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(3) LA TEORÍA DE LOS DATOS SENSORIALES



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(3) LA TEORÍA DE LOS DATOS SENSORIALES



Es oportuno, en este estado, analizar una teoría, a veces conocida como la "Teoría de los datos sensoriales", que representa una ten­tativa de elucidar los conceptos relativos a la percepción sensorial, de la que forma parte la elucidación, de las nociones de sensaciones visuales, táctiles, auditivas, olfativas y gustativas.
Verbos corrientes como "ver", "oír", y "gustar" no son usados "limpiamente" para designar sensaciones, porque hablamos de ver una carrera de caballos, de oír trenes y de gustar vinos añejos; y las carreras de caballos, los trenes y los vinos no son sensaciones. Las primeras no se interrumpen cuando cierro los ojos y los últimos no pierden el sabor cuando estoy resfriado. En consecuencia, pareciera que necesi­tamos formas de hablar acerca de lo que se interrumpe cuando cierro los ojos y de lo que pierde el gusto cuando estoy resfriado. Un con­junto de nombres adecuados se puede hallar fácilmente, dado que es correcto —lingüísticamente— decir que, cuando cierro los ojos, se interrumpe mi visión de la carrera, que la apariencia de los caballos se modifica cuando lloro, que el sabor del vino se pierde cuando estoy resfriado y que el ruido del tren se apaga cuando me tapo los oídos. Se sugiere que podemos referirnos "limpiamente" a las sensaciones si hablamos acerca de "apariencias", "sonidos", "sabores", "olores", etc.
También se sugiere que es necesario adoptar tales expresiones si se quiere distinguir la contribución que hacen las sensaciones a nuestra observación de objetos comunes, de la que hacen la enseñanza, la inferencia, la memoria, la conjetura, el hábito, la imaginación y la asociación.
De acuerdo con la teoría, una sensación visual puede describirse como tener experiencia de una visión momentánea o apariencia vi­sual de algo; una sensación olfativa, como tener experiencia del olor momentáneo de algo. Pero, ¿qué es tener experiencia de una apa­riencia o de un olor momentáneo? ¿Qué tipo de objetos son la apa­riencia y el olor? En primer lugar, la apariencia visual de una carre­ra de caballos no es un suceso deportivo que tenga lugar en una pista. De la manera en que cualquiera puede ver una carrera de caballos, no es posible que cualquiera observe la apariencia momen­tánea que tengo de la carrera. Otra persona no puede tener la experien­cia momentánea que experimento, así como no puede sufrir la molestia que sufro. Además, la apariencia momentánea de una carrera de caballos se describe como una mancha coloreada momentánea extendida en el campo visual de una persona. Aunque esta explicación tiene que ser aclarada diciendo que es una mancha coloreada momentánea ex­tendida, en un sentido muy especial. Cuando se habla, comúnmente, de manchas coloreadas, se hace referencia a tapices, cuadros, telones y yesos, o sea, a superficies planas de cosas que se encuentran frente a las narices de cualquiera. Pero las apariencias visuales que se des­criben como manchas coloreadas que ocupan, momentáneamente, campos visuales particulares, no deben concebirse como superficies planas de objetos comunes; son simples extensiones de color y no de tela o yeso coloreados. Ocupan el espacio visual privado de un sujeto que se encuentra, por supuesto, permanentemente tentado a atribuir­las, de alguna manera, a la superficie de los objetos que se hallan en el espacio ordinario.
Por último, aunque los defensores de la "teoría de los datos senso­riales" concuerdan en sostener que las apariencias y olores momentá­neos que experimenta un sujeto son inaccesibles para los demás, no infieren que tengan una condición mental o que existan "en la mente". Parecieran tener origen en condiciones físicas y fisiológicas del sujeto, aunque no necesariamente, en condiciones psicológicas.
Habiendo mostrado, según suponen, la existencia de objetos mo­mentáneos y singulares como son las apariencias visuales, olores, soni­dos y demás datos, los defensores de la teoría encaran la pregunta "¿cómo es que un sujeto tiene tales objetos momentáneos?" Y su res­puesta es simple. A veces se dice que el sujeto los percibe u observa, en un sentido de "percibir" y "observar" que permite afirmar que ve manchas coloreadas, oye, sonidos, huele olores, gusta sabores y siente pinchazos. Se piensa, a menudo, que no sólo es permitido sino esclarecedor decir que no vemos, realmente, carreras de caballos ni gustamos vinos, sino que vemos manchas coloreadas y que gustamos sabores. Se admite también, haciendo una concesión a hábitos lingüísticos corrientes, que "ver" y "gustar" tienen un sentido vulgar según el cual podemos decir que la gente ve carreras y gusta vinos, aunque se sostie­ne que para fines teóricos debemos usar esos verbos con un significado diferente y más refinado, diciendo que vemos manchas coloreadas y gustamos sabores.
Más recientemente, se ha extendido la costumbre de usar un nuevo conjunto de verbos. Algunos defensores de la teoría prefieren decir, ahora, que intuimos manchas coloreadas, que tenemos acceso directo a olores y ruidos, que tenemos relaciones cognoscitivas directas con dolores o, genéricamente, que aprehendemos (sense) datos sensoriales. Pero, ¿cuál es el valor de estas expresiones formidables? Su valor es el siguiente. Existen algunos verbos tales como "conjeturar", "descubrir", "concluir", "saber", "creer" y "preguntarse", que se usan únicamente con complementos como ".. .que mañana es domingo", o ".. .si esta tinta es roja". Otros verbos como "observar", "escuchar" y "espiar" tienen co­mo complementos adecuados a ".. .a ese pájaro", ".. .el sonido de los tambores" y ".. .a Fulano". La "teoría de los datos sensoriales", al soste­ner que las apariencias momentáneas, olores, etc., son objetos o eventos particulares, tiene que emplear verbos del segundo tipo para interpre­tar "tener" en expresiones tales como "tener un dolor" a "tener una apariencia momentánea". Toma prestada la fuerza que ordinariamente se otorga a "observar", "saborear" y "echar un vistazo" y la otorga a las solemnes expresiones "intuir", "acceder" y "aprehender". La diferencia está en que, mientras que, comúnmente, hablamos de observar un pá­jaro o de echar un vistazo a las páginas de un diario, la teoría habla de intuir manchas coloreadas y de tener acceso inmediato a olores.
No se pretende que esta versión de lo que es tener, por ejemplo, una sensación visual —intuir o aprehender una mancha coloreada pro­piedad del sujeto— resuelva el problema que plantea el conocimiento de los objetos comunes. Existen discusiones sobre las relaciones que deben existir entre las carreras de caballos, que no vemos "estricta"' o "directamente" y sus apariencias visuales, que vemos "estricta" o "direc­tamente", aunque no estén en las pistas. Los defensores de la teoría esperan que la elucidación de lo que es aprehender algo permitirá elucidar qué es mirar una carrera de caballos.
Se pretende, en especial, que la teoría resuelve paradojas que surgen al describir la percepción ilusoria. Cuando un bizco afirma que ve dos velas, y hay solamente una, y cuando un alcoholista dice que ve una serpiente, y no hay ninguna, ambas afirmaciones pueden ser interpretadas usando los nuevos términos. Puede decirse, ahora, que el bizco ve, realmente, dos "apariencias-visuales-de-vela" y que el alcoho­lista ve, realmente, una "apariencia-visual-de-serpiente". Su error, si es que cometen alguno, reside en que suponen, además, que existen dos velas y una serpiente físicas. Cuando una persona tiene delante suyo un plato redondo pero inclinado respecto de ella y dice que ve un objeto elíptico, se equivoca si supone que en la cocina hay una pieza de la vajilla que es elíptica, pero está en lo cierto al decir que encuen­tra algo elíptico; porque hay, realmente, una mancha blancuzca elíp­tica en su campo visual, que aprehende o "intuye". Inferir lo que existe en la cocina partiendo de lo que se encuentra en el campo visual, es siempre peligroso y, en el ejemplo dado, erróneo. Pero lo que la per­sona encuentra en su campo visual está efectivamente allí y es elíptico. Trataré de probar que esta teoría descansa en el equívoco lógico de equiparar el concepto de sensación al concepto de observación, lo que lleva a sinsentidos. La teoría dice que cuando una persona tiene una sensación visual, por ejemplo, una apariencia visual de una carrera de caballos, tener esa sensación consiste en aprehender o intuir un dato sensorial, esto es, una mancha coloreada. Esto significa que tener una apariencia visual de una carrera de caballos se explica en términos de tener una apariencia visual de una mancha coloreada. Pero, si tener una apariencia visual de una carrera de caballos implica tener, como mínimo, una sensación, tener una visión de manchas coloreadas presupondrá tener como mínimo, otra sensación, la que a su vez deberá ser analizada en términos de aprehensión de otro dato, y así infinitamente. En cada paso, tener una sensación se interpreta como un tipo de atisbo de algo que, a menudo con gravedad, se denomina "objeto sensorial", y en cada paso, este atisbo supone tener una sensación. El uso de las palabras imponentes como "intuir", de ninguna manera evita que tengamos que decir que para que una persona encuentre, mire, espíe o saboree algo, debe ser afectada sensorialmente; y estar afectado sensorialmente implica tener, como mínimo, una sensación. De esta manera, sea que veamos carreras de caballos —como pensamos comúnmente—, o que intuyamos manchas coloreadas —como se nos pide que pensemos—, la aprehensión de lo aprehendido supone tener sensaciones. Y tener sensaciones no es, en sí mismo, aprehender, tal como los ladrillos no son casas ni las letras, palabras.
Se ha mostrado que existe una importante conexión lógica entre el concepto de sensación y el de observar o percibir, que implica que son conceptos de tipo diferente. Es contradictorio decir que alguien está espiando algo, pero que no tiene una sola apariencia visual de lo que espía, o decir que alguien está escuchando algo pero que no tiene sen­saciones auditivas. Tener como mínimo una sensación, es parte de la fuerza de "percibir", "oír", "saborear", y demás. Se sigue de ello que tener una sensación no puede ser, en sí mismo, una especie de percep­ción. Si bien todas las oraciones contienen palabras relacionadas de cierta manera, es absurdo decir que las palabras son, en sí mismas, ora­ciones muy pequeñas.
Se ha señalado, también, que varias diferencias importantes entre el concepto de sensación y el de observación quedan de manifiesto al advertir la imposibilidad de intercambiar las expresiones que pueden caracterizarlos. Podemos hablar de los motivos que tiene alguien para escuchar algo, pero no de los motivos para tener una sensación auditiva; se puede mostrar habilidad y perseverancia al escudriñar algo, pero no para tener sensaciones visuales; cosquilleos y gustaciones pueden tener cierta intensidad, pero no podría decirse que se los detecta inten­samente. Tiene sentido decir que alguien se ha abstenido de mirar una carrera o que ha suspendido la observación de un reptil, pero no tiene sentido decir que alguien se ha abstenido de sentir un dolor o que ha suspendido la picazón de su nariz. Sin embargo, si tener picazón fuera —tal como sostiene la teoría— intuir un objeto especial, no se ve con claridad por qué no podríamos evitar una molestia suspendiendo la intuición que tenemos de ella.
Las sensaciones no son, en consecuencia, percepciones u observacio­nes' tampoco son inspecciones o exámenes; ni son aprehensiones, intui­ciones o conocimiento. Tener una sensación no es estar en una relación cognoscitiva con un objeto sensible. Tales objetos no existen, como tampoco existen tales relaciones. No sólo es falso que las sensaciones pueden ser objetos de observación, sino que también es falso que sean, en sí mismas, observación de objetos.
Un defensor de la "teoría de los datos sensoriales" podría admitir que, para poder decir que una persona está oyendo el ruido de un tren, debe aprehender —como mínimo— un sonido o tener —como mínimo— una sensación auditiva, pero podría negar que al hacerlo se ve envuelto en un regreso infinito. Para ello, no debe admitir que para que podamos decir que una persona está oyendo un sonido, debe tener la sensación de aprehender este dato sensorial. "Tener una sensación" sería, mera­mente, la forma común en que damos cuenta de la intuición simple de un objeto sensorial, y decir que una persona intuye tal objeto no implica que se encuentre afectada sensorialmente. Las maneras en que aprehen­de olores o dolores no necesitan suponer otra cosa que su aptitud para detectarlos o inspeccionarlos.
Tal defensa explica "tener sensaciones" como un no tener ninguna sensación. Evita el regreso infinito que se le ha imputado mediante el remedio heroico de sugerir que tener sensaciones es un proceso cog­noscitivo que no requiere que el sujeto sea susceptible a estímulos, o que pueda ser descrito como muy, o muy poco, sensitivo. Al interpre­tar una sensación como la observación simple de objetos especiales, eli­mina —en primer término— el concepto mismo que pretende elucidar y —en segundo término— transforma el concepto de observación en un sinsentido, debido a que este concepto implica el concepto de sensación, que no es en sí misma una observación.
La "teoría de los datos sensoriales" puede defenderse, también, desde otro punto de vista. Puede decirse que, cualquiera sean las reglas lógicas que gobiernan los conceptos de sensación y observación, siempre queda en pie el hecho indiscutible de que al ver aprehendo manchas coloreadas que ocupan momentáneamente mi campo visual; que al oír aprehendo ruidos; que al oler aprehendo olores, etc. El hecho de que los datos sensoriales son aprehendidos, está al margen de toda duda y es independiente de la teoría. Lo que veo, en el sentido más estricto de "ver", son manchas coloreadas de dos dimensiones que no son ni caballos ni jinetes sino, en el mejor de los casos, apariencias visuales de caballos y jinetes. Si no hay dos velas, un borracho no podrá ver —real­mente— dos, pero verá, sin duda, dos "objetos" luminosos; tales "obje­tos" no son otra cosa que "apariencias-visuales-de-velas" o datos sensoria­les. La "teoría de los datos sensoriales" no inventa entidades ficticias, sino que llama la atención sobre los objetos inmediatos de los sentidos que tendemos a dejar de lado en nuestra forma de hablar comente, debido a nuestro interés en los objetos comunes. Si consideraciones de tipo lógico imponen que tener una sensación no encuadre con nuestra ob­servación de objetos, entonces, peor para ellas, toda vez que tener una sensación visual es, sin duda, una observación sin inferencias de un objeto sensorial dado.
Consideremos el trillado ejemplo de la persona que mira un plato redondo que está inclinado respecto de ella y que se le aparece elíptico. Veamos, también, qué nos impone decir que en tal circunstancia dis­crimina algo elíptico. Admitimos que el plato no es elíptico sino re­dondo y, al solo efecto de la discusión, aceptamos que el sujeto es veraz al informar que el plato se le presenta elíptico (aunque los platos redon­dos no se muestran elípticos a menos que se los incline excesivamente). El problema consiste en determinar si la verdad de la afirmación de que el plato aparece elíptico implica que el sujeto espía o escudriña un objeto sensorial realmente elíptico que no es el plato y que puede con­siderarse una apariencia visual de él. Admitimos, también, que si el sujeto aprehende un objeto sensorial realmente elíptico que constituye una apariencia visual del plato, será una mancha coloreada de dos di­mensiones, de existencia momentánea, y exclusiva de dicho sujeto. En otras palabras, admitimos que es un dato sensorial y, en consecuencia, que hay datos sensoriales.
Una persona libre de teorías no encuentra inconvenientes en decir que el plato redondo podría aparecer elíptico. Tampoco los tendría para decir que el plato redondo aparece como si fuera elíptico. Sin embargo, le resultaría problemático seguir la recomendación de decir que está viendo una apariencia visual elíptica de un plato redondo. Aunque en algunos contextos habla con naturalidad de la forma como se le presentan las cosas y, en otros, de verlas, comúnmente no habla de ver la apariencia de las cosas, de aprehender la visión momentánea de la visión momentánea de un pájaro, o de discriminar las apariencias visuales de la punta de los árboles. Siente que si mezcla de esta manera los ingredientes terminará en el mismo tipo de sinsentido en que in­curriría si pasara de hablar de comer bizcochos y de hablar de mordiscar bizcochos, a hablar de comer mordiscos de bizcochos. Y estaría en lo cierto. No puede decir con sentido "comer mordiscos" porque "mordis­car" ya es el nombre de una forma de comer. De igual manera, no puede hablar de "ver visiones (momentáneas) ", en un sentido estricto, porque "visión (momentánea) " ya es el nombre de una forma de ver.
Cuando dice que el plato inclinado aparece elíptico o que aparece como si fuera elíptico, quiere significar que aparece igual que un plato elíptico, pero que no estuviera inclinado. Los objetos redondos inclina­dos de cierta manera aparecen, a veces, de la misma manera que los objetos elípticos no inclinados. Los bastones rectos que están sumergidos a medias en el agua aparecen como los bastones que no son rectos y no están sumergidos. Las montañas macizas y distantes aparecen, a veces, como las decoraciones murales planas que tenemos delante de los ojos. Al decir que el plato aparece elíptico, no está caracterizando un objeto adicional —"la apariencia visual"— como elíptico, sino comparando la forma en que aparece el objeto redondo inclinado, con la forma en que aparecen o podrían aparecer objetos elípticos no inclinados. No dice "estoy viendo una mancha blancuzca elíptica y plana" sino "podría es­tar viendo un plato de porcelana blanca, elíptico y no inclinado". Puede decirse que el aeroplano que está más cerca nuestro aparece más veloz que el que está lejos, pero no podríamos decir que tiene "una aparien­cia más veloz". "Apariencia más veloz" significa "aparece como si vo­lara más ligero". Hablar acerca de las velocidades relativas de los aeroplanos no es hablar de la velocidad relativa de apariciones-de-aeroplanos.
En otras palabras. La oración, gramaticalmente simple, "el plato tiene una apariencia elíptica" no expresa —tal como lo supone la teo­ría— un enunciado relaciona!, de los que se veneran tanto en teoría pero que se usan muy poco en la práctica. Expresa, más bien, una pro­posición más o menos compleja una de cuyas partes es, a la vez, general e hipotética. Supone la aplicación, a la aparición actual del plato, de una regla o receta referente a las apariciones típicas de platos elípticos no inclinados, con independencia de que existan o no. Es un caso de lo que he denominado enunciado cuasi-categórico. Es análogo a decir de una persona, que se comporta juiciosamente o que habla como un pedagogo. El beodo, consciente de su estado, que afirma que parece que hubieran dos velas sobre la mesa, o que podría estar viendo dos velas, describe la manera en que aparece una sola vela haciendo refe­rencia a la manera en que aparecen los pares de velas a sujetos sobrios; si no se cuenta de su estado y dice que hay dos velas sobre la mesa, aplicará erróneamente la misma regla general. Las expresiones "apa­rece. ..", "aparece como si...", "tiene la apariencia de...", "podría estar viendo..." y muchas otras de la misma familia, tienen la fuerza de cier­to tipo de prescripciones abiertas aplicadas al caso en cuestión. Cuando decimos que alguien tiene una apariencia pedante, no pretendemos su­gerir que hay dos tipos de seres pedantes: algunos hombres y algunas apariencias-de-hombre. Queremos decir, más bien, que tiene el mismo aspecto que algunas personas pedantes. De manera similar, no existen dos tipos de objetos elípticos: algunos platos y algunas apariencias-de-plato. Sólo existen algunos platos elípticos y otros que parecen que fueran elípticos.
En la vida común hay ciertas circunstancias en las que estamos dispuestos a hablar de manchas coloreadas. Un ama de casa podría decir que su sala necesita un toque de color carmesí, sin especificar si se trata del empapelado, de las flores, de las alfombras o de los corti­nados. Podría pedir a su marido que saliera y le comprara "algo... car­mesí" dejando librado a su voluntad llenar el espacio en blanco con "geranios", "pintura", "cretona" o cualquier otra cosa que se adaptara 2 su requerimiento. De manera similar, una persona que espía por el agujero de una empalizada podría decir que ve una extensión de... amarillo, sin poder especificar si lo que ve son narcisos amarillos, lienzo amarillo o cualquier otro objeto o material comunes y específicos. Para completar su oración podría decir, únicamente, "vi algo amarillo".
En oposición con el uso ordinario de expresiones incompletas como "una extensión de ... amarillo" y " (algo) . . . carmesí", la "teoría de los datos sensoriales" recomienda otra manera de hablar según la cual debe decirse "veo una mancha de blanco" (y no, "veo una mancha de... blanco) u "observó una mancha elíptica bidimensional de azul" (y no, "una .. .azul, de apariencia plana y elíptica").
Niego, pues, que tener una sensación visual sea un tipo de observa­ción que pueda describirse como la aprehensión o intuición de manchas coloreadas. No niego, en cambio, que una mujer pueda pedir a su mari­do que compre (algo) .. .carmesí o que, también con propiedad, pueda decirse que un peatón vio una extensión de . . .amarillo a través de un agujero de la empalizada. La "teoría de los datos sensoriales" ha trata­do de espumar una crema etérea de expresiones incompletas comunes que hacen referencia a objetos también comunes. Habla como si hubie­ra encontrado una nueva clase de objetos cuando, en realidad, ha in­terpretado erróneamente un conjunto de enunciados corrientes que expresan cómo se muestran determinados objetos comunes.
Hablar acerca de apariencias, sonidos y olores, manchas, formas y colores, lo mismo que hablar acerca de perspectivas, nieblas, focos y crepúsculos, es hablar acerca de objetos comunes, debido a que es apli­car reglas que valen para las formas típicas en que se muestran los ob­jetos comunes, a lo que se esté tratando de discriminar en ese momento. Decir que alguien aprehendió una apariencia o que escuchó un sonido, es decir mucho más de lo que formaría parte de la mera descripción de sus sensaciones visuales y auditivas, porque es incluir aquello que está aprehendiendo en reglas bastante generales relativas a la percepción.
Esta observación puede ilustrarse haciendo referencia a la "doctri­na de las cualidades secundarias". Se señaló —casi correctamente— que cuando decimos que un objeto es verde, amargo, frío, penetrante o agu­do, lo estamos caracterizando de acuerdo a la manera en que aparece, gusta, siente, huele o suena a un observador. Se indicó, también, que las condiciones que afectan su sensitividad hacen que las cosas se le aparezcan, gusten, sientan, huelan o suenen de manera distinta. La in­tensidad del ruido que produce un tren depende, en parte, de la distan­cia en que se encuentre el observador, de la circunstancia de que sea —o no— duro de oídos, de la posición de su cabeza, de que tenga los oídos tapados, etc. Que el agua, a determinada temperatura, parezca fría o tibia depende de la temperatura de las manos del sujeto. Tomando como base estos hechos, se dio un salto teórico a la doctrina de que decir que un objeto es verde, es decir algo acerca de las sensaciones visuales del observador que afirma que el objeto tiene ese color. Se supuso que "verde", "amargo", "frío" y demás adjetivos, hacen referen­cia a sensaciones y, sólo por extensión, a objetos comunes. Pero, como es evidentemente absurdo decir que una sensación es una cosa verde, elíptica o fría, se pensó que era necesario asignar a las sensaciones sus objetos propios, de modo tal que "verde" no hiciera referencia al hedió de tener una sensación sino a un objeto peculiar "creado" internamente por ella. La prohibición de caracterizar los objetos comunes apelando a adjetivos que hacen referencia a "cualidades secundarias", llevó a crear objetos privados encargados de llevar esos adjetivos. Debido a que los adjetivos que hacen referencia a tales cualidades aparecen como pre­dicados de los enunciados correspondientes, se tuvo que sostener que las sensaciones eran —en sí mismas— observaciones de objetos especiales. Cuando digo que un objeto común es verde o amargo, no doy cuenta de un hecho acerca de mi sensación actual, aunque digo algo respecto de la manera en que se me aparece o gusta. Digo, mas bien, que se mostraría o gustaría de tal o cual manera a cualquier persona que se encontrara en condición y en posición adecuadas para ver o gus­tar. En consecuencia, cuando digo que el césped es verde, pero que se me aparece de un gris-azulado, no me estoy contradiciendo. Tampoco lo hago cuando afirmo que la fruta es amarga pero que me parece sin gusto. Y cuando digo que el césped, pese a ser verde, se me aparece de un gris-azulado, describo mi sensación momentánea únicamente asi­milándola a la manera en que los objetos comunes, que son, realmente, gris-azulados, se muestran normalmente a cualquiera que pueda ver bien. Los adjetivos que hacen referencia a "cualidades secundarias" se usan únicamente para dar cuenta de hechos públicos relativos a objetos comunes. Que el césped sea verde, esto es, que aparezca de tal o cual manera a cualquiera que se encuentre en condiciones de verlo adecua­damente, es un hecho público. ¿Qué otra cosa se nos podría enseñar acerca del uso de estos adjetivos? Debe observarse que la expresión "aparezca de tal o cual manera a cualquiera" no puede traducirse en la expresión "aparezca verde a cualquiera", porque decir que algo aparece verde es afirmar que aparece como si fuera verde y las condiciones son normales. No podemos decir cómo aparece o aparecería algo, si no es haciendo mención a propiedades de objetos comunes, afirmando enton­ces que aparece ahora como podría esperarse que apareciera otro objeto. Mientras que es verdad que decir "el césped es verde" implica proposiciones acerca de observadores con determinadas condiciones óp­ticas y en determinadas situaciones, no es verdad que relate una anécdota acerca de su autor. Dicha proposición es análoga a la de "esta bicicleta cuesta diez mil pesos", que implica proposiciones hipotéticas acerca de compradores reales o posibles, pero que no afirma ni implica ninguna proposición categórica referente a su autor. El precio de un artículo es un hecho relativo al artículo y a sus compradores, pero no es un hecho relativo a un artículo y a un comprador particular; por supuesto que no es, solamente, un hecho relativo a un comprador dado.
No es necesario que la persona que dice "el faro encandila" nece­site experimentar la incomodidad que produce encandilarse; sin embar­go, habla acerca de la incomodidad del encandilamiento de una manera diferente que supone hablar acerca del faro. Es erróneo sostener que no pueda decirse que un faro encandila, a menos que el que habla esté encandilado, y que —en consecuencia— el encandilamiento no es una cualidad del faro sino de los datos sensoriales de aquél. Decir que el faro encandila no implica que, en este momento, esté encandilando a alguien; afirma, únicamente, que encandilará a cualquier persona con visión normal que mire al faro desde cierta distancia y sin protección. El enunciado "el faro encandila" no da cuenta de una sensación que tengo, de la misma manera que "la bicicleta cuesta diez mil pesos" no da cuenta del dinero que puedo disponer. En el sentido corriente de "subjetivo", las "cualidades secundarias" no son subjetivas, aunque es verdad que para los no videntes los adjetivos referentes a colores no tienen uso, mientras que los referentes a la forma, tamaño, distancia, di­rección del movimiento, etc., tienen el mismo uso que para el resto de las personas.
Los argumentos en favor de la subjetividad de las "cualidades se­cundarias" tienden a fundarse en un truco verbal interesante. Los ad­jetivos como "verde", "dulce", "frío", se asimilan a los adjetivos que se refieren a condiciones de incomodidad, y sus opuestos, como "encandilador", "gustoso" e "hirviente". Pero como hemos visto, tampoco así se obtiene la conclusión que se pretende extraer. Decir del agua que está "fría hasta doler" no implica que el autor del enunciado, o alguna otra persona, sienta dolor. Sin embargo, el enunciado hace referencia de una manera más indirecta a las personas que sienten dolor y, como sentir dolor es un estado mental, puede decirse que "fría hasta doler" alude indirectamente e inter alia a un estado mental. De esto no se sigue que "el agua está tibia" y "el cielo es azul" aludan, aunque sea de esta manera indirecta, a estados mentales. "Tibia" y "azul" no son adjetivos que se refieran a condiciones de incomodidad o satisfacción. Puede decirse que un camino es más aburrido que otro y tan largo como un tercero; pero la segunda descripción no hará referencia al es­tado de ánimo de los transeúntes de la manera en que la primera hace referencia a su sensación de aburrimiento.
Una consecuencia lingüística de este argumento es que expresiones tales como "objeto sensorial", "objeto sensible, "sensum", "dato sen­sorial", "contenido sensorial", "campo sensorial" y "sensibilia" carecen de empleo. Tanto el verbo transitivo "aprehender" ("to sense") como la apabullante "aprehensión directa" creados por el epistemólogo, pue­den volver al depósito. No representan nada más que la tentativa de otorgar a los conceptos de sensación las tareas propias de los conceptos de observación, que inexorablemente terminó con la postulación de los datos sensoriales como contrapartida de los objetos comunes sujetos a observación.
Se sigue también de lo anterior que no necesitamos erigir teatros privados para que los objetos adicionales que se postulan tengan un escenario, ni torturar nuestra cabeza para llegar a describir las relacio­nes imposibles entre tales objetos y las cosas corrientes.



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