que dibuje un mapa de los ríos y ferrocarriles de su país, puede decir y dibujar cosas que no sabe a ciencia cierta si representan los hechos, y puede sorprenderse al descubrir que ha estado haciendo eso o no tener la certidumbre de haberlo hecho. Pero nadie piensa que decir y dibujar son "fuentes" de conocimiento, maneras de descubrir cosas, o pruebas a partir de las cuales se pueden efectuar descubrimientos por vía de inferencia. Decir y dibujar cosas son, en el mejor de los casos, maneras de transmitir lo que ya se ha aprendido. También lo es recordar. Recordar es volver sobre algo, no es tener algo. Es como volver a contar, no como inves­tigar. Una persona puede recordar un episodio veinte veces por día, y nadie diría que descubrió veinte veces lo que había ocurrido. Si las últimas diecinueve veces no fueron descubrimientos, tampoco lo fue la primera.
Algunas descripciones de recordar dan la impresión de que cuando una persona recuerda un episodio que pertenece a su historia pasada, los detalles del mismo deben volver a ella mediante imágenes. La per­sona debe "ver" los detalles con "los ojos de su mente", o "escucharlos" "en la cabe/.a". Pero esto no tiene por qué ser así. Si un amante de la música desea recordar el error que cometió el violinista al interpretar cierta pieza, puede silbar la melodía o tocarla en su propio violín de la misma manera como lo hizo aquél. Si se repite fielmente el error puede decirse que recuerda el error del artista. Ésta podría ser la única manera de recordar cómo se equivocó el violinista, debido a que la persona o tiene facilidad para hacer que una canción le dé vueltas en la cabeza. De modo parecido, un mimo puede recordar los gestos y muecas de ñ predicador reproduciéndolos con sus propias manos y caras, debido que no tiene facilidad para ver cosas con los ojos de su mente. Un buen proyectista naval puede ser incapaz de recordar las líneas y el apa­rejo de un yate hasta que no se le facilite un lápiz para dibujarlos sobre el papel. Si la imitación del mimo y el dibujo del proyectista son bue­nos y si al equivocarse se corrigen sin necesidad de advertencias, todos quedarán satisfechos de que recuerdan lo que han visto, sin exigir nin­guna información adicional referente a la vivacidad, exactitud o rela­ción de sus imágenes visuales o, ni siquiera, a su existencia.
Nadie diría que el amante de la música, el mimo o el proyectista naval no han mostrado nada más que cómo se oyó la melodía, cómo se vio gesticular al predicador o cómo se divisó al yate. El recuerdo en base a imágenes no difiere, en principio, de este recuerdo. Tiende a ser superior en velocidad, aunque es muy inferior en eficiencia. Y, por supuesto, no tiene ninguna utilidad pública.
La gente tiende a exagerar mucho la fidelidad fotográfica de sus imágenes mentales. El principal motivo de esta exageración parece ser que encuentra fácil a menudo, y cuando se lo requieren o pregun­tan, ofrecer descripciones verbales detalladas, comprensivas y bien or­denadas de los episodios que ha presenciado. Se inclina a suponer que, dado que puede describir los episodios pasados casi con la misma fi­delidad con que lo pudo hacer en el momento de su acaecimiento, debe estar controlando su narración con algún tipo de réplicas o momentos de la escena ya desvanecida. Si la descripción de un rostro es tan bue­na cuando está ausente como cuando está presente, esto tiene que atri­buirse a la presencia de algo así como una fotografía de él. Pero esta es una hipótesis causal gratuita. La pregunta "¿cómo es que puedo describir fielmente aquello que observé con anterioridad?" es tan enig­mática como la pregunta "¿Cómo es que puedo visualizar fielmente aquello que observé con anterioridad?" La habilidad para describir lo que hemos aprendido en base a nuestra experiencia personal, es una de las mañas que esperamos de todos los que tienen competencia lingüís­tica. La habilidad para visualizar algunos aspectos, es algo que esperamos que haga, a veces, la gente común, y —casi siempre— los niños, los modelistas, los policías y los dibujantes de tiras cómicas.
El recordar puede, en consecuencia, tomar la forma de una narra­ción verbal fiel. Cuando lo hace, difiere del recuerdo por imitación y del recuerdo por medio de croquis, en que se dice qué ocurrió y no se lo representa (aunque decir algo trae consigo, a menudo, algún tipo de representación). Por cierto que nadie desearía hablar, en este caso, como si la narrativa fuera, o bien una "fuente" del conocimiento, o bien una manera de adquirirlo. No pertenece a las etapas de la manufactura y del depósito, sino a la etapa de la exportación. No es parecido a aprender lecciones, sino a recitarlas.


Sin embargo, la gente se inclina especialmente a pensar que el recuerdo visual vivido debe ser un tipo de ver algo y, en consecuencia una manera de encontrar algo. Uno de los motivos de este error puede expresarse de la siguiente manera. Si una persona sabe que ha tenido lugar un combate naval, sin haber sido testigo presencial, puede re­presentarse deliberada o involuntariamente la escena mediante imáge­nes visuales. Es probable que muy pronto llegue a representarse la batalla de manera bastante uniforme, así como es posible que llegue a narrarla de una manera casi uniforme, cuando le piden que cuente cómo fue la batalla. Pero aunque no pueda, quizá, evitar representarse la escena de esa manera uniforme, reconocerá pese a ello que hay una di­ferencia entre la manera en que se representa episodios que no ha pre­senciado y la manera en que los episodios no olvidados que ha presen­ciado "vuelven" a él en imágenes visuales. Tampoco puede evitar repre­sentarse estos episodios de una manera típica, pero la uniformidad parece ser compulsiva y no ser establecida —meramente— por la repetición. No puede "ver" el episodio como le da la gana, así como tampoco podría haberlo visto originariamente según su gusto. No podría haber visto el dedal en otro lado que sobre la chimenea, porque se encontraba allí. Y, por más que lo intentara, no podría imaginar haberlo visto en el balde del carbón. Por cierto que lo podría imaginar en el balde del carbón, al rechazar la afirmación de otra persona de que se encontraba allí.
El lector del relato de una carrera puede —sujeto a ciertas restric­ciones impuestas por el texto— representársela primero de una manera, y luego, deliberada o involuntariamente, representársela de otra. Pero el espectador de una carrera siente que los espectáculos alternativos le es­tán vedados en ese momento. Esto es lo que hace tentador decir que el recuerdo por medio de imágenes tiene algo similar a observar una foto­grafía o escuchar una grabación. El "no puedo" de "no puedo ver el episodio más que de una manera" es como el de "no puedo es­cribir «Edimburgo» como me plazca". No puedo escribir las letras que corresponden en el orden correcto y, al mismo tiempo, escribir otro conjunto de letras. No puedo deletrear "Edimburgo" tal como se debe deletrear y, al mismo tiempo, deletrearlo de distinta manera. Nada hay que fuerce a mi mano a escribirlo de una manera o de la otra, sino que es la lógica la que excluye que, al mismo tiempo, produzca la forma adecuada en que se escribe y otra forma arbitraria. De manera similar, no hay nada que me fuerce a representarme algo o a repre­sentarlo de una manera o la otra. Pero si estoy recordando cómo era la escena que presencié, entonces mi representación no es arbitraria. Tampoco me veo obligado a tomar este u otro camino para ir a un lugar. Pero si éste es el camino que lleva a él, entonces no puedo —lógicamen­te— tomarlo y, además, tomar otro camino.
Consideremos nuevamente el caso del amante de la música que reproduce el error del violinista silbando los compases pertinentes. El único sentido en que "tiene" que silbar como lo hace es que no reproducirá el error del violinista si lo hace de otra manera. Silba lo que silba, porque no ha olvidado lo que escuchó hacer al violinista. Pero "porque" no es del tipo causa-efecto. Su silbido no está causalmente controlado o gobernado por el desempeño inadecuado del violinista o por haberlo oído. Decir que no ha olvidado lo que oyó, es decir que puede hacer cosas tales como reproducir fielmente el error por medio del silbido. En tanto continúa teniendo presente el error que cometió el violinista, continuará estando en condiciones de hacer cosas tales co­mo mostrar cuál era el error, remedando fielmente el comportamiento original. Esto es lo que se quiere significar con "tener presente".
Si un niño que trata de recitar un verso se equivoca, en todo o en parte, no diremos que lo ha recitado. Tampoco citar erróneamente es citar algo. Si se nos dice que alguien ha deletreado o interpretado una palabra, no es adecuado preguntar "¿y lo hizo bien?", debido a que no la habría deletreado o interpretado si hubiera intentado hacerlo y lo hubiera hecho mal. Por supuesto que existen usos de esos verbos en los que tienen la misma fuerza que "tratar de deletrear" o "tratar de inter­pretar". En estos usos pueden ser calificados, con sentido, usando "exitosamente".
"Recordar", excepto cuando significa "tratar de recordar", es, tam­bién, un verbo de éxito. "Recordar sin éxito" y "recordar incorrecta­mente" son frases ilegítimas. Pero esto no implica que tengamos una facultad privilegiada que nos lleve a destino sin necesidad de preocupar­nos. Sólo significa que si, por ejemplo, nos representamos determinados episodios de una manera distinta de como ocurrieron en realidad, no estamos recordándolos, así como no citamos lo que otro ha dicho si le adscribimos palabras que no pronunció. Recordar es algo que, a veces, nos cuesta mucho trabajo y que, a menudo, no podemos realizar. También, a menudo, no sabemos si lo hemos logrado o no. Es así como podemos pretender que hemos recordado algo y darnos cuenta, después, de que no era así. Pero aunque "recordar" es un verbo de éxito, no es un verbo de búsqueda o de prueba. De manera parecida a "recitar", "citar", "describir" e "imitar" es un verbo de mostración o está em­parentado con verbos de esta clase. Recordar con facilidad no es ser un buen investigador, sino ser hábil en mostrar cosas. Es una aptitud na­rrativa, si es que "narrativa" va a cubrir, no sólo los casos de representa­ción no prosaica, sino también los de representación prosaica. Esta es la razón de por qué describimos los recuerdos como relativamente fieles, vividos y exactos y no como originales, brillantes o agudos. Tam­poco decimos que alguien es "inteligente" u "observador" simplemente porque recuerde bien las cosas. La persona aficionada a contar anéc­dotas no es una especie de detective.




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