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(3) LA TEORÍA DE LAS RÉPLICAS DE NATURALEZA ESPECIAL



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(3) LA TEORÍA DE LAS RÉPLICAS DE NATURALEZA ESPECIAL



Consideremos primero algunas implicaciones de otra teoría que sostiene que, cuando visualizamos algo, vemos —casi en el sentido ordinario del verbo— una réplica de naturaleza especial. Esta doctrina sostiene, en parte, que la réplica que veo no está, como lo están las fotografías, delante de mis ojos. Por el contrario, no está en el espacio físico sino en un espacio de otro tipo. En consecuencia, cuando una niña imagina que su muñeca le sonríe, ve la réplica de una sonrisa. Pero tal réplica no está donde se encuentran los labios de la muñeca, dado que éstos están delante de los ojos de la niña. Por lo tanto, la son­risa imaginaria no está, de ninguna manera, en los labios de la mu­ñeca. Sin embargo, esto es absurdo. Nadie puede imaginar una son­risa independiente de un rostro, y ninguna niña se contentaría con una muñeca que no sonriera y con la réplica separada e imposible de una sonrisa expuesta en otro lado. De hecho, ella no ve una sonrisa más que en los labios de la muñeca que tiene delante de sus ojos. Se imagina verla allí, pero no la ve y se asustaría mucho si así fuera. De modo similar, un mago nos hace "ver" (no, ver) que del sombrero que tiene en su mano cuando está parado en el esce­nario, salen conejos. No nos induce a que veamos (no, "veamos") conejos espectrales saliendo de un sombrero espectral que no está en su mano, sino en un espacio de otro tipo.
La sonrisa imaginada no es, en consecuencia, un fenómeno físico, o sea, un movimiento real en la cara de la muñeca. Tampoco es un fenómeno no-físico que la niña observa en un ámbito distinto al de su habitación o al de su andador. En tal caso, no existe la son­risa ni tampoco la efigie de la sonrisa. Lo único que existe es una niña que imagina que ve sonreír a su muñeca. Por lo tanto, aunque se representa realmente que la muñeca sonríe, no está mirando la réplica de una sonrisa; y aunque me imagino que veo salir conejos del sombrero, no veo salir verdaderos fantasmas de conejos de verda­deros fantasmas de sombreros. No es cierto que exista una vida real exterior que es imitada por réplicas internas. Lo que existe son cosas y eventos, personas que observan algunas de esas cosas y eventos, y per­sonas que imaginan que observan cosas y eventos que no están ob­servando.
Tomemos otro caso. Empiezo a escribir una palabra extensa y poco usada y, después de una sílaba o dos, encuentro que no sé cómo seguir. Quizá me imagino consultando un diccionario y, en algunos casos, puedo "ver" cómo se escriben las últimas tres sílabas. En este caso, es tentador decir que estoy viendo realmente una imagen de la palabra impresa, con la salvedad de que está "en mi cabeza" o "en la mente", debido a que leer la palabra que "veo" se parece bastante a leer la palabra que veo en la página del diccionario o a una foto­grafía de ella que también veo. En otra situación, comienzo a escribir la palabra y "veo" sobre el papel las próximas sílabas, exactamente en el lugar donde voy a escribirlas. Siento como si meramente es­tuviera siguiendo la sombra de la palabra sobre el papel. Sin em­bargo, es imposible decir, en este caso, que estoy mirando una ré­plica o fantasma de la palabra en un espacio extraño que no es el físico, porque lo que "veo" está sobre el papel a la derecha de la punta de mi lapicera. Debemos decir, nuevamente, que aunque ima­gino la palabra en cierto lugar, impresa en cierto tipo o escrita con determinada caligrafía, y aunque puedo leer sus sílabas, sin embargo, no existe tal imagen o fantasma de la palabra y no veo ninguna ima­gen o fantasma de ella. Me parece ver la palabra sobre el papel, y cuanto más vivida y sostenidamente me parece verla, más fácilmente puedo transcribir lo que me parece ver.
Como es sabido, Hume pensó que existían "impresiones" e "ideas", esto es, sensaciones e imágenes, y trató de encontrar —en vano— una línea divisoria clara entre estos dos tipos de "percepciones". Las ideas, pensó, tienden a ser más débiles que las impresiones y, en cuanto a su génesis, son posteriores a ellas, debido a que las copian o repro­ducen. Reconoció, sin embargo, que las impresiones podían tener cualquier grado de vivacidad y que, aunque toda idea es una copia, no viene rotulada como tal, así como las impresiones no vienen con la etiqueta de "original". De tal manera, una simple inspección no permite decidir si una percepción es una impresión o una idea. Pese a ello, queda en pie la diferencia crucial entre lo que se oye en una conversación y lo que se "oye" en sueños, entre las serpientes que vemos en el zoológico y las que "ve" un alcoholista, entre la habita­ción en la que me encuentro y el cuarto que habitaba cuando niño y en el que "podría estar ahora". Hume se equivocó al suponer que "ver" es una especie de ver, o que "percepción" es el nombre de un género que tiene dos especies: impresiones y fantasmas o ecos de im­presiones. No existen tales fantasmas y, si los hubiera, no serían meramente impresiones adicionales. Además, no pertenecerían a ver, sino a "ver".
La tentativa hecha por Hume para distinguir entre ideas e im­presiones, diciendo que estas últimas son más vivaces que las prime­ras, se basa en uno o dos errores. Supongamos, primero, que "vivaz" significa "con vida". En este sentido, una persona puede tener repre­sentaciones muy vivaces, pero no puede ver vivazmente. Una "idea" puede tener más vida que otra, pero las impresiones no pueden —en este sentido de "vivaz"— tener vida. De la misma manera, una muñeca puede parecerse más que otra a un ser vivo, pero esto no puede decirse de los niños. Afirmar, entonces, que la diferencia entre niños y muñe­cas reside en que los primeros tienen más vida que las últimas, es evidentemente absurdo. Un actor puede representar un papel con mayor veracidad que otro actor, pero cuando actúa en el escenario no puede decirse que actúe de esa manera. Por el contrario, si Hume usó "vivaz" en el sentido de "intensa", "aguda" o "fuerte", entonces estaba errado en otra dirección. Dado que las sensaciones pueden ser comparadas las unas con las otras como relativamente intensas, agudas o fuertes, no pueden ser comparadas con las imágenes. Cuando imagino que oigo un ruido muy fuerte, no estoy oyendo ni un ruido fuerte ni uno débil; no tengo, tampoco, una sensación auditiva suave, porque no tengo ninguna sensación auditiva, aunque estoy imagi­nando tener una, y muy intensa. Un grito imaginario no parte los oídos, ni tampoco es un murmullo fugaz; tampoco es más fuerte o débil que el murmullo que oímos. No lo ahoga ni es ahogado

por él.
De manera similar, hay dos clases de asesinos: los que matan a la gente y los que actúan como asesinos en un escenario. Estos últi­mos no son asesinos. No cometen asesinatos que tienen el desconcer­tante atributo de ser fingidos. Fingen cometer asesinatos reales, y fingir asesinar no implica asesinar, sino aparentar asesinar. Así como los asesinos fingidos no son asesinos, las visiones y sonidos imaginarios no son visiones ni sonidos. En consecuencia, no son visiones confusas o sonidos débiles. Tampoco existen visiones o sonidos privados. La pregunta "¿dónde está la víctima de su asesinato fingido?" no tiene respuesta, porque no hay víctima. La pregunta "¿dónde se encuentran los objetos que imaginamos ver?'' tampoco tiene respuesta, porque tales objetos no existen.


Se puede preguntar, "¿cómo puede una persona oír la canción que le da vueltas en la cabeza, a menos que exista una canción que pueda ser oída?" Parte de la respuesta es fácil: si el sujeto estuviera realmente oyendo una canción, no le parecería oír una o no imagi­naría oír una. De la misma manera, si un actor estuviera asesinando realmente a alguien, no estaría representando un asesinato. Pero hay más que esto. La pregunta "¿cómo puede una persona oír la canción que le da vueltas en la cabeza, a menos que exista una canción que pueda ser oída?", sugiere la existencia de un problema mecánico o para-mecánico (similar a los problemas relativos a trucos mágicos y a centrales telefónicas) y la necesidad de que se describan los procesos ocultos que lleva a cabo una persona cuando imagina oír una canción. Pero para comprender lo que significa decir que alguien imagina que oye una canción, no se requiere información acerca de procesos que puedan acaecer cuando lo hace. Sabemos reconocer desde niños las situaciones en las que podemos decir que una persona puede ver, oír o hacer cosas. El problema —si es que se trata de tal cosa— con­siste en interpretar esas afirmaciones sin caer nuevamente en la forma de hablar que empleamos para decir que se ven carreras de caballos, se oyen conciertos o se cometen asesinatos. Lo hacemos, cuando deci­mos que imaginar que uno ve un dragón es ver una imagen real de un dragón, o que fingir cometer un asesinato es cometer un asesinato falso, o que imaginar que uno oye una canción es oír una canción en nuestra mente. Adoptar estas prácticas lingüísticas es tratar de con­vertir conceptos que han sido creados, por lo menos en parte, para que funcionen como negaciones de hechos, en conceptos supeditados a un género particular. Decir que una acción es un asesinato falso no es afirmar que se ha cometido un asesinato débil o suave, sino que no se ha cometido ninguno. Decir que alguien imagina un dragón no es afirmar que ve borrosamente algo parecido a un dragón, sino que no ve ningún dragón, ni nada que se le parezca. De manera similar, la persona que "ve el Parnaso con los ojos de su mente", no está viendo la montaña o algo que se le parezca; no existe ninguna montaña delante de los ojos de su cara, ni ninguna montaña irreal delante de sus ojos no faciales. Sin embargo, es verdad que "podría estar viendo ahora el Parnaso" y, aun, que puede no darse cuenta de que no lo está haciendo.
Consideremos otro tipo de proceso imaginativo. A veces, cuando alguien menciona la fragua de un herrero, me veo transportado instantáneamente a mi infancia visitando la herrería vecina. Puedo "ver" vividamente la herradura al rojo sobre el yunque, "oír" menos vividamente los golpes del martillo sobre ella y mucho menos vivida­mente "sentir el olor" de los cascos chamuscados. ¿Cómo podríamos describir este "olor en la nariz de la mente"? El lenguaje corriente no nos proporciona ningún medio para poder decir que estamos oliendo la "representación" de un casco chamuscado. Como ya hemos dicho, en el mundo real existen rostros y montañas visibles, así como otros objetos visibles que son réplicas de rostros y de montañas. Hay personas visibles y efigies visibles de personas. Tanto los árboles como sus imágenes (ópticas) pueden ser fotografiadas o reflejadas en espejos. La comparación visual de las cosas que se ven con sus réplicas, es bastante corriente y fácil de llevar a cabo. Con respecto a los soni­dos no nos encontramos en tan buena posición, aunque existen sonidos y ecos de sonidos, canciones y grabaciones de canciones, voces e imita­ciones de voces. Es fácil, y tentador, describir la imaginación visual como si consistiera en mirar réplicas y no originales, y puede costar trabajo describir la imaginación auditiva como si se tratara de una manera de oír una especie de eco o de grabación en vez de oír el sonido original. Pero carecemos de tales analogías en el caso del olfato, del gusto o del sentimiento. Cuando digo que "sentí olor" a casco chamuscado, no hay forma de parafrasear el enunciado en otra expre­sión lingüística que diga "olí la réplica del olor a casco chamuscado". El lenguaje de los originales y las réplicas no encuentra aplicación en el caso de los olores.
Pese a ello, puedo decir que siento vividamente el "olor" a los cascos chamuscados, y el uso del adverbio muestra por sí mismo que sé que no estoy sintiendo olor, sino "sintiendo olor". Los olores no son vividos o fieles, sino más o menos fuertes. Únicamente los "olores" pueden ser vividos y, por lo tanto, no pueden ser más o menos fuertes, aunque me pueda parecer que estoy sintiendo un olor más o menos fuerte. Por más vivido que sea el "olor" de la herrería, no podrá apagar el débil aroma a lavanda que hay en mi habitación. No hay competencia posible entre un olor y un "olor", así como no puede haber competencia entre el olor de las cebollas y el aroma de la lavanda.
Si una persona que acaba de presenciar un incendio manifiesta que todavía puede "sentir olor" a humo, eso no significa que crea que el incendio todavía continúa. Por más vividamente que "sienta olor" a humo, sabe que no está oliendo humo. Si no se da cuenta de esto último, no dirá que el "olor" que siente es vivido, sino que es fuerte. Si la teoría de que "sentir olor" a humo es sentir olor a una réplica del olor a humo, fuera verdadera, el sujeto no tendría posibi­lidad de distinguir entre "oler" y oler, diferencia que corresponde a manera en que, comúnmente, distinguimos entre mirar rostros y mirar réplicas de ellos, o entre oír voces y oír voces grabadas.
Existen, comúnmente, formas oculares de distinguir entre las cosas sus fotografías o sus efigies. Un retrato es plano, tiene bordes y, quizá, un marco, puede verse por detrás o ponerse hacia abajo, puede arrugarse y romperse. Aun el eco o la grabación de una voz se pueden distinguir de la voz misma, empleando determinados criterios mecáni­cos. Pero no podemos distinguir entre un olor y la réplica de un olor, y no tiene sentido aplicar a los olores palabras como "réplica", "representación", etc. Lo mismo ocurre en el caso del gusto y de otras sensaciones. Por ello, no nos vemos tentados a decir que la persona que "siente olor" a fragua está realmente sintiendo olor a una réplica de algo. La persona parece oler, o imagina oler, algo, aunque no hay manera de hablar como si existiera una réplica, copia o "eco" internos. Queda en claro, en consecuencia, que "olor" no implica estar oliendo, por lo que imaginar no es percibir una réplica o copia, dado que no es percibir.
¿Por qué es tentador y natural describir erróneamente "ver cosas" como ver réplicas de cosas? No lo es debido a que "réplica" denota un género del que las fotografías son una especie y las réplicas men­tales otra; porque "réplica mental" denota réplicas de la misma manera que "asesinato falso" denota asesinatos. Por el contrario: hablamos de "estar viendo" como si se tratara de estar viendo retratos, debido a que la experiencia cotidiana de ver fotografías de cosas o de personas nos induce —muy a menudo— a que "veamos" esas cosas y personas. Para eso se han hecho las fotografías. Cuando tenemos el retrato de una persona delante nuestro, parece, con frecuencia, que estuviéramos viendo a la propia persona, aunque es posible que no esté allí y que haya muerto tiempo antes. Si el retrato no cumpliera con esta función, no lo tendríamos con nosotros. O cuando oigo la voz grabada de un amigo me parece oírlo hablar y cantar dentro de mi habitación, aun­que esté lejos. El género es " (me) parece percibir" y una de sus espe­cies es la de " (me) parece ver algo". Otra especie es " (me) parece ver", cuando no tenemos delante nuestro ninguna réplica física. Ima­ginar no es tener imágenes fantasmales delante de un órgano fantas­mal denominado "el ojo de la mente"; pero tener retratos delante de los ojos de la cara es un estímulo muy común para imaginar algo.
Decimos que el retrato al óleo de un amigo es fiel si hace que me parezca que veo a mi amigo con claridad y detalle, cuando no lo estoy viendo. Una mera caricatura puede ser fiel sin necesidad de ser simi­lar a un retrato al óleo de la misma persona. Porque para que un retrato sea fiel no es necesario o suficiente que sea una réplica per­fecta de la forma o del color del rostro del sujeto. Cuando "veo" vividamente un rostro, esto no implica que vea una réplica perfecta, debido a que podría ver tal réplica sin que me ayudara a "ver" vividamente el rostro, y viceversa. Pero encontrar que el retrato de una persona es fiel o "como si hablara", implica que ayuda a que parezca que se ve a la persona, dado que eso es lo que significan "fiel" y "como si hablara".
Se ha tendido a describir "ver" como ver réplicas germinas aun que fantasmales, debido a que se deseaba explicar la vivacidad o la fidelidad como si, para que alguien "vea" vividamente el Parnaso, debería ver realmente algo muy parecido al Parnaso. Pero esto es un error. No es necesario que ver réplicas —por más perfectas que éstas sean— dé por resultado "ver" vividamente, y el "como si hablara" de una réplica física no tiene que describirse en términos de su similitud sino en términos de la vivacidad de "ver" que induce.
En pocas palabras. No hay objetos tales como las réplicas men­tales, y si los hubiera, verlos no sería la misma cosa que parecer ver rostros o montañas. Representamos o visualizamos rostros y montañas, así como —con menos frecuencia— "sentimos olor" a cascos chamus­cados; pero representarse un rostro o una montaña no consiste en tener delante de uno un retrato del rostro o una figura de la montaña. Es algo que no ayuda a hacer la réplica física que podemos tener delante nuestro, aunque lo podemos hacer sin su concurso. Soñar no es ser espectador en un cinematógrafo privado. Por el contrario, ser espec­tador en un cinematógrafo público es una manera de inducir cierto tipo de sueño. El espectador ve un lienzo blanco con iluminación cambiante, pero "ve" —también— una pradera. Sería invertir las cosas decir que la persona que sueña mira un lienzo mental, porque tal lienzo mental no existe; y si existiera, ver su iluminación cambiante no sería soñar que se está galopando por la pradera.
La tendencia a describir la visualización como ver réplicas genuinas, aunque internas, refuerza y es reforzada por la "teoría de los datos sensoriales". Muchos defensores de esta teoría, al suponer errónea­mente que al "ver" estoy viendo una fotografía peculiar —sin papel y que no puede darse vuelta—, creen, a fortiori, que al ver estoy viendo una extensión coloreada no física. Suponiendo, erróneamente, que tener una sensación visual es detectar una mancha coloreada plana extendida en "un espacio privado'', encuentran más fácil decir que al imaginar examinamos manchas coloreadas fantasmales que están colgadas en la misma galería que las manchas coloreadas originales. Así como en mi escritorio puede haber una persona y, además, la som­bra o un retrato de esa persona, en mi galería privada debe haber tantos datos sensoriales como reproducciones de datos sensoriales. Mis objeciones a la tesis de que imaginar es ver imágenes no destruyen la "teoría de los datos sensoriales", pero destruyen —espero— la teoría subsidiaria de que imaginar es ver reproducciones de datos sensoriales. Si es correcto decir que el tener una sensación visual ha sido descrito erróneamente como una especie de observación de manchas coloreadas, dado que el concepto de sensación es distinto del concepto de obser­vación, se sigue —cosa que también puede establecerse de otra manera— e imaginar no es un tipo de observación y que tampoco es tener una sensación de determinado tipo. Si a alguien le parece oír un ruido muy fuerte, no por eso va a volverse sordo, y si le parece ver una luz muy brillante tampoco va a quedar encandilado. Las ideas están tan lejos de ser impresiones de un tipo especial, que describir —en este sentido— a algo como una idea, es negar que se ha tenido una impresión.



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