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(6) EL YO



No sólo los teóricos sino también la gente común, incluyendo a los niños, se sienten perplejos frente a la noción de "yo". Los niños se preocupan a veces por cuestiones tales como "¿qué pasaría si yo fuera otro y el otro fuera yo?", y "¿dónde estaba (yo) antes de nacer?". Los teólogos se han preocupado por la cuestión "¿qué es lo que se salva o se condena en un individuo?", y los filósofos han especulado sobre si "yo" denota una sustancia peculiar y distinta, y en qué consiste mi identidad indivisible y continua. Muchos de estos problemas no surgen de la adopción automática de la hipótesis paramecánica, y en esta sección me propongo hacer justicia a una familia especial de enigmas cuya exposición y solución puede tener un interés teórico general.
Los enigmas que voy a considerar tienen relación con lo que denominaré "evasividad sistemática" del concepto de "yo". Cuando un niño, sin compromisos o formación teóricos, se pregunta por vez primera "¿quién o qué soy yo?", no lo hace por el deseo de conocer su apellido, nacionalidad o ubicación en la clase. Conoce todos sus datos personales. Pero siente que hay algo más a lo que "yo" hace referencia; algo que queda por describir después que se han dado la totalidad de sus datos personales. También siente, aunque muy vaga­mente, que sea lo que fuere aquello referido por "yo", es muy importante y único, en el sentido de que no pertenece a nadie más que a él. Sólo podría ser uno de ellos. Los pronombres "tú", "ella" y "nosotros" no parecen desconcertar. "Yo", sí. Y lo hace, por lo menos en parte, porque cuanto más trata el niño de señalar aquello a lo que "yo" hace refrenda, menos éxito tiene. Sólo puede agarrar sus faldas, pero su yo está siempre obstinadamente un paso delante de ellas. Al igual que la sombra de la propia cabeza, no espera para que podamos saltar sobre ella. Sin embargo, nunca se encuentra demasiado lejos. A veces ni siquiera parece estar delante del perseguidor. Evita la captura ubi­cándose en sus propios músculos. Entonces, está demasiado cerca para tenerlo al alcance de la mano.
Los teóricos han sido burlados de manera similar por el concepto de "yo". El propio Hume confiesa que luego de tomar en cuenta la totalidad de los elementos de su experiencia, no ha hallado ninguno que correspondiera a la palabra "yo". Sin embargo, no se conforma con que no haya algo más y algo importante, sin lo cual su análisis no permitiría describir su experiencia.
Otros epistemólogos han experimentado inquietudes parecidas. ¿De­bo o no colocar a mi yo cognoscente en la lista de todas las cosas que conozco? Si digo "no", parezco reducirlo a un misterio teórica­mente estéril. Pero si digo "sí", parezco transformarlo de red de pesca, en uno de los peces que ella recoge. Parece arriesgado admitir o rechazar que el juez pueda ser sentado en el banquillo de los acu­sados.
Muy pronto trataré de explicar esta evasividad sistemática de la noción de "yo" y, conjuntamente, la falta de paralelismo que existe entre esa noción y las de "tú" y "él". Es oportuno, sin embargo, formular en primer término algunas observaciones que valen, por igual, para todos los pronombres personales.
La gente, incluyendo a los filósofos, es propensa a plantear sus problemas acerca de qué constituye un yo, preguntando qué nombran las palabras "yo" y "tú". Conocen el río cuyo nombre es "Támesis" y el perro llamado "Fido". También conocen a las personas con las que tienen relación y sus respectivos nombres. Tienen la vaga sen­sación, entonces, de que como "yo" y "tú" no son nombres públicos, deben ser nombres, distintos y extraños, de algunos individuos que se esconden detrás o dentro de las personas que son conocidas, normal­mente, por nombres y apellidos comunes. Como los pronombres no se encuentran anotados en el Registro Civil, sus poseedores deben ser distintos, de alguna manera, a los poseedores de los nombres y ape­llidos registrados en él. Esta forma de plantear el problema es, desde el comienzo, errónea. "Yo" y "tú" no son nombres propios, como "Fi­do" y "Támesis", pero tampoco son nombres propios irregulares. No son nombres propios, y ni siquiera son nombres, así como "hoy" no es el nombre efímero de un día cualquiera. El engaño gratuito co­mienza en el momento mismo en que empezamos a buscar a nuestro alrededor sujetos nombrados por los pronombres. Por cierto que las oraciones que contienen pronombres hacen mención de personas identificables, pero la manera en que esas personas son identificadas me­diante los pronombres es muy diferente a la manera en que son iden­tificadas mediante los nombres propios.
Esta diferencia puede ser indicada, de manera provisoria, de la siguiente forma. Hay un tipo de palabras (que pueden denominarse "palabras-índice") que indican a quien escucha o lee, la cosa, episodio, persona, lugar o momento particulares a los que se hace referencia. Así, "ahora" es una palabra-índice que indica a quien escucha la ora­ción "el tren está cruzando ahora el puente", el momento particular del cruce. La palabra "ahora" puede ser usada, por supuesto, en cual­quier momento del día o de la noche, pero no significa "en cualquier momento del día o de la noche". Indica el momento particular en el que —el interlocutor— oye la expresión lingüística "ahora". El ins­tante en que el tren cruza el puente es indicado por la formulación lingüística de la palabra "ahora". El momento en el que "ahora" se expresa, es el momento que la palabra indica. De manera parcialmente similar, la palabra "ese" es usada, a menudo, para indicar el objeto particular al que apunta el dedo de quien la pronuncia en el mo­mento de decir "ese". "Aquí" indica, a veces, el lugar particular desde el cual el que habla propaga a su alrededor el ruido "aquí". Y la página indicada por la frase "esta página", es la página en la cual la palabra impresa "esta" ocupa un lugar. Otras palabras-índice indican de manera indirecta. "Ayer" indica el día anterior a aquel en el que fue expresada o impresa en un periódico. "Entonces", en ciertos usos, indica un momento o período que tiene determinada relación con aquél en el cual la palabra es oída o leída.
Pronombres como "yo" y "tú" son, por lo menos a veces, palabras-índice directas, mientras que otros como "él" y "ellos", y, en algunos usos "nosotros", son palabras-índice indirectas. "Yo" puede indicar la persona particular de la que emana el ruido "yo" o los signos escritos "yo". "Tú" puede indicar la persona que me oye decir "tú" o aquella persona, quienquiera sea ella (y puede haber varias), que lee la expre­sión "tú" que escribo o he escrito. En todos los casos, el acaecimiento físico de una palabra-índice está corporalmente anexado a aquello que la palabra indica. En consecuencia, "tú" no es un nombre extraño que yo y otras personas damos; es una palabra-índice que, ubicada en su uso corriente, indica a quién estoy diciendo mis expresiones. "Yo" no es un nombre más para un ser adicional. Indica, cuando lo digo o lo escribo, el mismo individuo a quien se pueden dirigir los demás mediante el nombre propio "Gilbert Ryle". "Yo" no es el alias de "Gilbert Ryle". Indica la persona nombrada por "Gilbert Ryle" cuan­do Gilbert Ryle usa "yo".
Pero esto está lejos de ser todo el cuento. Debemos observar aho­ra que usamos los pronombres, lo mismo que los nombres propios, en una amplia variedad de maneras. Errores adicionales han surgido al detectar, sin comprenderlos, los contrastes existentes entre tales usos diferentes de "yo" y, en menor medida, de "tú" y "él".
En la oración " (yo) me cuido (a mi mismo) de no quemarme con el fuego", la expresión "a mí mismo" podría ser reemplazada por "mi cuerpo" sin perder el sentido, pero el pronombre "yo" no podría ser reemplazado por "mi cuerpo" sin obtener un sinsentido. De manera similar, la oración "crémenme después que (yo) haya muerto", no implica una autodestrucción, debido a que " (crémen) me" y "yo" se usan en dos sentidos diferentes. A veces podemos y a veces no po­demos parafrasear el pronombre personal de primera persona por "mí cuerpo". Hay casos, también, en los que puedo hablar acerca de una parte de mi cuerpo, pero no puedo usar "yo". Si mi cabello resultara quemado, podría decir " (yo) no me quemé, sino solamente mi cabello". Pero nunca podría decir " (yo) no me quemé; sólo mi cara y mis ma­nos se quemaron". Una parte de mi cuerpo que no tiene sensibilidad ni puede moverse a voluntad es mía (is mine), pero no es parte de mí (of me). A la inversa, puede hablarse —usando "yo"— de los adi­tamentos auxiliares de mi cuerpo, tales como los automóviles y los bastones. " (Yo) choqué con un puente'', significa lo mismo que "el auto que manejaba (o que es de mi propiedad y manejaba otro en mi presencia) chocó con un puente".
Consideremos ahora algunos casos en los que "yo" no puede ser reemplazado por "mi cuerpo" o "mi pierna". Si digo " (yo) estoy molesto porque me golpeé contra el parante, al chocar", podría acep­tarse la sustitución de "me golpeé..." por "mi cabeza dio contra el parante. . .". Pero no admitiríamos que " (yo) estoy molesto" se inter­pretara de esta manera. De manera similar sería absurdo decir "mi cabeza recuerda...", "mis sesos calculan...", o "mi cuerpo lucha contra la fatiga". Es debido, quizá, a lo absurdo de tales expresiones que mucha gente se ha visto llevada a describir a una persona como la asociación entre un cuerpo y un no-cuerpo.
Sin embargo, no hemos llegado todavía al fin de la lista de los diferentes usos de "yo", porque aparecen otros usos del pronombre personal de primera persona entre aquellos que no se pueden para­frasear haciendo referencia al cuerpo. Tiene sentido decir que me des­cubrí empezando a soñar, pero no lo tiene afirmar que descubrí a mi cuerpo empezando a soñar o que mi cuerpo me descubrió hacién­dolo. Tiene sentido decir que un niño se narra a sí mismo un cuento de hadas, pero no lo tiene constituir a su cuerpo en narrador o en oyente.
Diferencias de esta clase han hecho, quizá más que todas las di­ferencias que se advierten en las descripciones de actos de autocontrol, que mucho predicadores y algunos pensadores hablen como si una per­sona común fuera en realidad una especie de comisión o equipo de personas, liadas dentro de nosotros. Es como si el yo que piensa y veta, constituyera una persona y el yo codicioso u ocioso constituyera otra. Esta imagen, obviamente, no sirve. Parte de lo que quiere decir "per­sona" es alguien capaz de descubrirse a sí mismo empezando a soñar, contándose historias y refrenando su codicia. La reducción que pre­tende efectuarse de una persona a un equipo de personas, sólo llevaría a multiplicar el número de éstas, sin explicar cómo es que una y la misma puede ser, a la vez, narrador y oyente, estar en vigilia y soñar, quemarse y sorprenderse por haberse quemado. La explicación que se necesita es que en un enunciado como " (yo) me descubrí (a mí mismo) empezando a soñar", los dos pronombres no son nombres de personas diferentes, debido a que no son nombres sino palabras-índice usadas con sentidos diferentes en contextos de distinto tipo, tal como ocurría con el enunciado " (yo) me cuido (a mí mismo) de no que­marme con el fuego" (aunque la diferencia de sentido sea en este caso distinta a la del otro ejemplo). Si pareciera poco plausible decir que dentro de una oración el pronombre personal de primera persona usado dos veces indica, a la vez, a la misma persona y tiene dos sentidos diferentes, es suficiente por ahora señalar que lo mismo puede ocurrir aun con nombres propios corrientes y con títulos personales. La oración "después de su casamiento la Srta. Pérez no será más Srta. Pérez", no dice que tal mujer dejará de ser ella misma o la clase de persona que es ahora, sino que cambiará su nombre y su condición. La oración "después que Napoleón regresó a Francia, ya no era más Napoleón", podría significar solamente que sus cualidades de mando habían cambiado, y el caso es obviamente análogo al de la expresión comente " (yo) no soy yo".6 Los enunciados " (yo) estaba empe­zando a soñar", y " (yo) me descubrí (a mí mismo) empezando a soñar", son de diferente tipo lógico y de esto se sigue que el pronom­bre "yo" se usa en ambos con una fuerza lógica distinta.
Al considerar la conducta humana —conducta que no es propia de animales, niños de pecho e idiotas- debemos tener en cuenta, por varios motivos, el hecho de que (algunas acciones tienen relación de un modo u otro con otras acciones, o que algunas de ellas son opera­ciones basadas en otras. Cuando una persona se venga de otra, se burla de ella, le contesta algo o juega a las escondidas con ella, sus acciones tienen que ver, de una u otra forma, con acciones que realiza la otra. En un sentido que será aclarado más adelante, puede decirse que la ejecución de la primera acción supone pensar en la segunda. La acción que realiza un sujeto no podría ser espiar o aplaudir a menos que tuviera que ver con acciones de otro sujeto. No podría comportarme como cliente a menos que otro se comportara como ven­dedor. Una persona, si es interrogada por otra, debe responder adecua­damente; alguien debe ocupar el escenario si otros van a ser críticos teatrales. Será conveniente usar la expresión "acciones de nivel supe­rior" para denotar aquellas cuya descripción supone la mención indi­recta de otras acciones.
Algunas, aunque no todas las acciones de nivel superior, influyen en el sujeto. SI comento las acciones de otro a sus espaldas, mi co­mentario se referirá a sus acciones en el sentido de que la realización de mi acto supone pensar en la ejecución del acto del otro; pero no modifica su actuar. Esto es muy claro cuando el comentarista o el crítico realizan su tarea después de la muerte del sujeto cuyo comportamiento juzgan. El historiador no puede cambiar el comporta­miento de Napoleón en la batalla de Waterloo, por otra parte, la oportunidad y los métodos de mi ataque afectan la precisión y técnica de la defensa del otro; y lo que vendo tiene mucho que ver con lo que el otro compra.
Además, cuando digo que las acciones de un sujeto tienen que ver con las acciones de otro, no excluyo aquellas que son ejecutadas bajo la impresión errónea de que la otra persona está haciendo algo que, realmente, no lleva a cabo. El niño que festeja mi habilidad para hacerme el dormido, aunque de hecho esté dormido, hace algo que, en este sentido, presupone que estoy fingiendo esa acción. Robinson Crusoe mantiene conversaciones con su loro, si cree —o cree a medias— que el ave entiende lo que él dice, aun cuando esta creencia sea falsa.
Finalmente, hay muchos tipos de acciones que están relacionadas con otras acciones subsiguientes, aun meramente posibles o probables. Cuando soborno a otro para que me vote, su acto de votar no se ha llevado a cabo todavía y puede que nunca se lleve a cabo. En la descripción de mi acción de sobornar se incluye una referencia a su voto, pero tal referencia debe ser del tipo "que usted me vote" y no del tipo "porque usted me votó" o "porque pensé que usted me había votado". De la misma manera, hablar a otro presupone, solamente en este aspecto, que me entiende y que concuerda conmigo. Hablo para que se me entienda y se esté de acuerdo conmigo.
Cuando Fulano se opone, descubre, informa, parodia, saca par­tido, aplaude, se burla, apoya, imita, o interpreta algo que ha hecho Mengano, cualquier descripción de su acción tiene que incluir una mención indirecta de lo que éste ha hecho o de lo que se supone que ha hecho. Por el contrario, la descripción del comportamiento de Fulano no debe entrar en la descripción del de Mengano, hablar acerca de los descubrimientos o burlas de Fulano supone, aunque no está supuesto en ello, hablar acerca de lo que ha estado descubriendo o burlándose; y esto es lo que significa decir que la acción de Fulano es de un nivel superior a la de Mengano." Por "superior" no quiero decir "más elevada". Chantajear a un desertor es de nivel superior a la deserción, y hacer propaganda es de nivel superior a ven­der. Recordar el haber realizado una acción bondadosa no tiene más nobleza que haberla hecho, aunque es de nivel superior. Es sa­ludable recordar que las acciones que consisten en dar cuenta de, o describir acciones de los otros, a espaldas de ellos, son una especie de acción de nivel superior y no tienen prioridad especial respecto de las demás formas en que tales acciones pueden ser consideradas. To­mar en cuenta la actividad académica de Mengano es una de las for­mas en que Fulano juzga los actos de aquél. La construcción y uso, público o privado, de oraciones en el modo indicativo, no es, como a los intelectuales les encanta pensar, la primera jugada indispensable de Mengano o su última jugada hipócrita. Pero esta observación nos obliga a considerar el sentido en que ejecutar una acción de nivel superior "supone pensar en" la correspondiente acción de nivel inferior. No significa que si, por ejemplo, voy a imitar los gestos de otro, deba hacer dos cosas, esto es, tratar de describirme verbalmente sus gestos v producir gestos que se acomodan a los términos empleados en tal descripción. Describirme los gestos de otro es, en sí misma, una acción de nivel superior, que igualmente supone pensar en sus gestos. La frase "supone pensar en" no significa una operación causal o la con­comitancia de un proceso de una clase con un proceso de otra. Para que mi descripción de los gestos de otro sea tal, debe incluir el pensar de cierta manera en sus gestos. Igualmente, su imitación, para ser tal y no una mera réplica, debe incluir pensar de cierta manera en aquéllos. Por supuesto que este es un sentido extendido de "pensar". No denota ningún tipo de Devaluación ni implica la enunciación de proposiciones. Significa que ¡debo saber lo que estoy haciendo y, dado que lo que estoy haciendo es una imitación, debo conocer los gestos hechos por el otro y usar tal conocimiento al imitar y no para dar cuenta de ellos o describirlos!
Las acciones de nivel superior no son instintivas. Cualquiera de ellas puede hacerse con eficiencia o ineficiencia, adecuada o inadecua­damente, con inteligencia o torpeza. Los niños tienen que aprender a realizarlas. Deben aprender a oponerse, a evitar actos y a vengarse, a prevenirse, a ceder y a cooperar, a hacer intercambios y a regatear, a recompensar y castigar. Tienen que aprender a hacer bromas a los tiernas y a comprender las que reciban, a obedecer órdenes y a darlas, a suplicar y a conceder, a ser calificados y a calificar. Tienen que aprender a hacer y a entender informes, descripciones y comentarios; a aceptar críticas y formularlas; a enunciar, rechazar, corregir y for­mular juicios; a catequizar y ser catequizados. Tienen que aprender, además (más tarde), a guardar para sí mismos cosas que están pro­pensos a divulgar. La reticencia es de un nivel superior a la fran­queza.
Puede verse ahora el objeto que persigo al llamar la atención so­bre estas verdades obvias de la pieza de juegos y del aula. ''En cierto momento el niño descubre la posibilidad de ejercitar actos de nivel superior sobre sus propios actos de nivel inferior. Habiendo sido en oportunidades distintas, víctima y autor de bromas, violencias, catequizaciones, críticas e imitaciones, en sus relaciones personales con los otros y con sí mismo descubre cómo actuar en ambos papeles a la vez. Ha escuchado cuentos con anterioridad y también los ha contado, pero ahora se los dice a su cautivado oído. Ha sido descu­bierto al mentir y ha detectado las mentiras de los demás, pero ahora aplica la técnica de la detección a sus propias mentiras. Descubre que puede darse órdenes a sí mismo con tal autoridad que a veces las obedece, aun cuando tenga reparos en hacerlo. La autopersuasión y e! disuadirse a sí mismo se tornan más o menos efectivos. En la adolescencia aplica a su propio comportamiento la mayoría de los métodos de nivel superior que los adultos utilizan con los jóvenes. En­tonces, se dice que está madurando.
Además, así como ha adquirido anteriormente no sólo la aptitud sino también la inclinación a ejecutar actos de nivel superior sobre los actos de otro, ahora es propenso y, a la vez, competente, a hacer lo mismo con su propia conducta; y, así como aprendió primero a rivalizar con los actos particulares de los demás y con sus inclinaciones para llevarlos a cabo, ahora se torna, en algún grado, capaz de juzgar, teó­rica y prácticamente, sus propios hábitos, motivaciones y aptitudes. Sus comportamientos de nivel superior o su inclinación a llevarlos a cabo no están eximidos, de ninguna manera, de un tratamiento si­milar. Para cualquier comportamiento de cualquier nivel, es siempre posible que puedan ser realizadas una variedad de acciones de nivel superior referentes a él. Si pongo en ridículo algo que otro, o yo mismo, hemos hecho, puede ser que no haga ningún comentario ver­bal de mi estado anímico, que no pida disculpas, que no transmita a otros la broma. Entonces, puedo aplaudirme o reprocharme por haberlo hecho; y puedo anotar en mi diario tal acto.
Se verá que lo que se discute aquí, cubre mucho de lo que ordi­nariamente se denomina "autoconciencia" y "autocontrol", aunque se extiende a aspectos que estas nociones no alcanzan. Una persona pue­de y debe actuar, a veces dando cuenta de su propio quehacer, y a veces; como regulador de su propia conducta, pero estos autocomportamientos de nivel superior son sólo dos, de un número enorme de casos, así como los comportamientos interpersonales correspondientes son sólo dos de un gran número de ellos.
Tampoco debe suponerse que las descripciones que una persona se hace a sí misma de su propio quehacer, o de las normas que impone a su propia conducta, se encuentran absolutamente libres de prejuicios o descuidos. Mis descripciones sobre mí mismo están sujetas a los mis­mos tipos de defectos que mis descripciones de otra persona, y las admoniciones, correcciones y preceptos que me impongo a mí mismo pueden mostrarme como ineficaz o mal consejero, tal como se mues­tran al guiar a los demás. La autoconciencia, si es que esta palabra debe ser usada, no puede ser descrita en base al consagrado modelo para-óptico, como si fuera una antorcha que se ilumina a sí misma con 'los rayos de su propia luz reflejados en el espejo de su propia inferioridad. Por el contrario, es simplemente un. caso especial de una forma, más o menos eficiente, de manejar a un testigo menos o más honesto e inteligente. De manera similar, el autocontrol no debe ser equiparado a la dirección de un subordinado parcialmente disci­plinado, por parte de un superior que posee sabiduría perfecta y autoridad. Es, simplemente, un caso especial de la dirección de una persona corriente por una persona corriente, como cuando, por ejem­plo, Juan Pérez desempeña ambos papeles. Lo cierto es que no existen actos de nivel superior exentos de crítica, sino que cualquier acto de nivel superior puede ser, en sí mismo, criticado. No es que acaezca algo que está fuera de toda prueba, sino que nada de lo que acaece está más allá de prueba. No es que cualquier operación sea de nivel superior, sino que para cualquier operación de cualquier nivel pue­den darse operaciones de nivel superior.




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