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(10) SOLIPSISMO



Los filósofos contemporáneos se han explayado a sus anchas al tratar el problema de nuestro conocimiento de otras mentes. Inmersos en el dogma del "fantasma en la máquina", han descubierto que es imposible descubrir una evidencia lógicamente satisfactoria que asegure a una persona la existencia de otras mentes, además de la propia. Puedo ver qué hace el cuerpo de otro, pero no puedo observar lo que hace su mente. Y toda pretensión de inferir qué hace la mente a partir de lo que hace el cuerpo se derrumba debido a que las premisas de tal inferencia son inadecuadas o incognoscibles.
Ahora podemos ver una salida a esta supuesta dificultad. Des­cubro que existen otras mentes al comprender lo que los otros dicen y hacen. Al entender lo que otro dice, juzgar sus bromas, darme cuenta de sus estratagemas en un juego, seguir el curso de su argumentación, oírlo criticar la mía, no estoy haciendo inferencias respecto de las ope­raciones de su mente, sino que las estoy siguiendo. Por supuesto que no estoy meramente oyendo los ruidos que hace o viendo los movi­mientos que realiza. Comprendo lo que oigo y veo. Pero esta com­prensión no resulta de hacer inferencias de causas ocultas sino de apreciar cómo se llevan a cabo las operaciones. Descubrir que la mayoría de la gente tiene una mente (aunque los idiotas y los recién nacidos no la tengan), consiste simplemente en descubrir que es capaz y está dispuesta a hacer ciertos tipos de cosas. Este descubrimiento lo hacemos observando los tipos de cosas que hace. Por supuesto que no descubrimos meramente que existen otras mentes. Descubrimos tam­bién las cualidades del intelecto y del carácter de los demás. De hecho, estamos acostumbrados a tratar estas cuestiones específicas antes de que podamos entender proposiciones generales como que mengano posee una mente o que existen otras mentes aparte de la nuestra. Antes de que podamos aprehender la proposición de que los gatos son objetos materiales o de que la materia existe, sabemos que las piedras son duras y las esponjas, muelles, que los gatitos son tibios y movedizos y las papas frías e inertes.
Por supuesto que existen algunas cosas acerca de los demás que puedo determinar únicamente, o mejor, si me son dichas por él. El oculista tiene que preguntar a su paciente qué letras ve con su ojo izquierdo o su ojo derecho y con qué claridad. El médico tiene que preguntar cuál es la zona dolorida y qué tipo de dolor es. El psicoana­lista tiene que interrogar a su paciente sobre sus sueños y fantasías. Si alguien no divulga el contenido de su soliloquio silencioso, o lo imagina, carecemos de otro medio seguro para descubrir qué se está diciendo a sí mismo o qué está imaginando. Pero la secuencia de sensaciones e imágenes no es el único nivel en el que se muestran el ingenio y carácter de los demás. Con excepción de los locos, tal secuencia no es más que una pequeña parcela de terreno. Observando el comportamiento público —del que lo que se dice y se escribe es lo más importante—, descubro muchas más cosas de las que preten­dería saber respecto de las aptitudes, intereses, gustos, rechazos, méto­dos y convicciones de los demás. Cómo se llevan a cabo esos actos de imaginación, incluyendo los monólogos imaginarios, constituye una cuestión subsidiaria.




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