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INTRODUCCIÓN



ESTE libro presenta lo que puede llamarse, con algunas reservas, una teoría de la mente.1 Sin embargo, no ofrece nueva información sobre la mente. Poseemos de ella un rico conocimiento que no se deriva ni es perturbado por las tesis de los filósofos. Las tesis que consti­tuyen este libro no pretenden aumentarlo sino rectificar su geogra­fía lógica.
Maestros y examinadores, magistrados y críticos, historiadores y novelistas, confesores y oficiales, patronos, empleados y socios, padres, amantes, amigos y enemigos: todos saben cómo solucionar los pro­blemas que a diario les plantean el carácter y el intelecto de los individuos que tratan. Pueden ponderar su comportamiento, valorar su progreso, comprender sus palabras y sus actos, descubrir sus moti­vaciones y entender sus bromas. Si se equivocan, saben cómo corregir sus errores. Pueden influir deliberadamente en ellos por medio de la crítica, del ejemplo, de la enseñanza, del castigo, del soborno, de la burla y de la persuasión, modificando su actitud ulterior conforme a los resultados obtenidos.
Al describir la mente de los demás y al influirla, todos usan, con mayor o menor eficiencia, conceptos relativos a facultades y opera­ciones mentales. Han aprendido a usar, en situaciones concretas, adje­tivos referentes al comportamiento y a lo mental, tales como "cuida­doso", "estúpido", "lógico", "distraído", "ingenioso", "vanidoso"', "metódico", "crédulo", "agudo", "dueño de sí mismo", y así siguiendo.
Sin embargo, una cosa es saber aplicar tales conceptos y otra dis­tinta es saber correlacionar unos con otros y con conceptos de otro tipo. La mayoría de la gente puede hablar con sentido empleando conceptos de los que no puede decir nada con sentido; la práctica le ha enseñado cómo manejar conceptos, por lo menos en campos que le son familiares, pero no a expresar las reglas lógicas que gobiernan su uso. Son como los que saben ir de un lado a otro de su pueblo pero no pueden dibujar o leer un mapa de él y, mucho menos, de la región o del continente a los que pertenece.
Para lograr ciertos fines, es necesario determinar las conexiones lógicas de ciertos conceptos cuyo uso conocemos bien. El intento de llevar a cabo esta tarea en relación con los conceptos referentes a facultades, operaciones y estados mentales ha constituido gran parte del quehacer filosófico. Sus resultados son las teorías del conocimiento, de la lógica, de la ética, de la política y de la estética. Algunas de estas investigaciones han experimentado un progreso parcial considerable, pero —y ésta es, en parte, la tesis del libro— durante los tres siglos últimos, en que ha predominado la ciencia natural, las categorías lógicas que han servido de base para coordinar los conceptos referentes a las facultades y operaciones mentales han sido erróneamente seleccio­nadas. Uno de los grandes legados filosóficos de Descartes es un mito que continúa distorsionando la geografía lógica del tema.
Un mito no es, por supuesto, una fábula, sino la presentación de hechos que pertenecen a una categoría en términos apropiados para otra. En consecuencia, destruir un mito no es negar los hechos sino ubicarlos adecuadamente. Esto es lo que intento hacer.
Determinar la geografía lógica de los conceptos es poner de mani­fiesto la lógica de las proposiciones que los contienen, o sea, mostrar qué proposiciones son congruentes o incongruentes con ellas, cuáles se siguen de ellas y de cuáles se infieren. El tipo lógico o categoría al que pertenece un concepto es el conjunto de modos o maneras en que se lo puede usar con legitimidad lógica. En consecuencia, las tesis básicas presentadas en este libro pretenden mostrar por qué ciertos usos de conceptos referentes a facultades y procesos mentales constituyen violaciones a las reglas lógicas. He tratado de usar argumentos ad absurdum tanto para rechazar operaciones implícitamente admitidas por el mito cartesiano como para indicar a qué tipos lógicos deben adjudicarse los conceptos investigados. Sin embargo, no estimo impropio utilizar cada tanto argumentos de tipo menos riguroso, en especial cuando parece conveniente suavizar las cosas o "aclimatar" al lector. La filosofía es el esfuerzo por reemplazar hábitos categoriales por una categorización disciplinada. Un tono conciliador hace menos dolorosos los sufrimientos que produce abandonar hábitos intelectuales invete­rados y, si bien no ayuda a ofrecer argumentos rigurosos, debilita la resistencia que puede llegar a oponerse a ellos.
Algunos lectores podrán creer que el tono de este libro es excesi­vamente polémico, pero quizá los reconforte saber que he sido una víctima más de las presuposiciones contra las que muestro mayor energía. Principalmente, trato de eliminar ciertos desajustes en mi propio sistema. Sólo secundariamente pretendo ayudar a otros teóricos a reconocer nuestra enfermedad común y a obtener algún beneficio de mi tratamiento.




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