El Enredo de las Redes



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El Enredo de las Redes. Un Análisis Crítico de M. Castells

Se presenta un estudio del reciente ensayo "La era de la información", centrando la discusión en el concepto red. Se destacan las variadas acepciones del término, objetando su aplicación tecnologista al estudio de los procesos sociales. Se cuestiona la desatención al papel de la propiedad en la caracterización de los flujos informativos. Se debate la interpretación virtualista de las redes financieras y productivas, planteando las ventajas de un enfoque basado en la lógica del capital.


Se puntualizan los problemas que presentan las nociones "sociedad-red" y "economía informacional global". Se polemiza con las visiones de la "fragmentación del trabajo", que desconocen los elementos cohesionadores de la actividad de los asalariados. Se discuten los criterios espaciales y temporales utilizados para fundamentar la existencia de una "cultura de la virtualidad real". Se precisa cuales son los principios básicos del capitalismo que deben ser tomados en cuenta para avanzar en la comprensión de los cambios económicos y sociales contemporáneos.
EL ENREDO DE LAS REDES.

El reciente libro de Manuel Castells asume el ambicioso proyecto de conceptualizar las principales características sociales y económicas de la época actual. Por eso sus presentadores comparan el ensayo con la obra de Max Weber (Giddens) y afirman que será "un clásico del siglo XXI" (Touraine). El principal aporte del libro es su intento de análisis totalizador. Presenta una selección temática muy adecuada de los problemas que debe abordar la investigación de la sociedad contemporánea y ofrece una descripción sólida y original de cada uno de los aspectos de este análisis.

De los tres tomos previstos ha sido editado en español el primer volúmen. La caracterización del capitalismo actual gira en torno de la noción de red y por eso el sub-título del texto es "la sociedad red".

Castells define a la red como "un conjunto de nodos (puntos en que una curva se intersecta a sí misma) interconectados". Señala que "una nueva morfología social" de todos los procesos y funciones se organiza en torno a la red y se conecta a través de los "conmutadores". Este enjambre constituye el centro del poder en la sociedad actual.

Las redes enlazan instituciones, mercados, organismos, empresas y medios de comunicación en un misma "dinámica de flexibilidad" y "lógica de interconexión". La situación de cada individuo depende tanto de su "inclusión" en la red, como del lugar que ocupa en esta estructura.

A través de la red se transmite la información que sirve para alimentar la generación del conocimiento. La "nueva economía informacional" se basa en estos recursos y a diferencia del industrialismo, ya no se fundamenta en la maximización del producto. El "informacionalismo" se asienta en dos pilares económicos: la "red financiera" y la "empresa-red". En la primera se realizan las operaciones monetarias que abarcan a todo el planeta en tiempo real. La segunda permite a las corporaciones transnacionales comandar la actividad productiva, mediante su control de los enlaces inter-empresarios que vinculan a los proveedores, los productores y los clientes en coaliciones y acuerdos tecnológicos. El éxito de cada corporación depende del tendido de estos sistemas de interconexión.

La nueva economía informacional es "global" en la medida que los grandes bancos y las corporaciones participan de una misma "meta-red" internacionalizada del capital. Unicamente las empresas que desarrollan estas redes mundiales son dominantes.

Castells considera que las redes centralizan la circulación internacional del capital y al mismo tiempo fragmentan la acción del trabajo y reducen su influencia al ámbito local. Al quedar fracturado en actividades calificadas y degradadas, el trabajo se individualiza y debilita frente al capital. Los trabajadores taylorizados están siempre al borde de quedar excluidos de la red y con ello de cualquier participación en la vida social. La fractura entre el "trabajo informacional y el devaluado" provoca la segmentación social en los países avanzados y la desconexión de varias regiones del mundo del bienestar.

El intercambio directo de la información a través de la red elimina el distanciamiento geográfico. Los lugares quedan absorbidos por el flujo de las comunicaciones directas y el significado de cada localidad ya no depende de la contiguidad física, sino de su ubicación en la red. Como por otra parte las transaccciones financieras se realizan en segundos, los tiempos de la empresas se flexibilizan y la jornada laboral se torna variable, aparece un nuevo tiempo aleatorio, que reemplaza al orden secuencial y cronológico.

Esta sustitución de la temporalidad de los lugares por la atemporalidad de los flujos genera una "cultura de la virtualidad real", abstraída de la geografía y de la historia y fundada en la nueva simbología de la comunicación interactiva. En todos los planos de la existencia humana la "sociedad red" inagura otra época.

TECNOLOGISMO.
Castells toma en cuenta los variados significados del término red, para colocar a este concepto en el centro de su explicación de la sociedad actual. De Ernest adopta la caracterización económica de la red, como una "forma sui generis de organizar las transacciones". La red establece nuevas formas de gestión dentro de la firma, sustitutivas de los métodos tayloristas y crea nuevos enlaces entre las empresas para la fabricación, la comercialización y el diseño de productos. Esta acepción de la red permite explicar su papel en la actividad interna de las grandes corporaciones mundializadas y su función conectora de las relaciones que establecen estas compañías con sus clientes, proveedores y sub-contratistas.

De Bar y Borrus el autor toma el significado tecnológico de la red. Estos especialistas describen cómo las nuevas tecnologías potencian el desarrollo de las distintas redes informatizadas (públicas, privadas, inteligentes, de distribución, de valor añadido, Internet, Intranet, etc). Esta aplicación del término red como instrumento de la informatización es la más utilizada en la actualidad.

Castells recurre puntualmente el término red para describir las nuevas formas de organización económica, pero su definición de los "nodos interconectados" proviene de la visión tecnologista. Esta influencia moldea a su enfoque con las pautas del determinismo tecnológico. No de casuadlidad su caracterización de la época se resume en el concepto "sociedad-red".

El trasplante de la noción "nodos interconectados" al análisis social no pretende servir de simple metáfora. Apunta a observar todo el funcionamiento de la sociedad como equiparable a una red, que irradia poder, se vincula a través de "conmutadores" y genera enlaces configuratorios de las relaciones sociales. Esta adopción de un instrumento técnico como referencia de la interpretación social es el principal rasgo y defecto del determinismo tecnológico.

Tradicionalmente el tecnologismo partía de algún artefacto específico (máquinas, ferrocariles, radios, automóviles, televisores, etc) y le atribuía un papel definitorio de la cultura, los comportamientos o la evolución de cada sociedad. La red es elemento actualizado de esta misma visión. En la trasposición simplemente se olvida que las redes conectan a operadores financieros o comunican a las empresas con sus proveedores, pero no definen nunca el tipo de relación que establecen los distintos grupos humanos. Los aparatos, instrumentos y mecanismos técnicos dependen de procesos sociales y no a la inversa, como creen los tecnologistas.

Castells considera que al existir una interacción tan profunda entre tecnología y sociedad resulta imposible establecer si el determinismo tecnológico tiene primacía sobre el determinismo social o viceversa. Opina que esta disyuntiva es un "falso problema". Pero no puede soslayar este dilema, cuando formula su interpretación de la sociedad en base al funcionamiento de las redes. Su enfoque le asigna de hecho a los enlaces técnicos una función determinante.

El determinismo tecnológico explica a través de las redes aquellos fenómenos que el determinismo histórico-social interpreta a través de conceptos sociales como fuerzas productivas, relaciones de producción, leyes del capital y confrontaciones de clase. Son dos maneras radicalmente diferentes de abordar el análisis. O se ve a la red como el concepto central, entendiendo que transmite su "lógica de interconexión" a los fenómenos económico-sociales, o se observa a este elemento como un simple instrumento de la tecnología, que a su vez depende de los procesos sociales.

El determinismo histórico-social toma en cuenta la gravitación de las redes, pero aclarando que sólo inciden en los cambios operados en la sociedad, sin definir el carácter ni el rumbo de estas modificaciones. El único agente de transformación social es el hombre, que actúa en agrupamientos sociales y bajo ciertas condiciones, límites y posibilidades históricas .

INFORMACIONALISMO Y VIRTUALISMO.

Para Castells la red es el epicentro del capitalismo actual porque a través de sus distintas ramas circula la información. Como estima que la producción de bienes pierde relevancia en comparación al desarrollo del conocimiento, considera que esta función de la red se torna decisiva. Siguiendo la visión pos-industrialista de Bell , opina que el aprovechamiento de los datos que se organizan y comunican en la red es fundamental para el desarrollo del conocimiento y la consiguiente determinación de la evolución de la sociedad.

Pero Castells omite que la utilización de la información y del conocimiento depende de sus propietarios. Estos recursos no son bienes públicos, ni gratuitos, ni están disponibles para cualquier usuario. Tampoco se auto-generan, ni circulan automáticamente. Lejos de ser irrelevante, la propiedad es determinante del destino de la información y del conocimiento. Su uso económico depende de las decisiones que adoptan los propietarios de la redes, que son grandes bancos o corporaciones transnacionales. Por esta razón, el "poder de la información" emana del poder del capital.

Castells recurre a una tautología cuando utiliza el concepto "sociedad (o era) de la información". No existieron ni existen "sociedades des-informadas" . Cualquier estructura social presupone alguna forma de procesamiento de los datos elaborados a partir del trabajo humano. La "era de la información" no representa ninguna etapa histórica de la sociedad contemporánea. Sólo ilustra la existencia de un nivel de comunicación básica entre los hombres, que también podría denominarse la "era del lenguaje". Este tipo de categorías no definen ninguna fase precisa del desarrollo social. Para periodizar fases históricas hay que recurrir a nociones como feudalismo, capitalismo o socialismo, que al conceptualizar formas de organización social permiten también indicar cuales son los parámetros del uso de la información y del conocimiento en cada momento histórico. En una etapa en que el procesamiento de la información se ha vuelto un fenómeno central del funcionamiento del capitalismo, lo que se denomina "sociedad de la información" es una sociedad de clases, dominada por la burguesía y fundada en la propiedad privada de los medios de produccción.

Castells describe muy acertadamente en qué medida la revolución tecnológica en curso está influida por el papel de los nuevos aparatos, que generan y retroalimentan la información con fines productivos. Pero este análisis debería llevarlo a notar que el centro de la transformación no está en las redes, sino en la informatización de la producción. Y que este proceso está regulado por las normas del capital, es decir, por la inversión, la acumulación y el beneficio .

Castells reconoce la importancia de estos principios. Pero considera que la lógica del capital ha quedado sometida a la lógica de las redes, invirtiendo la causalidad de los fenómenos. En realidad, la red informática tiene para el capitalismo contemporáneo un significado equivalente al que tuvo la red ferroviaria a mitad del siglo pasado y la red eléctrica a fines de esa centuria. Un mismo principio de valorización del capital definió la centralidad de la velocidad, la energía y la información en cada caso. La "época" signada por estos impactos tecnológicos puede denominarse del ferrocaril, la electicidad o la información, siempre que se aclare que constituyen aspectos del capitalismo librecambista, monopólico y tardío, respectivamente.

Esta contextualización histórico-social resulta indispensable para evitar que el deslumbramiento por las redes se traduzca en "info-fetichismo". Cuando un elemento es visto como gestor de la "sociedad-red", resulta difícil recordar que constituye apenas un elemento técnico de la dinámica del capitalismo.

Este olvido se refuerza en Castells por la caracterización virtualista que propone de la red. A diferencia de la red ferroviaria o eléctrica, los "nodos interconectados" que transportan la información no son presentados como innovaciones, cuyo impacto económico-social es claramente observable y cuantificable. Las redes son descriptas como un tejido inmaterial e intangible de rol dominante, pero características vagas y misteriosas. Este retrato de la red como un "laberinto" exótico y mítico está muy difundido entre algunos estudiosos de la "nueva economía virtual" .

Un enfoque virtualista muy semejante del concepto red ha sido también desarrollado en la sociología de la ciencia y la tecnología por la corriente constuctivista del "actor-red" . Con el objetivo de intentar un análisis más integrado de los componentes sociales y técnicos que intervienen en la innovación, esta escuela presenta a la red como un elemento articulador de "los hombres con las cosas", en el proceso de "construcción negociada de nuevos artefactos". También aquí la red aparece como un tentáculo coordinador y determinante de cualquier práctica de los sujetos con los objetos.

El informacionalismo de Castells tiene muchos puntos en común con diversos criterios virtualistas de interpretación de la noción red. Y esta coincidencia se observa nítidamente en su caracterización de los rasgos económicos de la "sociedad-red".

BANCOS Y EMPRESAS.

Para Castells existe una preeminencia del capital especulativo que circula en las "redes financieras" sobre la actividad productiva, que se desenvuelve a través de las "empresas-red". Esta relevancia que le atribuye a la "economía casino" en comparación a la "economía real" proviene de su atención privilegiada a la red, puesto que los "nodos interconectados" tienen una incidencia mucho más visible e impactante en la esfera financiera que en la órbita productiva.

Castells observa el frenético salto de capitales de un pais a otro a partir de los enlaces creados por las terminales bancarias, sin advertir la dependencia de este fenómeno de la autonomización relativa del capital-dinero de sus bases productivas. Esta omisión refuerza la imagen fantasmagórica, que el virtualismo presenta de la "red financiera". El nuevo ámbito de circulación internacionalizada del capital es descripto habitualmente como un lugar gobernado por las fuerzas desconocidas que guían los movimientos del "cyberespacio".

Este efecto hipnótico que genera la "red financiera" internacionalizada impide notar que el descontrol especulativo simplemente expresa un desplazamiento hacia las finanzas de los fondos que no encuentran suficiente lucratividad en la esfera productiva. La circulación descontrolada de estos recursos es un desequilibro de la acumulación, que no tiene ninguna significación en sí mismo.

Pero además, al analizar el efecto de la red en el plano productivo, Castells le otorga más importancia al impacto técnico que a la raíz económica de los cambios operados en la "economía informacional". Retrata adecuadamente como la compañía trasnacional actúa subordinando a proveedores y clientes, en torno a una organización empresaria muy diferente al monopolio tradicional. Pero el centro de su análisis es el funcionamiento de las redes internas y externas que permiten esta operatividad y no el cambio en la forma de acumulación, que es acompañada por la expansión de los nuevos enlaces.

El signficado de las redes informatizadas es en realidad comparable a la gestión departamentalizada que introdujeron las grandes empresas en las primeras décadas del siglo . En ese momento se produjo una reestructuación administrativa inspirada en los principios de coordinación aplicados al funcionamiento del telégrafo y los ferrocariles. Esta renovación de las formas de organización empresaria mediante la aplicación de nuevas tecnologías es común en ambos casos. Pero de la misma forma que resulta incorrecto hablar del surgimiento de una "sociedad-management" en 1910-20, tampoco se puede sostener que actualmente está emergiendo una "sociedad-red". Las modalidades de gestión acompañan la transformación en las formas de acumulación y se adaptan a los cambios de las condiciones de valorización del capital.

Este es el eje de interpretación del capitalismo, que no puede comprenderse partiendo del estudio de la red en el "modo de desarrollo informacional". Esta visión relativiza la importancia de problemas centrales como la recomposición parcial de la rentabilidad, el aumento de la tasa de explotación, la expansión de la inversión hacia las ramas privatizadas o el avance de la acumulación en las regiones incorporadas plenamente al capitalismo. En lugar de situar el nuevo papel de la interconexión de las redes financieras y productivas en el marco de estas transformaciones, se coloca a la propia red en el centro del cambio actual.

Partiendo de este enfoque tampoco se puede captar las formas actuales de la crisis. En el modelo explicativo de la red hay lugar para los desajustes (o desperfectos), pero no para las contradicciones. La mirada tecnologista no sirve para notar cuales son los choques y conflictos económico-sociales que genera la reorganización capitalista. El carácter turbulento de esta reestructuración, la retracción del poder adquisitivo, la incierta evolución de la tasa de ganancia de largo plazo y la multiplicación de las desigualdades sociales, no encajan en la lógica de los "nodos que se interconectan".

EL "CAPITAL GLOBAL".

Castells focaliza también en la red el elemento central de la globalización. Considera que una "meta-red global del capital" coloca bajo una estructura común a los principales grupos financieros y empresarios.

Aclara que esta mundialización no implica la disolución de las economías nacionales, en la medida que los mercados domésticos continúan absorbiendo el grueso de la producción, en condiciones de limitada liberalización comercial y bajísisma movilidad internacional de la fuerza de trabajo. Pero aunque destaca estos rasgos en oposición a las interpretaciones exageradas de la globalización, igualmente afirma que el alcance planetario de las redes empresarias y financieras convierte a la "economía informacional" en "global". Esta conclusión contradice sus prevenciones contra el impresionismo que prevalece en las caracterizaciones de la mundialización.

Castells cuestiona, pero al mismo tiempo acepta, la existencia de una estructura mundializada acabada. Lo que rechaza a escala de la producción y el comercio, lo avala al nivel de la red. Reconoce la gravitación nacional de los aranceles, los salarios y las políticas económicas, pero destaca su dependencia del marco establecido por la "meta-red" mundial dominante. Y como en su análisis la red siempre tiene primacía subraya el predominio de la tendencia globalizante.

Pero en este razonamiento, el autor no toma en cuenta que la existencia de un "capital global" presupondría la "transnacionalización" de los principales sectores de la clase burguesa en organismos y políticas supra-nacionales y también la desaparición (o sometimiento) de los grupos no internacionalizados. Castells sugiere que esta nueva estructura de poder mundial está presente en las redes, pero no explica como funciona. Su retrato del informacionalismo es contradictorio, porque describe la relevancia de los estados, los ejércitos y las burocracias nacionales y al mismo tiempo los trata como simples resabios de la "sociedad pre-red".

En realidad, la "meta-red global" no existe, ni existirá jamás porque el capitalismo es un sistema económico basado en la competencia de propietarios privados, que actúan a través de estructuras estatales también rivales. Si en esta concurrencia el estado nacional, los bloques regionales o las coaliciones imperialistas fueran sustituidos por redes surgiría alguna forma de competencia entre "enjambres interconectados", pero nunca una "meta-red global" y uniforme. Una estructura homogénea de este tipo es inviable, por la misma razón que un monopolio no puede eternizarse en un sector y una potencia no puede detentar la hegemonía total del mercado mundial. Castells presenta a la red como un ámbito de competencia, pero la describe al mismo tiempo como un área de convergencia disciplinada de todos los capitales.

Estos dos aspectos que el autor retrata sin poder integrar se pueden interpretar desde la lógica del capital, como la principal contradicción de la mundialización. Las mismas corporaciones que actúan integradamente en espacios comunes de producción, lucran con la vigencia de diferencias internacionales de productividades, salarios y tasas de explotación. Obtienen plusganancias de operar homogéneamente, en un ambiente fraccionado de precios, tasas de ganancias y formas de acumulación muy variables.

El informacionalismo interpreta este fenómeno en términos funcionales como una evidencia del poderío de la "nueva meta-red global". No observa las dificultades para la valorización del capital, que genera la existencia de mayores desniveles en todos los planos de la producción y el consumo. En el mejor de los casos, el concepto "metar-red global del capital" destaca la existencia de un salto en la internacionalización productiva, pero no explica las contradicciones de este proceso. Por eso Castells puede contraponer a la celebración neoliberal de la globalización una crítica moral a las desigualdades sociales que provoca la mundialización, pero sin esclarecer el carácter de este proceso.

EL "TRABAJO FRAGMENTADO".

Castells plantea que la red "incluye" a los trabajadores calificados y "excluye" a los descalificados. De esta caracterización de la "fragmentación del trabajo" distintas visiones pos-industrialistas deducen que la burguesía "universalizada" se está afirmando como sujeto transformador, mientras que la clase obrera "localizada" se está convertiendo en un agente pasivo de la sociedad. Esta es la linea de análisis también del enfoque "informacionalista".

Pero si la desarticulación del trabajo es el rasgo dominante de la "sociedad-red": cual es la progresividad de esta época ? Por un lado Castells presenta un retrato desolador de la fractura social y por otro, describe al informacionalismo como una superación histórica positiva del industrialismo.

De esta dualidad surge un diagnóstico ecléctico.

El sociólogo español describe la "desconexión" productiva de vastas regiones del planeta, el aumento de la pobreza, la expansión del trabajo "devaluado" en las economías desarrolladas y el ensanchamiento de la brecha cultural que separa a las elites educadas de los sectores alienados por el "info-entretenimento". Pero inmediatamente agrega que la polarización entre países ricos y pobres no es tan grave, destaca que la oposición entre centro y periferia tiende a atenuarse con los éxitos de los países emergentes y precisa que la calidad y cantidad del trabajo aumenta, a pesar de la fragmentación social.

Castells intenta analizar estas tendencias opuestas mediante el razonamiento tecnologista. Considera que bajo el impacto de los flujos informáticos, la red recoge a los ganadores y abandona a los perdedores de la nueva etapa. Pero nunca aclara cuales son las fuerzas económicas y sociales que guían este proceso. Si se desciende de la mítica trama de la red a la realidad del capitalismo, la explicación es más sencilla.

La masificación del desempleo, la expansión de la pobreza y el aumento de las desigualdades nacionales forman parte de un mismo intento de recomposición de la tasa de ganancia, mediante el aumento de la explotación. El capital se valoriza acentuando la polarización nacional y mundial de los ingresos y aumentando la brecha que separa a las situaciones de bienestar y miseria.

No hay "dos caras de la red", sino una misma dinámica del capital. Los dos universos -que Castells ve como fenómenos separados- están unidos por las contradicciones que genera la reorganización capitalista. La destrucción de empleos para abaratar los salarios deteriora el poder de compra y termina afectando al beneficio, el empobrecimiento de la "periferia" reduce los mercados del "centro", la degradación del trabajo para rentabilizar la informatización obstaculiza el avance de la productividad. Estableciendo una partición simplista en "excluidos" e "incluidos" de la sociedad, no se puede reconocer la presencia de estos elementos de crisis, que socavan la estabilidad de toda la "sociedad-red".

Como otros teóricos de la "fragmentación del trabajo", Castells le asigna equivocadamente a un fenómeno circunscripto de los últimas décadas un alcance modificatorio de la estructura social del capitalismo en el largo plazo. Omite que la "fragmentación" es un atropello político contra las conquistas sociales, que no ha conducido a ninguna "fractura" definitiva de los trabajadores, ni menos aún a su "desaparición" como clase. La propia reproducción del capital exige el incremento sistemático de la masa de asalariados. Si se toma en cuenta a todos los participantes de las actividades materiales e intelectuales de la producción y la circulación de mercancías, es evidente que el número de trabajadores aumenta con el avance de la acumulación.

Pero además, en la medida que la explotación subsiste, no hay ninguna razón para suponer que los vínculos de cooperación y solidaridad que se generan en el trabajo están destinados a desaparecer. La propia "globalización" refuerza potencialmente la capacidad de acción internacional conjunta de los trabajadores, al crear un nexo de intereses comunes directos entre los asalariados de las empresas transnacionales localizados en varios países.

Castells interpreta al revés las tendencias sociales cuando afirma que el "capital se globaliza", mientras que el "trabajo se fragmenta". La mundialización no modifica el fraccionamiento estructural del capital en grupos competidores, mientras que el mismo proceso aumenta la cohesión objetiva en la actividad laboral y la posibilidad subjetiva de luchas internacionalmente unificadas de los asalariados. Esta dinámica social y política no se puede captar, tomando como punto de partida del análisis la división superficial entre los que "están afuera y adentro de la red".

FLUJOS Y ATEMPORALIDADES.

Castells analiza el impacto cultural del "informacionalismo" tomando en cuenta el efecto de la aceleración de las comunicaciones en el acortamiento de la importancia de las distancias geográficas. Pero en su interpretación del surgimiento de una nueva "cultura de la virtualidad real", no se limita a registrar el cambio en la percepción del tiempo y el espacio. Plantea que en la comunicación interactiva de las redes, los flujos reemplazan a los lugares y el tiempo aleatorio sustituye al tiempo secuencial.

Con esta visión se desliza más allá de la caracterización cultural y sugiere que en la "sociedad red", no solo cambia la forma de captar la temporalidad y la espacialidad, sino también el propio tiempo y el propio espacio. Su planteo es ambiguo, pero se aproxima más categóricamente aquí a las concepciones virtualistas, que identifican la aparición de un "cyber-espacio carente de geografía e historia" con el surgimiento de una "nueva realidad" .

En estos enfoques, la noción virtual ya no alude a la existencia de manifestaciones latentes o deformadas de la realidad, sino a la aparición de "otra forma de realidad", gestada en el acto de trascender el propio entorno físico. Castells no llega a este tipo de conclusiones y elude internarse en las implicancias filosóficas de sus observaciones. Pero su caracterización de la absorción del lugar por el flujo y de la atemporalidad del tiempo está muy próxima al virtualismo.

En estos planteos se pierde de vista que la disolución aparente de las distancias y la relativización supuesta del tiempo es sólo un efecto de la experimentación informática. Con el uso de las nuevas tecnologías resulta posible simular movimientos en las pantallas que parecen permitir la "construcción de otra realidad". Pero el nuevo universo no constituye un "mundo aparte", sino que integra la realidad objetiva y material en que actúan los hombres.

El virtualismo imagina la aparición de "otra realidad", porque entiende que el "cyber-espacio" no solo transforma la percepción corriente del tiempo y el espacio, sino también las propias características de estos dos fenómenos. No reconoce que con las nuevas sensaciones de velocidad y distancia solo cambia la captación de los tiempos y los lugares objetivamente existentes. Olvida que entre la salida y la puesta del sol continúan transcurriendo 24 horas, cualquiera sea la intensidad de vida de los individuos. También pierde de vista que dos ciudades continúan separadas por el mismo número de kilómetros, cualquiera sea el perfeccionamiento de los medios de transporte.

Lo que se indaga cuando se estudia el tiempo aletargado y el espacio localista de un campesino medieval es la vivencia de los sujetos. Y lo mismo ocurre cuando se analiza la impresión de instantaneidad y acercamiento geográfico que prevalece en la actualidad. El virtualismo identifica estas percepciones con distintas realidades de tiempo y espacio, suponiendo que estos parámetros carecen de existencia objetiva y son definidos por cada individuo de acuerdo a su propia experiencia.

Al afirmar que el lugar ha quedado absorbido por el flujo en el universo de las redes, Castells también plantea que en la "sociedad-red" se modifica la naturaleza del tiempo y del espacio. Esta impresión surge de la circulación vertiginosa de la información entre distintos puntos del planeta. Pero se olvida que este flujo solo conecta artefactos definidamente localizados y es factible por la existencia de instrumentos que se construyen y funcionan en puntos geográficos bien delimitados. Tomando en cuenta esta determinación se podría invertir su tesis y afirmar que "el flujo depende del lugar". Pero el problema no radica en definir esta jerarquía, sino en aceptar la diferencia existente entre la percepción subjetiva y la dimensión objetiva del espacio.

Lo mismo ocurre con la suposición que el "tiempo atemporal" reemplaza a la secuencialidad cronológica en el laberinto de la red. La modificación de la sensación de instantaneidad no equivale a la transformación del tiempo, ya que ninguna conexión comunicativa entre dos ciudades elimina la falta de coincidencia del amanecer de una con el anochecer de la otra.

Confundir la nueva captación del tiempo y el espacio con el predominio de los flujos y la disolución de la temporalidad cronológica revela el predominio de una visión fetichizada de la sociedad por el mandato de la red.

CAMBIOS Y PERMANENCIAS.

EL texto de Castells es un gran intento de interpretación de la sociedad actual. Se propone indagar los rasgos novedosos del capitalismo contemporáneo, pero no refiere esta explicación a los principios y leyes centrales de este régimen social y esta falla metodológica conspira contra los aportes de la obra. Su visión de los cambios del capitalismo está desconectada de los fundamentos básicos de este modo de producción.

Al utilizar criterios pos-industrialistas que ignoran las leyes básicas del capital, el autor no puede caracterizar qué se modifica en el capitalismo, en función de los elementos de perduración de este sistema.

Ignora leyes básicas del capitalismo como la formación objetiva del valor, la extracción de plusvalía, la acumulación de capital, su reproducción creciente y la desarticulación periódica de la acumulación a través de crisis de realización y valorización. Desconoce principios centrales del modo de producción vigente como es su funcionamiento a través de regímenes políticos controlados por clases dominantes. El poder de estos grupos deriva de su propiedad de los medios de producción y sus beneficios provienen de la explotación del trabajo asalariado. No hay forma de actualizar la comprensión del capitalismo desechando estos fundamentos.

Castells destaca la importancia de la noción de red a partir del impacto creado por la informatización. Pero en lugar de analizar cómo la revolución tecnológica incide en la reorganización y en la crisis del capitalismo tardío, se embarca en desmenuzar una "lógica de la interconexión" inspirada en el determinismo tecnológico. Detecta correctamente la relevancia actual de la información y del conocimiento, pero considera equivocadamente que sustituyen a la propiedad como fuente de poder. Por ello no puede captar los nuevos conflictos generados por la mercantilización y socialización de estos recursos.

Castells resalta el papel de las "redes financieras", pero sin asociarlas con la autonomización creciente del capital especulativo. Retrata la integración de las "empresas-red" en la estructura mundial de las corporaciones, pero no estudia los efectos de este cambio sobre la forma de acumulación del capital. Identifica el salto que se registra en la internacionalización de la economía con la constitución de una "meta-red global del capital", pero ignora las contradicciones que aparecen en la nueva estructura económica fraccionada y socialmente polarizada del capitalismo actual. Analiza la "fragmentación del trabajo", pero desconecta la "exclusión" de la ofensiva política reaccionaria de las últimas décadas y en lugar de notar que la mundialización fortalece potencialmente a la clase trabajadora, considera que este sector se debilita definitivamente. Castells detalla el surgimiento de nuevas formas culturales, pero derivando estas características de una interpretación virtualista de la lógica temporal y espacial contemporánea. La sustitución del análisis de las relaciones sociales por el estudio tecnologista de las conexiones que se establecen en la red es el principal obstáculo que enfrenta su texto, para dar cuenta de la realidad contemporánea.

El mensaje general del texto no es celebratorio, pero tampoco crítico del curso actual de la sociedad. Castells solo es categórico en diagnosticar la inevitabilidad del "informacionalismo". Por eso ve a la "flexibilización laboral", como un resultado inexorable de la multiplicación de las "empresas-red" y pronostica que las guerras sangrientas continuarán como espectáculos televisivos de la "sociedad-red". Esta ausencia de alternativas es la conclusión fatalista de una visión desencantada del mundo y muy escéptica de la capacidad del hombre para transformarlo. El tecnologismo alimenta la desesperanza y provoca el gran enredo intelectual de observar al capitalismo como una sociedad regida por las fuerzas oscuras de la red.


Revista Voces y Culturas, n 14, segundo semestre 1998, Barcelona.11)

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