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(5) "REVELACIÓN" MEDIANTE EL HABLAR ESPONTANEO



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(5) "REVELACIÓN" MEDIANTE EL HABLAR ESPONTANEO

El conocimiento de los demás y de nosotros mismos depende de la observación de su comportamiento y del nuestro.) Pero existe un aspecto de 'la conducta humana en el que nos apocamos principalmente. Cuando alguien ha aprendido a hablar y habla un idioma que cono­cemos, utilizarnos una parte de esa actividad como fuente principal de nuestra información respecto de él; es la parte en que su conver­sación es franca, espontánea y natural. Es sabido que, frecuentemente, somos reticentes y guardamos para nosotros ciertas cosas en vez de tra­suntarlas. También es obvio que, a menudo, la gente no es sincera y habla de manera calculada para dar una impresión falsa. Pero 'la circunstancia de que las expresiones lingüísticas puedan ser producidas con cautela implica la posibilidad de que haya expresiones lingüísticas francas y no estudiadas. Ser reticente es evitar deliberadamente ser fran­co, y ser hipócrita es evitar, deliberadamente, lo que se nos ocurre, al tiempo que pretende decir con franqueza cosas en las que no creemos. En cierto sentido de "natural", es natural que digamos lo que pensamos y es poco natural abstenernos de hacerlo. También es poco natural apa­rentar que uno se abstiene de hacerlo cuando realmente no está tra­tando de aparentarlo. Más aún. El hablar espontáneo no solamente es la forma natural de hablar sino la manera normal de hacerlo. Nos cuesta mucho ser reservados debido a que expresar lo que efectiva­mente pensamos es una respuesta normal. Descubrimos las técnicas de la insinceridad únicamente en base a la familiaridad que tenemos con las formas de conversación corriente, que han de ser simuladas. Decir esto no es conceder laureles éticos a la naturaleza humana.



Hablar espontáneamente no revela honestidad o franqueza. La ho­nestidad es una disposición sumamente sutil porque es la disposición de abstenerse de ser insincero; de la misma manera que la franqueza es la disposición de abstenerse de ser reticente. Nadie, que no sepa lo que es la insinceridad o la reticencia, puede ser honesto o franco; del mismo modo que nadie podría ser insincero o reticente si nunca se hubiera expresado con sinceridad y franqueza.
Hay otras maneras de hablar espontáneamente, algunas de las cuales se discutirán más adelante, que no pertenecen al ámbito de las con­versaciones sociales normales, sino a actividades más serias. El físico, el juez, el predicador, el político, el astrónomo y el geómetra pueden ofrecer sus consejos, veredictos, homilías, teorías y fórmulas, usando su boca. Pero en esa circunstancia, no están hablando en el sentido de "charlando" sino en el sentido de "declarando" o "proponiendo". Es posible que preparen lo que van a decir, y que —por lo menos— sopesen sus palabras. No dicen lo primero que se les cruza por la cabeza, porque sus peroratas son organizadas. Lo que dicen, a dife­rencia de la charla espontánea, podría ser, en la mayoría de los casos, escrito y aún impreso. No es algo espontáneo o súbito y, mucho menos, algo espetado torpemente, sino algo hecho adrede. Sus autores tienen en cuenta la que dicen y cómo lo dicen para llegar a producir el efecto adecuado. Esta forma de hablar es, literalmente, prosa pura.
Es necesario contrastar el modo de hablar espontáneo normal tanto con el modo de hablar corriente no espontáneo, cuanto con el modo de hablar no corriente que tampoco es espontáneo. El primero es la base de los dos últimos. Utilizamos el modo de hablar corriente y espontáneo antes de aprender a conversar con reservas y sin sinceridad, y antes de aprender a pronunciar pesados discursos. Pese a ello ocupa­mos buena parte de nuestra conversación diaria en decir lo primero que se nos cruza por la cabeza. El camuflaje y la gravedad son, sola­mente, necesidades intermitentes.
Es sólo en nuestros coloquios despreocupados con los demás, que decimos aquello que se nos ocurre. También podemos hacerlo en los coloquios de entrecasa que mantenemos comúnmente en silencio, con nosotros mismos.
El hablar espontáneo trata de todo aquello que en ese momento nos interesa. No crea un interés más. Hablamos acerca del jardín debido a la misma motivación que nos lleva a inspeccionarlo y a re­garlo, esto es, nuestro interés en él. Charlamos acerca de nuestra co­mida porque estamos interesados en ella y no porque no lo estemos. Podemos hablar acerca de ella debido a que sentimos hambre, igual que la comemos porque sentimos hambre. Y no podemos evitar muy fácilmente hablar acerca de lo escarpada que es la montaña, por la misma razón que no podemos evitar fácilmente trastabillar cuando la escalamos. La expresión lingüística espontánea no crea un interés colateral o en competencia con otros intereses. Es una forma de actuar accesoria a tomar interés en cualquier cosa.

La persona que tiene dificultades con el cordón de su zapato se encuentra en el estado de ánimo de emitir, si es que ha aprendido a hablar, una expresión verbal adecuada. Se refiere al cordón en un tono de vez especial. Lo que 'dice, junto a la manera de decirlo, per­mite conocer su estado anímico debido a que el uso espontáneo de la expresión es una de las cosas que es propensa a hacer. Otra sería tironear irritadamente. El cordón la exaspera lo suficiente como para hablar exasperadamente de él.
Las expresiones lingüísticas espontáneas no son, por otra parte, efecto de los estados de ánimo en los que se las usa, debido a que tales estados no son episodios. Tampoco dan cuenta de ellos. Si el conductor de un camión pregunta rápidamente "¿Cuál es la ruta a Londres?", muestra su ansiedad por encontrarla, pero no hace un relato autobiográfico y psicológico. Dice lo que dice, no por el deseo de in­formarse sobre sí mismo, sino por el deseo de tomar la ruta más directa para llegar a Londres. Las expresiones lingüísticas espontáneas no son comentarios sobre uno mismo aunque, como veremos muy pronto, constituyen la evidencia más importante para poder formular tales comentarios cuando tenemos interés en hacerlos.
Ahora bien. Muchas expresiones espontáneas comprenden frases explícitas que hemos denominado "declaraciones" (avowals), tales co­mo "quiero", "espero", "tengo la intención", "no me agrada", "estoy deprimido", "me admiro", "sospecho" y "siento hambre". Su uso gra­matical nos tienta a interpretar equivocadamente todas las oraciones en las que aparecen, como autodescripciones. Pero en su empleo más importante, "quiero...", no es usada para transmitir información, sino para formular un pedido. No pretende contribuir más al conocimiento general que "por favor". Responder "¿lo quiere?" o "¿cómo lo sabe?" estaría fuera de lugar. Tampoco se usan "odio..." y "tengo la inten­ción. .." con el propósito de informar a quien nos escucha. Si fuera así, no nos sorprendería oírlas pronunciar en el mismo tono de voz, neutral e informativo, con que decimos " (él) odia..." y " (él) tiene la intención...". Por el contrario. Esperamos que se las diga en un tono de voz indignado o resuelto, respectivamente, porque son las ex­presiones lingüísticas de personas cuyo estado de ánimo es el propio de la indignación o de la resolución. Son cosas que se dicen cuando se detesta algo o se resuelve hacer algo y no con el fin de proporcionar conocimiento biográfico acerca de la indignación y de la resolución.
La persona que presta atención a las expresiones espontáneas de alguien —que puede ser otro o él mismo— se encuentra en condiciones de formular comentarios referentes a las cualidades y estados mentales de su autor, si es que está interesado en él y conoce el idioma en que las pronuncia. Mientras que la cuidadosa observación del resto del comportamiento del sujeto, tal como sus actos manifiestos, vacilaciones, lágrimas y risas puede proporcionarle mucha más información, no es ex officio fácil de interpretar ni de observar. Pero el lenguaje ha sido hecho, ex officio, para ser oído e interpretado. Aprender a hablar es aprender a hacerse entender. No se requieren poderes especiales de investigador, para llegar a descubrir el estado de ánimo del que habla, tomando como punto de partida a las palabras y al tono de voz empleados en su hablar espontáneo.
Cuando el modo de hablar es reticente —y a menudo no sabemos si lo es o no, ni siquiera en nuestras propias expresiones— es necesario ejercitar cualidades especiales de investigador. En tal caso, debemos inferir a partir de lo que se ha dicho y hecho, lo que se habría dicho si no hubiera existido reticencia ni tampoco motivos para ser reticente. Descubrir qué está escrito en las páginas de un libro abierto es cuestión de simple lectura. Determinar lo que está escrito en los páginas de un libro cerrado requiere hipótesis y pruebas. Pero el hecho de que debamos penetrar secretos no implica que lo que no es secreto deba ser penetrado.
"Autoconciencia" significa, a menudo, el conocimiento que tenemos de las propias expresiones lingüísticas espontáneas, incluyendo nues­tras declaraciones explícitas, sean dichas en voz alta, murmurando o en silencio. "Espiamos" nuestras propias expresiones dichas en voz alta y nuestros monólogos silenciosos. Al darnos cuenta de ellas, nos pre­paramos para algo nuevo, esto es, para describir los estados mentales que tales expresiones revelan. Pero no hay nada intrínsecamente es­pecífico respecto de esta actividad. Puedo prestar atención a lo que escucho, por casualidad, decir a otro o a mí mismo, aunque no puedo oír casualmente los coloquios silenciosos que otro mantiene consigo mismo. Tampoco puedo leer su diario personal si está escrito en clave o guardado bajo llave. Este tipo de autoestudio es similar al estudio de las expresiones lingüísticas espontáneas y, más tarde, reticentes, de los demás. Pero aprendemos a hacer el estudio de nuestra propia manera de hablar, tomando parte en la discusión pública acerca de la forma de hablar de otro y leyendo en las novelas el desarrollo ilus­trativo de la forma de hablar de los personajes junto con las expli­caciones correspondientes)

Los lectores con sentido crítico pueden preguntar por qué me he abstenido de usar el verbo "pensar" en lugar de haber usado verbos tan triviales como "hablar", "charlar", "conversar"', "manifestar", ya que las expresiones lingüísticas que he mencionado son, comúnmente, expresiones adecuadas que sus autores usan con la pretensión de que digan lo que realmente quieren decir. He hecho referencia a formas lingüísticas inteligibles y no a alaridos, balbuceos o frases sin sentido. Tengo dos razones para ello, íntimamente conectadas. La primera es que las expresiones lingüísticas que he ofrecido como ejemplo for­man parte de conversaciones, socialmente realizadas, que tienen lugar entre el que habla y el que escucha, que puede ser la misma persona. Su objeto es conversar. Dado que muchas de las expresiones lingüís­ticas que constituyen una conversación no se encuentran en el modo indicativo sino que son preguntas, órdenes, quejas, pullas, reprimen­das, felicitaciones, etc., no podemos hablar respecto de ellas haciendo referencia a "preciosidades" epistemológicas tales como "pensamientos", "juicios" o "proposiciones" expresados por ellas. La segunda es que tendemos a reservar el verbo "pensar" para el uso de las expresiones lingüísticas estudiadas y muy trabajadas que constituyen teorías y di­rectivas. Ahora bien. Aprendemos a charlar en nuestro cuarto de niños, pero tenemos que ir a la escuela para aprender los rudimentos del teorizar. Las técnicas para teorizar requieren instrucción adecuada, pero el habla corriente se adquiere casi enteramente conversando. De esta manera, el uso de oraciones y, en especial, de cierto tipo de ora­ciones en el modo indicativo que tienen como finalidad proveer pre­misas y proporcionar conclusiones es un uso tardío y sutil que, nece­sariamente, sigue al uso corriente de las oraciones y frases. Cuando una teoría, o un trozo de ella, se dice en voz alta, en lugar de trans­mitirla por medio de la imprenta, dudamos en llamar "conversación" a ese modo de decir en voz alta; nos rehusaremos enfáticamente a llamarla "charla". Tiene pretensiones didácticas, no sociales. Es un tipo de trabajo, mientras que la conversación espontánea no lo es; ni siquiera es un trabajo fácil o agradable.




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