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(8) EL EJERCICIO DE LA INTELIGENCIA



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(8) EL EJERCICIO DE LA INTELIGENCIA



Hemos dicho que para juzgar que el comportamiento de alguien no es inteligente, debemos mirar, en cierta manera, más allá del comporta­miento mismo. No existe una acción particular manifiesta o interna que no pueda haber sido ejecutada, accidental o "mecánicamente", por un loro, un idiota, un sonámbulo, o por alguien en estado de pánico, de distracción o de delirio. Pero al ir más allá del comportamiento mismo no estamos tratando de aprehender un comportamiento oculto que es contrapartida del primero, y que acaece en un escenario secreto de la vida interna del sujeto. Consideramos las aptitudes e inclinacio­nes de las cuales su comportamiento es una actualización. No busca­mos causas (y a fortiori causas ocultas) sino aptitudes, habilidades, hábitos, propensiones e inclinaciones. Vemos, por ejemplo, que un sol­dado acierta en el blanco. ¿Fue por suerte o por habilidad? Si fue habilidad entonces volverá a dar en el blanco o cerca de él, aunque el viento sea más fuerte, cambie la distancia o se mueva el blanco.
Si el segundo tiro se desvía, es probable que el tercero, cuarto y quinto tiros den más cerca del blanco. El tirador tratará de contener su res­piración antes de apretar el gatillo, tal como lo hizo en la primera oportunidad, aconsejará a su vecino sobre las modificaciones que hay que hacer teniendo en cuenta la refracción, el viento, etc. El tiro al blanco es un complejo de habilidades, y el problema de si dar en el blanco es resultado de la suerte o de ser un buen tirador, es el pro­blema de si tiene o no habilidad. Y la tiene si ha tirado con cuidado y control de sí mismo, atendiendo a las condiciones particulares y recor­dando las instrucciones recibidas.
Deben tomarse en cuenta otras cosas además de su éxito inicial: los tiros siguientes, su rendimiento anterior, sus explicaciones o excu­sas, sus consejos y una pléyade de elementos adicionales. No hay tal cosa como un único signo que muestre que alguien sabe tirar, aunque un conjunto modesto de comportamientos heterogéneos es suficiente, en general, para establecer, fuera de toda duda, si es o no un buen tirador. Solamente entonces puede decidirse si dio en el blanco por casualidad o por habilidad.
Supongamos que un borracho realiza, en una partida de ajedrez, una jugada que perturba el plan de su adversario. Los espectadores concordarán que ello se debió a la casualidad, si en la mayoría de las jugadas anteriores violó las reglas del juego, o no mostró ningún planteo táctico, si no repitió la misma jugada ante una situación si­milar, si no aplaudió una jugada parecida hecha por otro jugador en una situación semejante, o si no puede explicar por qué hizo tal cosa, o describir el peligro que corrió su rey.
Su problema no es el de si acaecen o no procesos fantasmales sino el de la verdad o falsedad de determinadas proposiciones condicionales y de su aplicación particular. Porque, a grandes rasgos, la mente no es el tema propio de conjuntos de proposiciones categóricas no verificables sino de conjuntos de proposiciones hipotéticas y semihipotéticas. La diferencia entre una persona normal y un idiota no reside en que la primera es, en realidad, dos personas y éste una sola, sino en que la persona normal puede hacer un conjunto de cosas que el idiota no puede realizar. Y "poder" y "no poder" son palabras modales. Por supuesto que al describir las jugadas hechas por el jugador bo­rracho y el sobrio, o los ruidos emitidos por el idiota y el hombre normal, no solamente usamos las expresiones "podría" y "debería", sino también " hizo", "no hizo". La jugada del jugador borracho fue hecha atolondradamente, mientras que el hombre normal estaba cuidando lo que decía. En el capítulo v trataré de mostrar que la diferencia fun­damental entre expresiones tales como "lo hizo atolondradamente" y "lo hizo a propósito", que clan cuenta de acaecimientos, no debe elu­cidarse como una diferencia entre descripciones de acontecimientos sim­ples y compuestos, sino de otra manera.
Saber hacer no es, por lo tanto, una disposición simple, como un reflejo o un hábito. Su actualización comprende la observancia de reglas o cánones o la aplicación de criterios, pero no consiste en una sucesión de actos de aceptación de máximas teóricas que se llevan luego a la práctica. Más aún. Su actualización puede ser manifiesta o no, las acciones pueden ser reales o imaginadas, las palabras pueden ser dichas en voz alta o internamente, los cuadros pueden estar pintados sobre tela o pueden estar expuestos sólo ante los ojos de la mente. También puede ser una amalgama de ambos tipos.
La descripción de lo que ocurre cuando una persona razona con inteligencia puede ilustrar lo dicho. Hay una razón especial para ele­gir este ejemplo, dado que tanto se ha hablado de la racionalidad del hombre; y parte, aunque sólo parte, de lo que se entiende por "racional" es "ser capaz de razonar correctamente".
En primer lugar, no tiene mayor importancia que consideremos que el sujeto razona para sí o en voz alta, abogando, quizá, ante una corte imaginaria o real. Los criterios que van a permitir decidir si sus argumentos son correctos, claros, relevantes y bien organizados, son los mismos, tanto para el razonamiento llevado a cabo en silencio, como para el expresado en voz alta o por escrito. El razonamiento hecho en silencio presenta las ventajas de ser relativamente rápido, socialmente inocuo y secreto. El que es hecho en voz alta o por escrito, presenta la ventaja de ser menos impetuoso, aunque se encuentra sujeto a las crí­ticas de la audiencia o del lector. Pero en ambos casos las cualidades intelectuales que están en juego son las mismas, con la salvedad de ­que, para razonar en un soliloquio silencioso, se requiere una prepa­ración especial.
En segundo lugar, aunque algunos pasos del razonamiento pueden ser tan trillados que se resuelvan automáticamente, es muy probable que el resto nunca haya sido construido con anterioridad. El sujeto se encuentra con nuevas objeciones, interpreta nuevas evidencias y establece conexiones entre elementos de la situación que no han sido coordina­dos previamente. En síntesis, debe innovar y cuando hay innovación no se actúa por hábito. No se repiten pasos trillados. La circunstancia de que actúe sin precedentes no es lo único que muestra que está pensando en lo que hace. También lo pone de manifiesto el hecho de estar dispuesto a modificar la expresión de algunos puntos oscuros o de cuidarse de las ambigüedades y de buscar la oportunidad de ex­plotarlas en su favor, de evitar basarse en inferencias fácilmente refu­tables, estando alerta para responder a las objeciones y manteniendo la conducción del curso general de la discusión para alcanzar la nota final. Se mostrará, más adelante, que palabras tales como "estar alerta", "estar en guardia", "tener cuidado", 'estar prevenido", y "decidido'', son semidisposicionales o semiepisódicas. Pero ello no significa el acaecimiento simultáneo de actos internos adicionales, ni tampoco me­ras aptitudes y tendencias para llevar a cabo nuevas operaciones si éstas fueran necesarias, sino algo intermedio. La persona que maneja con cuidado, no está imaginando o considerando, en cada momento, las incontables contingencias que pueden surgir inesperadamente, ni tampoco está meramente calificada para reconocer y resolver cada una de las que llegaran a producirse. No ha previsto el cruce de un ani­mal despavorido y, sin embargo, no deja de estar preparada para ello. Su rapidez para encarar las emergencias que acaezcan se pondrá de manifiesto en sus actos. Pero también se muestra en la forma de mane­jar, cuando no ocurre nada extraordinario.
Por encima de todas las características propias de las operaciones implícitas en el razonamiento inteligente, se encuentra la característica esencial de razonar lógicamente, esto es, evitar cometer falacias y tra­tar de producir pruebas e inferencias válidas que sean pertinentes para el caso en cuestión. Las reglas lógicas son observadas igual que lo son las del estilo, la estrategia forense, la etiqueta profesional, etc. Es pro­bable que se observen las reglas lógicas sin pensar en ellas o sin citar las fórmulas de Aristóteles para sí o para los demás. Se aplica en la práctica, lo que Aristóteles abstrajo en su teoría referente a tales prác­ticas. Se razona siguiendo un método correcto, pero sin considerar pres­cripciones metodológicas. Cuando se razona con cuidado, las reglas se transforman en una manera de pensar. No son rótulos a los que se debe adaptar el pensamiento. En una palabra la operación se lleva a cabo eficientemente, y actuar con eficiencia no es llevar a cabo dos operaciones. Es llevar a cabo una sola operación de determinada ma­nera o estilo. La descripción de este modus operandi debe hacerse en términos semidisposicionales o semiepisódicos como "alerta", "cuida­doso", "crítico", "ingenioso", "lógico", etcétera.
Con algunas modificaciones apropiadas, lo que es verdad del ra­zonar con inteligencia, es verdad de las demás operaciones inteligentes. El boxeador, el cirujano, el poeta, el vendedor, aplican criterios espe­ciales en la realización de sus respectivas tareas, o porque desean hacer las cosas bien. No son considerados inteligentes, hábiles, inspirados o astutos por la manera en que toman en cuenta, si es que lo hacen, las prescripciones que determinan cómo llevar a cabo sus especialida­des, sino por las maneras en que las realizan. La inteligencia del boxeador se decide a la luz de su forma de pelear y no por el hecho de que planee o no su ataque antes de llevarlo a cabo. Si se detiene a meditar en el "ring" será considerado un boxeador inferior, aunque se lo reconozca quizá como un teórico o crítico brillante. La inteligen­cia para boxear se exhibe al dar y parar golpes y no al aceptar o re­chazar proposiciones referentes a ellos. Del mismo modo, la habilidad para razonar se muestra en la construcción de argumentos válidos y en la detección de falacias, y no en la admisión de las fórmulas de los lógicos. La habilidad del cirujano no se ubica en su boca, cuando emite verdades sobre su arte, sino en sus manos, cuando ejecutan los movimientos correctos.
Todo esto no significa negar o menospreciar el valor de las ope­raciones intelectuales sino, únicamente, negar que la ejecución de ac­ciones inteligentes implique la ejecución adicional de operaciones in­telectuales. Más adelante (en el capítulo ix), se mostrará que aun las mañas más elementales requieren capacidad intelectual. La aptitud para actuar conforme a reglas supone la comprensión de éstas. De modo que para adquirir estas aptitudes se requiere poseer alguna apti­tud proposicional. Pero de ello no se infiere que la actualización de estas aptitudes deba ser acompañada por la actualización de aptitudes proposicionales. Si no hubiera sido capaz de comprender las lecciones reci­bidas, no podría haber aprendido a nadar estilo pecho, pero no es necesario que las recite, cuando nado en ese estilo.
Una persona con poco o ningún conocimiento de medicina, no podría ser un buen cirujano, pero ser un buen cirujano no es lo mis­mo que conocer medicina. Tampoco es un mero producto de ésta. Sin duda que el cirujano debe haber adquirido muchas verdades mediante el adiestramiento o por sus propias inducciones y observaciones, pero también debe haber adquirido mediante la práctica un gran número de aptitudes. Aun en los casos en que la práctica eficiente es el resultado de la aplicación deliberada de prescripciones, la inteligencia que se emplea al ponerlas en práctica no es idéntica a la empleada para apre­henderlas intelectualmente. No es contradictorio, ni siquiera paradó­jico, que digamos que alguien no hace lo que predica. Han existido críticos literarios capaces y originales que han formulado, en una prosa deleznable, excelentes cánones para escribir en buena prosa. Otros crí­ticos han expresado en una prosa brillante las teorías más estúpidas acerca de las características del buen escribir.
El argumento central elaborado en este capítulo posee considerable importancia. Es un ataque de flanco contra el error categorial implícito en el dogma del fantasma en la máquina. Tanto los teóricos como el hombre de la calle, aceptan inconscientemente el dogma, e interpretan los adjetivos que permiten caracterizar el comportamiento como inge­nioso, inteligente, metódico, cuidadoso, ocurrente, etc.; haciendo refe­rencia al acaecimiento de procesos especiales en el flujo oculto de la conciencia, que funcionan como presagios fantasmales o causas ocultas del comportamiento así caracterizado. Postulan que el verdadero titular de la inteligencia adscrita al acto manifiesto, es una acción fantasmal interna y creen que, de esta manera, explican por qué el acto mani­fiesto es una manifestación de la inteligencia. El acto manifiesto es el efecto de un acto mental, aunque evitan plantear la pregunta inme­diata: ¿Qué es lo que hace que los actos mentales que se postulan sean manifestaciones de inteligencia y no de deficiencia mental?
En oposición a este dogma, sostengo que al describir las opera­ciones mentales de una persona no estamos describiendo un segundo conjunto de operaciones espectrales. Describimos determinadas fases de nuestra vida, esto es, los modos en los que esa conducta se lleva a cabo, estas acciones se "explican" al incluírselas en proposiciones hipotéticas o semihipotéticas y no al inferírselas de causas ocultas. La explicación no es del tipo "el vidrio se rompió porque fue golpeado por una piedra", sino, aproximadamente, del tipo "el vidrio se rom­pió, cuando la piedra lo golpeó, porque era frágil". No plantea diferencia teórica alguna, que los comportamientos que valoramos sean operaciones realizadas en silencio en nuestra mente, como cuando, después de haber sido adiestrados en ello, teorizamos, componemos coplas o resolvemos anagramas. La diferencia es grande en la prác­tica, porque no pueden calificarse las operaciones que el sujeto guarda para sí exitosamente.
Cuando alguien habla en voz alta, ata nudos, se desmaya o esculpe, los actos que observamos son, en sí mismos, lo que se está haciendo con inteligencia, aunque los conceptos en términos de los cuales un físico o un fisiólogo descubrirán tales actos no agotan los que usan los discípulos o sus maestros para juzgar su lógica, estilo o técnica. Él sujeto es activo, corporal y mentalmente, aunque no simultánea­mente en dos "lugares" distintos o con dos "máquinas" diferentes. Hay una única actividad que requiere y es susceptible de más de un tipo de descripción. Así como no hay diferencias fisiológicas o aerodi­námicas entre un pájaro que "vuela hacia el sur" y otro que "migra", aunque haya una gran diferencia biológica entre ambas descripciones, no se necesita que existan diferencias físicas o fisiológicas entre un hombre que delira y otro que habla con sentido, aunque sean enormes las diferencias retóricas y lógicas.
El enunciado "la mente es su propio lugar" ("the mind is its own place") no es verdadero, como podrían llegar a interpretar muchos teóricos, debido a que la mente no es, siquiera, un "lugar" metafórico. Su lugar está en el tablero de ajedrez, en el púlpito, en el escritorio del estudioso, en el estrado del juez, en el asiento del conductor de camiones, en el estudio y en la cancha de fútbol. En estos lugares la gente trabaja y juega, torpe o inteligentemente. "Mente" no es el nombre de otra persona que trabaja y se divierte detrás de una pantalla impenetrable. Tampoco es el nombre de otro lugar en el que se tra­baja y juega, ni el de una herramienta adicional que sirve para trabajar o un instrumento que sirve para jugar.




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