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(4) SENSACIÓN Y OBSERVACIÓN



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(4) SENSACIÓN Y OBSERVACIÓN

Este libro no pretende aumentar el número de teorías del conocimiento en general, o el de teorías de la percepción, en particular. Uno de sus fines es mostrar que muchas teorías que reciben esos nombres son, o suponen, hipótesis para-mecánicas. Cuando algunos teóricos proponen preguntas del tipo de "¿Cómo se almacenan en la mente las experiencias pasadas?", "¿Cómo consigue superar la mente sus sensaciones, para poder aprehender las realidades físicas que están fuera de ella?", "¿Cómo in­cluimos los datos que proporcionan los sentidos, en conceptos y catego­rías?", se inclinan a encarar los problemas como si aludieran a la existencia e interrelaciones de trozos ocultos de una máquina fantasmal. Hablan como si estuvieran practicando anatomía especulativa o, tam­bién, contraespionaje.


Sin embargo, como consideramos que el hecho de que una persona tenga una sensación no es un hecho acerca de su mente, mientras que el hecho de que observa o no observe cosas de cierto tipo pertenece a la descripción de sus operaciones y facultades mentales, es adecuado decir algo más acerca de esta diferencia.
Usamos el verbo "observar" de dos maneras. En un uso, decir que alguien observa una cosa es decir que está tratando, con mayor o menor éxito, de descubrir algo acerca de ella mirándola, escuchándola, sabo­reándola, oliéndola o tocándola. En otro uso, se dice que una persona ha observado una cosa si su intento ha tenido éxito, esto es, si ha des­cubierto algo empleando aquellos métodos. Verbos referentes a la per­cepción tales como "ver", "oír", "descubrir", "discriminar" y muchos otros, se usan generalmente para dar cuenta de logros observacionales, mientras que verbos como "mirar", "escuchar", "indagar", "examinar" y "saborear", se usan para dar cuenta de intentos observacionales, cuyo éxito puede estar cuestionado. Es correcto decir que alguien mira cui­dadosamente algo, pero no que lo ve cuidadosamente; también es co­rrecto decir que lo examina sistemáticamente, pero no que lo descubre sistemáticamente. La afirmación, aparentemente sencilla, "Veo un pá­jaro" proclama un éxito, mientras que "Estoy tratando de indagar qué es lo que se está moviendo" sólo da cuenta de una investigación.
Será conveniente, a veces, usar en nuestra investigación la palabra observar'', debido a que se la puede emplear ambiguamente tanto para significar logros como para significar intentos. Las palabras "per­cepción" y "percibir", que a menudo son cardinales en este tipo de investigaciones, tienen un significado demasiado restringido dado que cubren, únicamente, logros. Lo mismo ocurre con verbos referentes a la percepción tales como "ver", "oír", "gustar", "oler" y, en deter­minado sentido, "sentir".
Se señaló antes que observar implica tener, como mínimo, una sensación, pero que tener sensaciones no implica observar. Podríamos preguntar: "¿hay algo más en la observación, aparte de tener una sensación?". Pero esta formulación de la pregunta es equívoca por­que sugiere que observar visualmente un pájaro consiste en tener, como mínimo, una sensación y hacer o tener algo más, o sea, que consiste en dos estados o procesos acoplados, tal como pueden aco­plarse tararear y caminar. He sostenido en el capítulo 5 (sección 4), que existe una diferencia crucial entre hacer algo atentamente y ha­cer algo distraídamente, pero que tal diferencia no consiste en que prestar atención sea otro acto concomitante que acaece en otro "lu­gar". Por lo tanto, no debemos preguntar: "¿Qué es lo que hace el que observa, además de tener sensaciones?", sino: "¿Qué incluye la des­cripción de un observador, además de tener sensaciones?" Esta cues­tión tendrá! importancia dentro de poco.
Debemos comenzar rechazando un modelo que, de una u otra manera, domina muchas de las reflexiones acerca cíe la percepción. A menudo, la amada aunque espuria pregunta "¿Cómo hace una per­sona para ir más allá de sus sensaciones y aprehender la realidad ex­terna?" se plantea como si la situación fuera la siguiente: Un prisio­nero, encerrado en una celda sin ventanas, ha vivido en la soledad desde su nacimiento; aunque todo lo que le llega del mundo exterior son rayos intermitentes de luz y golpes en la pared, tiene —o parece tener— información referente a partidos de fútbol, jardines y eclipses solares. ¿Cómo aprende el código que corresponde a esas señales y cómo es que descubre que hay un código de señales? ¿Cómo puede interpretar los mensajes que descifra, dado que su vocabulario es el de los partidos de fútbol y de la astronomía y no el de los rayos inter­mitentes y los golpes en la pared?
Este es, por supuesto, el modelo familiar de la mente como un fantasma en una máquina, acerca de cuyos defectos generales no es necesario agregar nada. Deben señalarse, sin embargo, algunos defectos particulares. El uso del modelo supone que, de la misma manera que el prisionero puede oír ruidos y ver rayos luminosos intermitentes, pero no puede, para su desgracia, ver u oír partidos de fútbol, podemos ob­servar nuestras sensaciones visuales, o de otro tipo, pero —para nues­tra desgracia— no podemos observar pájaros. Este es un doble abuso cometido con la noción de observación. Por una parte, no tiene sentido hablar de que una persona observa una sensación y, por la otra, el uso común de verbos como "observar", "mirar", "echar un vistazo", etc., se muestra en expresiones como "observar un pájaro", "mirar un perro" y "echar un vistazo a un libro". Los partidos de fútbol per­tenecen al tipo de cosas de las que tenemos visiones momentáneas, y las sensaciones pertenecen al tipo de cosas de las que sería absurdo decir que tenemos tales visiones. En otras palabras: el modelo de la prisión sugiere que, para descubrir algo acerca de partidos de fútbol y pájaros, tenemos que inferir —a partir de las sensaciones que observa­mos— pájaros y juegos que nunca podremos observar. Pero, de hecho, observamos a los pájaros y a los juegos, y nunca observamos sensa­ciones. "¿Cómo hacemos para pasar del examen de las sensaciones a la información referente a pájaros y partidos de fútbol?" es una pregunta espuria.
La percepción no plantea un problema único y central. Existe un conjunto de problemas parcialmente superpuestos, la mayoría de los cuales dejará de intrigarnos cuando resolvamos algunos de ellos. Los siguientes, son ejemplos de problemas que pertenecen a ese conjunto. Decir que alguien ha encontrado un dedal es afirmar algo acerca de sus sensaciones visuales, táctiles y auditivas, pero es afirmar más que eso. De la misma manera, decir que alguien está tratando de determi­nar si lo que ve es un gorrión o un hornero, un bastón o una sombra, una mosca en el vidrio o una basura en el ojo, es afirmar algo acerca de sus sensaciones visuales, pero es afirmar más que eso. Por último, decir que alguien "ve" una serpiente, cuando no hay ninguna, o que "escucha" voces, cuando todo es silencio, parece decir algo acerca de sus imágenes y sensaciones, pero es decir más que eso. ¿Qué es lo que se dice de más? ¿Cuál es la fuerza específica de tales descripciones que las distingue a las unas de las otras y de descripciones "limpias" de sensaciones, suponiendo que existieran? Estos problemas no son del tipo para-mecánico de "¿cómo es que vemos pájaros?", sino del tipo "¿cómo usamos expresiones tales como 'vio un pájaro'?"
Cuando decimos que alguien ha descubierto que hay un mosquito en su habitación, ¿qué otra cosa decimos aparte de que sentía un zum­bido en sus oídos? Podemos responder que no solamente sentía un zumbido en sus oídos, sino que reconoció o identificó ese ruido como el producido por un mosquito relativamente cercano a él. Podemos agregar que no solamente sentía un zumbido en sus oídos, sino que, además, tenía ciertos pensamientos; que —quizá— estaba incluyendo ese zumbido en un concepto determinado, o que agregaba a su estado sensorial un proceso intelectual. Pero al decir estas cosas, aunque pi­samos en firme con un pie, tenemos el otro en el aire. Comenzamos a pisar en falso cuando decimos que deben haberse producido tales o cuales procesos conceptuales o discursivos, debido a que esto implica afirmar que no podría descubrirse un mosquito a menos que se pu­siera en marcha un mecanismo fantasmal cuya existencia y funciones pueden ser determinadas apelando a la inteligencia de los epistemólogos. Por otra parte, al decir esto estaríamos también pisando en firme. Es verdad que una persona no podría descubrir que hay un mosquito si no supiera qué es un mosquito y cómo es su zumbido, o si —debido a su distracción, pánico o estupidez— no pudiera aplicar tal conoci­miento a la situación. Este es, en parte, el significado de "descubrir".
No queremos, en consecuencia, información o hipótesis sobre cosas que el sujeto haya hecho o padecido en su privacidad. Aunque hubie­ran acaecido tres o diecisiete de tales entreactos, la información acerca de ellos no permitiría explicar en qué difiere descubrir un mosquito de tener un sonido agudo en los oídos. Lo que deseamos llegar a saber es en qué difiere el comportamiento lógico de "descubrió un mosquito" del de "trató en vano de determinar qué era lo que producía ese ruido" y del de "lo confundió con el ruido que hace el viento en los ca­bles de teléfono".
Consideremos una situación, ligeramente diferente, en la que no diríamos que una persona está meramente oyendo o escuchando algo, o tratando de determinar qué es lo que está escuchando, sino iden­tificando o reconociendo lo que escucha, como cuando reconoce una canción. Para que se cumpla la hipótesis, debe oír sonidos, esto es, no debe ser sordo o estar anestesiado o dormido. Reconocer lo que se oye implica oírlo. También implica prestar atención, dado que la persona distraída no estará "siguiendo" la canción. Más aún. Tendrá que haber oído la misma canción con anterioridad, y no sólo haberla oído, sino haberla aprendido y recordado. Si, en este sentido, no sabe la can­ción, no podrá reconocerla al escucharla.
¿En qué consiste saber una canción, esto es, haberla aprendido y no haberla olvidado? Por cierto que no consiste en ser capaz de decir su nombre, porque puede no tenerlo, y aunque se diera un nombre equivocado, no diríamos que por eso no se la conoce. Tampoco consiste en ser capaz de describir la canción mediante palabras o en escribirla usando notación musical, por que muy pocos podrían hacerlo y, pese a ello, la mayor parte de la gente puede reconocer canciones. Tampo­co es necesario que se la pueda tararear o silbar, aunque si se lo hace, no cabe duda que se conoce la canción, y si se pueden tararear o silbar muchas otras canciones pero no ésta, en especial, tendremos dudas sobre su conocimiento. Decir que alguien conoce una canción es, co­mo mínimo, decir que es capaz de reconocerla cuando la oye. Diremos que alguien reconoce una canción al oírla, si hace una, algunas o todas de las siguientes cosas: si después de oír uno o dos compases espera seguir los compases subsiguientes; si no espera, erróneamente, que se repitan compases anteriores; si detecta errores u omisiones en la eje­cución; si espera que la música continúe en el punto en que se detuvo por unos momentos, y continúa de esa manera; si puede determinar quién silba la canción de entre un grupo de personas que silban can­ciones diferentes; si puede marcar el tiempo correctamente; si puede acompañarla silbando o tarareándola, etc. Cuando decimos que espera las notas o compases subsiguientes, o que no espera las notas o compa­ses que no corresponden, no exigimos que piense anticipadamente. Si se sorprende, molesta o entretiene cuando las notas y compases corres­pondientes no se producen en el momento preciso, diremos que los es­peraba, aun cuando sea falso decir que experimentó determinado pro­ceso de anticipación.
En síntesis. Alguien reconoce o sigue una canción si utiliza en el momento adecuado el conocimiento que tiene de su desarrollo. Ese conocimiento no lo utiliza oyendo, únicamente, la canción, sino oyén­dola en un estado anímico que consiste en estar preparado a oír lo que está oyendo, lo que oirá y lo que oiría si el pianista continuara tocán­dola, y lo hiciera correctamente. Sabe cómo se desarrolla la canción y oye sus notas como constituyendo su desarrollo. Las oye de acuerdo ron el esquema de la canción, en el sentido de oír lo que espera es­cuchar. La complejidad de esta descripción del sujeto oyendo las notas a medida que se producen y escuchando o esperando las notas que se producen y las que deberían producirse, no implica que ejecute un conjunto de operaciones. No es necesario, por ejemplo, que acompañe su audición de las notas con actos verbales, silenciosos o murmurados, o que "incluya" lo que oye "en el concepto de la canción". Si se nos pidiera que pensáramos en «arroz con leche» sin producir, imaginar o escuchar la canción, diríamos que no se nos dejó nada en qué pensar. Y si se nos dijera que el hecho de que podamos reconocerla —aun cuando se la ejecute de diversa manera en distintas oportunidades— significa que tenemos un concepto o idea abstracta de la canción, objetaríamos que no nos damos cuenta en qué consistiría aprehender o aplicar la idea abstracta de «arroz con leche», a menos que significara que podríamos reconocer la canción si la oyéramos, detectar errores u omisiones, tararear trozos de ella, etc.
Esto nos permite volver a considerar lo que se dijo antes, esto es, que una persona que reconoce lo que oye, no sólo tiene sensaciones auditivas sino que también piensa. No es cierto que una persona que esté siguiendo una canción conocida necesite tener pensamientos tales que tendría que poder responderse a la pregunta "¿En qué he estado pensando?" o a la pregunta "¿Cuáles son los conceptos generales que he estado aplicando?" No es verdad que haya expresado proposiciones a sí misma o a los demás, en español o en francés. Tampoco es verdad que haya tenido experiencia de imágenes visuales o auditivas. Lo cierto es que debe haber prestado atención y que las notas se deben haber producido de acuerdo a lo esperado, sorprendiéndola si así no hubiera ocurrido. No estaba escuchando, meramente —como podría escucharse una tonada desconocida—, ni tampoco estaba acompañando su escuchar con otro proceso. Simplemente, estaba escuchando de acuerdo con el esquema de la canción.
Para aclarar otros sentidos en que seguir una canción conocida es y no es "pensar", consideremos el caso de una persona que escucha un vals por vez primera. No conoce su melodía, pero como conoce otros valses está preparado para determinado ritmo. Sólo en parte puede adelantar los compases subsiguientes y ubicar las notas oídas y las que está oyendo. Se pregunta cómo seguirá la canción, tratando, al mismo tiempo, de determinar la forma en que están combinadas las notas. En ningún momento está preparado para la próxima nota. En otras palabras: está pensando en el sentido especial de tratar de descifrar algo.
En oposición, la persona que ya conoce el vals, seguirá su melodía sin necesidad de intentar desentrañar la manera en que continúa. La melodía le resulta obvia todo el tiempo. No necesita desarrollar nin­guna actividad, por breve y fácil que sea, tendiente a resolver su incertidumbre, porque no la tiene. No escucha con aire de preocupación sino que, simplemente, escucha. Sin embargo, no oye meramente notas, porque oye el «Danubio azul». No sólo oye con claridad las notas (que quizás no distingue claramente), sino que la melodía le resulta obvia; y lo obvio de la melodía es un hecho referente a su sensitividad auditiva, o sea referente a lo que ha aprendido y no ha olvidado y a la presente aplicación de esas lecciones.
Por último, aunque seguir una melodía conocida implica haberse familiarizado con ella, no requiere que el sujeto realice ninguna ope­ración mnésica. El recuerdo de las audiciones anteriores de la melodía, no necesita surgir ni ser evocado. Cuando se dice que una persona que sigue una canción familiar piensa en lo que está oyendo, "pensar" no significa que le surge el pensamiento de audiciones pasadas. La persona no ha olvidado cómo sigue la canción, pero tampoco está recordando cómo siguió antes.
En pocas palabras. Saber cómo sigue una canción es haber adqui­rido un conjunto de propensiones de expectativas auditivas; y recono­cer o seguir una canción es estar oyendo la nota esperada después de otra nota, también esperada. Todo esto no implica el acaecimiento de y lo que se está por oír. La descripción de una persona que está oyendo notas que espera que suenen, es distinta de la de una persona que está oyendo notas inesperadas o de la de una persona que oye notas sin tener ninguna expectativa (como una persona que está oyendo pero no escuchando). Esto no significa que en la primera persona acaece algo adicional, que no acaece ni en la segunda ni en la tercera. Signi­fica, en cambio, que la audición tiene lugar de una manera diferente y que la descripción de tal diferencia no supone dar cuenta de acaeci­mientos adicionales sino de una instrucción especial. Si se desea, la circunstancia de que una persona esté siguiendo una canción es un he­cho acerca de sus oídos y acerca de su mente; pero no es la conjunción de un hecho acerca de aquéllos y de un hecho acerca de ésta o el relato conjunto de un hecho de su vida sensitiva y de un hecho de su vida intelectual. Es lo que he denominado un enunciado "semi-hipotéti­co", o "cuasi-categórico".
Podemos considerar, ahora, algunos de los tipos de episodios per­ceptivos que se toman comúnmente como modelos del reconocimiento perceptivo. Veremos que, en muchos aspectos importantes, son simi­lares al reconocimiento de una canción. Elegí empezar con el ejemplo de la persona que sigue una canción porque se trata de una ocupación prolongada. Podemos ver un cartel instantáneamente, pero no pode­mos oír "arroz con leche" de esa manera. En consecuencia, no aparece en este caso la tentación de postular el acaecimiento de procesos inte­lectivos instantáneos, demasiado rápidos para ser advertidos, pero lo suficientemente intelectuales como para desempeñar la tarea hercúlea que le exigen los epistemólogos.
Cuando se dice que una persona ha visto un dedal, parte de lo que se afirma es que ha tenido —como mínimo— una sensación visual, aunque también se afirman otras cosas. En general, los teóricos interpretan esta circunstancia como significando que la descripción de la persona que ha visto un dedal afirma que ha tenido —como mínimo— una sensación visual y que ha hecho o experimentado algo más. Por ello, preguntan: "¿Qué hizo o experimentó la persona que encontró el dedal, tal que no lo hubiera hallado si no hubiera hecho o experi­mentado esas cosas adicionales?" Sus interrogantes se responden, entonces, haciendo referencia a inferencias instantáneas e inadvertidas, o a saltos intelectuales repentinos y de difícil recuerdo, o a la ubicación de conceptos que se instalan por encima de los datos sensoriales. Suponen que, debido a que la proposición "vio el dedal" posee una complejidad lógica considerable, debe dar cuenta de procesos de una com­plejidad considerable. Estos procesos no se observan. Se postula su acaecimiento en un lugar donde no pueden observarse: la corriente de la conciencia de la persona que encontró el dedal.
El análisis de lo que ocurre cuando alguien reconoce una canción puede aplicarse a este caso. Por cierto que la persona que encuentra el dedal reconoce lo que ve, y esto implica no sólo que tiene una sen­sación visual sino también que ha aprendido y no ha olvidado la manera en que los dedales se suelen mostrar. Esto le permite recono­cerlos cuando los ve desde determinados ángulos, con iluminación corriente y en posiciones y a distancias comunes. Cuando descubre el dedal, está aplicando la lección; está haciendo lo que ha aprendido a hacer. Al saber cómo se muestran los dedales, está preparado para anticipar —aunque de hecho no lo haga— cómo se mostrarán si se acerca o separa de ellos; y si hace esto último, se mostrarán tal como esperaba que lo hicieran. Cuando las apariencias momentáneas que obtiene concuerdan con las pautas referentes a la manera en que se suelen mostrar los dedales, las propensiones a tener expectativas que ha adquirido el sujeto se ven satisfechas. En esto consiste descubrir el dedal.
Con el dedal ocurre lo mismo que con la canción. Si el recono­cimiento no tropieza con dificultades, si el dedal resulta obvio al ob­servador, a primera vista, no es necesario llevar a cabo pensamientos o exámenes adicionales, ni tampoco resolver enigmas o tener recuerdos. El sujeto no precisa decirse a sí mismo, o a los demás, cosas en español o en francés; no es necesario que tenga experiencia de imágenes mnémicas, ni que se formule preguntas, haga conjeturas o tome precaucio­nes; tampoco es necesario que recuerde episodios pasados ni que rea­lice ningún acto que pueda describirse como que está pensando aunque —si está bien equipado lingüísticamente— puede esperarse que esté dis­puesto a hacer algunas de estas cosas. Está pensando y no está teniendo meramente una sensación visual, en el sentido que tiene experiencia de esta sensación en un estado mental de disposición para ver dedales. Así como la persona que reconoce una canción al oír sus primeros compases está preparada, de alguna manera, para los que ha oído, los que oye y los que oirá, aunque no ejecuta ninguna operación adicional, la persona que reconoce como tal a una vaca, está preparada para una enorme variedad de experiencias visuales, sonidos y olores, no siendo necesario que piense en ninguno de ellos.
Quizá se tenga la sensación de que esta explicación del carácter obvio con que se nos presentan dedales y canciones es verdadera, aun­que deja algo sin aclarar. En primer lugar, ¿cómo sabemos que existen dedales? ¿Cómo es que una persona que comienza con meras sensa­ciones alcanza a descubrir que existen objetos físicos? Esta es una pre­gunta muy singular, debido a que, si la interpretamos de determi­nada manera, podemos responderla a la perfección. Sabemos cómo aprenden las criaturas que algunos ruidos pertenecen y que otros no pertenecen a las canciones; que algunas secuencias de ruidos, como las cadencias para hacer dormir, poseen un ritmo reconocible; que otras poseen una monotonía también reconocible; que otras —como los rui­dos del sonajero— se producen al azar y desordenadamente. También conocemos el tipo de juegos y ejercitaciones que utilizan las madres para enseñar a sus niños lecciones de estos tipos. La descripción de la manera en que éstos aprenden pautas referentes a la percepción supone un problema epistemológico tanto como la descripción de la manera en que aprenden a andar en bicicleta. Se aprende mediante la práctica, y se pueden especificar los tipos de práctica que facilitan el aprendizaje.
Por supuesto que la descripción del aprendizaje mediante la prác­tica no parece responder la pregunta formulada. La pregunta no in­tentaba referirse a las etapas en que se desarrollan nuestras aptitudes e intereses, o a las circunstancias que ayudan o dificultan tal desarrollo. Pero, entonces, ¿a qué intentaba referirse? Quizá podría responderse algo así: "Es posible que la manera como los niños aprenden canciones o las reconocen, una vez que las han aprendido, no plantee problemas filosóficos. Es posible, también, que el aprendizaje análogo de pautas referentes a la visión, gustos y olores tampoco plantee problemas. Pero existe una gran diferencia entre aprender una canción y descubrir que hay cosas tales como violines, dedales, vacas y carteles. Llegar a des­cubrir que hay objetos materiales requiere, a diferencia del aprendi­zaje de canciones, pasar de los ruidos, visiones, gustos y olores a objetos públicos que son diferentes e independientes de nuestras sensaciones. La expresión metafórica "pasar" significa llegar a saber que tales ob­jetos existen en base al conocimiento anterior de que únicamente esas sensaciones existen. En consecuencia, el problema consiste en determi­nar cuáles son los principios y las premisas que permiten concluir que las vacas y los carteles existen. Y si alguien cree instintiva y correcta­mente tal cosa, cuáles son las inferencias que permiten justificar tales creencias instintivas. Como se ve, la pregunta se interpreta como si fuera una pregunta a lo Sherlock Holmes, del tipo: "¿Qué pruebas con­siguió reunir el detective que confirmaron su sospecha de que el guar­dián era el asesino?" Interpretada de esta manera puede verse con rapidez que se trata de una pregunta impropia. Cuando hablamos de las pruebas reunidas por el detective pensamos en las cosas que tanto él romo los testigos han observado, esto es, huellas digitales encontradas en un vaso y conversaciones escuchadas secretamente. Pero una sensación no es algo que el sujeto observe. No es una clave. Escuchar una conver­sación implica tener sensaciones auditivas, porque escuchar es oír aten­tamente, y oír implica tener sensaciones auditivas. Pero tener sensa­ciones no es descubrir claves. Éstas se descubren oyendo conversaciones v encontrando huellas digitales. Si no pudiéramos observar tales cosas, no tendríamos la clave de otras cosas; y las conversaciones son el tipo de cosas que oímos, así como las huellas digitales y los carteles son el tipo de cosas a las que miramos.
La pregunta es tentadora, en parte, porque hay una tendencia errónea a suponer que todo aprendizaje es un descubrimiento inferido i partir de pruebas obtenidas previamente; y el proceso de aprehender datos sensoriales recibe la función de proporcionar las pruebas iniciales. Por supuesto que, de hecho, aprendemos a hacer inferencias a partir de hechos previamente establecidos, de la misma manera como aprende­mos a jugar al ajedrez, a andar en bicicleta o a reconocer carteles, o sea, mediante la práctica, reforzada a veces por algún tipo de ense­ñanza.
Como se ha mostrado, oír y mirar no consisten, meramente, en tener sensaciones; tampoco son procesos formados la observación de sensaciones y la inferencia de objetos comunes. La persona que oye o mira, está haciendo algo que no podría hacer si fuera sordo o ciego, o —lo que es muy diferente— si estuviera distraído o careciera de in­terés. Observar es emplear los oídos y los ojos. Pero emplear los oídos y los ojos no implica utilizar, en un sentido diferente, las sensaciones visuales y auditivas como claves. No tiene sentido hablar de "usar" sensaciones. Tampoco lo tendría decir que al observar una vaca estoy descubriéndola "mediante" sensaciones visuales, dado que esto sugiere que las sensaciones son herramientas, objetos que pueden manejarse de manera parecida a como pueden manejarse las cosas que se ven y que se oyen. Esto produciría más equívocos que decir que manejar un martillo supone, en primer lugar, manejar mis dedos, o que controlo el martillo a fuerza de controlar mis dedos.
Hay otro modelo favorito que se utiliza para describir sensaciones. Así como la harina, el azúcar, la leche, los huevos y las grosellas cons­tituyen la materia prima con la que el confitero prepara las tortas, y así como los ladrillos y la madera forman parte de la materia prima del constructor, se considera —a menudo— que las sensaciones cons­tituyen la materia prima a partir de la cual construimos el mundo que conocemos. A diferencia de otros relatos mucho más equívocos, éste tiene méritos importantes. Sin embargo, las nociones de reunir, depositar, clasificar, desempaquetar, montar y colocar, que se aplican a los ingredientes de las tortas y de las casas, no se aplican a las sensaciones. Podemos preguntar de qué está hecha una torta, pero no podemos preguntar de qué está hecho el conocimiento; podemos pre­guntar qué es lo que se va a hacer con esos ingredientes, pero no qué se va a amasar o a construir con las sensaciones visuales y auditivas que el niño ha tenido.
Podemos concluir, pues, que no hay diferencia de principio, aunque hay muchas diferencias de detalle, entre reconocer canciones y reconocer carteles. Podemos mencionar una de esas diferencias antes de dejar el tema. En las primeras etapas de su infancia, el niño aprende a coordinar las pautas visuales, auditivas y sensitivas de so­najeros y muñecos. Habiendo empezado a aprender cómo puede espe­rar que se muestren, suenen y sientan, comienza a aprender cómo se comportan; cuándo, por ejemplo, el sonajero o el muñeco harán ruido y cuándo no. Entonces, observará las cosas con sentido práctico. Pero la tarea, relativamente contemplativa, de aprender canciones no supone, en sí misma, una coordinación especial de lo que se ve con lo que se oye, o no parece dar pie para la práctica. Sin embargo, esta es una diferencia de grado y no de especie.
Mencionaremos, al pasar, una o dos cuestiones adicionales. En primer lugar, al decir que una persona aprende una pauta perceptiva, no estoy afirmando que descubra leyes causales fisiológicas, ópticas o mecánicas. La observación de los objetos comunes es anterior al des­cubrimiento de correlaciones generales entre clases específicas de tales objetos. En segundo lugar, al decir que una persona conoce una pauta perceptiva, esto es, que sabe cómo se mostrarán, sonarán o sentirán los objetos comunes, no le estoy atribuyendo la aptitud de transmitir dicha pauta. De la misma manera que la mayoría de las personas sabe hacer varios tipos de nudos, aunque no puede decir cómo se hacen ni tam­poco seguir instrucciones respecto de cómo hacerlos, todos sabemos identificar, visualmente, una vaca, mucho antes de que podamos enu­merar sus rasgos relevantes y bastante tiempo antes de que podamos dibujar o pintar vacas o reconocerlas en dibujos. Si no aprendiéramos a reconocer objetos mediante la vista o el oído antes de aprender a decir cosas acerca de ello, nunca podríamos empezar. Hablar y com­prender lo que se habla suponen, en sí mismas, reconocer las palabras al decirlas o escucharlas.
Aunque la mayoría de los ejemplos dados son casos de observación veraz, tal como descubrir un cartel cuando hay un cartel, el análisis efectuado se aplica también a las observaciones erróneas, tal como "ver" un cazador cuando sólo hay un tronco, o una vaca cuando se trata de una sombra, o una serpiente en el nido cuando no hay nada en él. Equivocarse implica lo mismo que acertar: el uso de una téc­nica. Una persona no es descuidada si no ha aprendido un método; únicamente lo es, cuando lo ha aprendido y lo aplica inadecuadamente. Solamente puede perder el equilibrio quien lo tiene, y sólo puede cometer falacias quien puede razonar; únicamente la persona que pue­de discriminar cazadores, de troncos, puede tomar un tronco por un cazador y sólo el que sabe cómo es una serpiente puede llegar a imaginar que ve una, sin darse cuenta que lo está haciendo.




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