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(7) APTITUDES INTELIGENTES VERSUS HÁBITOS4



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(7) APTITUDES INTELIGENTES VERSUS HÁBITOS4



La aptitud para aplicar reglas es un resultado de la práctica. En con­secuencia, es tentador argumentar que las aptitudes y habilidades son nada más que hábitos. Por cierto que son disposiciones adquiridas, pero de ello no se sigue que sean meros hábitos. Los hábitos son un tipo, aunque no el único, de disposiciones adquiridas. Más adelante trataré de mostrar que la suposición de que todas ellas son meros hábi­tos, oscurece distinciones que son de vital importancia en la inves­tigación de estos temas.
La aptitud para obtener maquinalmente la solución correcta de problemas de multiplicar difiere, en ciertos aspectos importantes, de la aptitud para resolverlos calculando. Cuando decimos que alguien hace algo por puro hábito, queremos significar que lo hace automá­ticamente, sin tener conciencia de que lo está haciendo. No muestra cautela o sentido crítico. Pasado el período de los primeros pasos, ca­minamos sin preocuparnos por los escalones. Pero el montañés que camina a oscuras y con fuerte viento sobre rocas cubiertas de hielo, no mueve sus miembros por mero hábito; piensa en lo que hace, está preparado para cualquier emergencia, ahorra esfuerzos, prueba antes de avanzar; en síntesis: camina con cierto grado de habilidad y juicio. Si comete un error no está dispuesto a repetirlo, y si descubre una maniobra nueva, continuará utilizándola y mejorándola. Simultánea­mente, camina y se enseña a sí mismo cómo nacerlo en condiciones semejantes. Es de la esencia de la acción meramente habitual, ser una réplica de las anteriores. Es de la esencia de la acción inteligente, ser modificada por las que la preceden. El sujeto está siempre apren­diendo.
La distinción entre hábitos y aptitudes inteligentes puede ser ilus­trada haciendo referencia a la distinción paralela que puede trazarse entre los métodos utilizados para inculcarlas. Los hábitos se crean por mera rutina; las aptitudes inteligentes, mediante el adiestramiento. La mera rutina (o condicionamiento) consiste en imponer repeticiones. El recluta aprende a presentar armas, al repetir los mismos movimien­tos infinidad de veces. El niño aprende el alfabeto o las tablas de multiplicar de manera similar, hasta que sus respuestas al estímulo son automáticas, hasta que puede "hacerlas aun en sueños", como se dice de manera sugerente. Por otra parte, el adiestramiento, aunque supone el condicionamiento del sujeto, no es sólo eso. Implica el estímulo, mediante la crítica y el ejemplo, de la propia opinión del pupilo. Se trata de aprender a hacer cosas pensando en lo que se está haciendo, de modo que cada acto ejecutado es en sí mismo una, nueva lección que ayuda a mejorar la acción. El soldado que aprendió por mera rutina a presentar armas correctamente, debe ser adiestrado para que pueda tirar al blanco o leer mapas con destreza. La mera rutina deja de lado la inteligencia, el entrenamiento la desarrolla. No se supone que el soldado pueda ser capaz de leer mapas "en sueños".
Existe otra diferencia importante entre hábitos y aptitudes inte­ligentes, pero para exponerla es necesario decir previamente unas pocas palabras sobre la lógica de los conceptos disposicionales.
Cuando decimos que el vidrio es frágil o que el azúcar es soluble, usamos conceptos disposicionales cuya fuerza lógica es la siguiente. La fragilidad del vidrio no consiste en el hecho de que en un momento dado se haga pedazos. Puede ser frágil sin que se haya roto. Decir que es frágil, significa que si alguna vez es, o ha sido, golpeado o for­zado, se hará o se ha hecho añicos. Decir que el azúcar es soluble, sig­nifica que si se la sumerge en agua se disuelve o se disolvería.
El enunciado por el que se adscribe a algo una propiedad disposicional tiene mucho en común, aunque no todo, con el enunciado que incluye (subsume) algo en una ley. Poseer una propiedad disposicional no consiste en encontrarse en un estado particular o experimentar de­terminado cambio. Es ser susceptible de encontrarse en un estado par­ticular o cíe experimentar un cambio cuando se realiza determinada condición.) Lo mismo puede afirmarse de disposiciones específicamente humanas como son las cualidades de carácter. Ser un fumador no im­plica que en éste o aquel instante esté fumando, sino que soy propenso a fumar cuando no estoy comiendo, durmiendo, leyendo, atendiendo un funeral, o cuando ha transcurrido algún tiempo después del último ci­garrillo.
Atenerse a los modelos simples, tales como la fragilidad del vidrio o el hábito de fumar, es útil cuando se trata de comenzar a discutir el tema de las disposiciones. Al describirlos es fácil mostrar las propo­siciones hipotéticas implícitas en la adscripción de las propiedades dis­posicionales. Ser frágil es estar sujeto a la posibilidad de hacerse pedazos en tales y cuales condiciones; ser fumador, es estar dispuesto a cargar, encender y "gozar" una pipa en tales y cuales condiciones. Éstas son disposiciones simples cuya actualización es prácticamente uniforme.
Pero, aunque la consideración de estos modelos simples de dispo­siciones es inicialmente útil, lleva a suposiciones erróneas en una etapa posterior. /Hay muchas disposiciones cuya actualización puede presen­tar una amplia y quizá ilimitada variedad de formas. Muchos conceptos disposicionales son conceptos determinables. Cuando decimos que un objeto es duro, no significamos, únicamente, que podría resistir la deformación. Queremos decir, también, que produciría un sonido agu­do si se lo golpeara, que los objetos elásticos rebotarían al chocar con él, etc. Si deseáramos desarrollar lo que está implícito en la des­cripción de un animal como gregario, deberíamos presentar, de manera similar, una serie infinita de proposiciones hipotéticas diferentes.
Ahora bien, las disposiciones de alto nivel de las personas, a las que esta investigación está dedicada en gran parte, no son —en gene­ral— simples, sino disposiciones cuyo ejercicio es indefinidamente heterogéneo. Cuando Jane Austen quiso mostrar el tipo especial de orgu­llo que caracteriza a la heroína de Orgullo y Prejuicio, tuvo que presentar sus actos, palabras, pensamientos y sentimientos en mil situaciones diferentes. No hay un tipo de acción o reacción modelo tal que Jane Austen pudiera decir "el tipo de orgullo de mi heroína era su tendencia a hacer esto, cualquiera fuera la situación en que se encontrara".
(Los epistemólogos, entre otros, caen a menudo en la trampa de suponer que las disposiciones poseen actualizaciones uniformes. Cuando reconocen, por ejemplo, que los verbos "conocer" y "creer" se usan disposicionalmente, suponen que, en consecuencia, debe existir un pro­ceso intelectual único en el que se actualizan esas disposiciones cog­noscitivas. Tergiversando el testimonio de la experiencia, postulan, por ejemplo, que el que cree que la Tierra es redonda debe pasar, de tanto en tanto, por cierto estado cognoscitivo que consiste en "juzgar" o rea­firmar internamente con un sentimiento de seguridad: "la Tierra es redonda". Por cierto que la gente no repite enunciados de esta manera, y aunque lo hiciera, sabiendo que lo hace, podríamos declararnos in­satisfechos respecto de su creencia sobre la redondez de la Tierra, a menos que la viéramos —además de inferir, imaginar, decir ciertas co­sas y hacer otras, recién entonces admitiríamos que cree que la Tierra es redonda, aunque tuviéramos la mejor de las razones para pensar que nunca ha repetido internamente el enunciado original. Por más que un patinador insista en que el hielo se quebrará, solamente mos­trará su temor de que tal cosa ocurra si se mantiene junto al borde del lago, evita que sus niños vayan al centro de él, cuida de los elementos de salvataje, o reflexiona constantemente sobre lo que ocurriría si el hielo se rompiera.)



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