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(2) LA LÓGICA DE LOS ENUNCIADOS DISPOSICIONALES



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(2) LA LÓGICA DE LOS ENUNCIADOS DISPOSICIONALES



Cuando decimos que una vaca es rumiante, o que un hombre es fu­mador de cigarros, no decimos que la vaca está rumiando ahora, o que el hombre está ahora fumando un cigarro. Ser rumiante es tender a rumiar de tanto en tanto, y ser fumador de cigarros es tener el hábito de fumar cigarros.
'La tendencia a rumiar y el hábito de fumar cigarros no podrían existir si no se dieran procesos o episodios tales como rumiar o fumar cigarros. " (Él) está ahora fumando un cigarro", no dice el mismo tipo de cosa que " (él) es un fumador de cigarros", pero a menos que enunciados del primer tipo fuesen verdaderos en algunas ocasiones, los enunciados del segundo tipo no podrían serlo. La frase "fumar un cigarro", tiene, a la vez, usos episódicos y, derivados de ellos, usos que expresan tendencia. Pero esto no ocurre siempre. Hay muchas expresiones que enuncian tendencia o capacidad que no pueden ser empleadas también para informar acerca de episodios. Podemos decir que algo es elástico, pero cuando se nos pide que digamos en qué sucesos efectivos se actualiza esta potencialidad, tenemos que cambiar nuestro vocabulario y decir que el objeto se está contrayendo después de haber sido estirado, que está por expandirse después de haber sido comprimido, o que acaba de dar un bote como consecuencia de un impacto súbito. No hay un verbo activo que corresponda a "elástico" en la manera en que "está rumiando" corresponde a "es un rumiante". La razón de esta falta de paralelismo no es muy difícil de hallar. Existen varias relaciones diferentes que esperamos de un objeto elás­tico, mientras que, hablando toscamente, sólo esperamos un tipo de conducta de una criatura que es descrita como rumiante. Del mismo modo, hay un amplio espectro de acciones y reacciones diferentes predecibles a partir de la descripción de alguien como "codicioso", mien­tras que, hablando toscamente, hay sólo un tipo de acción predecible a partir de la descripción de alguien como "fumador de cigarros".) Para resumir, algunas palabras disposicionales son altamente genéricas o determinables, mientras que otras son altamente específicas o deter­minadas; los verbos con los que damos cuenta de los diferentes ejer­cicios de tendencias, capacidades y propensiones genéricas, pueden dife­rir de los verbos con los cuales designamos las disposiciones, mientras que los verbos episódicos que corresponden a los verbos disposicionales altamente específicos pueden ser iguales. Un cocinero puede estar cocinando ahora, pero no describimos a un tendero diciendo que está "tendeando" ahora, sino diciendo que en este momento está vendiendo una camisa, o que está midiendo una tela o envolviendo tres docenas de botones. Hay casos intermedios. Con alguna aprensión podemos decir que un abogado está dedicado ahora a "abogar" en favor de alguien, pero no podemos decir que un ingeniero está ahora "ingeniereando"; sólo podemos decir que ahora está calculando la resis­tencia de una estructura, o confeccionando un plano o inspeccionando un edificio en construcción.)
Palabras como "conocer", "creer", "esperar", "inteligente" y "ocu­rrente" son palabras disposicionales determinables. Significan habili­dades, tendencias o propensiones a hacer cosas que no pertenecen a un único tipo, sino cosas que pertenecen a muchos tipos diferentes. Puede ser que los teóricos que admiten que "conocer" y "creer" son usados comúnmente como verbos disposicionales no adviertan este punto, sino que den por sentado que tiene que haber actos corres­pondientes de conocimiento y estados de creencia; y el hecho de que una persona nunca pueda encontrar a otra ejecutando tales actos, o hallarla en tales estados erróneamente postulados, puede ser explicado ubicando tales actos y estados en el interior de la gruta secreta del agente.
Una suposición similar conduciría a la conclusión de que, puesto que ser ingeniero es una profesión, tienen que darse actividades pro­fesionales de "ingenierear" y, puesto que jamás podemos hallar a un ingeniero realizando tal cosa única, sino una variedad de cosas diferentes, tales como calcular estructuras, dibujar planos y examinar edificios en construcción, su actividad profesional única de "ingenierear" debe ser una actividad que desarrolla a puertas cerradas. La tentación de interpretar las palabras disposicionales como palabras episódicas, y esta tentación de postular que todo verbo que tiene un uso disposicional tiene que tener también un uso episódico corres­pondiente, son dos fuentes de un único y mismo mito. Pero no son sus únicas fuentes.
Debemos examinar brevemente ahora una objeción general que se hace, a veces, a todo nuestro modo de hablar acerca de capacidades, tendencias, propensiones e inclinaciones. Las potencialidades, se dice perogrullescamente, no son nada actual. El mundo no contiene, por encima de lo que existe y ocurre, otras cosas que son, meramente, "cosas-que-serían" o "hechos-que-podrían". Al decir de alguien que está durmiendo, que puede leer francés, o que un trozo de azúcar es soluble en agua, parece que pretendiéramos, a la vez, asignar un atri­buto y colocar ese atributo en algo así como una cámara frigorífica. Pero un atributo caracteriza a algo o no lo caracteriza. No puede hallarse meramente depositado en una cuenta. Para decirlo de otra manera: una oración indicativa, afirmativa, con significado, tiene que ser verdadera o falsa. Si es verdadera, afirma que algo tiene, o que algunas cosas tienen, cierta característica; si es falsa, entonces su sujeto carece de tal característica. Pero no hay estados intermedios entre el hecho de que un enunciado sea verdadero y el hecho de que sea falso. El objeto descrito por el enunciado no puede evitar esta dis­yunción, pareciendo ser capaz, o posiblemente capaz, de tener o no la característica referida. Un reloj puede señalar la hora que es, o señalar la hora que no es; pero no puede señalar una hora que podría ser la correcta pero que no es la hora correcta ni la incorrecta.
Ésta es una objeción válida a un tipo de explicación de enun­ciados tales como el de que el azúcar es soluble, o que un hombre que está durmiendo puede leer francés. A saber, la versión que inter­preta tales enunciados como afirmando cuestiones de hecho de carácter extraordinario. Éste fue, por supuesto, el error de las antiguas teorías de las facultades mentales, que interpretaban las palabras disposicio­nales como palabras que denotan causas o agentes ocultos, es decir, cosas que existen, o procesos que acontecen en una especie de limbo. Pero del hecho de que las oraciones que contienen palabras o giros tales como "sería posible", "podría", u "ocurriría si", etc., no infor­man acerca de hechos que acaecen en el limbo, no se sigue que tales oraciones no tengan funciones propias que cumplir. La función de informar acerca de cuestiones de hecho es sólo una, dentro del amplio campo de funciones que cumplen las oraciones.
No hace falta mayor argumentación para demostrar que las ora­ciones interrogativas, imperativas y expresivas son usadas para finali­dades distintas que la de notificar a sus destinatarios la existencia o acaecimiento de cosas. Por el contrario, hace falta alguna argumentación para demostrar que (hay muchas oraciones significativas en indicativo (afirmativas y negativas) que desempeñan funciones dis­tintas que la de informar acerca de hechos. Todavía sobrevive la suposición absurda de que todo enunciado verdadero o falso afirma o niega que un objeto o un conjunto de objetos mencionado, posee un atributo específico. En realidad, algunos enunciados hacen esto, y la mayor parte, no. Los libros de aritmética, de álgebra, de geometría, de teoría del derecho, de filosofía, de lógica formal y de teoría eco­nómica contienen muy pocos enunciados fácticos, si es que contienen alguna... Ésta es la razón por la que decimos que estos temas son "abstractos". Los libros de física, de meteorología, de bacteriología y de filología comparada contienen muy pocos de esos enunciados, aunque pueden decirnos dónde habremos de encontrarlos. Los manuales técnicos, las obras de crítica, los sermones, los discursos políticos y aun las guías ferroviarias, pueden ser más o menos instructivos, y serlo en una diversidad de maneras, pero nos enseñan pocas verdades singulares, categóricas, atributivas o relaciónales.
Dejando a un lado las 'oraciones que realizan funciones distintas de la de informar acerca de hechos, pasemos directamente a las leyes. Porque si bien las aserciones, en el sentido de que individuos men­cionados poseen capacidades, propensiones, tendencias, etc., no son en sí enunciados de leyes, exhiben características que pueden ser expuestas mejor después de haber examinado algunas peculiaridades de los enunciados que expresan leyes.
Las leyes se expresan, a menudo, en oraciones en indicativo, gramaticalmente no complejas, pero también pueden ser enunciadas, entre otras construcciones, mediante oraciones hipotéticas del tipo de "cualquier cosa que sea tal y tal, es cual y cual" o "si un cuerpo es abandonado a sí mismo, cae a tal y cual grado de aceleración". No decimos que una oración hipotética es una ley salvo que sea un enun­ciado hipotético "variable" o "abierto". Es decir, un enunciado cuyo antecedente pueda incorporar, por lo menos, una expresión como "cualquiera" o "toda vez que". Es en virtud de esta característica que una ley se aplica a casos particulares, aunque su enunciación no los mencione. Si sé que cualquier péndulo que es más largo que otro oscilará más despacio que un péndulo más corto, en relación propor­cional a su mayor longitud, entonces, cuando encuentro un péndulo que mide tres pulgadas más que otro, puedo inferir cuál será la mayor lentitud de oscilación del primero. Conocer la ley no implica haber encontrado ya ambos péndulos; la enunciación de la ley no ofrece información respecto de su existencia. Por otra parte, conocer, o aun comprender la ley, implica saber que puede haber situaciones de hecho particulares que satisfagan lo expresado por su antecedente y, en consecuencia, que satisfagan también lo expresado por su conse­cuente. Tenemos que aprender a usar enunciados de situaciones de hechos particulares antes de que podamos aprender a usar los enun­ciados de leyes que se aplican o podrían aplicarse a ellas. Los enunciados de leyes pertenecen a un nivel lingüístico diferente y más sutil que el nivel, o los niveles, a los que pertenecen los enunciados que se refieren a los hechos que los satisfacen. Los enunciados del álgebra, están, de manera similar, en un nivel lingüístico diferente con respecto a los enunciados aritméticos que los satisfacen.
Los enunciados de leyes son verdaderos o falsos, pero no expresan verdades o falsedades del mismo tipo que las afirmadas por los enun­ciados de hecho a los que se aplican, o se supone que se aplican. Desempeñan tareas diferentes. La diferencia crucial puede ser expuesta de la siguiente manera. Por lo menos, parte de lo que interesa al tratar de establecer leyes es hallar cómo inferir de cuestiones de hecho par­ticulares, otras cuestiones de hecho particulares, cómo explicar cues­tiones de hecho particulares haciendo referencia a otras cuestiones de hecho, y cómo producir o impedir estados de cosas particulares. Una ley se usa, por decirlo así, como una autorización de inferencia; como un boleto de tren que autoriza a sus poseedores a trasladarse de la afirmación de enunciados fácticos a la afirmación de otros enun­ciados fácticos. También los autoriza a explicar determinados hechos y a llegar a producir ciertos estados de cosas mediante la manipula­ción de lo que existe o acaece. Por cierto que no admitiríamos que un estudiante ha aprendido una ley si todo cuanto puede hacer es repetirla. Para que se pueda decir que un estudiante conoce las reglas de la gramática, de la multiplicación, del ajedrez o de la etiqueta, tiene que ser capaz de aplicarlas, y estar pronto para ello, en situaciones concretas; del mismo modo, para que se pueda decir que conoce una ley, tiene que ser capaz de aplicarla, y estar pronto para ello, en in­ferencias concretas que tienen como punto de partida y llegada, situa­ciones de hecho particulares, en explicarlas y, quizá también, en pro­ducirlas o impedirlas. Enseñar una ley es, por lo menos inter alia, enseñar cómo hacer cosas nuevas, teóricas y prácticas, con cuestiones de hecho particulares.
Se sostiene a veces que si descubrimos una ley que nos habilita a inferir, a partir de enfermedades de cierto tipo, la presencia de bacterias de cierto tipo, entonces hemos descubierto la existencia de algo, a saber, de una conexión causal entre tales bacterias y tales enfermedades. Se sostiene que, por lo tanto, ahora sabemos lo que antes no sabíamos, esto es, que no sólo existen personas enfermas y bacterias, sino también un nexo invisible e intangible entre ambas. Así como los trenes no pueden transitar si no existen rieles para que se muevan sobre ellos, se alega que los bacteriólogos no pueden ir de la obser­vación clínica de los pacientes a la predicción de las observaciones microscópicas de bacterias, a menos que exista, aunque nunca pueda ser observado, un nexo efectivo entre los objetos de estas observa­ciones.
Ahora bien, no objetamos el empleo de la expresión familiar "conexión causal". Los bacteriólogos descubren conexiones causales en­tre las bacterias y las enfermedades, ya que esto no es más que otra manera de decir que establecen leyes, y se proveen de autorizaciones de inferencias que los habilitan para inferir la presencia de bacterias, a partir de las enfermedades; a explicar las enfermedades mediante afirmaciones acerca de las bacterias, a prevenir y curar las enfermeda­des eliminando las bacterias, etc. Pero hablar como si el descubrimiento de una ley fuera el hallazgo de una tercera existencia, de carácter inobservable, es simplemente caer en el viejo hábito de interpretar los enunciados hipotéticos abiertos, como enunciados categóricos singu­lares. Es como decir que una regla de gramática configura un tipo de sustantivo o verbo extra, aunque inefable, o que una regla de ajedrez es una especie de pieza extra, pero inservible. Es caer en el viejo hábito de dar por sentado que todos los tipos de oraciones desempeñan el mismo tipo de función, a saber, la de atribuir un predicado al objeto que se menciona.
La metáfora favorita que alude a los "carriles de la inferencia" induce a equívoco precisamente de esta manera. Las líneas férreas existen exactamente en el mismo sentido en que existen los trenes, y descubrimos que existen las primeras de la misma manera en que descubrimos que existen los últimos. La afirmación de que los trenes se trasladaban de un lugar a otro implica que existe un conjunto de rieles observables entre ambos lugares. De tal manera, hablar de los "carriles de la inferencia" sugiere que inferir la presencia de bacterias a partir de las enfermedades no es en modo alguno inferir, sino que es describir una tercera entidad; no es inferir "porque se da tal o cual fenómeno entonces se da tal o cual otro", sino informar que "existe un nexo no observado entre este fenómeno y aquel otro". Pero, si preguntamos: "¿con qué finalidad se postula esta tercera entidad no observada?", la única respuesta que se da es: "para justificar la infe­rencia que afirma la presencia de las bacterias a partir de las enfer­medades". La legitimidad de la inferencia está presupuesta permanen­temente. Lo que se quiere obtener, sin mayor fundamento, es una historia que dé la impresión de que es posible reducir los giros "en consecuencia" y "si cualquier..." a giros del tipo de "he aquí un..."; esto es, a giros que hacen desaparecer las inferencias y narraciones. Pero así como los boletos ferroviarios no pueden ser "reducidos" a contrapartidas misteriosas de los viajes que ellos posibilitan, y así como tales viajes no pueden ser "reducidos a contrapartidas miste­riosas de las estaciones ferroviarias en las que comienzan y concluyen, de la misma manera los enunciados de leyes no pueden ser "reducidos" a contrapartidas de las inferencias y explicaciones que ellos autorizan, y las inferencias y explicaciones no pueden ser "reducidas" a contra­partidas de los enunciados fácticos que constituyen sus puntos de par­tida y de llegada. La función de enunciar hechos es diferente de la función de enunciar una inferencia que va de un enunciado táctico a otro enunciado táctico; y ambas son diferentes de la función de ga­rantizar o justificar tales inferencias. Tenemos que aprender a usar oraciones para la primera tarea antes de que podamos aprender a usarlas para la segunda, y tenemos que aprender a usarlas para la primera y para la segunda tareas, antes de que podamos aprender a usarlas para la tercera. Hay, por supuesto, una multitud de otras funciones de oraciones que no nos proponemos considerar aquí. Por ejemplo, las oraciones que ocupan estas páginas no desempeñan ninguna de las funciones que han estado describiendo.
Podemos volver ahora a considerar los enunciados disposicionales, esto es, enunciados que afirman que una cosa, un animal o una persona dada, posee cierta capacidad o tendencia o inclinación, o está sujeta a cierta propensión. Resulta claro que tales enunciados no son leyes, pues mencionan cosas o personas particulares. Por otra par­te, se asemejan a las leyes porque son parcialmente "variables" o "abiertos". Decir que este terrón de azúcar es soluble, es decir que se disolvería si fuera sumergido en agua, en cualquier lugar o en cual­quier momento. Decir que esta persona que duerme sabe francés, es decir que si, por ejemplo, se le habla en francés, actúa de acuerdo con lo que se le dice en dicho idioma, o lo traduce correctamente a su propio idioma. Esto, por supuesto, es demasiado preciso. No rectificaríamos nuestro enunciado de que una persona sabe francés, aunque verifiquemos que no respondió adecuadamente estando dor­mida, distraída, ebria o asustada; o que no tradujo correctamente tra­tados de alto nivel técnico. Todo cuanto esperamos es que se maneje bastante bien en relación con la mayoría de las tareas comunes en que se usa el francés. " (Él) sabe francés" es una expresión vaga y, para muchos casos, no es menos útil por ello.
Se ha sugerido que los enunciados disposicionales acerca de in­dividuos dados, si bien no son en sí leyes, son deducciones a partir de leyes, de modo que tenemos que aprender algunas leyes, quizás toscas y vagas, antes de que podamos formular tales enunciados. Pero, en general, el proceso del aprendizaje sigue el curso opuesto. Apren­demos a formular una cantidad de enunciados disposicionales acerca de individuos antes de aprender leyes que enuncian correlaciones ge­nerales entre tales enunciados. Aprendemos que algunos individuos son a la vez ovíparos y plumados, antes de aprender que todo in­dividuo plumado es ovíparo.
Los enunciados disposicionales acerca de personas y cosas par­ticulares se asemejan también a los enunciados de leyes en virtud de que los usamos de una manera parcialmente similar. Se aplican a las acciones, reacciones y estados del objeto, o son satisfechos por ellos; son autorizaciones de inferencias que nos autorizan a predecir, decir, explicar y modificar tales acciones, reacciones y estados.
Por supuesto que los adictos a la superstición de que todas las genuinas oraciones en indicativo describen objetos existentes o infor­man sobre acontecimientos, exigirán que oraciones tales como "este alambre es buen conductor de la electricidad", o "Fulano sabe fran­cés" sean interpretadas como proporcionando información fáctica, similar a la que proporcionan enunciados tales como "este alambre está conduciendo electricidad" y "Fulano está hablando francés". ¿Cómo podrían ser verdaderos los primeros enunciados, a menos que algo estuviera ocurriendo, aunque, desgraciadamente, tras el escenario? Sin embargo, los adictos a aquélla superstición tienen que conceder que a menudo sabemos que un alambre es buen conductor de la electricidad y que ciertos individuos saben francés, sin haber descu­bierto con antelación acontecimientos indescubribles. Tienen que conceder, también, que la utilidad teórica de descubrir estos acaeci­mientos ocultos consistiría, únicamente, en que ellos nos facultarían para realizar las mismas actividades de predecir, explicar y modificar que ya realizamos y que, a menudo sabemos que estamos autorizados a realizar. Tendrían que admitir, por último, que estos procesos pos­tulados son en sí mismos, en el mejor de los casos, cosas cuya exis­tencia ellos mismos infieren del hecho de que podemos predecir, expli­car y modificar las acciones y reacciones observables de los individuos. Pero si exigen "carriles" reales en los casos en que se hacen inferencias ordinarias, tendrán que proporcionar algunos "carriles" reales adicio­nales para justificar su propia inferencia, que postula la inferencia de carriles a partir de la legitimidad de las inferencias ordinarias. La postulación de tal jerarquía infinita de "carriles" difícilmente pueda atraer aún a aquellos que son atraídos por su primer paso.
Los enunciados disposicionales no son ni informes de estados de cosas observadas u observables, ni tampoco informes de estados de co­sas no observados o inobservables. No narran incidente alguno. Pero sus funciones están conectadas, íntimamente, con la narración de inci­dentes, porque, si son verdaderos, resultan satisfechos por incidentes narrados. "Fulano acaba de hablar por teléfono en francés" satisface lo que es afirmado por "Fulano sabe francés", y una persona ha ve­rificado que Fulano sabe francés a la perfección, no necesita ninguna autorización adicional que lo habilite para inferir que si Fulano ha leído un telegrama en francés, entonces ha entendido lo que dice. Saber que Fulano sabe francés es hallarse en posesión de esa auto­rización, y esperar que aquél entienda el telegrama es ponerla en práctica.
Debe advertirse que no existe incompatibilidad entre decir que los enunciados disposicionales no narran incidentes y conceder el hecho patente de que un enunciado disposicional puede admitir tiempos verbales. "(Él) fue fumador de cigarros durante un año" y "la goma comenzó a perder su elasticidad el verano último" son enunciados disposicionales perfectamente legítimos; y si nunca fuera verdad que un individuo puede estar por aprender algo, no existiría la profesión de educador. Puede haber autorizaciones de inferencias que caducan rápidamente y otras a largo plazo o de validez ilimitada. Una regla del fútbol podría estar en vigor sólo durante un término experimental, y aun el clima de un continente podría cambiar de época a época.




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