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(9) COMPRENSIÓN Y COMPRENSIÓN ERRÓNEA



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(9) COMPRENSIÓN Y COMPRENSIÓN ERRÓNEA



Se ha sostenido hasta ahora que, cuando caracterizamos a la gente mediante predicados mentales, no llevamos a cabo inferencias no com­probables a partir de procesos fantasmales que acaecen en una corriente de la conciencia a la que no tenemos acceso, sino que describimos los modos en que tales personas llevan a cabo su comportamiento público. Es verdad que vamos más allá de lo que hacen y dicen, pero este ir más allá no es ir detrás, en el sentido de formular inferencias a partir de causas ocultas. Vamos más allá en el sentido de considerar, en primer término, los poderes e inclinaciones de las que tales acciones son actualizaciones. Este tema requiere un tratamiento más extenso. El que no es capaz de jugar al ajedrez, puede, sin embargo, obser­var partidas de ajedrez. Verá los mismos movimientos que quien conoce el juego, aunque no podrá hacer lo que hace éste: apreciar la torpeza o la destreza de los jugadores. ¿Qué diferencia hay entre observar, meramente, un comportamiento, y comprender lo que se observa? Tomando otro ejemplo, ¿cuál es la diferencia entre oír lo que alguien dice y entender lo que se oye decir?
Quienes abogan por la leyenda de la doble vida responderán que comprender las jugadas del jugador de ajedrez consiste en inferir las operaciones no observables que acaecen en su ámbito privado a partir de las jugadas realizadas sobre el tablero. El proceso de inferencia es similar al que efectuamos cuando inferimos el manipuleo de las palan­cas en la cabina de señales, a partir de los movimientos visibles de las señales del ferrocarril. Esta respuesta promete algo que nunca puede llegar a cumplirse. Puesto que, de acuerdo con la teoría, nadie tiene acceso a la mente de otro, cosa que ocurre con la cabina de señales, no hay manera posible de establecer las correlaciones necesarias entre los movimientos públicos y sus contrapartidas causales ocultas. Además, la analogía con la cabina de señales se diluye en otro aspecto. Es fácil describir las conexiones entre las palancas y las señales. Los principios mecánicos de la palanca y el comportamiento de los metales nos son familiares. Sabemos cómo trabajan los mecanismos que están en la cabina de señales, cómo lo hacen las señales y cómo los dos se encuentran mecánicamente asociados. Pero los que creen en la leyenda del fantasma en la máquina admiten que nadie conoce, todavía, las leyes que rigen las supuestas operaciones de la mente; y las interacciones que se postulan entre ellas y los movimientos de la mano, se reconocen como totalmente misteriosas. Como tales interacciones no gozan ni del status de lo mental ni del de lo físico, se supone que no obedecen ni a las leyes conocidas de la física ni a las leyes que se han descubierto en psicología.
Se seguiría de esto que nadie ha llegado a comprender en lo más mínimo lo que ha dicho o hecho otra persona. Leemos las. palabras que escribió Euclides y tenemos conocimiento de lo que hizo Napo­león, pero no tenemos idea de lo que pasaba en su mente. Tampoco la tienen los espectadores de un torneo de ajedrez o de un partido de fútbol respecto de lo que intentan hacer los jugadores.
Esto es tremendamente absurdo. Cualquiera que sepa jugar al ajedrez comprende muy bien lo que los otros jugadores hacen, y un breve estudio de la geometría permite a cualquier estudiante seguir los razonamientos de Euclides. No es necesario que esta comprensión se base en leyes psicológicas aún no establecidas. Seguir las jugadas de un jugador de ajedrez no es practicar algo que se parezca ni remo­tamente al dignóstico psicológico. Si se supone que una persona puede comprender las palabras o acciones de los demás sólo si ha efectuado inferencias causales de acuerdo con leyes psicológicas, se seguiría la curiosa consecuencia de que si algún psicólogo hubiera descubierto tales leyes no podría haberlas transmitido a los demás; porque ex hypothesi, nadie podría seguir su exposición puesto que, para ello, tendría que inferir los pensamientos del expositor a partir de sus pala­bras, de conformidad con tales leyes expuestas.
Nadie se siente muy feliz ante la idea de que para que alguien pueda comprender lo que otro dice o hace, deba efectuar inferencias similares a las que hace el que busca una napa de agua, que infiere la existencia cíe ésta en base al movimiento de la aguja de su aparato. Por eso se formula, a veces, el agregado de que como todos tenemos conocimiento de las correlaciones entre nuestras experiencias privadas y los actos manifiestos, podemos comprender el comportamiento de los demás, atribuyéndoles correlación similar. Comprender es, aún, una forma de adivinanza psicológica, aunque reforzada por las analogías basadas en observaciones directas de la correlación de la vida interna y externa del que adivina. Este aditamento no elimina, sin embargo, la dificultad.
Más adelante se mostrará que la valoración que una persona hace de sus propios comportamientos es similar a su valoración del comportamiento de los demás, pero por ahora es suficiente decir que aunque- alguien gozara de una facultad privilegiada para adscribir los conceptos referidos a lo mental y al comportamiento, a su propia con­ducta, su argumentación analógica respecto del comportamiento de los demás sería totalmente falaz.
Si alguien ha inspeccionado cierto número de señales ferroviarias y de casillas de señales, puede formular una inferencia probable de los movimientos de palancas no observados a partir de los movimientos de las señales. Pero si ha visto solamente una casilla de señales, desco­nociendo la similitud posible entre ellas, su inferencia será lamenta­blemente débil, porque consistirá en una generalización muy amplia fundada en un único caso. Una señal es muy similar a otra, tanto en su aspecto como en sus movimientos, de modo que la inferencia de la similitud existente entre los mecanismos que guardan las casillas de señales tiene algún peso; el aspecto de los actos de la gente —en cambio—, difiere notablemente, de manera que la atribución de simi­litud entre los procesos/internos sería, de hecho, contraria a la evidencia.
En consecuencia, la comprensión de los actos y palabras de una persona no es una especie de adivinación problemática, de procesos ocultos. La comprensión existe, pero la adivinación no es una parte de mi tesis general, que tales procesos ocultos son míticos, dado que no existe nada que pueda ser objeto del diagnóstico que se postula. Pero por el momento, es suficiente probar que, aunque existieran, nadie podría efectuar inferencias probables respecto de su acaecimiento en la vida interna de los demás.
Si esa comprensión no consiste en inferir o adivinar los precur­sores internos del comportamiento externo, ¿qué es, entonces? Si no requiere el dominio de la teoría psicológica y la habilidad de apli­carla, ¿qué conocimiento requiere? Hemos visto que el espectador que no puede jugar al ajedrez tampoco puede seguir el juego de otros. Quien no puede leer o hablar sueco, no puede comprender lo que se dice o escribe en sueco. Y no podrá seguir y retener los argumentos de otros, quien tenga una facultad de razonamiento débil. Comprender, es una forma de saber hacer. El conocimiento necesario para llegar a comprender actuaciones inteligentes de determinado tipo, es cierto grado de aptitud en comportamientos de esa clase. Los críticos cali­ficados en literatura, técnica experimental, o bordado, deben saber, al menos, escribir, realizar experimentos, o coser. Que hayan aprendido o no algo de psicología, interesa tanto como que hayan aprendido química, neurología o economía. Tales estudios pueden ayudar a apre­ciar, ocasionalmente, lo que se critica, pero es condición necesaria para ello, tener algún dominio del arte o procedimiento cuyos ejem­plos se van a juzgar. Para poder apreciar las bromas de otro, debemos poseer sentido del humor y, además, el tipo de sentido del humor del que esas bromas son actualización.
Por supuesto que ejecutar inteligentemente una operación no es lo mismo que seguir su ejecución inteligente. El sujeto hace; el espec­tador sólo contempla. Pero las reglas que el agente observa y los cri­terios que aplica son los mismos que guían los aplausos y mofas del espectador. No es necesario que el comentarista de la filosofía de Platón posea una gran originalidad filosófica, pero sus comentarios carecerán de todo valor si es incapaz de apreciar la fuerza, etapas o motiva­ciones de un argumento filosófico. Si puede apreciarlos, entonces sabe cómo hacer parte de lo que Platón sabía hacer.
Si poseo la aptitud de juzgar el comportamiento de alguien, estaré tan alerta para detectar sus errores y embrollos, como él; lo mismo ocurrirá cuando advierta que algo ha ocurrido por mera suerte. Aprendo con la actividad del otro, lo mismo que él. Ejecución y comprensión son meras ejercitaciones diferentes del conocimiento de "mañas" del mismo tipo. Saber atar nudos se manifiesta no sólo en los actos de atar y en la corrección de errores, sino también en imaginar atarlos correctamente, en enseñarlos a los demás, en criticar los movimientos incorrectos o torpes, en determinar qué error produjo un resultado incorrecto, en pronosticar qué va a resultar de los errores que se obser­van y así indefinidamente. Las palabras "comprender" y "seguir", designan algunas de las ejercitaciones del saber hacer que llevamos a cabo sin tener, por ejemplo, ningún trozo de soga en la mano.
Parece inútil señalar, nuevamente, que todo esto no implica que el espectador o el lector, al seguir lo que se hace o escribe, efectúe inferencias analógicas que van de sus propios procesos internos a los procesos internos del autor de los actos o escritos. No es necesario que se imagine, aunque lo podría hacer, que se encuentra en lugar del autor. Aprehende lo que éste hace, en base a los mismos ele­mentos, con la diferencia de que el espectador descubre lo que el autor inventa. El autor "dirige" y el espectador lo sigue, pero el sen­dero es el mismo. Tampoco requiere esta tesis sobre la comprensión, postular misteriosas "simpatías fulminantes" entre almas gemelas. La aptitud de los jugadores de ajedrez para seguir mutuamente sus jugadas no depende del hecho de que sus corazones latan al unísono —cosa dudosa si son adversarios—, sino de su habilidad o interés en el juego, y de la familiaridad con las tácticas de juego del otro.
La afirmación de que la aptitud para apreciar un comportamiento es del mismo tipo que la aptitud para ejecutarlo, permite ilustrar un tema anteriormente expuesto: que las aptitudes inteligentes no son dis­posiciones simples sino disposiciones que permiten una amplia gama de actualizaciones más o menos disímiles. Sin embargo, es necesario formular dos reservas. En primer lugar, la aptitud para ejecutar y apreciar un acto no presupone necesariamente la habilidad para for­mular críticas o lecciones. Un grumete puede atar nudos complejos y determinar si alguien lo está haciendo bien o mal, con destreza o torpemente. Pero es probable que sea incapaz de realizar la difícil tarea de decir, en palabras, cómo deben hacerse los nudos. Segundo, la aptitud para apreciar un comportamiento no presupone el mismo grado de competencia que requiere la aptitud para ejecutarlo. No se necesita ser un genio para apreciar genialidades, y un excelente crítico teatral puede no interesarse por ser actor o escritor. Sí la aptitud para comprender ciertos actos requiriera la aptitud para realizarlos, no habría maestros ni alumnos. A los alumnos les enseñan a hacer cosas, perso­nas que saben cómo hacerlas mejor que ellos. Los Elementos de Euclides no son un libro prohibido ni un "libro abierto" para el estudiante.
Algunos filósofos, que han tratado de explicar cómo es que los historiadores, investigadores y críticos literarios pueden llegar a com­prender las acciones y palabras de los personajes que estudian, han aprehendido un aspecto de nuestra explicación de la comprensión. Al admitir sin reservas el dogma del "fantasma en la máquina" se hallaron perplejos frente a las pretensiones de los historiadores de interpretar las acciones y palabras de los personajes históricos como expresiones de sus pensamientos, sentimientos e intenciones. Si las mentes son impenetrables las unas a las otras, ¿cómo pueden los histo­riadores penetrar en la mente de sus héroes? Si tal penetración es imposible, deben ser inútiles los trabajos de esos investigadores, críti­cos e historiadores. Podrán descubrir los signos, pero nunca llegarán a interpretarlos como efectos de operaciones que acaecen en recintos eternamente sellados.
Esos filósofos han propuesto la siguiente solución a su problema espurio. Aunque no puedo observar las operaciones de la mente de otro, o de Platón, sino únicamente el comportamiento externo y las palabras escritas que, considero, son la "expresión" externa de esas operaciones internas, sin embargo, puedo —con cierto esfuerzo y prác­tica— representar en mi propio teatro privado las operaciones que originarían naturalmente tales acciones y palabras. Puedo tener pen­samientos privados que podrían ser expresados por las oraciones que el propio Platón escribió. Puedo, de hecho o imaginariamente, tener voliciones propias que originan o podrían originar acciones como las que he visto realizar a otro. Colocándome en la misma disposición mental que hace que actúe como otro, o escriba como Platón, puedo imputarles disposiciones mentales similares. Si tal imputación es correcta, entonces, al saber cómo es la disposición mental que resulta en esas acciones y palabras, puedo saber cómo se encontraría Platón al escribir sus Diálogos o cómo es otro al tratar de hacer un nudo. Al protagonizar las acciones externas, revivo las experiencias privadas. De alguna manera, el estudioso de Platón hace de sí mismo un segundo Platón; una suerte de nuevo autor de sus Diálogos. Solamente así los puede comprender.
Lamentablemente, esta tentativa de imitar los procesos mentales de Platón nunca puede lograr un éxito total. Después de todo soy un estudioso de Platón que vive en el siglo xx, cosa que él nunca lúe. Mi cultura, estudios, lenguaje, hábitos e intereses, son distintos de los suyos, y esto afecta la fidelidad de la imitación de su disposición mental y, por consiguiente, el éxito de mi tentativa de comprenderlo. Podría argüirse que, dado el caso, es lo mejor que puedo hacer; que toda comprensión es imperfecta; que únicamente si fuera Platón podría llegar a comprenderlo en realidad.
Los que sostienen una teoría de este tipo agregan otros "consuelos teóricos". Aunque las mentes son inaccesibles entre sí, puede decirse que están en armonía las unas con las otras aunque, lamentablemente, sin saberlo. Aunque no puedo compartir literalmente las experiencias de otro, puede ser, sin embargo, que algunas de nuestras experiencias "suenen" juntas, y aunque no podamos darnos cuenta de que ése es el caso, casi estaríamos frente a una verdadera comunión. En las situa­ciones más afortunadas nos pareceríamos a dos sordos incurables que cantan la misma canción al unísono. No es necesario detenernos en tales "agregados" a una teoría radicalmente falsa.
Porque éste es otro fracaso teórico del intento de escapar a un dilema completamente mítico. Supe que comprender debería consistir en contemplar las operaciones incognoscibles de fantasmas aislados, y trata de dar solución al problema diciendo que, a falta de tal conoci­miento, puedo salir del paso contemplando mis propias operaciones fantasmales que se externalizan en "expresiones" públicas similares a las de las personas cuyo comportamiento trato de comprender. Esto implica una suposición adicional insostenible, pero interesante: a accio­nes y palabras manifiestas similares, corresponden procesos internos similares. Esta suposición no es verificable, de acuerdo con la misma teoría. También implica impropiamente que del hecho de que me acaezcan procesos internos debo reconocerlos en lo que son, perfec­tamente; es decir, que no puedo interpretar mal ni sentirme perplejo por nada de lo que pase en la corriente de mi propia conciencia. En pocas palabras: la teoría es una variante de la idea de que la com­prensión consiste en una adivinación causal problemática, pero refor­zada por un débil fundamento analógico.
Lo que hace que la teoría sea digna de discusión, es el hecho de que evita, en parte, equiparar la comprensión con el diagnóstico psicológico, es decir, con inferencias causales que van del comportamiento manifiesto a procesos mentales, de conformidad con leyes que los psicólogos aún deben descubrir. Evita esta equiparación mediante una suposición infundada pero que toca casi la verdad. Supone que las cualidades de las mentes humanas se ven reflejadas en las cosas que se dicen y hacen públicamente. Por eso es que están en la buena senda los historiadores y críticos que estudian los estilos y procedimientos de la actividad literaria y práctica. La desgracia es, de acuerdo con la teoría, que esta posibilidad termina con el abismo que separa lo "físico" de lo "mental" y lo "externo" de lo "interno". El dilema habría desaparecido si se hubiera visto que el estilo y el procedi­miento de la actividad de la gente son las formas de operar de su mente y no meros reflejos imperfectos de procesos secretos que, se supone, constituyen las operaciones de ésta. Así, se habría vindicado automáticamente la pretensión de historiadores y estudiosos, de ser capaces de comprender, en principio, lo que sus sujetos hicieron y escribieron. No son ellos, precisamente, los que han estado estudiando sombras.
El comportamiento inteligente manifiesto no es signo de opera­ciones mentales; tales operaciones son dicho comportamiento. Boswell describió la mente de Johnson cuando relató cómo escribía, hablaba, comía, se agitaba y enojaba. Por supuesto que su descripción fue incompleta, dado que Johnson mantuvo cuidadosamente para sí algunos pensamientos, y debe haber tenido muchos sueños, ensueños y solilo­quios mudos, de los que sólo él podría haber dejado testimonio y que únicamente James Joyce hubiera deseado testimoniar.
Antes de terminar esta investigación sobre la comprensión, debe decirse algo sobre la comprensión parcial, verídica o errónea.
Ya se ha llamado la atención sobre algunos paralelismos y dife­rencias existentes entre el concepto de saber que. . . y el saber hacer. Debe advertirse ahora una diferencia adicional. Nunca decimos que alguien tiene conocimiento parcial de un hecho o de una verdad, excepto en el sentido especial de tener conocimiento de parte de un conjunto de hechos o verdades. Podemos decir que un niño sabe parcialmente cuántos condados tiene Inglaterra, si sabe el nombre de algunos y no el de otros. Pero no podría decirse que sabe parcial­mente que Sussex es un condado de Inglaterra. O conoce este hecho o no lo conoce. Por otra parte es correcto y normal decir que alguien sabe hacer algo en parte, esto es, que posee una aptitud particular en un grado limitado. El aficionado al ajedrez sabe jugar bien, pero un campeón sabe hacerlo mejor, aunque tenga mucho que aprender.
Esto se aplica, como es de esperar, a la comprensión. Un jugador común de ajedrez puede seguir, en parte, las tácticas y estrategia de un campeón. Quizá luego de mucho estudio podrá comprender perfec­tamente las tácticas usadas por éste en determinadas partidas. Pero nunca podrá anticipar cómo actuará el campeón en el próximo campeonato y nunca será tan rápido o estará tan seguro como él cuando interpreta o, quizá, explica las jugadas.
Aprender a hacer algo o mejorar aptitudes, no es aprender que algo es el caso, o adquirir información. Las verdades se transmiten, la forma de proceder se inculca. Éste es un proceso gradual, mientras que la transmisión de verdades es relativamente breve. Tiene sentido preguntar en qué momento alguien supo que algo era el caso, pero no lo tiene preguntar en qué momento alguien adquirió una habilidad. "Estar entrenado parcialmente" es una frase con significado; "Saber a medias algo" no lo es. Adiestrar, es el arte de proponer a alguien problemas que todavía no puede solucionar, pero que en adelante será capaz de hacerlo.
La noción de "comprensión errónea" no plantea dificultades teó­ricas generales. Cuando las tácticas de un jugador de naipes son mal interpeladas por sus adversarios, la maniobra que creen prever es una maniobra posible del juego, aunque no la rea}/Solamente quien conoce el juego puede interpretar el pase como parte de la ejecución de cierta táctica. La comprensión errónea es accesoria del saber hacer. Únicamente puede usar mal una expresión del ruso el que tiene, como mínimo, un dominio parcial de dicho idioma. Los errores son actualizaciones de aptitudes.
La comprensión errónea no se debe exclusivamente a la inexpe­riencia o descuido del espectador. A veces se debe al descuido o a la astucia del sujeto a quien se observa. A veces ambos desarrollan toda la habilidad requerida, pero ocurre que los actos realizados o las pala­bras dichas, pueden ser parte de dos o más intentos diferentes. Los diez primeros movimientos que se hacen para atar un nudo pueden ser los mismos que se requieren para atar otro; el conjunto de pre­misas adecuadas para una conclusión puede ser adecuado para esta­blecer otra. La interpretación errónea del espectador puede suponer, en tal caso, agudeza y fundamento, sólo que es prematuro. El arte de estafar explota esta posibilidad.
Es obvio que cuando la comprensión errónea es posible, también lo es la comprensión verídica. Sería absurdo sugerir que, quizá, siempre interpretamos mal todo comportamiento que observamos; no podría­mos hacerlo, excepto al aprender a interpretar, que es un proceso que supone aprender a no interpretar mal. Las interpretaciones erróneas pueden, en principio, corregirse, y en esto reside, en parte, el valor de toda controversia.




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