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(7) LA EVASIVIDAD SISTEMATICA DE "YO"



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(7) LA EVASIVIDAD SISTEMATICA DE "YO"



Nos encontramos ahora en una posición favorable para dar cuenta de la evasividad de la noción de "yo" y de la falta parcial de paralelismo, entre ella y la noción de "tú" o "él". Cuando uno se ocupa de uno mis­mo, sea en forma teórica o práctica, lleva a cabo un acto de nivel supe­rior; y también lo hace cuando uno se ocupa de los demás. Por ejemplo, tratar de describir lo que uno acaba de hacer o esta haciendo, es comentar algo acerca de un nivel que, salvo per accidens, no es en sí mismo el que corresponde a la descripción. El acto de ridiculizar no puede ser el propio blanco del ridículo. Un acto de nivel superior no puede ser la acción respecto de la cual se lleva a cabo. De tal manera, mi descripción de mis propias acciones debe guardar silencio respecto de una acción: la que constituye la descripción misma. Este acto puede ser objeto, únicamente, de otra descripción. Autodescripción, autorridículo, autoadmonición, están lógicamente condenadas a ser, eternamente, penúltimas. Pese a ello, lo admitido en una descripción o admonición particulares no tiene el privilegio de estar exento, para siempre, de descripción o admonición. Por el contrario, puede ser objeto de la próxima descripción o reprimenda.
La observación puede ejemplificarse de la siguiente manera. Un profesor de canto podría criticar las acentuaciones o notas de un alumno, imitando, con exageración, cada palabra que éste entona. Si el alumno cantase lentamente, el profesor podría parodiar cada palabra antes de que el alumno entonara la próxima. En determinado mo­mento, en un gesto de humildad, el profesor trata de criticar su propia manera de cantar, empleando la misma técnica; imita con exagera­ción cada palabra que entona, incluyendo a las que ha entonado en su parodia previa. Es obvio, primero, que nunca puede ir más allá de la primera palabra de la canción, y, segundo, que en todo momento produce un sonido que le queda por imitar, no interesando la rapidez con que ridiculiza cada sonido que emite. En principio, no puede aprehender más que las faltas del objeto de sus desvelos, debido a que una palabra no puede ser su propia imitación exagerada. Pese a ello, ninguna palabra que entone queda sin la correspondiente paro­dia. Nuestro profesor siempre llega a la función un día tarde. Pero todos los días asiste a la función de ayer. Nunca consigue aprehender la sombra de su propia cabeza, pero siempre se encuentra a un solo paso de ella.
El crítico literario puede criticar un libro, y un segundo crítico puede hacerlo respecto de las críticas formuladas. Pero la crítica de segundo nivel no es una crítica de sí misma. Únicamente puede ser juzgada en una crítica de tercer nivel. Si se consiguiera un editor paciente, podría publicarse cualquier crítica de cualquier nivel aunque, en un momento dado, no fuera el caso que todas las críticas hayan sido objeto de crítica literaria. De la misma manera, todos los actos del que lleva un diario personal no pueden ser objeto de inclusión en él, porque el último asiento realizado requiere, para ello, que fuera a su vez asentado.
Creo que esto explica por qué nos inclinamos a pensar que mi yo pasado puede ser descrito exhaustivamente, igual que el yo pa­sado de otra persona, mientras que mi yo presente escapa perma­nentemente a toda tentativa de aprehensión. También explica la falta de paralelismo entre la noción de "yo" y la de "tú", sin necesidad de interpretar esa evasión constante como una especie de misterio úl­timo.
Pero también explica otra cosa. Cuando se considera el problema del libre albedrío se tiende a imaginar la vida de las personas como la marcha de un reloj o el curso de un río. También se tiende a empantanarse ante la idea de que nuestro futuro inmediato es predecible y está inalterablemente determinado. Parece absurdo suponer que lo que estoy por pensar, sentir o hacer, está fijado de antemano, aun­que muchas personas están dispuestas a no experimentar tal sensación cuando suponen que la vida de los demás está fijada de antemano. Lo que llamamos "sensación de espontaneidad", está íntimamente co­nectada con esta imposibilidad de imaginar que lo que voy a pensar o a hacer, ha sido ya determinado. Por el contrario, no parece ab­surdo admitir la posible predicción de lo que pensé o hice ayer. Es solamente cuando trato de predecir mi próximo acto que me siento como el nadador que intenta alcanzar el oleaje que él mismo produce.
La solución, en estos casos, es igual a la anterior. La predicción de un acto o de un pensamiento es una operación de nivel superior cuya realización no se encuentra entre los elementos que se tienen en cuenta para formularla. Sin embargo, como el estado mental en el que me encuentro antes de hacer algo puede influir en lo que hago, se sigue que debo pasar por alto por lo menos uno de los datos relevantes para mi predicción. De modo similar, puedo aconsejar a alguien en la forma más detallada posible pero, pese a ello, debo omitir un consejo, dado que al mismo tiempo no puedo aconsejarlo sobre la forma de admitir mi consejo. En consecuencia, no hay paradoja al decir que timen tras que normalmente no me sorprende hacer o pensar lo que* hago, sin embargo, cuando trato de anticipar con algún cuidado lo que haré o pensaré, el resultado probablemente no corres­ponderá a mi expectativa. El proceso de predicción puede desviar el curso de mi comportamiento inmediato en una dirección y en un grado tales que mi predicción no puede llegar a controlar. Hay algo para lo que no puedo prepararme: el próximo pensamiento que voy a pensar.
El hecho de que mi futuro inmediato se me escape, sistemática- mente de esta manera, no prueba que el curso de mi acción no sea en principio predecible para profetas distintos de mí o que resulte
inexplicable para mí después del calor de la acción. Puedo señalar cualquier cosa con mi dedo, y otras personas, pueden señalarla. Pero dicho dedo no puede ser el objeto al que él mismo señala. Un proyectil no puede ser su propio objetivo, aunque pueda serlo de cual­quier otra cosa.
La conclusión general de que cualquier comportamiento puede ser objeto de un comportamiento de nivel superior, pero no de sí mismo, está conectada con las afirmaciones formuladas más atrás referentes al funcionamiento especial de las palabras-índice como "ahora", "tú" y yo". Una oración que comienza con "yo" indica la persona a la que se refiere al ser pronunciada o escrita por ella. De modo que, cuando una persona expresa tal oración, su expresión puede formar parte de un comportamiento de nivel superior que consiste, quizá, en autodescribirse, autoordenarse o autocompadecerse, y este comporta­miento no está incluido en la operación en la que consiste. Aún cuan­do la persona esté concentrada momentáneamente —con propósitos especulativos— en el problema que plantea el yo, no podrá aprehender otra cosa, sabiendo que no puede ser de otra manera, que las faldas de lo que pretende. Su presa es el cazador.
Para concluir. No hay nada misterioso u oculto en el conjunto de áctos o actitudes de nivel superior que son susceptibles de ser abarcados por el título inadecuado de "autoconciencia". Tales actos son del mismo tipo que los actos y actitudes de nivel superior que exhiben las personas en su trato mutuo. Los primeros son, únicamente, aplicación especial de estos últimos y se aprenden a partir de ellos. Si llevo a cabo la operación de tercer nivel de comentar el acto de segundo nivel de reírme de mí mismo por cierta torpeza manual que he realizado, usaré el pronombre personal de primera persona de dos maneras diferentes. Me digo a mí mismo o a los que me rodean "me estaba riendo de mí mismo porque tengo «dedos de manteca»". Pero esto, lejos de mostrar que hay dos "yo" bajo mi piel, para no hablar siquiera del tercer "yo" que efectúa el comentario, señala úni­camente que recurro al empleo de dos pronombres que, corriente­mente, efectuamos cuando decimos que ella, se ríe de él. Aplico esta forma lingüística debido a que estoy usando el método de relación interpersonal que tal lenguaje ordinariamente describe.
Antes de concluir este capítulo, es bueno señalar que existe una diferencia importante entre el pronombre personal de primera persona y el resto de los pronombres. "Yo", cuando lo uso, siempre me indica y únicamente me indica a mí. "Tú", "ella" y "ellos" indican perso­nas diferentes en momentos distintos. "Yo" es como mi propia som­bra, nunca puedo separarme de él, como no puedo separarme de ella. No hay misterio alguno en esta fidelidad, pero la menciono porque parece retribuir a "yo" una unicidad y adhesividad equívocas. "Ahora" tiene, también, algo de esa sensación persecutoria.



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