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(5) EL FENOMENISMO



Es importante decir unas palabras acerca de la teoría conocida como "fenomenismo". Esta teoría sostiene, aproximadamente, que así como hablar acerca de un equipo de fútbol es hablar, de alguna manera, de los once individuos que lo componen, hablar de objetos comunes como, por ejemplo, un cartel, es hablar —de alguna manera— de los datos sen­soriales que los observadores tienen o podrían tener al mirarlo, oírlo v sentirlo. Así como no puede decirse otra cosa de la historia de un cuadro de fútbol que determinada selección de las acciones y expe­riencias de sus componentes cuando juegan, viajan, comen y conversan, en equipo, tampoco —se sostiene— puede decirse otra cosa de un cartel que la manera como aparece, suena o se siente, o como apare­cería, sonaría o se sentiría, etc. Aun hablar de la manera en que él aparece, es equívoca, porque "él" es una manera suscinta de reunir las menciones a las apariciones visuales, sonidos, etc., que es correcto agrupar. Se acepta que este plan no puede, de hecho, llevarse a cabo. Mientras que se podría —a riesgo de ser extensos— relatar la suerte de un equipo tomando como base las actividades, hábitos y sentimien­tos de sus componentes, en tanto forman parte del mismo, no podría­mos expresar todo lo que sabemos de un cartel mediante la! descrip­ción de las sensaciones que distintos observadores tienen o podrían tener. Carecemos de un vocabulario que se refiera "limpiamente" a las sensaciones. Únicamente podemos referirnos a ellas, haciendo men­ción a objetos comunes, incluyendo a las personas. Pero se sugiere que éste es un defecto accidental del lenguaje, que quedaría obviado en un lenguaje que satisficiera las necesidades que impone la pureza lógica.
Una de las motivaciones elogiables de esta teoría fue el deseo de prescindir de entidades y principios ocultos. Sus defensores encon­traron que las teorías corrientes acerca de la percepción postulaban entidades o elementos no observables con el objeto de atribuir a los objetos, como los carteles, propiedades que las sensaciones estaban lejos de revelar. Un cartel es algo duradero, mientras que las sen­saciones son efímeras; un cartel es asequible a cualquiera, mientras que las sensaciones son propias de un sujeto; aquél cumple con re­gularidades causales, mientras que éstas son desordenadas; el cartel es uno, las sensaciones son muchas. De esta manera, ha habido una tendencia a decir que detrás de lo que se revela a los sentidos deben existir propiedades muy importantes del cartel, es decir, que es una sustancia, una Cosa-en-sí-misma, un Centro de Causación, una Unidad Objetiva, y demás solemnidades de los teóricos. Por consiguiente, el fenomenismo trata de prescindir de esas inservibles recetas de los teóricos, aunque, como espero mostrar, sin diagnosticar o curar las enfermedades que se pretendieron curar vanamente con ellas.
El fenomenismo tiene también otra motivación, aunque esta vez $no elogiable. Es la misma motivación que tuvieron las teorías contra las que se levantó aquél. Supone que tener una sensación es, en sí mismo, encontrar algo, o que algo se nos "revela" al tener sensaciones. Admitió el principio de la "teoría de los datos sensoriales", según el cual tener una sensación es un tipo de observación; más aún, el único tipo de observación que, al estar exento de errores, merece el nombre de "observación", únicamente mediante la observación podemos des­cubrir hechos relativos a los objetos que se nos dan directamente en las sensaciones, esto es, cosas tales como manchas coloreadas, ruidos, punzadas y olores. Únicamente las proposiciones acerca de tales obje­tos pueden verificarse mediante la observación. Pareciera seguirse que, en realidad, no podemos observar carteles y que tampoco podemos descubrir mediante la observación las cosas que sabemos de los car­teles.
Puede verse, ahora, que tanto el fenomenismo como la teoría a la que se oponía, estaban equivocados desde el comienzo. Esta última decía que, dado que lo único que podemos observar son los objetos sensibles, los carteles deben estar constituidos —en parte— por elemen­tos que no podemos descubrir mediante la observación. El fenome­nismo dice que, dado que lo único que podemos observar son los objetos sensibles, las proposiciones acerca de carteles deben ser tra­ducibles a proposiciones acerca de objetos sensoriales. Lo cierto es que "objeto sensorial" es una frase sin sentido, lo mismo que ''pro­posición acerca de objetos sensoriales". Y lejos de ser verdad que no podamos observar carteles, "cartel" es el tipo de complemento que puede usarse con sentido en expresiones tales como "Fulano está mi­rando un tal y cual". Hechos tales como que los carteles duran largo tiempo, especialmente si tienen antióxido; que a diferencia de las nubes de humo son fuertes y duros; que a diferencia de las sombras pueden ser hallados por cualquiera, sea de día o de noche; que son com­bustibles, etc., pueden ser y son descubiertos mediante la observación y el experimento. De manera similar se puede descubrir que los car­teles pueden parecerse a otras cosas y que, en determinadas condiciones, es muy fácil equivocarse respecto de su tamaño y de su distancia. Por cierto que tales hechos no se dan directamente a los sentidos, o no se revelan, de modo inmediato, en la sensación. Pero nada se da o se revela, debido a que tener una sensación no es encontrar algo.
Esto permite mostrar, también, por qué el lenguaje no nos permite formular las proposiciones que, de acuerdo al fenomenismo, deben ser la traducción de las proposiciones referentes a carteles. No es de­bido a que nuestro lenguaje sea incompleto, sino a que no existen los objetos a los que deberían referirse las expresiones adicionales que se piden. No se trata de que tenemos un vocabulario para los objetos comunes y de que carecemos de un vocabulario para los objetos sen­soriales, sino que la noción de objeto sensorial es absurda. En con­secuencia, no solamente es falso que deberíamos hablar empleando el vocabulario de las sensaciones y no el de los objetos comunes, sino que no podemos llegar a describir las sensaciones si no empleamos el vocabulario propio de los objetos comunes.
Podría objetarse que es inadecuado dar el título honorífico de "observación" a ciertas operaciones que realizamos con los pájaros o a las que realizan los astrónomos con las nebulosas. No sólo confun­dimos, a menudo, una cosa por otra, sino que nunca podemos tener la garantía de que no estamos cometiendo tal error. "Observación" debería reservarse para un procedimiento libre de errores.
Pero, ¿por qué? Si tiene sentido decir que una persona observa con cuidado y que otra lo hace descuidadamente, ¿por qué debemos retractarnos y decir que ninguna de las dos está realmente observando, debido a que pueden equivocarse? Si no decimos que nadie razona porque nadie puede garantizar que no ha cometido una falacia, ¿por qué hemos de suponer que existe una operación libre de errores a la que debe consagrarse el verbo "observar"? En este sentido, "observar" es uno de los verbos que admiten adverbios como "cuidadosamente", "descuidadamente", "exitosamente', "ventajosamente", y esta circuns­tancia muestra que no podría existir este tipo de observación si no hubiera necesidad ni cabida para las precauciones tendientes a evitar errores.
Uno de los motivos para exigir un tipo de observación libre de errores, parece ser el siguiente. Parecería absurdo decir que hay, o que podría haber, cuestiones de hecho que no pueden descubrirse mediante la observación. En consecuencia, debido a que la observa­ción corriente podría ser errónea, debe existir una observación libre de errores para que pueda ser utilizada en la definición de "empírico". Tal función ha sido atribuida a la aprehensión sensorial, puesto que no puede hablarse de una sensación errónea. Pero la causa de que esto no pueda decirse no reside en que la sensación sea una obser­vación libre de errores, sino en que no es una observación. Es tan absurdo decir que una sensación es "verídica" como decir que es "erró­nea". Los sentidos no son honestos ni deshonestos. Tampoco el argu­mento sirve de justificación para postular otro tipo de observación verídica. Todo lo que requiere es lo que surge de los hechos: los errores de observación, como cualquier otro tipo de errores, se pueden detectar y corregir; ningún hecho empírico omitido en un desliz tiene que ser omitido en una serie interminable de deslices. No se requiere un proceso específico garantizado, sino los procesos comunes. No se requieren observaciones indubitables, sino las observaciones dubitables comunes. Tampoco se requiere ser vacunado contra los errores, sino tomar las precauciones comentes, realizar las comprobaciones comu­nes y efectuar las correcciones adecuadas. Descubrir no es un pro­ceso que base una superestructura de conjeturas en un conjunto de certidumbres; es un proceso que permite llegar a estar seguro. Las certidumbres no son cosas que detectamos por accidente o por bene­ficencia, sino lo que logramos descubrir. Son el jornal de nuestro trabajo y no el presente de la revelación. Cuando la noción sabática de "lo dado" haya sido reemplazada por la noción cotidiana de "lo descubierto", podremos decir adiós tanto el fenomenismo como a la "teoría de los datos sensoriales".
Existió otro motivo para pretender una observación libre de erro­res. Se reconoció a medias, que algunas palabras referentes a la ob­servación, tales como "percibir", "ver", "detectar", "oír" y "observar" (en el sentido de "encontrar"), son —según nuestra terminología— "palabras de logro". Así como una persona no puede ganar una ca­rrera sin tener éxito o resolver un anagrama incorrectamente —debido a que "ganar" significa "correr con éxito" y "resolver" significa "trans­poner correctamente"—, tampoco puede detectar erróneamente o ver incorrectamente. Decir que ha detectado algo significa que no está equivocado, y decir que ve, en el sentido adecuado, significa que no ha cometido faltas. No se trata de que el sujeto haya usado un proce­dimiento que impide que se equivoque, ni que haya apelado a una facultad uncida a la infalibilidad, sino que el verbo referente a la percepción que se ha empleado connota que no se equivocó. En cambio, cuando empleamos verbos de intento como "examinar", "pres­tar oídos" y "escudriñar", siempre tiene sentido decir que las ope­raciones que ellos denotan podrían efectuarse de manera errónea, o no dar frutos. Nada puede impedir que una investigación se vea es­tropeada o que no cause provecho. El hecho de que los médicos no puedan llegar a curar sin dejar de tener éxito no significa que sean infalibles, sino que es contradictorio decir que su tratamiento ha dado buenos resultados y que no ha dado buenos resultados.
Esta es la razón por la cual una persona que pretende haber visto u oído un pájaro, rectifica su pretensión no bien se persuade de que el pájaro no existía. Y cuando lo hace, no dirá que ha visto u oído un pájaro irreal. De manera similar, la persona que pretende haber resuelto un anagrama, rectifica su pretensión no bien se persuade de que esa no es la solución debida. No dirá, entonces, que, en un sen­tido "estricto" o "fino" del verbo, ha obtenido una "solución" que no coincide con la palabra oculta en el anagrama.
Como fundamento de la mayoría, cuando no de todas las teorías criticadas en este capítulo, parece existir una suposición general: todo lo que se sabe se aprende por inferencia a partir de ciertas premisas o, en el caso de las últimas premisas, por algún tipo de confrontación en la que no entra la inferencia. Esta confrontación ha sido deno­minada, tradicionalmente, "conciencia", "aprehensión inmediata", "in­tuición", etc. Salvo que tenga que defender una teoría epistemoló­gica, nadie usa estas palabras para dar cuenta de los episodios de su vida cotidiana.
La dicotomía favorita "por inferencia o por intuición, pero no ambas" parece tener su origen histórico en la defensa que hicieron los epistemólogos de la teoría de Euclides. Las verdades de la geometría o son teoremas o son axiomas, y dado que durante mucho o fueron el paradigma del conocimiento científico, todos los demás procedimientos para descubrir verdades o para fundarlas fueron erróneamente asimilados a ella.
Pero esto es falso. Hay una gran cantidad de maneras diferentes de indagar cosas que no son ni miradas de aquiescencia ni inferencias. Consideremos las respuestas que pueden esperarse a las siguientes pre­guntas: "¿Cómo sabe que hay doce sillas en la habitación?", "contán­dolas"; "¿cómo sabe que 9 x 17 son 153?", "multiplicando y contro­lando luego la respuesta, sustrayendo 17 a 10x17"; "¿cómo sabe cómo se escribe «fusca»?", "consultando el diccionario"; "¿cómo sabe las fechas en que reinaron los reyes de Inglaterra?", "aprendiéndolas de memoria"; "¿cómo sabe que el dolor está, en su pierna y no en su hombro?", "se trata de mi pierna y de mi hombro, ¿no es cierto?"; "¿cómo sabe que el fuego se apagó?", "lo miré varias veces y pasé la mano cerca".
En ninguno de estos casos pretendemos que se nos muestren los pasos de alguna inferencia o las contrapartidas de determinados axio­mas; tampoco nos quejaremos por la adopción de técnicas diferentes de descubrimiento. En casos de duda nos quejaremos, únicamente, por la falta de cuidado en su ejecución. Tampoco exigimos que el tenis se juegue como si fuera una variedad del juego de damas.




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