En relación con el sacerdocio y el culto El concepto de



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SACRIFICIO:
En relación con el sacerdocio y el culto

El concepto de "sacrificio" ("sacrum facere") ha quedado unido a los conceptos de sacerdocio y de culto. Se quiere reconocer el señorío de Dios, ofreciéndole las cosas de su misma creación y el mismo ser humano como obra de su bondad. Este ofrecimiento es de donación, a modo de "consagración" o de paso al campo de lo sagrado. A veces se ofrece el sacrificio a modo de "víctima", no propiamente como destrucción, sino como "inmolación". Se quiere expresar una actitud de adoración, súplica, gratitud, reparación y comunión con Dios. La palabra "sacrificio" ha quedado también relacionada con el dolor, el desprendimiento, la renuncia, la inmolación.
En los actos de culto de diversas religiones figuran la oración y el sacrificio. Es frecuente que el sacrificio tenga lugar quemando con fuego las cosas ofrecidas. Así se reconoce que la vida viene de Dios y le sigue perteneciendo. En el Antiguo Testamento, la "sangre" simbolizaba esa vida ofrecida a Dios. Las primicias de las cosechas y de los rebaños también indican el origen divino de los dones recibidos.
El sacrificio de la Nueva Alianza

Jesús ha querido usar el trasfondo del sacrificio de la Alianza, para expresar su donación sacrificial, realizada especialmente en su muerte y hecha presente en la Eucaristía como "sangre de la Alianza" (cfr. Lc 22,20; Ex 24,8). Toda la vida de Jesús, desde el seno de María, es un sacrificio ofrecido a Dios (cfr. Heb 10,5-7). Así realiza el sacrificio del "Siervo de Yavé" (Is 52-53; Lc 22,37). Jesús es Sacerdote y Víctima (cfr. Heb 5,5-10), que "da su vida por la redención de todos" (Mc 10,45). En este sentido profundo, Jesús, verdadero Dios, es el hombre para los demás.
Espíritu y práctica de sacrificio

El "sacrificio" existe en la vida, especialmente cuando hay que afrontar las dificultades, el sufrimiento y el trabajo. También tiene sentido de sacrificio la lucha contra las tendencias desordenadas y el esfuerzo por cumplir la voluntad de Dios y superar los propios defectos. El sacrificio tiene valor si está unido al ofrecimiento del propio corazón, es decir, a la actitud de amor a Dios y al prójimo. Dios quiere un "corazón contrito" (Sal 51,19) y un actitud de "misericordia" (Mt 9,13).
En las diversas tradiciones religiosas, se ha apreciado siempre el la mortificación o sacrificio voluntario. Esta actitud de sacrificio se expresa por el ayuno y abstinencia respecto a los alimentos. También tiene lugar por medio de la mortificación corporal, con molestias que ayuden al dominio de sí: posturas corporales (de rodillas...), cilicios, etc. La prudencia y mesura (avaladas con la consulta y el don de consejo) son parte integrante de toda virtud auténtica.
También se señalan tiempos especiales de sacrificio o penitencia (como las vigilias, los viernes y la cuaresma), buscando como objetivo la propia conversión y la renovación de la comunidad, especialmente por medio de la oración, ayuno, limosna (solidaridad) y reforma de costumbres personales, familiares y sociales. La línea evangélica de la "mortificación", consiste en "negarse a sí mismo" (morir al pecado), es decir, orientar todo el ser hacia el amor, para "seguir" a Cristo (cfr. Mt 16,25). Se trata de dejar el "hombre viejo" (Rom 6,5) para "revestirse de Cristo" (Rom 13,14).
Valor salvífico y misionero

En la tradición cristiana, la práctica del sacrificio tiene valor de purificación y de reparación, y adquiere valor salvífico por la comunión con Cristo muerto y resucitado. El cristiano puede unirse al sacrificio perfecto de Cristo en la cruz (cfr. Heb 9,13-14). "Por él, ya podemos ofrecer a Dios un sacrificio de alabanza" (Heb 13,15). Unida a la vida de Cristo, la propia vida se convierte en "hostia santa" (Rom 12,1), como fruto de la celebración eucarística. "Vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma" (Ef 5,2). El sacerdocio de los fieles es "para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo" (1Pe 2.5).
El sacrificio tiene valor misionero: "El valor salvífico de todo sufrimiento, aceptado y ofrecido a Dios con amor, deriva del sacrificio de Cristo, que llama a los miembros de su Cuerpo Místico a unirse a sus padecimientos y completarlos en la propia carne (cfr. Col 1,24). El sacrificio del misionero debe ser compartido y sostenido por el de todos los fieles" (RMi 78).
Documentos: CEC 1434-1438, 2099-2100; CIC 1249-1253; RMi 78.

Estudios: J. LECUYER, El sacrificio de la Nueva Alianza (Barcelona, Herder, 1969); B. NEUNHEUSER, Sacrificio, en: Nuevo Diccionario de Liturgia (Madrid, Paulinas, 1987) 1814-1834; L. SABOURIN, Redención sacrificial (Bilbao, Desclée, 1969); B. SESBOUÉ, Jesucristo el único Mediador, Ensayo sobre la redención y la salvación (Salamanca, Sec. Trinitario, 1990-93); A. VANHOYE, Sacerdotes antiguos, sacerdote nuevo según el Nuevo Testamento (Salamanca, Sígueme, 1984); R. De VAUX, Instituciones del Antiguo Testamento (Barcelona, Herder, 1964)..


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