Efectos psicológicos derivados de la práctica del ejercicio físico y el deporte



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Curso de Verano 2008 Salud y Deporte Prof. José Carlos Jaenes Sánchez



Efectos psicológicos derivados de la práctica del ejercicio físico y el deporte

(Artículo cedido por el autor. Elegido por su actualización en el contenido)
José Carlos Caracuel Tubío

Universidad de Sevilla

Resumen
Socialmente, las tres áreas a las que, en los últimos años, se ha venido prestando una mayor atención -reflejada en los presupuestos de los países en desarrollo- han sido la educación, la sanidad y el deporte. Las relaciones entre las tres son notables, pero en este trabajo nos ocupamos de dos de ellas: la salud y el deporte. El deporte, bien enfocado puede ser una importante fuente de salud, al igual que, incorrectamente planteado, puede acarrear perjuicios sobre la misma. Estos efectos no se derivan automáticamente de la mera práctica del ejercicio, sino que la actividad deportiva ha de estar planificada de tal modo que repercuta beneficiosa y no perjudicialmente sobre los practicantes.
Que la realización de actividad física y deportiva se convierta en un algo habitual es tarea del psicólogo, en tanto que es especialista en instauración y mantenimiento de hábitos de comportamiento y agente de cambio. Para ello deberá conocer los motivos y factores que llevan a una persona a comenzar a practicar deporte, a la continuidad en dicha práctica y, también, aquellos que le hacen cesar en ella. Igualmente deberá analizar y planificar las condiciones adecuadas para la obtención de beneficios provechosos desde un punto de vista psicológico. Uno de sus objetivos, finalmente, será la instauración de hábitos de vida saludables, a los que la realización de ejercicio físico podrá contribuir notablemente.
En este trabajo analizamos los elementos anteriormente delineados y planteamos sugerencias para lograr los objetivos comentados.
Palabras clave: Deporte, salud, beneficios del ejercicio, motivación, efectos psicológicos.

Efectos psicológicos derivados de la práctica del ejercicio físico y el deporte1,2
José Carlos Caracuel Tubío

Universidad de Sevilla

A todo lo largo del ya pasado siglo -y, especialmente, en su segunda mitad- la transformación del trabajo y la urbanización de la vida han sido dos rasgos muy destacables en la evolución de los estilos de vida propios de las sociedades occidentales. Tales cambios han producido una serie de beneficios sociales indiscutibles, pero -como toda transformación- han generado, asimismo, secuelas o efectos secundarios no tan positivos. Por lo que aquí nos interesa, de entre las repercusiones más negativas a las que aludimos son, de una parte, la disminución de la cantidad de actividad física (en adelante, AF), propiciada por los cambios en la práctica laboral, la mecanización del transporte y el incremento de las distancias -que modifican los desplazamientos-, en el desarrollo de maquinaria -que reduce o elimina el esfuerzo físico-, etc., todo lo cual incrementa el sedentarismo y disminuye el gasto energético. De otra parte, determinadas condiciones de la vida actual -algunas de ellas vinculadas a factores como los que acabamos de mencionar- inciden negativamente en los hábitos y el estilo de vida, repercutiendo en la calidad de vida y en la salud tanto física como psicológica de los ciudadanos.


Desde el punto de vista sociopolítico, podemos identificar tres áreas que podrían paliar, de alguna forma, los desequilibrios producidos por las transformaciones sociales. En los últimos años, se ha venido prestando atención -reflejada en los presupuestos de los países en desarrollo- a la educación, la sanidad y el deporte; las conexiones entre las tres son notables y en este trabajo nos ocuparemos de mostrar las relaciones entre dos de ellas: la salud y el deporte. El ejercicio físico (en adelante, EF) y deportivo, bien enfocados, pueden ser una importante fuente de salud, pero incorrectamente planteados pueden acarrear perjuicios sobre la misma. Los efectos beneficiosos, además, no se derivan automáticamente de la mera práctica del ejercicio, sino que la actividad deportiva ha de estar planificada de tal modo que repercuta, como decimos, beneficiosa y no perjudicialmente sobre los practicantes.


La opinión acerca de la posible repercusión del ejercicio físico sobre la salud física y psicológica ha evolucionado -cronológica y conceptualmente- de la siguiente forma. En un primer momento despertó grandes expectativas muy optimistas acerca de su alcance. Esto llevó a la realización de numerosos estudios e investigaciones, unos más rigurosos y otros menos. De estos trabajos se desprendieron resultados que, unos apoyaban la relación positiva entre AF y salud -especialmente psicológica-, otros la cuestionaban y, en no poca medida, los resultados de diversos estudios se contradecían más o menos abiertamente. Actualmente podemos pensar que la AF y deportiva es una fuente potencial de efectos beneficiosos sobre la salud -física y psicológica- siempre que se cumplan una serie de condiciones en su planificación y en su práctica. Por su parte, los datos inconsistentes que poseemos y, sobre todo, las interpretaciones de esos datos, así como los mecanismos explicativos empleados para justificarlos, adolecen de falta de rigor, derivada tanto de las insuficiencias metodológicas de los diseños de esos estudios, como de la inadecuación de los modelos teóricos -mentalistas, fisiologicistas, dualistas en definitiva- utilizados. (Pero esto es un problema general de la psicología, y no sólo de este ámbito). La tarea por hacer estriba en discriminar "qué ventajas no son más que ilusiones y cuáles están respaldadas por investigaciones empíricas" (Weinberg y Gould, 1995, p. 419).
Otra cuestión, antes de entrar propiamente en materia, es que los efectos beneficiosos del ejercicio físico -especialmente en el terreno de lo psicológico- no siempre son efectos directamente producidos o derivados de su práctica; muy frecuentemente son repercusiones indirectas sobre algunos aspectos que afectan a otros, bien modificándolos, bien poniendo las condiciones para su modificación, bien afectando, por vía de incompatibilidad, determinadas prácticas y hábitos. Los mencionados Weinberg y Gould (1995), comentan al respecto que "el ejercicio físico está relacionado con cambios en los estados emocionales, pero no los provoca" (p.424).
Beneficios sobre la salud biológica
Según un estudio del Instituto de Salud Mental de los EEUU (citado por Antonuccio, Ward y Tearnan, 1989, y por Blasco, 1994), siete de las diez posibles causas de muerte más frecuentes están fuertemente influidas por el estilo de vida y podrían ser reducidas modificando cinco hábitos, uno de los cuales es, precisamente, la falta de ejercicio físico y el sedentarismo. Este hábito está asimismo relacionado con factores de riesgo de enfermedades coronarias. E incluso otras dolencias sin relación aparente con el estilo de vida pueden estar, sin embargo, relacionadas con él. La siguiente cita de Armstrong (1981) resulta ilustrativa: "Los escasos tipos de cáncer en los que la causa es conocida, todos tienen su origen en el comportamiento o el hábito" (citado por Bayés, 1983, p. 93).


Numerosos trabajos (ver Biddle, 1993; Blasco, 1994; Krantz, Grunberg y Baum, 1985; Toro, 1996; Weinberg y Gould, 1995), confirman los aspectos beneficiosos de la práctica deportiva sobre la salud biológica. Como informa la Federación Española de Medicina del Deporte (FEMEDE, 2000):

"Cada vez existen más estudios que destacan los beneficios del ejercicio en la prevención de las enfermedades del corazón, de la hipertensión, de la diabetes, de la osteoporosis, el cáncer, la depresión [sic] y la obesidad. Sin embargo, cerca de una cuarta parte de la población de EE.UU. es sedentaria mientras que un tercio tiene sobrepeso" (s/p).


El mantenimiento de estilos de vida activo influye positivamente sobre:

- el funcionamiento del sistema locomotor;

- la prevención, mejora y rehabilitación de enfermedades cardiovasculares;

- el control del peso;

- las adicciones al alcohol, tabaco y otras sustancias tóxicas;

- Toro (1996). incorpora efectos benéficos sobre la osteoporosis, diabetes, trastornos crónicos dorsolumbares y lesiones deportivas;

- en pacientes con dolencias pulmonares, la actividad deportiva aumenta la sensación de bienestar y la tolerancia al ejercicio y disminuye las sensaciones de ahogo y de fatiga.

- para los individuos con enfermedades cardiovasculares constituye un elemento habitual de los tratamientos, constituyéndose como un foco central en la rehabilitación y aportando beneficios en un amplio muestrario de formas: en los meses inmediatos tras un infarto capacita a los enfermos, les da seguridad para afrontar una vida normal y, posteriormente, prevendrá el riesgo y aumentará la fuerza cardiovascular ayudándoles a cambiar el estilo de vida (Shumaker, Schron y Ockene, 1990).


Como hemos mencionado, para que se produzcan efectos fisiológicos beneficiosos, el ejercicio ha de reunir una serie de características en cuanto a su duración -al menos 30 minutos- su intensidad -moderada: entre el 60% y el 85% del ritmo cardíaco máximo- y su frecuencia -entre 5 y 7 días a la semana- (FEMEDE, 1995; Weinberg y Gould, 1995).
La necesidad de ejercicio no disminuye con la edad, hay indicios de que muchas de las enfermedades y discapacidades de la vejez se deben a la actividad habitual, más que al proceso de envejecimiento en sí; la vida sedentaria es un importante factor que contribuye a una mala salud y a una mortalidad precoz innecesaria (Comité de la OMS/FIMS). El enlentecimiento del proceso de envejecimiento, no sólo puede prolongar la vida -si bien éste es un efecto que no necesariamente se logra- sino que, esto sí, mejora la calidad de los años vividos; las personas que practican ejercicio físico prolongadamente mantienen más tiempo la forma física y previenen o retardan el desarrollo de ciertas enfermedades.


Para los ancianos, una programación de ejercicio físico de 30 minutos, 3 días a la semana durante 3 años, tiene efectos similares a los de la vitamina D, ya que no sólo previene la pérdida de minerales, sino que aumenta la concentración de éstos en los huesos (Toro, o.c.). Además de estos beneficios, el ejercicio aumenta la circulación cerebral vascular, manteniendo las facultades cognitivas, la memoria; mejorará la motricidad, ya que las fuerzas aumentan o, en su defecto, disminuyen más lentamente las capacidades; disminuye la ansiedad y la depresión post-jubilación. En este segmento de población, donde la sensación de soledad puede ser, en ocasiones, relevante, la práctica de actividades programadas y dirigidas facilita nuevas relaciones sociales, nuevos círculos de amistades o, en cualquier caso, el mantenimiento de los actuales.
Pero quizá el factor de salud -en su faceta inmediata y estética- que constituye uno de los motivos más expresamente manifestado por quienes comienzan a hacer ejercicio físico es el control del peso (vid. infra). La obesidad es consecuencia del sedentarismo -a la vez que de hábitos alimenticios inadecuados- pero, a su vez, influye en la inactividad física. Sin embargo aquí es donde tales personas sufren unas de las mayores decepciones, pues no siempre elejercicio físicoproduce disminución de peso, sino incluso un ligero aumento, debido a que junto a la disminución de grasa se puede producir un incremento de la masa muscular. Lo que sí suele ocurrir es una disminución volumétrica en determinadas zonas corporales que suponen acúmulos de grasa. Dicho en términos más coloquiales, como consecuencia del ejercicio una persona puede comprobar al pesarse que la báscula marca más pero, si se prueba un pantalón es posible que le venga bien una talla o dos menos de lo que solía. Y, sobre todo, sí es verdad que, aunque elejercicio físicono trajera como consecuencia una pérdida de peso o volumen, el sedentarismo sí acarrea un claro aumento de la obesidad.


Llegados a este punto, cabría pensar ¿no es esto un terreno demasiado médico o incluso puramente relacionado con la AF?, ¿qué tiene que ver la psicología con todo esto?, ¿en qué manera pueden afectar al trabajo profesional del psicólogo estas cuestiones? La respuesta tiene dos vertientes. Si revisamos lo expuesto, en su mayoría estamos hablando de hábitos, y el hábito es una de las unidades de estudio y análisis de la psicología: su interpretación, su explicación, su modificación son competencia y parte de la práctica profesional del psicólogo. En este sentido, la decisión de si a un paciente le conviene o no hacer ejercicio, puede ser decisión del médico; el tipo de ejercicio físico que debe realizar puede ser un asunto que competa al propio médico y al especialista en educación física; la realización de los ejercicios prescritos puede ser ayudada o supervisada por un monitor o un fisioterapeuta; y así con algún otro profesional. Pero que el individuo haga realmente y de forma mantenida ejercicio físico es una cuestión que puede estar relacionada con aspectos tales como la motivación, las expectativas, la reestructuración y reorganización de planes vitales, los objetivos, la toma de decisiones, el cambio de comportamiento y el establecimiento de nuevos hábitos de vida, la adquisición de compromisos, la adherencia a la práctica del ejercicio, y otros muchos aspectos de marcado carácter psicológico. Por otra parte hemos de tener en cuenta los aspectos negativos que se derivan de algunos de los trastornos físicos mencionados, como pueden ser el temor a las consecuencias de la propia enfermedad, los sentimientos de desvalorización, si el trastorno incapacita para actividades anteriormente posibles, el deterioro del autoconcepto y la disminución de la autoestima, el posible cambio en las relaciones sociales -familia, trabajo, amistades- o los parámetros estéticos y/o funcionales -como los derivados de la obesidad o las secuelas de accidentes. El ajuste de la persona a las nuevas condiciones de vida, la eliminación de planteamientos irracionales, la potenciación de lo que se tiene frente a lo que no se tiene, etc., son tareas en las que la psicología puede aportar procedimientos de mejora cuya eficacia está relativamente bien contrastada.
Beneficios sobre la salud psicológica
Las relaciones -generalmente malinterpretadas- entre "lo" físico y "lo" mental, han sido negativamente ejemplificadas a lo largo de la psicología postaristotélica por el pensamiento dualista que caracteriza a la psicología a lo largo de casi toda su vida, sintetizado antes por expresiones como el cuerpo y la mente, lo físico y lo espiritual, etc., y más modernamente por mente y conducta, conducta y cognición, cerebro y conducta e, incluso, neuro-psicología. Todas estas formulaciones incurren, como es sabido, en -como diría Ryle (1949)- dos errores categoriales: el uno, suponer que en el ser humano, lejos de ser un todo, coexisten dos esencias o naturalezas: lo que antes denominé "lo" físico y "lo" mental; el segundo error, considerar además que ambas naturalezas están jerárquicamente relacionadas, de forma que la una gobierna la otra. Por lo general se piensa -sobre todo entre los psicólogos- que es la mente la que gobierna al cuerpo, aunque otros profesionales o incluso practicantes habituales de deportes no dirían que siempre ocurre así. La famosa expresión mens sana in corpore sano refleja que el cuerpo es, cuando menos, una condición para lo mental. Sin embargo, el ser humano es un todo único, integral, y son los científicos quienes lo parcelan para su estudio desde los respectivos puntos de vista. Un deportista, llevando a cabo una determinada acción -por ejemplo, un salto de altura- puede ser analizado desde la Física, la Química, la Biología, la Psicología o la Sociología. Pero el individuo que salta es uno solo, un ser integral, no un rompecabezas. Cada disciplina estudia al mismo individuo pero desde una perspectiva diferente: aquélla que constituye su objeto de estudio particular.


Una idea general se ha instalado en nuestro contexto profesional y social: la práctica del ejercicio físico es beneficiosa para la salud mental. Con una encuesta de población llevada a cabo en EEUU y Canadá sobre 56.000 sujetos, Stephens (1988) llevó a cabo 32 tipos de análisis, encontrando que 25 de ellos revelaban que las personas creían en una asociación positiva entre AF y salud mental. El constructo salud mental fue definido por el autor como la presencia de un estado de ánimo positivo y de la sensación de bienestar general así como la baja frecuencia de síntomas de ansiedad y depresión. No obstante, critica Biddle (1993), estudios de este tipo -gran cantidad de los cuales son meramente correlacionales- si bien patentizan alguna relación entre salud mental y ejercicio, no permiten dilucidar si la salud mental procede de la práctica del ejercicio físico o es anterior a éste. Las meras correlaciones no son suficientes para detectar relaciones causales. De los 32 análisis llevados a cabo por Stephens (o.c.) en este sentido, 25 de ellos permiten establecer la viabilidad de una conexión entre el ejercicio físico y el bienestar psicológico, en tanto los otros 7 no la muestran. Otras investigaciones se limitan a mostrar un estado de opinión acerca de las propias creencias y/o sensaciones.

Autores como Biddle (1993), Carter (1977), Márquez (1995), Morgan (1985) o el propio Stephens (o.c.), recogen el hecho de que la mayoría de las personas que practican algún ejercicio o deporte informan de que se sienten mejor (bienestar psicológico) en relación con quienes no lo hacen. Estudios más controlados han encontrado mejoras o incrementos en aspectos tales como el nivel de actividad, la autoimagen y el autoconcepto, la autoconfianza y la sensación de control, la estabilidad emocional, el funcionamiento intelectual, e incluso el rendimiento en campos tan diferentes como el académico, el laboral o el sexual; las relaciones sociales, las conductas cooperativas, el seguimiento de normas, el establecimiento de la autodisciplina, etc., también se veían favorecidas por la actividad física. Del mismo modo se produjeron descensos o alivios en relación con los niveles de ansiedad, estrés, depresión (vid. infra).


Por la vía del fomento de comportamientos o condiciones incompatibles o favorecedoras, otros aspectos se ven mejorados. Así aspectos tan diferentes como las conductas adictivas, la tensión y algunos tipos de cefaleas, el aislamiento social, o el absentismo laboral, pueden descender de manera asociada a la práctica de ejercicio físico.
Stephens (1988) concluyó, tras una serie de mediciones, que el ejercicio se asocia con la salud mental, entendida como un estado de ánimo positivo, bienestar general y síntomas relativamente infrecuentes de ansiedad y depresión. La tradición psicológica clínica ha hecho que los conceptos más significativos investigados en el ámbito de las relaciones entre deporte y salud mental sean, precisamente, los de ansiedad, depresión y estrés. Veamos algunas aportaciones en relación con los mencionados trastornos.
Ansiedad

En este terreno los trabajos realizados -de los que Petruzzello Landers, Hatfield, Kubitz, y Salazar, (1991) estudiaron, a través de un meta-análisis, 104 de ellos- permiten concluir que los efectos del ejercicio sobre la ansiedad se concretan, en general, en un descenso de los niveles, con aspectos diferenciales entre la llamada ansiedad estado (AE) y la ansiedad rasgo (AR). La comparación de algunos parámetros respecto de ambos constructos revela que:

1) El descenso es pequeño en la AE y moderado en la AR.

2) Los efectos sobre la AE son similares tanto a corto como a largo plazo, mientras que los efectos sobre la AR son mejores a largo que a corto plazo.

3) El ejercicio físico influye sobre la AE de manera parecida a como lo hacen otros tratamientos, pero produce mayor beneficio que dichos tratamientos sobre la AR.

4) El ejercicio aeróbico va mejor que el anaeróbico tanto para la mejora de la AE como de la AR, si bien Blasco (1994), afirma que los efectos a largo plazo sobre la AR no son claros.


Los efectos parecen ser más destacados cuanto mayor, o más patológico, es el nivel de ansiedad de los sujetos (Weinberg y Gould, 1995), aun cuando no se ven afectado por factores de edad (al menos dentro de unos límites) ni de género (Petruzzello et al. 1991). También se ha hallado que los niveles de ansiedad se ven reducidos cuando se compara el antes y el después de la realización de una actividad física (por ejemplo, nadar). En cuanto a esto último, hay que señalar que dichos efectos suelen ser pasajeros, recuperándose los niveles previo al ejercicio en un período que oscila entre las 2 horas (Raglin y Morgan, 1987) y las 6 horas (Seeman, 1978).
Depresión
La metodología empleada en este tipo de estudios se caracteriza por tratar con uno o varios grupos, sometidos a alguna forma de EF, más un grupo control (no siempre) que no lo practica; los sujetos son asignados a los grupos bien de forma experimental, bien porque los constituyen de forma natural; las comparaciones se efectúan con base en algún índice (BDI, POMS, o algún otro cuestionario).


Los estudios particulares, así como los trabajos de revisión que los contemplan -especialmente los de North, McCullagh y Tran (1990) y Martinsen (1994)- permiten deducir que, en general, el ejercicio físico mejora la depresión y los trastornos asociados evaluados en términos de la puntuación en cuestionarios de depresión. Entre las conclusiones se destaca que el ejercicio aeróbico es mejor que la ausencia de tratamiento y que no se diferencia de otras modalidades terapéuticas, incluyendo las diferentes formas de psicoterapia. Martinsen (o.c.) otorga al ejercicio físico una gran eficacia preventiva frente a la depresión, y North, McCullagh y Tran (o.c.) mostraron que el ejercicio, ya sea aeróbico o anaeróbico, tiene un efecto positivo para la reducción de aquélla. Debemos matizar, con Blasco (1994), que estos efectos son más claros en sujetos depresivos leves o moderados que en severos.
Estrés
La conclusión más general y unánime que se deriva de las investigaciones realizadas en este sentido viene a ser que el ejercicio físico actúa como un amortiguador del estrés en los niveles biológico y psicológico. El estrés hace referencia, en la línea de Lazarus y Folkman (1984) a la incapacidad percibida por el individuo respecto a los recursos propios disponibles para hacer frente a una determinada situación que el propio sujeto evalúa como desbordante. Ello da lugar a reacciones de tipo fisiológico y psicológico caracterizadas por un elevado nivel de activación, irritabilidad, temor, inseguridad, ansiedad, claridad de razonamiento disminuida, etc. El ejercicio parece ser una buena ayuda a la hora de combatir el estrés en tanto reduce los niveles de activación, propiciando la mejora de las condiciones de afrontamiento de la situación estresante.
En el nivel de la investigación empírica, los estudios se han llevado a cabo con diversas clases de deportes y deportistas, siendo los resultados similares en todas las ocasiones. Norris, Carroll, y Cochrane (1992) concluyen, sobre una muestra de 147 adolescentes, que el ejercicio se asocia con menor estrés subjetivo y con niveles más bajos de sintomatología depresiva. En situaciones de estrés, el ejercicio físico aeróbico realizado 2 veces por semana, durante 10 semanas, reducía significativamente la relación entre estrés y el conglomerado emocional ansiedad-depresión-hostilidad. El propio Norris (1990), en un trabajo previo con adultos, concluía que el ejercicio físico puede moderar el impacto psíquico de los acontecimientos vitales estresantes.
Pero, ¿qué aspecto del ejercicio físico es el que causa realmente estos efectos? Hay dos hipótesis principales: la biológica y la psicológica.
a) Mecanismos biológicos. Tienen que ver con:

- la liberación de endorfinas (opiáceos internos que producen sensación de bienestar),

- los cambios en la tensión muscular (sensación de relajación),

- el fortalecimiento muscular (posible influencia positiva en autoimagen),

- la mejora de la condición física y de la capacidad de trabajo (que posibilita nuevas actividades con menor fatiga y mayor vigor).
b) Mecanismos psicológicos. Implican:

- la mejora en la autoestima,

- la satisfacción derivada de la sensación de dominio y maestría de la tarea deportiva (lo que puede producer incrementos en la autoeficacia percibida y en la propia sensación de capacidad),

- la interrupción del estrés y la ansiedad que actuaría como un descanso (Morgan y O'Connor, 1988) o "tiempo muerto" (Weinberg y Gould, 1995), durante el cual el individuo no está pensando en los elementos ansiógenos; es como si, transitoriamente, pudiera sustraerse a las circunstancias estresantes.

Con respecto a este último punto, hay estudios que comparan, por ejemplo, los efectos ansiolíticos del ejercicio físico, ciertas formas de psicoterapia, la meditación o el mero descanso (cfr. Weinberg y Gould, o.c.), concluyéndose de ellos que el ejercicio físico produce tan buenos efectos como el que más, con la particularidad de que si el ejercicio se convierte en un hábito, la mejoría tiende a mantenerse. Independientemente de la educación y del estado de la salud física, el beneficio parece ser mayor en las mujeres y en las personas de 40 años o más. Mas, ¿y si estuviéramos frente a un efecto placebo?. Desharnais, Jobin y Cite (1993), se plantean esta pregunta e investigan a un grupo de 48 jóvenes durante 10 semanas, dividiéndolos en dos grupos. Al Grupo 1 se le comunica que seguirán un programa destinado a mejorar el bienestar psicológico, al Grupo 2 no se le dice nada. Los resultados reflejaron que la autoestima del G 1 mejoró significativamente, mientras que la del G 2 no lo hizo. Por otra parte, los efectos antidepresivos son evidentes antes de que aparezcan los cambios en la condición física, por tanto no podemos afirmar que se deba a ésta; más bien destacaremos que el ejercicio, por sí mismo, puede ser una experiencia afectivamente positiva, que ayude a romper el ciclo de estado de ánimo negativo y de pensamientos negativos propios de la depresión y que favorezca los sentimientos de autoeficacia a través de la adquisición y dominio de ciertas habilidades. El ejercicio físico, asimismo, facilita el establecimiento de contactos sociales (Simons et al., 1985; citado en Antonuccio, War y Tearnan, 1989).


Otros posibles beneficios
La práctica deportiva modera también la intensidad de otros estados emocionales, como cólera, disgusto, tristeza, hostilidad, miedo, rabia, vergüenza, culpabilidad, etc., y ejerce un efecto antidepresivo general, siempre y cuando se realice de forma constante (Morris et al., 1990).
En otro orden de cosas, se ha hipotetizado acerca de la posible influencia del ejercicio físico sobre la actividad cognitiva y el rendimiento intelectual, y si tales efectos serían a corto o a largo plazo, así como sobre qué áreas o procesos cognitivos. Los resultados son poco concluyentes , aunque los efectos observados parecen ser, en general, beneficiosos. La influencia, posiblemente, se ejerza de forma indirecta, a través, o a partir, de otras áreas directamente afectadas, como el incremento de la actividad, la mejora de la forma física y la salud general, el incremento en la atención y en la motivación, el establecimiento de ciertos hábitos de trabajo y de organización del tiempo, etc.
En el terreno educativo, la realización de ejercicio físico en los períodos de escolaridad tiene -según Toro (1996)- efectos beneficiosos sobre el autocontrol, la autodisciplina, el seguimiento de instrucciones y reglas, el respeto hacia el rival, y la perseverancia. (En otros lugares -Caracuel, 1993; 1996; Caracuel y López-Sánchez, 1994; López-Sánchez y Caracuel, 1994- hemos explicado estos aspectos con mayor detenimiento).


Finalmente, señalemos que la práctica deportiva, durante los últimos años, está ocupando un espacio importante en la prevención de conductas no deseables -toxicomanías y delincuencia juvenil- y en la reinserción social del delincuente. La práctica de algún ejercicio supone tener el tiempo ocupado; al mismo tiempo, exige una buena condición física, incompatible con hábitos malsanos: fumar, beber alcohol o no dormir lo suficiente. En definitiva, exige cuidarse y preocuparse por la salud. La práctica deportiva es una tarea relativamente fácil, donde el progreso se observa rápidamente, plausible si se pretende aumentar el sentimiento de autoeficacia y la autoestima. El conocimiento de otras personas, la integración en un grupo de ciudadanos no adictos, el aprendizaje del respeto a las normas, o a los bienes comunes e instalaciones, significan para esta población una oportunidad para integrarse socialmente.
Perjuicios que puede acarrear la práctica deportiva
El deporte está considerado como signo de civilización y buen indicador de la calidad de vida alcanzada por los ciudadanos de cualquier nación. Los países más ricos invierten parte de su presupuesto en difundir la práctica deportiva y en la creación de la estructura necesaria para que sus atletas les representen destacadamente en competiciones internacionales. Los intereses políticos o económicos que acompañan, en muchas ocasiones, a la competición deportiva, acarrean el peligro de que se sobrepase la dosis equilibrada de ejercitación, en busca de un rendimiento mayor. Una aplicación inadecuada o el abuso en los entrenamientos, al que se ven sometidos un gran número de promesas y atletas de élite, puede generar efectos indeseables para la salud, tanto física como psicológica (Lagardera, 1990).
La adicción negativa al ejercicio, es una muestra de cómo una práctica deportiva mal enfocada puede provocar efectos perjudiciales. Está caracterizada por una insistencia en practicarlo diariamente, como si en ello fuese la vida. Cuando se imposibilita la práctica y el mantenimiento del ejercicio físico, aunque esté contraindicada por motivos sociales o médicos, se suelen experimentar síntomas de abstinencia, tales como irritabilidad, ansiedad y depresión (Morgan, 1979). Morris, Steinberg, Sykes y Salmon, (1990) estudiaron el comportamiento de 400 corredores habituales -separándolos en dos grupos- durante 6 semanas; el grupo dos interrumpió la práctica deportiva durante las dos semanas intermedias, apareciendo, tras la exploración, sintomatología depresiva significativamente superior al grupo uno; también aparecieron síntomas somáticos, mayor ansiedad, insomnio y tensión.


En el deporte de rendimiento, las exigencias para la persona que lo practica son muy fuertes. Se sumerge en un mundo con una altísima competitividad, donde las diferencias entre marcas pueden llegar a medirse en milésimas de segundo. El trabajo se efectúa con herramientas de alta tecnología y a veces se utilizan artimañas de todo tipo, situando en primer lugar la consecución de un resultado determinado. Aparecen presiones, deportivas, económicas o sociales, que se traducen en la necesidad de ganar siempre, de ser el primero. La retirada del deportista de élite plantea nuevos problemas, ya que muchos no afrontan una jubilación que, en muchas ocasiones, ocurre a la edad en que cualquier ciudadano comienza su carrera profesional.
Las lesiones son la pesadilla de cualquier deportista de élite. Provocadas a través del contacto con objetos, por el tipo de práctica (boxeo), la ejecución de ejercicios inadecuados para la edad del deportista o por un mal calentamiento (Blasco, 1994). Son más frecuentes en deportistas con malas estrategias de afrontamiento de estrés unidas a ciertas características de personalidad (Williams, 1991). La lesión implica: preocupación por el estado físico en que se quedará tras la recuperación; miedo a que otro deportista ocupe un lugar caro en el equipo y el planteamiento de la continuidad o el abandono del deporte. Pero también los practicantes ordinarios pueden -y suelen- verse afectados por lesiones y otros tipos de trastornos, debido en numerosas ocasiones a una preparación inadecuada o condiciones físicas poco apropiadas. Así los deportistas "de fin de semana", que durante el resto de los días apenas ejercitan actividad física, se encuentran en sobrepeso, tienen unos hábitos alimenticios poco recomendables, no calientan ni estiran antes de los partidos, tienen problemas de salud, o realizan un tipo de ejercicio contraindicado para su edad o sus circunstancias, pueden sufrir toda una gama de accidentes que van desde la lesión muscular hasta el infarto, pasando por las fracturas, problemas sensoriales -visión, audición- y otras dolencias. Igualmente, aquellas personas de todo tipo que llevan a cabo ejercicio físico y deporte al aire libre, corren determinados riesgos, como caídas, accidentes de tráfico, enfriamientos, insolaciones, etc. Por todo ello, conviene tomar las precauciones lógicas a fin de que la actividad física sea realmente beneficiosa y no tenga efectos secundarios no deseados.

La competencia entre diversas naciones en el ámbito del deporte de rendimiento ha provocado que en modalidades deportivas -la gimnasia es un buen ejemplo- donde se valoran cualidades físicas extraordinarias en la infancia, se desarrollen sesiones de entrenamiento muy intensas desde edades muy tempranas. En Gran Bretaña el 11% de los niños entre 5 y 15 años ha estado sometido a algún género de entrenamiento intensivo; cualquier joven promesa en gimnasia que cuente entre 6-12 años debe entrenar intensivamente de 10-15 horas semanales, a lo que se añade la imposibilidad de realizar actividades propias de los niños y niñas de esta edad. Efectivamente, destacar en algún deporte proporciona prestigio, pero al mismo tiempo les restringe la vida social (oportunidades y círculo de amistades). Situemos en una balanza los beneficios y los perjuicios y reflexionemos. En muchas ocasiones, observamos comportamientos indeseables por parte de algunos deportistas de élite, que exhiben un pobre abanico de habilidades sociales y en algunos casos tendencias antisociales (Rowley, 1987). Estos comportamientos llevan un peligro añadido; la mayor parte de las investigaciones psicológicas que se han realizado sobre el efecto de la contemplación de modelos de deporte mantienen que ver la filmación de un modelo agresivo hace aumentar las tendencias agresivas del espectador (Leith y Orlick, 1993).
Los padres juegan un importante papel en estos casos; si el niño o la niña destacan, asumen personalmente esa meta, perseguida vicaria y obsesivamente. Estas expectativas, trasladadas al adolescente, provocan el planteamiento de objetivos desmesurados que, casi siempre, conducen al desarrollo de ansiedad, perfeccionismo, obsesión, actitudes competitivas recelosas y aún paranoides. El estrés les lleva a evitar los entrenamientos y la competición, a las quejas somáticas, trastornos gastrointestinales y pérdida de apetito; los sentimientos negativos pueden conducir a la depresión y a la sensación de fracaso si no se alcanzan las metas (Coddington y Troxell, 1980).
A pesar de los inconvenientes que citamos, el calificativo de saludable que acompaña al concepto de deporte, se mantiene casi intocable. Si pretendemos que la práctica deportiva produzca efectos beneficiosos en la salud, tanto biológica como psicológica, habrá que planificarla de forma que reúna una serie de requisitos, como la regularidad. Como ya vimos, lo más aconsejable es practicar como entre 5 y 7 días a la semana (mínimo 3), entre 30 y 60 minutos, con una intensidad moderada, y planteándose esta actividad, no como una competición, sino como una diversión. En el ámbito del deporte de rendimiento habrá que adecuar los niveles de exigencia a las condiciones y capacidades del deportista, de forma que se consiga el mejor desarrollo y equilibrio psicológico del individuo, lo que no resulta fácil porque choca con muchos de los intereses que hemos mencionado. Asimismo, es conveniente tener entre los objetivos que nos llevan a realizar ejercicio otros distintos a los del mantenimiento de la salud, como por ejemplo divertirse o encontrarse con los amigos (Blasco, 1994).
Motivos que influyen en la práctica de ejercicio físico

Como se apuntó más arriba, si bien no hay un motivo único para la práctica deportiva, la pérdida y/o control del peso es uno de los motivos más frecuentes en la iniciación (sobre todo) y en el mantenimiento de un cierto grado de actividad físico-deportiva. Davis, Fox, Cowles et al. (1990), sobre una muestra de 112 mujeres estadounidenses, comprobaron que el principal motivo de éstas para practicar deporte era la preocupación por el peso y la alimentación. Motivos similares encuentran McDonald y Thompson (1992), en una muestra de 100 hombres y 91 mujeres, incluyendo la mejora del tono muscular y del atractivo personal; hay que destacar que la preocupación por el peso predominaba, en este trabajo, en la población femenina. Otros motivos incluyen el mero placer de hacer ejercicio físico, el mantener un buen estado de forma, o el deseo de pasar un rato divertido, frecuentemente en compañía de otras personas (García Ferrando, 1991). Las diferentes motivaciones varían en función de edad, sexo, nivel de estudios, situación laboral, estatus económico, etc., de los participantes. El perfil prototípico de las personas que tienden a seguir un programa de ejercicio físico para estar en forma es el de jóvenes varones con un nivel de estudios alto, altos ingresos, profesional liberal o relacionado con el mundo de los negocios (Yates, 1991).
Una distinción importante, desde el punto de vista temporal, debe hacerse en cuanto a los diferentes motivos que llevan a una persona a iniciarse en una actividad físico-deportiva, a mantenerse practicándola o aquéllos que le hacen abandonar. Una persona puede comenzar un programa de ejercicio físico porque alguien le ha comentado que es beneficioso, o que así perderá peso, o que adquirirá mejor forma física, por ejemplo. Pero el perseverar o no dependerá de si se logran o no esos objetivos, de la relación entre costo -en términos de esfuerzo, tiempo, dinero, etc.- y beneficios obtenidos en diversas facetas, o del clima humano que encuentre en su participación, por ejemplo. Vemos, a continuación, algunos de los motivos que inciden en los distintos momentos citados (Blasco, 1994; Caracuel, 1996; López y Caracuel, 1994; Márquez, 1995; Weinberg y Gould, 1995).
a) Inicio: Algunos factores favorecen el que los individuos comiencen a ejercitarse; entre ellos, el ya mencionado del control del peso, mejorar la forma física, mantener o mejorar la salud, mejorar el aspecto físico general, o la mera diversión. Por el contrario, otras circunstancias dificultan dicho comienzo, como la edad, las limitaciones físicas, el estatus de salud, la falta de tiempo, la sensación de cansancio, la poca fuerza de voluntad, o la carencia de instalaciones cercanas y/o adecuadas. Como salta a la vista, entre los motivos que dificultan hay, la mayoría de las veces, más excusas que verdaderas razones o, como apuntan Weinberg y Gould (1995), es una cuestión de prelación, pues todo el mundo tiene tiempo para tomar una cerveza, o leer el periódico.


b) Mantenimiento: Como es sabido, muchas son las personas que inician a lo largo de su vida actividades de muy diversa naturaleza, pero son muy pocas las que -por distintas razones- se mantienen en ellas. Y ello porque, como se apuntó, no es lo mismo lo que nos lleva a iniciar algo -generalmente un motivo instigador- que lo que nos hace perseverar; esto último tiene que ver con las contingencias naturales y sociales derivadas de nuestra actividad. En esta línea, encontramos algunos elementos y circunstancias que favorecen y otros que dificultan la continuidad en la práctica del ejercicio físico sistemático. Entre los primeros, las capacidades físicas de la persona, su estatus de salud (conservación y/o prevención), el obtener experiencias gratificantes y estados emocionales positivos, contar con apoyo social (cónyuge, compañeros), que haya cohesión grupal o de equipo entre los participantes, y que haya una infraestructura adecuada (y cercana). En cambio, ciertas bandas de edad (en función de la actividad física en concreto), el encontrarse en sobrepeso, las sensaciones de fatiga, insatisfacción y/o incomodidad, los problemas emocionales, los hábitos nocivos (como por ejemplo, fumar), la falta de tiempo o de interés, las expectativas no reales (por ejemplo, perder mucho peso rápidamente), las obligaciones familiares / laborales, la falta de información sobre qué ejercicios hacer, cómo llevarlos a cabo, con qué objeto se hacen, qué efectos tienen, etc., y, finalmente la falta de instalaciones cercanas o apropiadas actúan en contra de la constancia y propician el abandono.
Algunas directrices para favorecer la práctica
Pero, como ya dijimos, el papel del psicólogo no es conformarse con la realidad tal como se nos presenta, sino intervenir sobre ella para tratar de mejorarla. Podemos establecer ciertas estrategias motivacionales para favorecer la adherencia al ejercicio físico. Cruz (1994), señala que la iniciación y mantenimiento de programas deportivos será más fácil si se cumplen estas condiciones (p. 15):

  1. los participantes establecen sus propios objetivos, de una manera flexible;

  2. el programa se lleva a cabo en grupos reducidos y en un lugar cercano a casa o al trabajo;

  3. la intensidad del ejercicio se adapta a las posibilidades de los participantes; y

  4. los participantes reciben reforzamiento social, tanto de sus familiares como de las personas que dirigen el programa y de los compañeros que participan en el mismo"

A ello podríamos añadir, enfatizar más en la ejecución que en los resultados, planificar un programa sistemático de establecimiento de objetivos, plantear ejercicios variados, evitar experiencias negativas, generar expectativas elevadas pero alcanzables, fomentar la competencia (con uno mismo más q0ue con los demás), el elogio justificado del esfuerzo y de la actitud (más, y/o no sólo, que el resultado). Todo ello contribuye a mejorar la adherencia y a que el individuo desarrolle una práctica deportiva coherente con su significado.


Finalmente, mencionemos que se ha encontrado una relación positiva entre la realizacion de ejercicio y ciertas características -de distinta índole- de los sujetos, tales como el conocimiento de las relaciones entre ejercicio físico y salud, la historia previa de ejercicio, la composición corporal (atlética), el nivel socioeconómico (elevado), un nivel de estudios alto, la edad (relación inversa), o el sexo (menor ejercicio en las mujeres), o los motivos que le llevaron a iniciarse en el ejercicio físico, así como -en otro orden de cosas- que la intensidad de éste sea moderada.

Como psicólogos nos interesa estudiar las relaciones entre diferentes estilos de vida y salud; conocer cuáles son los riesgos de un estilo de vida sedentario y cuáles los beneficios de un estilo de vida activo; informar sobre estos beneficios a la población, popularizarlos, a través de los canales adecuados. Nuestra intervención habrá de dirigirse a implantar de forma eficaz las pautas de ejercicio físico adecuadas para cada tipo de población (Blasco, 1994). El trabajo de los profesionales de la Psicología del Deporte en los organismos con competencias en la promoción de la actividad física y el deporte, y en la promoción de la salud, se hace cada vez más necesario. El apoyo a los clubes para la organización de sus recursos humanos; el reconocimiento de los motivos que llevan a los ciudadanos a desarrollar actividades deportivas espontáneas con el propósito de encauzarlas; el asesoramiento sobre las condiciones que deben cumplir los programas destinados a segmentos de población con hábitos sedentarios; son algunas de las tareas que el psicólogo del deporte está preparado para realizar. En este ámbito -y no sólo en el deporte de rendimiento, como señalan García Barrero y Llames (1996)- "será imprescindible 'saber de psicología' y conocer 'el mundo del deporte' (ese famoso y peculiar mundo del deporte)" (p. 30).





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1 jccaracuel@us.es

Facultad de Psicología, Universidad de Sevilla

Departamento de Psicología Experimental

Camilo J. Cela, s/n



41018 Sevilla

2 Parte de este trabajo fue presentado en las I Jornadas de Psicología del Deporte y la Salud. Orense, 12-14 de Enero de 2001.







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