Capítúlo Octavo el sacrificio


b) Cuándo se ha vuelto interesante



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b) Cuándo se ha vuelto interesante.

¿Cuándo comienza el sacrificio a convertirse en valor? Un valor es aquello que vale la pena; la palabra valor relaciona lo efímero —el tiempo efímero, la circunstancia efímera—con su destino, y por eso deja de ser efímero, ya no pasa: vale la pena. Valor quiere decir que vale la pena y vale la pena lo que no pasa, lo que no es inútil y, por consiguiente, permanece, es decir, lo que te conecta con tu destino, porque es la palabra destino la que domina soberanamente en todas partes, en cualquier lugar, en cada pelo, en cada fibra del corazón.


¿Cuándo deja el sacrificio de ser algo intolerable, incomprensible, «bestial», y se convierte en valor? A vuestro juicio, ¿cuándo?
Cuando es un acto de amor.
¡Bah, eso es una bonita flor al aire!
Cuando es un acto libre.
¡Un acto libre es también un puñetazo que te hace un moratón en un ojo!
Cuando se hace con un objetivo. Cuando se hace por otro.
Eso sí, nos hemos acercado: «Cuando se hace por otro». Pero no es una razón, porque el otro desaparece como desaparecen las hojas secas del otoño. Las hojas desaparecen, también las flores desaparecen, y el otro desaparece: si vas a verle cinco días después a su casa, huyes, por varios motivos. «Hacer por otro» tiene un objetivo, puede ser algo bueno, pero triste; una cosa buena y triste. ¡Cuando paso por Redipuglia y veo allí las decenas de millares de soldados muertos, muertos «por la patria»! La guerra tenía un objetivo, aunque ellos no lo quisieran, pero había un objetivo; un objetivo que nos impulsaría a hacer pedazos a quienes les mandaron a la guerra para que los mataran.

El sacrificio vale la pena cuando se hace por «algo distinto» que no se marchite como las hojas de otoño, que no se corrompa como un hombre al morir; algo diferente que desafíe el tiempo, algo que se vuelva más bello con el tiempo, que resista, y que, de este modo, te haga resistir también a ti. En caso contrario es algo «bestial» o, con palabras menos juveniles, triste; pero triste en el peor sentido del término, amargo. Bueno, ¿no me dicen nada más? Estas son las cosas más gordas de la vida... La gente va al bar que hay aquí delante a beber un vaso de vino y es la única satisfacción que tienen en su jornada, o tal vez, se pasean del brazo juntos por el campo durante una o dos horas, y eso es todo. Todo es arrastrado por un viento terrible que vacía cada cosa, que la convierte en nada; un viento tan fuerte, tan vencedor que lo anula todo.

Históricamente, la palabra sacrificio comenzó a convertirse en una palabra grande desde que Dios se hizo hombre... Nació de una joven mujer, fue niño, caminaba con pequeños pasos, y luego empezó a hablar (hablaba en hebreo), y más tarde comenzó a ayudar a su padre que trabajaba de carpintero, y finalmente se hizo mayor y empezó a marcharse de casa sin que su madre comprendiera por qué; decía: «Me voy»; y ella respondía: «Vete» y no sabía por qué... Luego oía que gritaban en la plaza, eran muchos quienes gritaban contra él porque había hablado, algunos lloraban y muchos otros, en cambio, estaban llenos de rabia contra él. Luego volvía a casa triste y su madre no se atrevía ni siquiera a decir: «¿Por qué? ¿Qué ha pasado? Pero, ¿qué has dicho?». Puede ser que alguna vez se lo preguntara, aunque comprendía que era inútil preguntarle, porque no hubiera entendido tampoco ella... Comenzó a hablar al pueblo, éste parecía seguirlo cuando realizaba gestos extraños (o milagros); pero al día siguiente lo había olvidado —Él estaba allí solo—y por eso crecía el número de los que estaban contra él, hasta que, finalmente, lo apresaron y lo mataron.

Desde que Dios se hizo hombre y desde que mataron a aquel hombre... Clavado en una cruz gritó: «Padre, ¿por qué me has abandonado?» —que es el grito de desesperación más humano que se haya escuchado jamás vibrar en el aire de la tierra—, y luego dijo: «Perdónalos porque no saben lo que hacen», y más tarde exclamó: «A tus manos encomiendo mi vida»... Desde aquel momento, desde que a aquel hombre lo tendieron sobre la cruz y lo clavaron, desde aquel momento la palabra sacrificio se ha convertido en el centro, no ya de la vida de aquel hombre, sino en el centro de la vida de «cada» hombre, y el destino de cada uno de los hombres depende de aquella muerte.

Se ha convertido, por consiguiente, en el centro de la historia, hasta el punto de que calculamos los años desde que Él nació: «antes» o «después». Se enumeran los años de la historia así, no es que sea esencial, pero es significativo.

Desde que aquel hombre murió en la cruz, la palabra sacrificio se ha convertido en una palabra gigante, grande, y ha desvelado —como cuando el sol se levanta, como un sol naciente— que toda la vida de los hombres es un entramado de sacrificios, está llena de sacrificios estremecedores, como si estuviera dominada por la necesidad de sacrificarse: la madre para alumbrar al hijo, el padre para mantener a la madre y a su hijo, para ser verdaderamente amigo de otra persona, para continuar el camino con una persona a la que se ama, para ir a trabajar y ganar el sueldo del mes, para subir al Mont Blanc y ver uno de los espectáculos más bellos que se puedan ver. En resumen, sacrificio por aquí, sacrificio por allá —para estar atentos ahora durante una hora, para hablaros ahora durante una hora—... es imposible evitar el sacrificio, y además se cierne sobre todo el mayor sacrificio que se pueda concebir: morir.

La palabra sacrificio es una palabra repugnante, hasta el punto de que los griegos, que tenían como culto supremo el culto de la belleza del cuerpo —si no se cree en nada, lo único bello que hay en este mundo, digno de veneración y admiración, es la belleza del cuerpo—, ellos que sólo creían en la belleza del cuerpo, la palabra que no pronunciaban nunca, a no ser con odio, era la que indicaba a los dioses —esos poderes extraños— en cuanto fuente de muerte. La muerte era lo peor que se podía concebir, porque ahí no hay nada que hacer.

El sacrificio era inconcebible, repulsivo; pero hay un punto de la historia en que el sacrificio comenzó a volverse interesante —es decir, concernía al interés del hombre, al destino del hombre—: cuando Cristo murió en la cruz para que los hombres pudieran ser salvados de la muerte, es decir, a fin de que las cosas pudieran salvarse de la corrupción, de convertirse en gusanos pequeños y numerosos. Desde ese momento la palabra sacrificio se volvió interesante; manteniendo todas las reservas a las que nos referíamos antes, el hombre comprendió que su vida no podía prescindir del sacrificio.

Jesús, al morir, no sólo nos ha hecho comprender que el sacrificio era significativo, interesante para el destino del hombre —murió para que los hombres pudieran alcanzar su destino y salvarse de la muerte, atravesar la muerte—, sino que también nos reveló, nos hizo ver que no era algo extraño, que era algo interesante, pero no extraño, porque toda tu vida es así. Si consideras tu vida, toda ella está hecha de sacrificios, desde que te levantas por la mañana.

La cruz de Cristo ha revelado, por una parte, cómo el sacrificio domina la vida de todos los hombres y, por otra, que su significado no era necesariamente negativo; más aún, que tenía un significado misteriosamente positivo, que era la condición para que los hombres alcanzaran su destino: «Con tu cruz has salvado al mundo». ¡Con tu cruz, oh Cristo, has salvado al mundo!





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