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(3) LA DISTINCIÓN ENTRE VOLUNTARIO E INVOLUNTARIO



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(3) LA DISTINCIÓN ENTRE VOLUNTARIO E INVOLUNTARIO



Debe observarse que mientras que la gente común, magistrados, pa­dres y maestros usan, en general, de cierta manera, las palabras "vo­luntario" e "involuntario", los filósofos lo hacen de otra manera.
"Voluntario" e "involuntario" son usadas ordinariamente —salvo al­gunas excepciones— como adjetivos que se aplican a acciones que no deberían haberse realizado. Discutimos si la acción de alguien fue vo­luntaria o no, únicamente cuando parece haber sido culpable de algo. Se lo acusa de haber hecho ruido y es culpable de ello si —por ejem­plo— se rió voluntariamente. Si nos convence de que el acto fue involun­tario, como un estornudo, presenta una excusa satisfactoria. De modo similar, sólo nos planteamos en la vida cotidiana cuestiones de respon­sabilidad cuando se culpa a alguien justa o injustamente. En este uso, tiene sentido preguntar si un niño fue el responsable de que sus debe­res hubieran sido preparados en el momento debido. No preguntamos si fue culpable de que una larga suma se hiciera correctamente, porque sumar bien no constituye un agravio. Si la hace mal, puede llegar a convencernos de que no fue por culpa suya, si todavía no le ha sido enseñada la técnica para hacer tales cálculos.
En este uso ordinario es absurdo discutir si las actuaciones satis­factorias, correctas o admirables son voluntarias o involuntarias. No está en cuestión acusar o exculpar. Nadie debe confesarse culpable o presentar atenuantes; porque no somos acusados.
Pero los filósofos, al discutir qué es lo que hace que los actos sean voluntarios o involuntarios, se inclinan a considerar como volun­tarias, no solamente acciones censurables sino también meritorias, no sólo lo que constituye la falta de alguien, sino también lo que puede reconocerse en su favor. Más adelante consideraremos las razones que explican esta extensión no intencional del sentido ordinario de "volun­tario", "involuntario" y "responsable". Ahora, es interesante considerar algunas consecuencias que se siguen de ella. En el uso ordinario, decir que un estornudo es involuntario significa afirmar que el sujeto no pudo evitarlo, y decir que una carcajada fue voluntaria, que podría haberla evitado (esto no quiere decir que fue intencional, porque no nos reímos con un objeto determinado). El niño que sumó mal podría haber obtenido un resultado correcto. Sabía cómo conducirse, pero se condujo mal. Sabía hacer cierto tipo de nudo aunque, sin que­rerlo, produjo otro. Su fracaso o lapso es producto de una falta suya. Pero cuando la palabra "voluntario" es usada en su extensión filosófica, esto es, cuando se consideran voluntarios no sólo los actos correctos o valiosos sino también los incorrectos y deleznables, parece seguirse, por analogía con el uso ordinario, que el niño que hace una suma conecta puede también ser descrito como habiendo sido "capaz: de evitarlo". Sería correcto, entonces, preguntar: ¿Podría haber evitado solucionar el problema?, ¿o haber evitado extraer las conclusiones adecuadas?, ¿o haber evitado atar correctamente un nudo?, ¿o haber comprendido una broma?, ¿o haber evitado ser bondadoso con tal niño? De hecho, nadie podría responder estas preguntas aunque a primera vista no es obvio por qué es incorrecto decir que alguien podría haber evitado hacer una suma adecuadamente, si es correcto decir que alguien podría haber evitado hacerlo incorrectamente.
La respuesta es sencilla. Cuando decimos que alguien podría ha­ber evitado cometer un lapso o un error, o que lo hizo por culpa suya, queremos decir que sabía cómo hacer correctamente esa cosa o que tenía aptitud suficiente para hacerla, pero que no ejercitó ese conoci­miento o esa aptitud. No trató de hacerla o, por lo menos, no lo trató con esmero. Pero cuando alguien ha hecho correctamente algo, no podemos decir que sabía cómo hacerlo incorrectamente o que tenía la aptitud de cometer errores, porque cometer errores no es el ejercicio de una aptitud, como tampoco lo es el cometer un desliz; cometemos errores cuando fracasa nuestro saber hacer algo. En cierto sentido de "podría", es correcto decir que una persona que ha sumado bien podría haberlo hecho mal, cuando no está exenta de la posibilidad de ser des­cuidada. Pero en otro sentido de "podría", preguntar "¿podría haber­lo hecho mal?" significa "¿era usted lo suficientemente inteligente, bien entrenado y estaba concentrado en lo que hacía como para calcular erróneamente?" Pero ésta es una pregunta tan tonta como preguntar si los dientes de alguien son lo suficientemente duros como para ser rotos por una nuez.
El conjunto de problemas espurios que se conoce como el proble­ma del libre albedrío, deriva, en parte, de esta extensión del uso de "voluntario" y de las aplicaciones equívocas que se siguen con respec­to a los diferentes sentidos de "podría" y "podría haber evitado".
La primera tarea consiste en elucidar cuál es el significado de "vo­luntario", "involuntario", "responsable", "podría haber evitado", y "su culpa", en su uso no distorsionado, esto es, tal como se las emplea al decidir problemas concretos de culpabilidad o de inocencia.
Si un niño ha hecho un nudo de cierto tipo, en vez de otro, acep­tamos que fue una falta suya, si determinamos, en primer término, que sabía hacer el tipo de nudo indicado y, luego, que su mano no se vio forzada por ninguna coerción externa y que no habían otros factores que evitaran que hiciera el nudo que debía hacer. Establece­mos que podía hacer el primer tipo de nudo determinado que le ha sido enseñado oportunamente, que ha practicado, que —comúnmen­te— consiguió hacerlo bien, que podría corregir a otros, si llega el caso, o, aun, que se avergonzó por haberlo hecho mal, corrigiendo lo hecho sin ayuda de otro. Descubrimos que no ha actuado bajo coer­ción, o atemorizado, o afiebrado, o con los dedos ateridos de frío, de la manera en que ordinariamente determinamos que estos aconteci­mientos excepcionales no han acaecido, porque son demasiado notables como para pasar inadvertidos, por lo menos para el niño en cuestión. El primer problema que debimos decidir no tiene nada que ver con el acaecimiento o el no acaecimiento de episodios ocultos en la corriente de conciencia del niño. Tal problema era el de si tenía o no la habilidad requerida para saber atar cierto tipo de nudos. No está­bamos preguntando, en ese momento, si había llevado a cabo u omiti­do un comportamiento privado sino, únicamente, si tenía cierta apti­tud susceptible de ser considerada inteligente, o si carecía de ella. No nos satisfizo el conocimiento —por otro lado inalcanzable— de la ver­dad o falsedad de una proposición particular causal en la que la causa era oculta y el efecto manifiesto, sino el conocimiento accesible de la verdad o falsedad de una proposición hipotética compleja y parcial­mente general. En otras palabras, no nos satisfizo que él atara un nu­do fantasmal de uno u otro tipo, detrás del telón, sino que pudiera atar un nudo real con su soga y que lo habría hecho bien de haber prestado más atención a lo que estaba haciendo. El error fue culpa suya porque, sabiendo como atar el nudo, no lo hizo correctamente.
Consideremos ahora el caso de un acto que cualquiera admitiría que no se debe a una falta del sujeto. Un niño llega tarde a la escuela, y al preguntársele por qué lo hizo, contesta que salió de su casa a la hora habitual, que no se distrajo al ir a tomar el ómnibus, y que tornó el de todos los días; pero el vehículo se descompuso y no pudo ter­minar el recorrido. El niño corrió tan rápido como pudo para llegar a la escuela, pero ya era tarde. Claramente todas las etapas que ha cum­plido el niño eran, o bien las mismas que le permiten llegar al colegio a horario, o las únicas que tenía a su alcance para remediar los efec­tos del percance. No había otra cosa por hacer, y su maestro le reco­mendará adoptar la misma actitud en ocasiones futuras. Su llegada tarde no fue el resultado de un fracaso al hacer lo que era capaz de hacer, sino de una circunstancia que no pudo alterar. En este caso el maestro está juzgando una acción con referencia a las aptitudes y oportunidades del sujeto; su excusa es aceptada sobre la base de que no podría haber hecho nada mejor de lo que hizo. Todo el problema referente al carácter involuntario de su llegada tarde se decide sin pedírsele al niño que dé cuenta de lo que su conciencia e introspec­ción le informaron respecto de la presencia o ausencia de alguna voli­ción.
El caso no es diferente si las acciones que se atribuyen al sujeto son o implican la realización de soliloquios silenciosos o de otras ope­raciones en las que intervienen imágenes verbales o no verbales. Las mismas razones permiten atribuir un error de cálculo tanto al que lo hace mentalmente, como al que lo hace con lápiz y papel. El mismo reproche de descuido merece el error que se cornete al comparar colo­res mentalmente, y al hacerlo en una tapicería. Si la gente pudo ha­ber hecho algo mejor de lo que hizo, entonces podría haber evitado hacerlo tan mal como lo hizo.
Además de considerar el sentido corriente de "voluntario", "invo­luntario", "responsable", "mi culpa", y "podría" o "no podría evitar", debemos destacar el uso ordinario de expresiones tales como "esfuerzo de la voluntad ", "fuerza de voluntad", e "irresoluto". Se dice que una persona se comporta con resolución cuando, al ejecutar tareas di­fíciles, delicadas o desagradables, trata de no disminuir sus esfuerzos, no se distrae, no se queja, no piensa demasiado o a menudo en su fatiga y temores, y no evita las consecuencias de lo que se ha propuesto hacer. Una persona irresoluta se distraerá o perderá interés fácilmen­te, llegando a convencerse a sí misma de que otra oportunidad será más adecuada para hacer lo que hace, o de que los motivos que la llevaron a iniciar la tarea no eran suficientemente importantes. Obsér­vese que la circunstancia de que una decisión haya sido efectivamente tomada no forma parte de la definición de ser resoluto o irresoluto. El hombre resoluto puede resistir firmemente las tentaciones que lo llevan a abandonar o a posponer su empresa, aunque nunca haya pa­sado por el proceso ritual previo de decidir mentalmente llevarla a cabo. Naturalmente, ese hombre estará dispuesto a prestar reconocimiento a lo que él mismo u otros han hecho. El hombre irresoluto fracasará, con seguridad, en llevar a cabo sus decisiones, que pueden ser nume­rosas y buenas. Su falta de tenacidad se pondrá de manifiesto, también, al abandonar actividades que tampoco fueron precedidas por actos privados o públicos.
La fuerza de voluntad es una propensión cuyo ejercicio consiste en persistir en lo que se está haciendo, esto es, en no ser desviado de ello. Se es débil de carácter cuando se tiene muy poco de esa propen­sión. Las actividades en las que se ejercita la fuerza de voluntad pueden ser de cualquier tipo: intelectual o manual, cíe imaginación o admi­nistrativas. No es una disposición simple o, por ésta u otras razones, una disposición a llevar a cabo operaciones ocultas de un tipo especial. "Esfuerzo de voluntad" significa un ejercicio particular de tenacidad de carácter que ocurre cuando los obstáculos son muy grandes o las tentaciones notablemente fuertes. Tales esfuerzos pueden ser acom­pañados, aunque no es necesario que lo sean, por procesos especiales que —a menudo— presentan un carácter ritual, tales como exigirse a sí mismo hacer lo debido. Pero estos procesos no son modos en los cuales se muestra la resolución de hacer algo, sino maneras en las que se pone de manifiesto el temor de ser irresoluto.
Antes de dejar el análisis del concepto o conceptos de voluntarie­dad es necesario hacer dos observaciones adicionales: 1) Muy a menudo solemos oponer cosas hechas voluntariamente a cosas realizadas bajo cierta compulsión. Algunos soldados son voluntarios, otros son cons­criptos; algunos marinos se hacen a la mar voluntariamente, otros son llevados mar afuera por el viento y la marea. En estos casos no surgen problemas de culpa o de inocencia. Cuando preguntamos si un soldado es voluntario o si está haciendo la conscripción, preguntamos si se enroló porque quería hacerlo o porque tuvo que hacerlo, en donde "tuvo que" implica "no importa lo que él quisiera". Al preguntar si el marino se hizo a la mar por propia voluntad o si fue llevado mar afuera, preguntamos si lo hizo intencionalmente o si hubiera ido a donde fue a dar aunque no lo hubiera querido. ¿Se habría detenido si hubiera recibido malas noticias o una advertencia del cuerpo de guardacostas?
En este uso, lo que es involuntario no puede ser descripto como un acto; ser llevado mar afuera o ser llamado a las filas es algo que le ocurre a una persona, no algo que hace. En este respecto la antítesis entre voluntario e involuntario difiere de aquella en la que pensamos cuando preguntamos si es voluntaria o involuntaria la acción de al­guien que hace un nudo o frunce el ceño. La persona que frunce el ceño involuntariamente no se ve forzada a hacerlo, como puede verse forzado un marino a navegar mar afuera; tampoco se ve forzado a ha­cer un nudo de cierto tipo el niño descuidado, como puede verse for­zado el conscripto a alistarse en el ejército. Fruncir el ceño es algo que una persona hace, no se lo hacen a ella. De tal manera la pre­gunta "¿voluntario o involuntario?" significa, a veces, "¿realizó la per­sona el acto o le fue hecho a ella?"; a veces presupone que lo hizo, pero significa "¿lo hizo advirtiendo o sin advertir que lo estaba ha­ciendo?" o "¿lo hizo intencionalmente o inadvertidamente, mecánica­mente, o instintivamente, etc.?"
2) Cuando alguien hace algo voluntariamente, en el sentido de que lo hace intencionalmente o que trata de hacerlo, su acción refleja, sin duda, alguna cualidad o cualidades de la mente, dado que (y ésta no es una observación meramente verbal), en algún grado y de una manera u otra está atendiendo lo que hace. Se sigue también que si está bien equipado lingüísticamente, puede decir entonces, sin inves­tigación o conjetura alguna, qué es lo que ha estado tratando de llevar a cabo. Como se argüirá en el Capítulo v, estas implicaciones de vo­luntariedad no traen consigo la consecuencia, a menudo supuesta, de una doble vida. Fruncir el ceño intencionadamente no es hacer una cosa en la frente de uno y, además, otra cosa en un lugar metafórico; no es hacer algo con los músculos que permiten mover las cejas y algo con algún órgano no corporal. Específicamente, no se fruncen las cejas provocando primero el esfuerzo de algún no-músculo oculto. "Frunció el ceño intencionadamente" no da cuenta del acaecimiento de dos epi­sodios, sino de uno solo, aunque de distinto carácter del que da cuenta "Frunció el ceño involuntariamente"; por más que ambos actos de fruncir el ceño puedan ser fotografiados y aparezcan idénticos.




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