La teoría fundamentada y el estudio de casos


Segundo tramo: la descripción de un ejemplo



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Segundo tramo: la descripción de un ejemplo

A continuación describiremos el ejemplo que hemos enunciado para presentar los hitos de una experiencia de investigación orientada por la teoría fundamentada. Por tanto, se trata de los itinerarios de un viaje y no de las vivencias profundas y diversas del periplo.

La investigación en cuestión nos orientó a comprender las variaciones de la cultura económica a partir de los datos elaborados con los que trabajan en las organizaciones económicas de un medio social urbano pobre. Dicho medio fue la comuna de Huechuraba en Santiago de Chile, debido a que estudios anteriores ya nos permitían reconocerla como tal.

La primera organización fue un “carrito”, y su identificación no estuvo dada por las circunstancias, sino porque nos guió un desencuentro entre: la interpretación que nosotros le habíamos dado a su infraestructura luego que la observamos dentro de la Municipalidad y sin el despliegue de la actividad comercial; y lo que una de sus trabajadoras nos señaló cuando quisimos, días después, confirmar o refutar lo que habíamos descrito e interpretado. El desenlace de la tensión fue partir de nuevo y asumir las razones que nos explicaban el por qué de nuestros errores de interpretación sobre lo observado.

En el “carrito” trabajan tres mujeres: Gloria, Ximena y Katita, mientras los hombres: Hernán y “pareja”, aparecen cuando ya se ingresa a las relaciones completas que sostienen a esta organización. Por tal razón, en la introducción al “negocio” del “carrito”, este podría llamarse como el “carrito” de las mujeres de la familia

Estas mujeres atienden la relación venta y compra, se dedican principalmente pero no exclusivamente a ordenar y trasladar artefactos y “cosas”, y se encuentra “acompañando”. Y todas ellas muestran la posibilidad de emprender actividades distintas y distantes a las del trabajo asalariado, debido a que comparten lugares comunes en el trabajo en “lo propio”. Estas trabajadoras poseen un “puesto” que establece una diferenciación en las concepciones que desde el medio social urbano pobre se estiman sobre la “calle”. En este “puesto” se realiza el ambiente social donde emerge el valor de las “cosas” y entrega una dignidad y un cargo a las que en él trabajan y que trabajan para él.

Luego, este “puesto” coexiste junto a dos “puestos” más, uno de ellos es el que pertenece a una organización económica que sólo revende alimentos ya hechos, el otro es parte de un “negocio” de temporada que produce “mote con huesillo”, bebida helada que regularmente es consumida cuando el calor se hace presente desde el mes de septiembre a marzo.
Croquis de la ubicación del “puesto” del “carrito”


Plaza Cívica de Huechuraba

Plaza Poeta Pablo Neruda


Avenida Recoleta

Consultorio comunal

La Pincoya

Comisaría de Carabineros de Chile

2

3

Servicios de la municipalidad

“Muni”

1

Banco Estado


Juzgado de policía local

“Carrito” de reventa de producto de alimentos ya hechos:

“Carrito” de “mote con huesillo”:

“Carrito” estudiado:

En el caso del “carrito” se empleó la observación para describir su infraestructura y donde se ubica físicamente: en la “calle” y en la “muni”, y para identificar las relaciones normales entre sus trabajadoras. Esto último requirió asistir cada día de la semana por una semana.

Luego utilizamos la observación participante porque la presencia en el “negocio” del “carrito” nos implicó como recurso en la solución de sus problemas, por tanto: fuimos a comprar pan cuando, a media mañana, las del “carrito” sabían que su clientela requería sándwich, quedamos a cargo de las respuestas sobre los precios de las “cosas” cuando hubo mucho comprador, ayudamos a subir las “cosas” del “carrito” a la camioneta que las transporta, manejamos la camioneta para resolver un problema de uno de sus trabajadores y nos incluimos en las conversaciones donde las trabajadoras cuentan su intimidad y evalúan su ubicación en la trayectoria del medio social urbano pobre.

Cuando esto ya fue posible, una de las trabajadoras se encontraba en su octavo mes de embarazo, se iniciaban las elecciones a la alcaldía y se acercaba el término del año 2008. Luego, en el verano de 2009, implementamos entrevistas estructuradas que buscaban confirmar o refutar las interpretaciones que habíamos hecho en los 20 registros de campo, al tiempo que logramos tener y analizar el primer libro de “cuentas” que ellas habían hecho, y definimos los tópicos que orientaron, a partir de ahí, las herramientas.

En el tratamiento de los indicadores que nos permitieron observar nuestro objeto de investigación, a saber: la cultura económica de este caso, fue necesario comenzar por los nombres que las trabajadoras le asignan a los que solicitan crédito o, como ellas lo nombran en su actividad comercial: “fiado” o “cuenta”, debido a que estos nombres no sólo muestran la relación de deuda, sino que también realizan el rito de pertenencia de esos individuos que solicitan crédito a una ocupación conocida por las del “negocio”.

Entonces, dichos nombres fueron asumidos como expresiones especiales de lo que buscamos conocer en el “carrito”. Indudablemente, este proceder tiene base en el uso que le da Geertz cuando trata los “títulos de status” y “títulos públicos” (2005: 315-318). A partir de ahí, logramos introducirnos en las relaciones de confianza que son las bases del altruismo de grupo y, a nivel cultural, sostienen los contenidos de los esquemas tipificadores del “saber hacer negocio”.

En este proceso de búsqueda de las expresiones tangibles de la cultura económica del “negocio”, o en el transcurso de una operacionalización de variables hecha de abajo hacia arriba sobre dicho objeto de estudio, logramos reconocer tres indicadores. El primero fue el de la confianza en las relaciones de compra y venta, y su expresión se inicia cuando el [comprador] se ubica en el lugar de la [vendedora], es decir: sale de su posición como “cliente”, realiza las tareas del trabajo en la organización económica, se inmiscuye en las tensiones que deben vivir los que ahí se desempeñan laboralmente y luego retorna a su estado de [comprador].

La utilidad de este indicador está dada porque nos permite ir y venir por los cúmulos de conocimiento compartido y, en él, el habla de las del “carrito” cumple una función performativa (Martinic, 1992:10; Mayol, 2006:82) que expresa el “reconocimiento institucionalizado” (Bourdieu, apud. Martinic, 1992:32) que otorga autoridad a los individuos que son concebidos dentro de los nombres usados.

Las dimensiones de este indicador suponen que los involucrados dejan pasar la relación compra y venta y se concentran en los contenidos de la sociabilidad que en conjunto han construido. Por tanto, se conforma un recuento colectivo que permite que los que ahí se relacionan habiten un mismo universo simbólico, tanto en los términos en los cuales él existe como en los procesos que implica su construcción.

El segundo indicador reconocido y utilizado fue el proceso de la “cuenta” que es realizado por los miembros de la organización económica cuando deben registrar en el “cuaderno”: lo “sacado”, el valor de lo “sacado” y quién lo ha “sacado”. Las dimensiones que anidan en este indicador son dos.

La primera es la calidad del registro que se lleva, el cual puede ser flexible, precario, ambiguo, difuso y, si hay mucha demanda de “cuenta”, disperso; y su resultado es la fractura en la trayectoria de la organización económica. También en sentido inverso, un registro de “cuentas” sistemático donde lo que deben los “clientes” corresponde con su nombre y las formas de lograr el pago, y su resultado es la inclusión del “negocio” en la construcción colectiva de la economía.

La segunda dimensión es el sustento del poder adquisitivo de los trabajadores del sector formal de la economía con base en las “cuentas” de las organizaciones económicas gestionadas en medios sociales urbanos pobres, las cuales muestran las dependencias de esos trabajadores con la organización estudiada.

El tercer indicador de la cultura de la organización económica es el uso adecuado de los artefactos y relaciones que expresan la información técnica del “saber hacer negocio”, y fue precisado a través de las dimensiones reconocidas por Espinosa y Zimbalist (1984:80), a saber: a) nivel de problemas administrativos: contratación y despidos, reglas de trabajo, servicios sociales, relaciones laborales, sistema de participación y forma de remuneración; b) nivel de problemas productivos: mejoramiento de las condiciones de trabajo, rotación de empleos, cambios en la administración del trabajo, mantenimiento de equipos de trabajo, control de calidad, abastecimiento de materias primas, política de ventas, investigación y desarrollo de nuevos productos y selección e incorporación de artefactos; y c) nivel de problemas financieros: inversión, planeación de producción, situación financiera, situación de pérdidas y ganancias, política de sueldos, financiamiento de la inversión, financiamiento de los gastos de operación y presupuestos y costos de inversión.

A través de este indicador vimos emerger a las trabajadoras del “negocio” que participan en la administración de los artefactos del “saber hacer negocio” como si dicha forma de estar en el mundo fuese la única manera posible. Posteriormente, a ellas se fueron agregando otros individuos que administran circunstancialmente los artefactos del “saber hacer negocio”, y ese estar en la organización económica les permite co-construir hitos de arraigo que desenvuelven parte del tiempo social de la trayectoria de la organización económica. Por lo cual, el indicador y sus dimensiones expresan la calidad y cantidad de los trabajadores que reproducen el “saber hacer negocio”.

En cuanto a la teoría en construcción, asumimos que las interpretaciones que la sostienen deben adecuarse a los contextos pragmáticos de las reglas (Winch, apud., García, 1994:94) o a las tradiciones (Gadamer, apud., García, 1994:94) donde el sentido de una acción hecha en el caso, adquiere coherencia. Entonces, ese saber tácito y pre-científico fue conceptualizado como el que está en las acciones que remiten a las reglas del obrar obligatorio (Durkheim, 2004:11).

Esto trajo consigo la incorporación de las mismas competencias que posee el mundo de la vida de las del “carrito” a la dialéctica del conocer, y supuso que nuestro obrar debía ir más allá de la observación directa de los artefactos, trabajadores, clientes, organizaciones y prácticas que están ahí (García, 1990:118). Fundamentalmente porque esos objetos ya preconstruidos nos obligaron a involucrarnos en relaciones de entendimiento que es donde se muestran las lógicas y los procedimientos de su constitución (Batallán y García, 1994:162).

Entonces, el problema que surgió fue entre apariencia y realidad y, siguiendo a García (2003:50), pudimos resolverlo cuando estimamos que en el mundo de la vida de las del “carrito” no hay más realidad que el mundo que ahí se construye, por lo cual, la especificidad del quehacer teórico fue mostrar la génesis de su apariencia: explicar por qué la cultura de esta organización económica se presenta de esa manera, y no de otra.

Esto ameritó imponer controles metodológicos a la validez de la interpretación para que se adecuara a los modelos objetivos y comprobables. Este requisito, sin embargo, no asegura que mediante la observación de conductas un determinado significado se vea más correspondiente a una expresión que a otra, fenómeno que Quine (Apud., García, 2003:25) llama la indeterminación de la traducción y la inescrutabilidad de la referencia.

Entonces entendimos que los sentidos conocidos de la cultura de la organización económica solamente se vuelven objetivos y comprobables en sus contextos de prácticas comunes, por lo que su significado es inseparable de seguir las reglas o tradiciones de acuerdo a lo cual se establece un criterio de identidad que permite hablar ahí de lo mismo (García, 2003:28).

A continuación, necesitamos orientar toda nuestra vigilancia epistemológica (Bourdieu et al., 2004:20-30; Díaz, 2005:81-83) hacia el lenguaje común que constituye el principal vehículo de la construcción simbólica de la organización económica estudiada como caso, por lo que una crítica lógica y lexicológica de ese lenguaje surgió como el paso previo para la elaboración controlada de las categorías que se asumieron como conocimiento científico.

Esto implicó que el descubrimiento de la cultura de la organización económica no se redujera a una lectura de lo que a primera vista observamos, ó, al decir de Bourdieu et al. (2004:29), la investigación nos condujo a reunir lo que vulgarmente se separa o a distinguir lo que vulgarmente se confunde. Por tanto, esta manera de hacer ciencias sociales se asignó la responsabilidad de mostrar “cómo se establecen los nexos que permiten reconstruir la lógica informal de la vida cotidiana conjuntamente a las estructuras históricas conformadas” (Batallán y García, 1994:167).

Dicho quehacer se vio facilitado porque en el trabajo de campo (Guber, 2004: 83-91) existió la disposición a incorporar los distintos puntos de vista de las fuentes de informaciones (Cfr., Pardinas, 1999: 29-59) o su convergencia metodológica (Vasilachis de Gialdino, s.f.: 15), y cuyos datos contribuyeron a sostener la validez de las hipótesis (Kirk et al., 1984: 20-26). Esto permitió poner a las hipótesis en un ejercicio intenso de pruebas de validez y constatar o refutar las claves de la articulación de los criterios de interpretación de los sustentos del texto en el que se inscriben los resultados de la verificación (Sic., Batallán y García, 1994: 172).

En esos términos resultó relevante fortalecer los datos mediante la declaración de las dimensiones abiertas por ellos, o serendipity (Pardinas, 1999: 71), las cuales dieron curso a nuevos procedimiento de validación de las anticipaciones de sentido que ellas permitieron y, como señala Kirk et al., (1984: 69), consolidó los componentes de la situación de investigación: lugar, tiempos e informantes; y los problemas e instrumentos administrados. Esta forma de proceder, donde se triangulan fuentes y datos, remite a una “confiabilidad sincrónica” (Kirk et al., 1984:40) que orientó la construcción de los registros de campo al exponer las intensiones y valores como las relaciones entre experiencias penetrantes con análisis teórico en una especie de tejido de la textura del conocimiento (Sic., Kirk et al., 1984:58).

Luego, el análisis estructural de contenido se inició con 31 códigos de base construidos desde el diálogo entre el marco conceptual y las interpretaciones hechas en los registros de campo de la observación participante. Posteriormente, fueron analizadas las transcripciones de las entrevistas, en donde se utilizaron 89 códigos de base.

Una vez que conocimos estos códigos y nos permitimos dejar la realidad inmediata como si estuviese suspendida, prosiguió una etapa de triangulación entre las categorías usadas por las que trabajan en el “carrito” y las que se derivan de su análisis. En este ejercicio fue crucial reconocer que el “carrito” nos mostraba: a) la existencia de dos formas de atribuir un precio a las “cosas”, b) la incorporación de trabajadores, los cuales combinaban dicha participación en “lo propio” con trabajos en [lo ajeno], c) la coordinación entre ecúmenes mercantiles y d) la existencia de posesiones simbólicas que distinguen las distintas participaciones de los que trabajan en “lo propio” en el medio social urbano pobre.

A partir de estos resultados, logramos hipótesis en forma de cruces axiales y de topología del discurso, las cuales fueron sometidas a controles de validez teórica mediante la observación participante y la entrevista estructurada en el “carrito” y en el segundo caso: el “cachurero”.

El “cachurero” se nos presentó como un desempeño laboral individual. Luego, cuando nos introducimos en las relaciones de su “negocio”, se apreció la participación de su “señora”. Y, en “la “feria”, el “cachurero” pasa a ser el “colero” que se coordina con los que trabajan igual que él.

A diferencia de las trabajadoras del “carrito”, este “negocio” emprende las actividades en “lo propio” conjugándola con el trabajo en [lo ajeno] como “auxiliar” en el aseso y cuidado de la infraestructura de una escuela y con las propias del “hogar”.

En una primera observación vemos que el “cachurero” debe hacer tres actividades. La primera es la búsqueda de “cachureos”, ó, “cachuriar”. Esta actividad supone conocer los lugares físicos donde los que tienen un poder adquisitivo elevado (Anderson, J. y de la Rosa, M. s/f/e) dejan sus desechos o las cosas que para ellos ya no cuentan con valor de uso y de cambio, o lisa y llanamente donde se dejan “desechos industriales” (Macri y van Kemenade, 1993:30).

El segundo quehacer del “cachureo” está referido al saber identificar qué tipo de cosas que están en su fase de desperdicio son posibles de llevar al estado de mercancía, para lo cual, no sólo requiere conocer qué tipo de mercancías son las demandadas. Además, debe tener información técnica que le permita adaptar, transformar, reparar o separar las partes del “cachureo”. El tercer quehacer está referido al uso de las posibilidades que ofrecen determinadas “cosas” para ser medios de transporte de sus “cachureos”. En algunos casos esos artefactos que transportan podrían ser adquiridos ya hechos o, como puede suceder en los inicios de la actividad, se espera que sean los “cachureros” quienes los elaboren.

El “cachurero”, al igual que las trabajadoras del “carrito”, posee un “puesto” que establece una diferenciación en las concepciones que desde el medio social urbano pobre se estiman sobre la “calle”. En este “puesto” se realiza el ambiente social donde emerge el valor de las “cosas” y entrega una dignidad y un cargo al “cachurero” que lo presenta simbólicamente como un “colero”. El “puesto” se encuentra vinculado a las regulares disposiciones de las “cosas” ofrecidas, a los otros “puestos” y a “la feria”. Aquí, entonces, la diferenciación con la “calle” no se hace desde el “puesto” a secas, sino que desde el “puesto” en “la feria”.

Croquis de la ubicación del “puesto” de Marco o “Charly” en “la cola”.



Mujer madre

Hombre padre

Niño 3 años

“Matrimonio”

Mujer


Hombre

Calle Estados Unidos


“Carro del desayuno”

Miguel. Este puesto fue de su padre, el cual ha muerto

Caso estudiado

Marco, primo de Miguel



Mujer madre

Niña 6 años

Niña 11años

En el caso del “cachurero” el uso de las técnicas fue en sentido inverso al seguido en las del “carrito”, especialmente porque ya contábamos con los tópicos para orientar la conversación de la entrevista y el registro de campo de la observación. Estos tópicos fueron: tipo de vínculo del entrevistado con la organización económica, antecedentes de la organización económica, trayectoria temporal y espacial de la organización económica, relaciones entre vendedor y cliente, difusión de la existencia de la organización económica, fijación de precios, modo de evaluación sobre las utilidades, registros de anotaciones del “negocio”, relaciones sociales que: sustentan la contabilidad, conforman el mercado y permiten el abastecimiento de insumos de la organización económica; personas que han participado en la génesis del “negocio”, personas que actualmente están comprometidas con el “negocio”, participación de los miembros de la organización económica en otras organizaciones y participación actual de los miembros de la organización económica en otras organizaciones.

Entonces, a Miguel, uno de los “cachureros”, le invitamos a que nos narrara su experiencia como “niño de población” y “cachurero”. En esa oportunidad nos presentó a su primo Marco, y a la semana siguiente nuevamente tuvimos una conversación con Miguel, y después con Marco y Miguel. Semanas después pasamos a ver a Miguel a su casa y pudimos hacer una entrevista estructurada con su padre, el cual sólo al final de su vida combina su desempeño como “cachurero” con el trabajo en [lo ajeno] como cuidador de una escuela. En esta entrevista participó como entrevistador Miguel. Cuando esto ya fue posible nos encontrábamos a fines del año 2008.

En cada uno de los días domingos de los meses de enero, marzo y abril de 2009, hicimos uso de la invitación de Marco para estar en su “puesto” en “la cola” de “la feria”. Ahí observamos y registramos las características físicas de su “puesto” y de la “la cola”. Además, nos involucramos a través de la observación participante en su “negocio” cuando nos encomendó el cuidado del “puesto”, la compra de desayuno, las respuestas a las preguntas hechas por los potenciales compradores de las “cosas” que ahí estaban para la venta y, para septiembre de 2009, nos transformamos en uno de sus abastecedores de “cosas” para la venta, las cuales fueron llevadas a su casa.

Al final del año 2009, con 8 registros de campo, Marco nos presentó con los de la directiva del “sindicato” de “la cola”, donde fue relevante el “Huaso”; gracias a lo cual pudimos participar de las conversaciones que se dan entre ellos y en la asamblea de final de año. A esa altura volvimos a conversar con Miguel en el “puesto” de “Marco” en “la cola”, supimos que ya se había titulado de profesor y que su padre había muerto de cáncer.

Desde que tomamos contacto con las trabajadoras del “carrito” y con “Marco” el “cachurero”, lo cual transcurre entre fines de 2008 y durante todo el 2009, nos abocamos a hacer entrevistas estructuradas a miembros de organizaciones gubernamentales y no gubernamentales que tenían una relación directa con el tratamiento de lo económico en la comuna de Huechuraba.

Los propósitos de estas entrevistas fueron: cotejar la fidedignidad de las informaciones entregadas por los informantes claves sobre los hechos de la historia de la comuna y los argumentos que describen cómo fue posible que sus familias lograsen recursos (monetarios o no) que les permitieron avanzar hasta lo que hoy día observábamos como su “negocio”; identificar otras formas de interpretación sobre lo económico en el medio social urbano pobre, lo cual ellos nombraban como economía de subsistencia; y reconocer uno o dos casos que no siendo como las del “carrito” y el “cachurero”, nos permitieran constatar o refutar las funciones que cumplen las categorías que fueron organizando ese esquema de interpretación inherente a la cultura económica que descubríamos y teorizamos, al que llamamos “saber hacer negocio”.

En esta otra ruta de técnicas y herramientas de investigación logramos conversar con integrantes del gobierno local, a saber: dos orientadores que trabajan diseñando y evaluando los programas de educación en dos escuelas públicas; dos funcionarios del Departamento de Educación Municipal (DEM) de la I. Municipalidad de Huechuraba, y un funcionario de Centro de Iniciativa Empresarial. En cuanto al sector no gubernamental, entrevistamos a un funcionario directivo de la Fundación Cristo Vive y a la directora del centro de Huechuraba de la Fundación Solidaridad Trabajo Para un Hermano.

Finalmente, logramos identificar y entrevistar a los miembros de dos organizaciones económicas que fueron los que indicaron la etapa de saturación de las categorías de nuestros análisis sobre la cultura de las organizaciones económicas que estudiamos como casos.

Una de estas organizaciones está dedicada a la preparación de alimentos para el almuerzo, por lo que se presenta como un restaurant “poblacional”, y fue lograda gracias a la búsqueda que hicieron los dos funcionarios del DEM. Así, con una de sus integrantes, la señora Olga, hicimos cuatro largas conversaciones que tuvieron como propósito el repaso de su vida como trabajadora en “lo propio”, a partir de lo cual validamos las categorías que nosotros ubicamos como las que contribuyen a la sociabilidad de lo económico en la “población”, nos fue útil para constatar, nuevamente, las experiencias organizacionales de los “pobladores” en el período sociopolítico del “golpe” e identificamos cómo su organización se vincula con los “coleros” de “la feria”.

La otra organización fue identificada por Marco, nuestro “cachurero” estudiado, cuando le planteamos que necesitábamos conocer una organización que se diferenciara de la suya, ojalá que fuera totalmente distinta pero que también estuviese en “la cola”. Así llegamos hasta “don Carlos”, el cual se aboca a trabajar como “colero” pero, a diferencia de los “cachureros”, este lo hace ofreciendo “cosas” nuevas.

“Don Carlos” nos permitió confirmar las cualidades de las relaciones de reciprocidad que permiten el desarrollo del “sindicato” de los “coleros”, nos invitó a aclarar los ámbitos en los cuales se describe la fijación del valor de las “cosas”, nos animó a asumir, así como ya lo había hecho la señora Olga, que los trabajadores de la comuna son esencialmente trabajadores en “lo propio” y que no gustan de participar como asalariados porque encontraban elementos subjetivos en sus propios desempeños que les reportan dignidad y prestigio poblacional, básicamente porque están confirmando ante los demás la concreción de los objetivos socialmente aceptados que se alcanzan a través del “saber hacer negocio”.





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