El peregrinar hacia Dios en la obra de Rabindranath Tagore Por: Leda Pilello introduccióN


Dios viene, se manifiesta al hombre, en el mundo



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Dios viene, se manifiesta al hombre, en el mundo. Tagore es contrario al ascetismo, a él mismo deja de satisfacerle el goce solitario del Infinito en la meditación y siente que lo que debe hacer es realizarse espiritualmente en la vida. No encuentra a Dios en las ceremonias ni en las plegarias sino en la vida:

“Deja ya esa salmodia, ese canturreo, ese pasar y repasar rosarios. ¿A quién adoras, di, en ese oscuro rincón solitario del templo cerrado? ¡Abre tus ojos, y ve que tu Dios no está ante ti!

Dios está donde el labrador cava la tierra dura, donde el picapedrero pica la piedra; está, con ellos, en el sol y en la lluvia, lleno de polvo el vestido. ¡Quítate ese manto sagrado y baja con tu Dios al terruño polvoriento!

¿Libertad? ¿Dónde quieres encontrar libertad? ¿No se ha atado él mismo, lleno de alegría, a la Creación? ¿Sí, él está atado a nosotros todos para siempre!

¡Sal ya de tu éstasis, déjate ya de flores y de incienso! ¿Qué importa que tus ropas se manchen o se andrajen? ¡Ve a su encuentro, ponte a su lado, y trabaja, y que sude tu frente! 29

“El renunciamiento que él enaltecía no era un renunciamiento a este mundo sino a las bajas pasiones, a la codicia y al odio.”30 En El asceta (cuyo nombre original, Prakriti pratishodh significa La venganza de la naturaleza) subraya esta idea de que la salvación no se da cuando el hombre huye del mundo sino cuando lo abraza, cuando puede ver a Dios en la naturaleza. La propia experiencia religiosa de Tagore, su encuentro con la Realidad Última, fue inicialmente a través de ella. Una emoción, un torbellino dentro suyo que sacudió su alma y la abrió a lo Trascendente.

“Cuando tenía yo dieciocho años oreó por primera vez mi vida una súbita brisa primaveral de sentimiento religioso, y se fue dejando en mi memoria un mensaje directo de la realidad espiritual. Cierto día, en tanto contemplaba en la alborada la salida del sol, que enviaba sus primeros rayos de luz por detrás de los árboles, sentí de repente cual si alguna antigua niebla se hubiese disipado sobre la faz del mundo, revelándome un íntimo fulgor de alegría. La pantalla invisible del lugar común se había apartado de todas las cosas y de los hombres todos, y su último significado se intensificó en mi mente como la definición de la belleza.”31

Con esta experiencia el poeta obtiene un nueva visión de la realidad, un sentido más profundo de la misma. Ve que Dios está en todo y en todos, en el cielo y en la tierra, en lo grande y en lo pequeño:

“Sólo el cielo puede ser espejo tuyo, Señor Sol - suspiró la gota de rocío-. Yo siempre estoy soñando contigo, pero ¿qué puedo esperar? ¡Soy tan pequeña para tenerte en mí! Y se echó a llorar, desconsolada.

Le contestó el Sol: ‘Es verdad que yo lleno el cielo infinito; pero también puedo estar en ti, gotita de rocío. Yo me haré una chispa para llenarte, y tu vida pequeñita será entonces un mundo reidor’. ”32

Y se hace cada vez más consciente de la interrelación entre todas las cosas, el hombre y Dios,

“El mismo caudal de vida que corre, día y noche, por mis venas, corre por el mundo y danza en compás rítmico.

Es la misma vida que salta de gozo por el polvo de la tierra, en innumerables briznas de yerba, que irrumpe en tumultuosas olas de hojas y de flores.

Es la misma vida que la cuna del mar mece, creciendo y bajando, del nacimiento a la muerte.

Y siento que mi cuerpo se glorifica al contacto de este universo de vida; y me lleno de orgullo, porque el latido de la vida de todos los siglos, danza en este instante en mi sangre.”33

Y experimenta que todas las cosas, la naturaleza misma, son mensajeras de Dios:

“¡Un puñado de polvo podía ocultar tu seña cuando yo ignoraba su sentido. Ahora que sé más, la leo en todo lo que antes la escondía.

Está pintada con hojas de flores, la destellan las olas en espuma, los montes la levantan sobre sus cumbres.”34

“La flor viene a nosotros, mensajera de la otra orilla; y murmura a nuestros oídos: ‘Yo he venido. Él me ha enviado. Yo soy una mensajera de la Belleza, de Aquel cuya alma es la beatitud del amor.”35

Dios también se encuentra en la muchedumbre,36 acompañando al hombre en su camino, es su Amigo, su Huésped.37 Se le revela dentro suyo:

“en el relámpago de un instante, he visto en mi vida la inmensidad de tu creación.”38

Se le revela en su corazón:

“te llamábamos y tú has venido y te has sentado en el corazón de nuestros corazones”39

De todos es el hombre quien mejor manifiesta a Dios:

“La revelación de lo Infinito en lo finito, motivo de la creación entera, no aparece en su perfección en los cielos estrellados ni en la belleza de las flores, sino en el alma del hombre.”40

“Dios hace que la bebida de la vida divina entre más profundamente en el corazón, bebida por los hombres en la voz humana. No tiene mejor vaso que éste, y él mismo bebe esta bebida divina en el mismo vaso.”41

“El amante busca su otro yo en el objeto de su amor,”42 Dios se reencuentra a sí mismo, busca su propia felicidad, en el hombre:43

“¿Qué divina bebida quieres tú, Dios mío, de esta rebosante copa de mi vida?

Poeta mío, ¿te encanta ver la creación con mis ojos; oír, silencioso, en los umbrales de mis oídos, tu propia armonía eterna?

Tu mundo teje palabras en mi pensamiento, y tu alegría las hace más melodiosas. Te me das, enamorado, y luego sientes toda tu propia dulzura en mí.”44

Esta presencia divina en el hombre y en el mundo, a quien llama Jîvan Devatâ,45 es lo que da sentido a la vida:

“Con sus canciones matutinas él llama a nuestra puerta, y nos trae el saludo del sol primero.

Con él llevamos nuestro rebaño a los campos; con él tocamos, a la sombra, nuestra flauta.

Se nos pierde, y lo encontramos, una y otra vez, entre el jentío del mercado.

En las horas de la tarea cotidiana, lo vemos, de pronto, sentado en la yerba, al lado del camino.

Andamos al redoble de su tambor, y bailamos cuando canta.

Para jugar con él hasta el fin, apostamos nuestras alegrías y nuestras penas.

Está al timón de nuestra barca; con él nos mecemos en las peligrosas olas.

Por él encendemos nuestra lámpara, y nos ponemos a esperar cuando se acaba nuestro día.”46

Como se ha dicho, Tagore entiende a Dios como lo divino en el hombre y como el Espíritu de unidad de todas las cosas, lo llama Amigo, Hermano, Amado, también Padre y Rey. Esta última imagen de Dios aparece en casi toda su obra, subrayándose en dramas como El rey del salón oscuro y El cartero del Rey y en su lírica, en La Cosecha, Tránsito y Ofrenda lírica.47 Es un rey bondadoso y a la vez terrible. En El rey del salón oscuro aparece en ocasiones como duro, poco misericordioso, despiadado, cruel.48 Escribe también:

“¡Qué suave la mano derecha de Dios, y que terrible la izquierda!”49

“¡Qué bella es tu pulsera encendida de estrellas! Pero tu espada, Señor del trueno, está forjada con belleza definitiva, ¡y es terrible a los ojos y el pensamiento!”50

Si bien Dios es rey, no es un rey que, como se ha visto, esté alejado del hombre, por el contrario, es un Dios “cercano, visible, humano, que oye las palabras bellas”51:

“¿Quién más que tú podrá oír este racimo de las horas que hoy vibra en mis venas; estos pies alegres que bailan en mi corazón, este clamoreo de vida que bate sus alas inquietas en mi cuerpo?52

Pero a veces sucede que el hombre huye de su rey, no quiere entregarse a esta realidad. Según Tagore, el espíritu de combate es propio del hombre, y es así que éste puede resistirse y luchar,53 pero estos también son caminos que conducen a Dios:

“-...Él está dispuesto a darle la variedad necesaria a la bienvenida, para responder a vuestros distintos gustos...

-Yo obedezco su llamada. Voy ahora mismo.

-...Yo también me voy.

-Eres más viejo que yo, y te sigo…

-Bueno, jeneral, también yo voy. Pero no a rendirle homenaje a tu Rey, sino a batirme con él en el campo.

-Allí lo encontrarás. Ese no es lugar mezquino para recibirte.”54

“Cuando yo no conocía a mi Rey, pensé, atrevido, que podría esconderme de él, y no pagarle la deuda que me reclamaba.

Y después de mi trabajo de cada día y de mi sueño de cada noche, le huía y le huía. Pero en cuanto me paraba a respirar, veía su mano, que me alcanzaba. Y así supe que él me conocía, que no hay lugar alguno en el mundo que me pertenezca.”55

En última instancia, la resistencia es inútil:

“Es que no sé huir de ti, por lo mismo que tú no me prohibes que me vaya.”56

“¿Por qué tu voluntad me manda lejos, si volveré a tus pies, de todas mis andanzas?”57

Dios atrae como un imán:

“Tú, apartándote en silencio, nos haces sitio; y por eso el amor enciende su propia lámpara para buscarte y viene a adorarte sin ser requerido.”58

Y el hombre vuelve, humildemente, a su Dios:

“Yo no sería feliz si no pudiese pisar, volviendo a mi casa, el polvo del camino que me alejó de mi Rey.”59

El hombre humilde es el preferido de Dios:

“¿Acaso la fiesta del verano no es para las hojas secas y las flores mustias, lo mismo que para las flores frescas?

¿El canto del mar está acordado acaso solamente con las olas que se yerguen? ¿No canta también con la ola que se cae?

La alfombra que pisa mi Rey está tejida con joyas; pero hay terrones humildes que esperan pacientes su pisada.

Pocos son los sabios y los grandes que están sentados junto a mi Señor; pero Él ha venido por su pobre de espíritu, lo ha cojido entre sus brazos, y lo ha hecho esclavo suyo para siempre.”60

El amor del hombre hacia su Dios se manifiesta en respeto, adoración y servicio. En esa relación amorosa, el hombre es fiel61 y obediente a su Dios:

“El primer día, cuando él dejó este salón a mi cargo y me dijo: ‘Surangama, ten siempre dispuesto este salón; este es todo tu deber’, a mí no se me ocurrió siquiera pensar: ‘Déjame servir en los salones iluminados’.”62

La misión del hombre es colaborar con Dios entregándose con alegría al servicio de los demás, el hombre tiene la necesidad de ponerse incondicionalmente al servicio de Dios, de cumplir esa misión que Él le ha encomendado, se vuelve entonces su siervo,

“¡Haz que mi cabeza se yerga con el valor y el orgullo de servirte!63

y se hace su instrumento:

“Que tu amor juegue con mi voz; que descanse en mi silencio.

Que pase a todos mis movimientos, por mi corazón.

Que brille, lo mismo que las estrellas, en la oscuridad de mi sueño, y amanezca en mi despertar.

Que arda en la hoguera de mis deseos, y fluya en todas las corrientes de mi propio amor.

¡Qué yo lo lleve en mi vida, como un arpa su música, y te lo devuelva, al fin, con mi vida!64

Es esta misma servidumbre la que lo conduce a la libertad.

Como el hombre es templo de Dios, debe actuar de manera tal que honre a quien en él habita. Todo él debe reflejar a Dios. Así lo manifiesta el poeta:

“Quiero tener mi cuerpo siempre puro, vida de mi vida, que has dejado tu huella viva sobre mí.

Siempre voy a tener mi pensamiento libre de falsía, pues tú eres la verdad que ha encendido la luz de la razón en mi frente.

Voy a guardar mi corazón de todo mal, y a tener siempre mi amor en flor, pues que tú estás sentado en el sagrario más íntimo de mi alma.

Y será mi afán revelarte en mis acciones, pues que sé que tú eres la raíz que fortalece mi trabajo.”65

Como se ve, hay varias formas de acceder a Dios. Los caminos no son fáciles, el hombre debe superar los múltiples obstáculos que se le presentan. Así como puede ocurrir que niegue a Dios, también sucede que, queriendo, el hombre no puede ver y se encuentra como perdido en tinieblas. Esta oscuridad se vive como un alejamiento de Dios.

“Aquella noche en que el huracán me echó abajo la puerta, una racha apagó mi lámpara, y todo se quedó oscuro; y yo no supe que tú habías entrado en mi cuarto, sobre las ruinas.

Yo tendía los brazos al cielo, buscando ayuda. Estaba echado en el polvo, esperando en la negrura tumultuosa, sin saber que la tempestad era tu propia bandera.”66

En ese estado de inseguridad no se da cuenta de que la noche es un paso más en este camino hacia el encuentro con Dios.

“¿Y qué otro dolor es comparable con el estado en el que la oscuridad impide el encontrar un camino que salga de la oscuridad?”67

“Vivimos apartados de nuestro Dios. Pues la pena de la separación y el regocijo de volver a verse están unidos íntimamente, como el humo es el comienzo de la llama, el dolor es la preparación para la dicha.”68

Y aunque no pueda sentir a Dios en la noche, Él es quien lo guía hacia la luz:

“En el rendido anochecer, ando buscando el camino de mi casa; y el guía viene con su lámpara, y me hace señas que vaya.”69

“¡Cójeme de la mano, que la noche está oscura, y tu peregrino ciego; sácame de la desesperación; prende con tu llama la lámpara sin luz de mi pena; despierta de su sueño mi fuerza cansada!”70

Y luego de la noche viene la luz:

“Cuando se levante de mi alma el manto de la oscuridad, será música tu sonrisa”71

“¡Al fin se ha levantado el velo, se ha rasgado el manto, en esta profunda oscuridad!”72

“El sol está sonando desde Oriente, su tambor de victoria. ‘Estoy bendita’ dice la noche; ‘muero feliz’. Llena su bolso de limosna de oro, y parte.”73

Una vez que el hombre haya tenido la visión, aunque se aleje, su vida habrá cambiado para siempre. Tagore narra su propia experiencia:

“Yo vagué de aquí a allá entre los abetos, me senté junto a las cascadas y me bañé en sus aguas, contemplé la grandeza del Kinchinyunga a través de un cielo sin nubes, pero en los que me habían parecido los lugares más a propósito no encontré la visión. Había llegado a conocerlo pero ya no podía contemplarlo. Mientras admiraba la joya se había cerrado de repente la tapa dejándome con los ojos fijos en el estuche que la encerraba. Pero, a pesar de todo el atractivo de su artificio, no había ya peligro de que pudiese confundirlo con una caja vacía.”74

Así la experiencia de Dios modifica la actitud del hombre ante el mundo y en el mundo. El hombre descubre en sí mismo y en los demás a Dios, descubre que es templo de Dios y que el servicio a Dios se realiza a través del servicio al prójimo, en él el hombre se realiza en esta vida.

“Mi oración, Dios mío, es ésta:

Hiere, hiere la raíz de la miseria en mi corazón.

Dame fuerza para llevar lijero mis alegrías y mis pesares.

Dame fuerza para que mi amor dé frutos útiles.

Dame fuerza para no renegar nunca del pobre, ni doblar mi rodilla al poder del insolente.

Dame fuerza para levantar mi pensamiento sobre la pequeñez cotidiana.

Dame, en fin, fuerza para rendir mi fuerza, enamorado, a tu voluntad.”75

Al final de su camino, el hombre se da íntegramente:

“Acéptame, Señor; cójeme este rato; y que se lleve el olvido los días huérfanos que pasé sin ti.

Tiende este momentillo mío, descansadamente, en tu falda, y tenlo bajo tu luz.

He vagado persiguiendo voces que me atraían, pero que no me llevaron a ninguna parte.

¡Déjame ahora que me siente, tranquilo, a escuchar tus palabras en el corazón de mi silencio!

¡No apartes tu cara de los oscuros secretos de mi alma, sino enciéndelos hasta consumírmelos en tu fuego!”76

Y Dios se revela completamente:

“Canta la cascada: Aunque una poca de mi agua basta al sediento, ¡con qué alegría se la regalo toda!”77

Y entonces se produce el encuentro definitivo:

“La hora de las bodas es el crepúsculo, cuando los pájaros cantaron ya lo último, y los vientos se han echado sobre las aguas; cuando el sol poniente alfombra la cámara nupcial, y se prepara la lámpara que ha de arder toda la noche.

El Venidor Invisible anda entre la tiniebla muda; mi corazón está temblando.

Todas las canciones se callan, que el rito va a cumplirse ya bajo la estrella vespertina.”78

“¡Ya he llegado a la playa del mar sin fin; ya voy a echarme en él y a perderme para siempre!”79

El último paso es la muerte. Tagore no la entiende como desintegración sino como nacimiento a una nueva experiencia, la de la felicidad. En sus obras, es aceptada y esperada.

“Hoy has enviado a la puerta de mi casa

al mensajero de la muerte:

y yo lo adoraré, las manos juntas,

con desesperadas lágrimas en los ojos;

lo adoraré colocando a sus pies

el tesoro de mi alma.”80

La acepta porque comprende que encontrar la muerte es encontrar a Dios:

“¡Pues venga la muerte, que es negra como tú, que tiene su cara bella como la tuya! ¡Ella es tú; tú mismo eres ella, Rey!”81

El otoño, el invierno, el anochecer, son imágenes que ilustran que éste es el momento del encuentro con Dios.

“Ahora es ya de noche, la hora de dejar el campo labrantío por los caminos abiertos; de encaminarnos al hogar donde la paz nos aguarda”82

En gran parte de sus cuentos y de sus dramas los personajes terminan encontrándose con la muerte.83 Tránsito habla del paso de este al otro mundo, el tema de El cartero del Rey es la espera de Dios ante la muerte inminente. En ambos escritos Dios aparece como el que lleva a la otra orilla, el que disipa las sombras.84 En ese encuentro el hombre se realiza. Y “cuál es esta realización? Pues nuestra libertad en la verdad, cuya oración se expresa así: Llévanos de lo irreal a la realidad…”85 y la encarnación de la realidad es ânanda, la alegría absoluta, la felicidad:

“Antes, yo me agachaba, tímido, en la sombra de lo seguro. Ahora que la resaca de la Alegría me alza sobre tu cresta, mi corazón se agarra a la roca agria de su dolor.

Antes, yo iba a sentarme solo en un rincón de mi casa, porque la creía pequeña para cualquiera que venía. Ahora que esta Alegría impetuosa abre su puerta de par en par, comprendo que hay sitio en mi casa para Ti y para todos.

Antes, yo andaba de puntillas, cuidadoso de mí, remilgado y con perfumes. Ahora que este torbellino de Alegría me ha tirado por tierra, me río a carcajadas y me revuelco en el polvo, a tus pies, como un chiquillo.”86

“Hoy, no sé por qué, mi vida está loca, y una trémula alegría me pasa el corazón.

Es como si hubiese llegado el tiempo de acabar mi trabajo. Y siento en el aire no sé qué vago aroma de tu dulce presencia.”87

En esa atmósfera de alegría y contento puede hacer Tagore un análisis retrospectivo de su vida. Así finaliza su escrito autobiográfico, que intituló Recuerdos:

“En cuanto abarca mi vista, el profundo duelo de un anochecer eterno de mi espíritu anhelante de amor, triste y solitario, enluta mi vida con sus pesados dobleces. Más allá de los lejanos límites de la tierra y del cielo, las horas pasan, en el caer sin descanso del agua, y todo el cielo resuena con esta tonada: ‘¡Cómo pudiste pasar tus días lentos y tus cansadas noches lejos de tu Dios!’

Sin embargo, a través del dolor de la separación, una honda dulzura emana secretamente; la fragancia de no sé qué bosque en flor nos llega, trayéndonos, en la brisa, un aliento de amor sin nombre. La misma angustia del corazón repite a nuestro oído: ‘Él es. Verdaderamente Él es.’

Donde empezó este apartamiento de mi vida, allí estaba Él, y donde tenga, un día, mi vivir su término, allí Él espera, Y aquí, en medio del camino, sin ser visto, ¡cuán suavemente tañe Él su arpa!”88



CONCLUSIÓN
Este hombre que, al igual que la Reina Sudarshana, quiere ver, quiere conocer, saber, este hombre que se pregunta ‘¿quién soy?’, que busca encontrarse consigo mismo, este hombre se pone en marcha.

Y aunque tropiece en su camino, aunque tenga miedo, ya que conocer implica acceder a otro plano, aunque por ese mismo miedo de pronto huya, aunque se rebele ante ese conocimiento que ansía y a la vez teme obtener, aunque la noche caiga sobre él y se ciegue y no pueda ver, aunque sus fuerzas decaigan, él seguirá (como dice el poeta) ‘navegando y navegando’.

¿Por qué? Porque Dios está detrás de la noche, llamándolo, porque es Dios mismo quien correrá el velo de esa oscuridad y le permitirá volver al camino. Porque de Dios le viene esa fuerza que lo impele a seguir. Es Dios quien lo llama a su encuentro desde dentro de su corazón, lo llama desde los corazones de los demás hombres, desde todos los seres (animados e inanimados). Dios no deja de llamarlo. Dios atrae, y su atracción es irresistible.

Es así que la opción del hombre es limitada. Quiéralo o no, al final se dará el encuentro, al final conocerá. En su libre albedrío puede sólo elegir el camino. Un camino que es de regreso, porque realmente es un volver, un limpiar el espejo para ver lo que siempre existió: Dios no estaba lejos. No se lo podía ver, pero permanecía presente, en el Cosmos, en el mismo corazón del hombre.

A medida que la verdad se va revelando, la vida cobra un nuevo sentido y uno ya no se siente solo, sabe que Él está acompañándolo desde el principio hasta el fin, mientras duerme y mientras trabaja. Y cuando finalmente el hombre se encuentra consigo mismo, se encuentra con Dios, se encuentra con la Verdad, que -dice Tagore- se cifra en la interrelación de todas las cosas. Se encuentra formando parte de un Todo que en su diversidad mantiene su unidad en el Amor.

El hombre quería conocer…y conoció.

“¡Cuánto tiempo dura mi viaje, y qué largo es mi camino!

Salí en la carroza del primer albor, y caminé a través de los desiertos de los mundos, dejando mi rastro por las estrellas infinitas.

La ruta más larga es la que sale más pronto a ti, y la más complicada enseñanza no lleva sino a la perfecta sencillez de una melodía.

El viajero tiene que llamar, una tras otra, a todas las puertas estrañas para llegar a la suya; ha de vagar por todos los mundos de fuera, si quiere llegar al fin a su santuario interior.

Mis ojos erraron por todos los confines antes de que yo los cerrara diciendo: ‘Aquí estás.’ Y el grito y la pregunta: ‘¡Ay! ¿Dónde?’, se derriten en las lágrimas de mil raudales y ahogan el mundo con el desbordamiento de su ‘¡Yo soy!’.”89




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