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NUESTRA

PRIMERA DAMA
Dedicamos esta nota a la mujer, la

abnegada mujer del ajedrecista, de quien se dice que es la “dama” más “sacrificada” del ajedrez y la pieza más difícil de “conducir” cualquiera sea su color.

Desde que nos relacionamos con ella, el noble juego se convierte en su peor rival. Cuando se propone ir a algún lado, nuestra novia sabe que no puede contar con nosotros en los días sagrados, aquéllos consagrados al culto del ajedrez: los lunes, torneo; los miércoles, suspendidas; los jueves, jugamos; los viernes, análisis caseros y los sábados… ¡cómo nos vamos a perder las clases de Foguelman! Y nuestra resignada novia debe conformarse con los días libres, después de restar los ocupados por el estudio, el trabajo o las obligaciones familiares… Pero, si ella nos ama, ¡cómo no nos va a comprender!

Después viene el casamiento… Durante la luna de miel abandonamos el juego ciencia. Pero, de vuelta en casa, nuestra esposa se va acostumbrando a la idea de que el ajedrez forma parte de nuestra vida cotidiana en la que ella participa cuando nos pregunta con resignado acento: “¿también esta noche te vas a jugar?”…

Los primeros tiempos nos mostramos comprensivos: sólo un día por semana vamos al club; los restantes apenas una partidita que pasamos del diario y que ella no comprende aún cómo nos absorbe tanto…

Conozco el caso de un recién casado que inició muy pronto el hábito de la partidita diaria, en la cama, mientras su señora, vistiendo la mejor lencería, tejía y comentaba los sucesos del día. Una noche, nuestro amigo estaba tan enfrascado en la partida que su señora debió gritarle para obtener respuesta a su monólogo; entonces él contestó maquinalmente: “sí, querida…, peón cuatro caballo…”

¿Y qué sucede después? Pues que Caissa vence casi siempre en la inevitable puja con las mujeres de los ajedrecistas; caso contrario, éstas se convierten en cónyuges de señores muy respetables que riegan el jardín, ayudan a lavar los platos o sacan a pasear al perro; tareas muy dignas, pero que nosotros no practicamos sino en los pocos ratos libres.

Y nuestra mujer se transforma en la abnegada esposa interesada en la suerte de su marido, al que alienta y acompaña en la emocionante aventura del ajedrez, aguardando su llegada, muy tarde, con la comida a punto y una pregunta a flor de labios: “¿cómo saliste, querido?”.

Claro que, de vez en cuando, se cansa y reacciona, no sin razón, reprochándonos nuestro fanatismo.

Pero eso pasa…



No sabemos si en algún lugar del mundo habrá un monumento levantado en honor de la mujer del ajedrecista… Si así no fuera, todavía estaríamos a tiempo para reparar una injusticia. ¿No?

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