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(5) EL ESPECTRO DEL MECANICISMO



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(5) EL ESPECTRO DEL MECANICISMO



Toda vez que una ciencia nueva obtiene sus primeros éxitos, sus acó­litos entusiastas imaginan que el resto de los problemas puede ser resuelto extendiendo los métodos empleados por ella. En determinado momento, los teóricos imaginaron que el mundo no era nada más que un complejo de figuras geométricas; más adelante, que el mundo podría ser descrito y explicado mediante las proposiciones de la aritmética pura. Cosmogonías químicas, eléctricas, darwinianas y freudianas han gozado momentos brillantes, aunque breves; "por fin", dicen siempre los fanáticos, "podemos brindar, o al menos sugerir, la solución de todas las dificultades; y una solución que es —indudablemente—. cien­tífica".
Las ciencias físicas desarrolladas por Copérnico, Galileo, Newton y Boyle blindaron a los constructores de cosmogonías un asidero más prolongado y poderoso que el ofrecido por cualquiera de sus antece­sores y predecesores. La gente aún se inclina a considerar a las leyes de la mecánica, no solamente como el tipo ideal de leyes científicas, sino, en algún sentido, como las leyes últimas de la naturaleza. Se inclinan a esperar o temer que las leyes biológicas, psicológicas y so­ciológicas serán algún día "reducidas" a leyes mecánicas, aunque no se aclara adecuadamente en qué consistiría tal "reducción".
He hablado del mecanicismo como un espectro. El temor experimen­tado por algunas personas con inclinaciones teóricas a que todo pudie­ra ser explicado mediante las leyes de la mecánica carece de funda­mento; pero no a causa de su contingencia —que el temor de tales personas no alcanza a afectar— sino porque no tiene sentido hablar de tal contingencia. Es posible que los físicos encuentren un día respuesta a todos los problemas de la física, pero no todos los problemas son problemas físicos. Las leyes que han descubierto y las que descubrirán pueden, en un sentido metafórico, regir todo lo que acaece pero no decretarlo. En realidad ellas no decretan nada de lo que acaece; las leyes de la naturaleza no son fiats.
Un ejemplo puede elucidar esta observación. Un espectador cien­tíficamente entrenado, que no conoce el ajedrez u otro juego, observa un tablero cuando los jugadores realizan sus jugadas, sin ver que éstos las realizan. Después de cierto tiempo comienza a detectar algunas regularidades; las pie/as conocidas como "peones" normalmente se mue­ven un solo casillero a la vez y siempre hacia adelante, salvo en casos especiales, en que se mueven diagonalmente. Las piezas conocidas como "alfiles" sólo se mueven diagonalmente, cualquier número de casilleros por vez. Los movimientos de los "caballos" siempre son en ángulo recto, y así sucesivamente. Después de mucha investigación, nuestro espectador conseguirá extraer todas las reglas del ajedrez y, recién en­tonces, se le mostrará que los movimientos de las piezas son realizados por personas a las que llamamos "jugadores". Entonces, se apenará por la esclavitud a que están sujetos. "Toda jugada que hacen", les dice, "está regida por leyes inviolables; desde el momento mismo en que uno de ustedes toma un peón, la jugada que hará con él es predecible en la mayoría de los casos. El curso total de lo que trágicamente deno­minan su «juego» se encuentra preordenado sin alternativas. Nada acae­ce que no pueda mostrarse como regido por una u otra de estas leyes inevitables. El juego está gobernado por una necesidad inflexible, que no deja lugar para la inteligencia o la atención. Es cierto que todavía no puedo explicar todos los movimientos que observo, en base a las reglas que he conseguido descubrir. Pero no sería científico suponer que fueran inexplicables. En consecuencia, debe haber otras reglas, que espero descubrir y que permitirán completar satisfactoriamente las explicaciones dadas hasta ahora." Los jugadores, por supuesto, se reirán y replicarán que aunque todas las movidas están regidas por reglas, ninguna está decretada por ellas. "Es cierto que si muevo mi alfil puede predecirse con certeza que me detendré en un casillero del mis­mo color que el de la partida. Esto puede ser deducido de las reglas, pero lo que no está establecido ni es deducible de ellas es si moveré el alfil en éste u otro momento del juego. Existe un amplio campo para que pongamos de manifiesto la inteligencia o la estupidez y para que pensemos y elijamos. Aunque nada de lo que acaece es contrario a las reglas, mucho de lo que ocurre es sorprendente, ingenioso o tonto; aunque las reglas son las mismas para todas las partidas de ajedrez que se han jugado, sin embargo casi todas ellas han tenido un desarrollo novedoso para los jugadores. Las reglas son inalterables pero las partidas no son uniformes. Las reglas prescriben lo que los jugadores no pueden hacer; todo lo demás está permitido, aunque muchas movidas permitidas serían una mala táctica."

"Tampoco quedan otras reglas del juego que deban ser descubier­tas, y las «explicaciones» que aún espera ofrecer de las movidas par­ticulares no son explicables en términos de reglas sino de otras cosas, como, por ejemplo, la aplicación por parte del jugador de princi­pios tácticos. El sentido según el cual una regla «explica» una jugada que se conforma a ella no es igual al sentido en que un principio táctico explica una jugada, aunque cada jugada que obedece a un principio táctico también obedece a una regla. Saber cómo aplicar principios tácticos presupone conocer las reglas del juego, pero está fuera de cuestión que tales principios sean «reducibles» a dichas re­glas."
El ejemplo no pretende sugerir que las leyes de la física son simi­lares a las reglas del ajedrez, porque el curso de la naturaleza no es un juego y sus leyes no son invenciones o convenciones de los hombres. Lo que esta ilustración pretende mostrar es el hecho de que no hay contradicción en decir que uno y el mismo proceso, tal como el movi­miento de un alfil, se acomoda a dos principios de distinta clase y que ninguno de ellos es "reducible" al otro, aunque uno de ellos pre­suponga al otro.
Existen, en consecuencia, dos tipos distintos de "explicación", nin­guno de los cuales es incompatible con el otro. Indudablemente, la ex­plicación en términos de cánones tácticos presupone la que se da en términos de las reglas del ajedrez, pero no es deducible de estas reglas. Esto puede expresarse de otra manera. Un espectador podría pre­guntar —en cierto sentido de "por qué"—, por qué el alfil siempre concluye una jugada en un casillero que tiene el mismo color que el de salida. Podría respondérsele haciendo referencia a las reglas del ajedrez, incluyendo las que prescriben cómo debe formarse el tablero. Podría preguntar entonces, en otro sentido de "por qué", por qué un jugador en cierto momento del juego movió uno de sus alfiles (y no otra pieza) a un casillero (y no a otro). Se le podría contestar que fue para hacer que la reina de su oponente dejara de amenazar a su rey.
Palabras como "explicación", "ley", "regla", "principio", "por qué", "debido a", "causa", "razón", "rige", "es necesario", etc., tienen un ámbito de sentidos diferentes. El mecanicismo pareció constituir una amenaza, porque se supuso que el uso que se hacía de tales términos en las teorías de la mecánica era su único uso; que todas las preguntas que comienzan con "por qué" podían responderse en términos de las leyes del movimiento. De hecho, parte de estas preguntas quizá pueda responderse en esos términos, pero el resto quizá no pueda responderse meramente con ellos.
Puede ser posible que, a lo largo de La decadencia y caída del Imperio Romano, Gibbon nunca haya violado las reglas de la gramá­tica inglesa. Ellas rigen la totalidad del libro, aunque no decretaron lo que debió escribir ni el estilo en que lo debió hacer. Conociendo aquellas reglas y la obediencia que Gibbon les presta, un lector puede predecir, a partir del hecho de que una sentencia tiene por sujeto un nombre en plural, que su verbo también será en plural. Sus prediccio­nes serán siempre correctas. Pero esto no nos lleva a pensar que la pluma de Gibbon obedecía un destino fatal. La gramática dice al lector que el verbo debe estar en plural, pero no cuál es el verbo que debe usarse.
Un pasaje cualquiera de La decadencia y caída... podría ser exa­minado según las reglas gramaticales, los cánones estilísticos y las reglas lógicas a que obedecen las palabras que lo componen. Entre estos diferentes tipos de principios no hay conflicto o competencia; todos se aplican al mismo material; todos pueden proporcionar elementos para predicciones correctas; todos pueden ser tenidos en cuenta para responder a preguntas de un esquema verbal como el de la siguiente: "¿por qué Gibbon escribió esto y no otra cosa?"
Los descubrimientos de las ciencias físicas excluyen del mundo fí­sico la presencia de la vida, el sentimiento, el propósito o la inteli­gencia, tanto como las reglas gramaticales excluyen, de la prosa, el estilo o la lógica. Por cierto que aquellos descubrimientos no hablan de vida, sentimiento o propósito, pero tampoco hablan de estilo o de lógica las reglas gramaticales. Las leyes de la física se aplican a lo animado tanto como a lo inanimado, a la gente inteligente y a los idiotas; las reglas gramaticales se aplican tanto a un boletín meteo­rológico como a La decadencia y caída..., tanto a los razonamientos de un charlatán como a los de Hume.
El modelo favorito de un mundo mecanicista es el de las bolas de billar, que se mueven por el impacto de una en la otra. Sin embargo, el juego de billar presenta uno de los ejemplos más simples de una sucesión de eventos para cuya descripción los términos de la mecánica son necesarios pero no suficientes. Sin duda que, poseyendo un cono­cimiento exacto del peso, forma, elasticidad y movimiento de las bolas, de cómo está hecha la mesa, y de las condiciones atmosféricas, es po­sible, en principio, de acuerdo con las leyes conocidas, deducir la próxima ubicación de las bolas a partir de su ubicación actual. Pero no se sigue de esto que las alternativas del juego se puedan predecir únicamente en base a esas leyes. El científico que ignora las reglas y tácticas del juego y la habilidad y planes de los jugadores podría predecir, al darse un golpe, las posiciones que tendrán las bolas antes de que se efectúe el próximo golpe; pero no podría predecir nada más. El propio jugador puede ser capaz de entrever con cierta proba­bilidad la jugada que hará porque conoce, quizá, la mejor táctica que debe aplicarse en situaciones como la que se le presenta, conociendo bastante, además, su propia habilidad, presencia de ánimo, astucia e

intenciones.


Debe observarse que si el jugador tiene habilidad suficiente como para hacer que las bolas vayan a donde desea, debe tener un, cono­cimiento de tipo elemental de los principios mecánicos que rigen el movimiento de las bolas. Su conocimiento para llevar a cabo sus in­tenciones no se contrapone con su conocimiento de leyes mecánicas, sino que depende de éste. Al valorar el juego que desarrolla, no está preocupado por el hecho de que los movimientos que imparte a las bolas estén regidos por leyes mecánicas; porque no podría existir nin­gún juego que exigiera habilidad si, per impossibile, los implementos del juego se comportaran al azar.
La interpretación actual, que no hace de las leyes naturales enun­ciados necesarios sino probabilísticos, es proclamada a veces como pro­porcionando un deseado elemento que muestra la falta de rigor en la naturaleza. Por fin, se dice a veces, podemos ser científicos al tiempo que aceptamos unas pocas ocasiones en las que se pueden usar adecuadamente conceptos valorativos. Este punto de vista ingenuo presupone que una acción no sería digna de recibir una crítica favo­rable o desfavorable a menos que fuera una excepción a las genera­lizaciones científicas; pero el jugador cíe billar no pide excepciones ni a las leyes de la física ni a las leyes del juego de billar. ¿Por qué debería hacerlo? Ellas no lo obligan a nada. Los temores expresados por algunos filósofos de la moral, en el sentido de que el avance de las ciencias naturales limita el campo en el que pueden ejercitarse virtudes morales, descansa en el supuesto de que es contradictorio decir que uno y el mismo acontecimiento está regido, al mismo tiempo, por leyes mecánicas y por principios morales; supuesto tan falto de fundamento como el de que un jugador de golf no pueda, a la vez, adecuarse a las leyes balísticas y obedecer las reglas del golf y jugar con elegancia y habilidad. No solamente hay lugar para lo intencional, cuando todo se encuentra regido por leyes mecánicas, sino que no habría lugar para ello si las cosas no estuvieran regidas de esa manera. La posibilidad de predecir es una condición necesaria de todo plan de acción.
El mecanicismo es, en consecuencia, un mero espectro. Mientras queda mucho por elucidar respecto de los conceptos propios de la biología, la antropología, la sociología, la ética, la lógica, la estética, la política, la economía, la historiografía, etc., no hay necesidad de intentar el acto desesperado de substraer sus aplicaciones a nuestro mundo ordinario, proyectándolas a otro mundo postulado, o de esta­blecer una diferencia entre lo que existe en la naturaleza y lo que existe en la no-naturaleza. No se requieren precursores ocultos de los actos manifiestos para alabar o criticar al sujeto por haberlos llevado a cabo; ni estaría exento de ellas, si existieran.
Los hombres no son máquinas; ni siquiera máquinas dirigidas por fantasmas. Son hombres, una tautología que a veces es digna de ser recordada. La gente a veces plantea preguntas tales como "¿Cómo hace mi mente para obtener que mi mano realice los movimientos adecua­dos?", y también: "¿Qué es lo que hace que mi mano haga lo que mi mente le indica hacer?" Preguntas de este tipo son formuladas con propiedad respecto de ciertos procesos complejos. La pregunta "¿que es lo que hace que la bala salga del caño?" se contesta adecuadamente con "la expansión de los gases en el cartucho"; la pregunta, "¿qué es lo que hace que el cartucho explote?'', se responde haciendo refe­rencia a la percusión en el detonador; y la pregunta "¿cómo es que mi acto de apretar el gatillo hace que el percutor dé en el detonador?" se responde mediante la descripción del mecanismo de resortes, palan­cas y seguros entre el gatillo y el percutor. De modo que cuando se pregunta "cómo hace mi mente para conseguir que mi dedo apriete el gatillo?", la forma de la pregunta presupone que está en juego un proceso complejo que abarca tensiones, distensiones y descargas, aun­que esta vez de tipo "mental". Pero sea lo que fuere el acto u operación que se considera como la primera etapa del proceso causal que se postula, su ejecución debe ser descrita de la misma manera como, en la vida ordinaria, describimos el hecho de apretar el gatillo por parte del tirador. Decimos simplemente "lo hizo" y no "lo hizo o sufrió un proceso que causó su acto".
Para concluir, es quizá importante advertir al lector acerca de una falacia muy común. La aceptación de que todo está sujeto a leyes mecánicas tienta, a menudo, a afirmar que la naturaleza es o bien una gran máquina o bien un conglomerado de máquinas. Pero, de hecho, hay muy pocas máquinas en la naturaleza. Las únicas que encontramos son las que hacen los seres humanos, tales como relojes, molinos de viento y turbinas. Hay algunos sistemas naturales que se parecen, de alguna manera, a tales máquinas, como los sistemas sola­res. Estos sistemas tienen funcionamiento propio y repiten indefini­damente la misma serie de movimientos. Funcionan, a diferencia de la mayoría de las cosas no manufacturadas, "como relojes". Es cierto que para fabricar máquinas debemos conocer y aplicar la mecánica, pero el invento de máquinas no consiste en copiar cosas que se en­cuentran en la naturaleza inanimada.
Aunque parezca paradójico, debemos buscar más bien en los or­ganismos vivos los ejemplos naturales de sistemas autosuficientes y constantes. Los movimientos de los cuerpos celestes proporcionaron un tipo de "reloj". El pulso humano proporcionó otro. No es resabio de un mero animismo primitivo lo que hace que los niños indígenas piensen que las máquinas son caballos de hierro. Hay muy pocas cosas en la naturaleza a las que se parezcan tanto. Las avalanchas y el juego de billar están sujetos a leyes mecánicas, pero de ninguna manera se parecen a la forma de funcionamiento de las máquinas.

IV - LA EMOTIVIDAD







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