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(5) CONMOCIONES Y SENTIMIENTOS



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(5) CONMOCIONES Y SENTIMIENTOS



Al comienzo de este capítulo me comprometí a mostrar qué significa decir, por ejemplo, que un arranque es un arranque de orgullo; o que un escrúpulo es un escrúpulo de conciencia. Es importante observar, desde el comienzo, que es bastante común que la palabra que completa frases como "punzada de..." o "arrebato de...", es el nombre de una conmoción. Trataré de mostrar que los sentimientos se encuentran intrínsecamente conectados con las conmociones y que, en cambio, no están conectados de esa manera con las propensiones, excepto cuando éstas intervienen en una conmoción. Esto no pretende ofrecer una nueva hipótesis psicológica sino mostrar solamente que es parte de la lógica de nuestras descripciones de sentimientos que sean signos de conmociones y no actualizaciones de propensiones.
Hemos visto que muchas palabras que se usan para designar sen­timientos también se usan para designar sensaciones corporales. Una sensación puede ser de suspenso o de agotamiento corporal; un hom­bre puede retorcerse por dolor de estómago o por una angustia ex­cesiva. A veces, un niño no sabe si la dificultad que siente en su gar­ganta es signo de temor o signo de enfermedad.
Antes de analizar nuestro problema de "¿cuáles son los criterios que nos permiten clasificar algunos sentimientos como sentimientos «de disgusto» o «de inquietud»?", consideraremos una cuestión previa: "¿cuáles son los criterios que nos permiten clasificar ciertas sensacio­nes corporales, o bien como una punzada de dolor (de muelas), o bien como un mareo, por ejemplo?" ¿Cuáles son los criterios que nos permiten ubicar, bien o mal, ciertas sensaciones en la rodilla de­recha o en la boca del estómago? La respuesta es que aprendemos, tanto a ubicar sensaciones como a ofrecer una tosca caracterización fisiológica, mediante un proceso experimental común que se ve com­plementado con la enseñanza de los demás. El dolor está en el dedo en el que vi clavarse la aguja, el mismo dedo en el que, al chuparlo, se alivia el dolor. De manera similar, el peso que se siente en el estó­mago se reconoce como signo de indigestión porque se lo correlaciona con la pérdida del apetito, la propensión a sentir náuseas, el alivio que se experimenta después de ingerir determinados medicamentos o de aplicarse una bolsa de agua caliente. Frases como "punzada de dolor (de muelas)" presuponen hipótesis causales que son, generalmente, erróneas. Un soldado herido puede decir que siente una punzada de dolor reumático en su pierna derecha, aun cuando dicha pierna le haya sido amputada y "reumatismo" sea un diagnóstico erróneo del dolor que experimenta.
De manera similar, cuando alguien da cuenta de una sensación de inquietud o de un arranque de ira, no informa —meramente— el acae­cimiento de un sentimiento, sino que ofrece un diagnóstico, aunque no lo acuñe en términos fisiológicos. En algunos casos, su diagnóstico puede resultar erróneo. Puede describir como sensación de remordi­miento lo que realmente es un sentimiento de temor, y lo que consi­dera una sensación de aburrimiento puede ser, en realidad, un senti­miento de inferioridad. Puede atribuir a una dispepsia la sensación que, en cambio, es un signo de ansiedad, o atribuir a su excitación sensaciones causadas, de hecho, por haber fumado en demasía. Por supuesto que estos errores son más comunes en los niños que en los mayores y en personas que se encuentran en situaciones corrientes, que en las que se hallan en situaciones en las que tienen que prestar atención a lo suyo. Pero lo que deseo señalar es que, sea que atribuyamos una sensación a una condición fisiológica o que atribuyamos un sen­timiento a una situación emocional, aplicamos hipótesis causales. Los dolores no se presentan con el rótulo "reumático", ni los arrebatos llegan con la denominación "ira".
Además, sería absurdo decir que alguien tiene, adrede, una sen­sación o un sentimiento; o preguntarle para qué tiene arrebatos. Más bien, se da cuenta del acaecimiento de una sensación o de un senti­miento diciendo, por ejemplo, que la descarga eléctrica me produjo una sensación de hormigueo, o que la frenada brusca me produjo un retor­cijón de estómago, en casos en que no puede aducir motivo alguno para llegar a sentir el hormigueo o el retorcijón. En otras palabras, los sentimientos no se encuentran entre las cosas de las que tiene sen­tido preguntar de qué motivos provienen. Por razones similares, lo mismo puede decirse de los demás signos de conmociones. Ni las pun­zadas ni los retorcimientos de dolor, ni la sensación o el suspiro de alivio, son cosas que hagamos por alguna razón. En consecuencia, tam­poco son cosas de las que puede decirse que se hacen inteligente o estúpidamente, con éxito o sin él, con cuidado o descuidadamente. Tampoco puede decirse que se hagan. No se llevan a cabo bien o mal, pues, en realidad, no se llevan a cabo. Aunque de los gestos del actor o los suspiros del hipócrita pueda decirse que se llevan a cabo bien o mal. No tendría sentido decir que alguien trató de tener una pun­zada, aunque no sería un sinsentido decir que trató de inducir una.
Esta observación muestra por qué era correcto sugerir, como hici­mos antes, que los sentimientos no pertenecen al campo de las pro­pensiones. Ser propenso a algo es tener cierta inclinación o disposición para hacer cierto tipo de cosas persiguiendo una finalidad. En conse­cuencia, se dice que tales cosas se hacen por ese motivo. Son la actua­lización de la disposición que denominamos "una motivación". Los sentimientos no tienen finalidad y, en consecuencia, no pueden encon­trarse entre las actualizaciones posibles de las propensiones. Es por esto que es absurda la extendida teoría de que motivaciones tales como la vanidad o la afección son, antes que otra cosa, una disposición para experimentar ciertos sentimientos. Por cierto que hay inclinaciones a tener sentimientos, pero no tratamos de modificar tales tendencias me­diante sermones.
Los sentimientos pertenecen causalmente a las conmociones. Son sus signos, de la misma manera que el dolor de estómago es signo de indigestión. No actuamos de propósito —como sostiene la teoría tra­dicional— porque experimentamos sentimientos. Más bien, experimen­tamos sentimientos mientras hacemos gestos y nos estremecemos, debido a que no podemos actuar de propósito.
Antes de dejar el tema, es importante señalar que podemos indu­cirnos a experimentar sentimientos genuinos y agudos, imaginándonos actuar en circunstancias especiales. Los lectores de novelas y los espec­tadores de obras de teatro sienten, realmente, vuelcos de su corazón, de la misma manera que vierten lágrimas auténticas. Pero su congoja e indignación son fingidas. No afectan su apetito por el chocolate ni alteran el tono de voz en que llevan a cabo sus conversaciones. Las personas sensibleras son las que se entregan a sentimientos inducidos, sin darse cuenta del carácter ficticio de sus perturbaciones.




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