Capítúlo Octavo el sacrificio



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¿Por qué hablabas del carisma en la lección sobre el sacrificio?
Si la vida es históricamente un carisma -si es don del Espíritu, participación del misterio del Ser, participación en el alma creadora del cosmos, participación en la felicidad de cada individuo que es el destino supremo de la historia-, en la medida en que supone un sacrificio (cruz), lo hace sólo porque lo requiere el mismo carisma. La obra del Espíritu es un designio dramático y el sacrificio forma parte inevitable de este drama.

¿Qué es el carisma? Carisma es una palabra que viene del griego, y quiere decir don. Y don es la comunicación del Ser, del misterio del Ser a nuestra vida: el carisma es otorgado por el Espíritu Santo, donum Dei Altissimi. El Espíritu Santo se comunica a la vida de Ana a través de determinadas circunstancias. Por eso, es siempre original, porque no sigue nuestra lógica sino que nos lleva a consecuencias cien mil veces más bellas que toda nuestra lógica. El Espíritu Santo se comunica a la vida del señor Luca, a la vida del señor Guido, comunica su Ser como vida de Ana, como vida de Guido, como vida mía, de maneras distintas unas de otras. No hace un rostro igual a otro -todos nuestros rostros han nacido del don de la creación; el gesto de la creación crea rostros totalmente distintos; no hay ninguno idéntico a otro-, no crea un yo igual a otro (una conciencia de sí igual a otra). ¿Cómo Dios me ha hecho a mí y te ha hecho a ti? A través de circunstancias distintas cuyo epifenómeno, cuyo aspecto material más evidente, son nuestro padre y nuestra madre. Ha creado a Cecca, te ha creado a ti en circunstancias distintas, me ha, creado a mí en circunstancias distintas, para que el gran poema de su. creación se compusiera con toda esta diversidad.

Reciben el nombre de carisma las circunstancias a través de las cuales el Espíritu nos comunica el conocimiento de Cristo, a ti y a mí, de tal manera que nos lo da a conocer conforme a una determinada modalidad: a otros se lo da a conocer también de un modo adecuado, pero a través de otro método. Carisma es el método con el que el Espíritu -mediante las circunstancias de la vida, del temperamento, la instrucción, la compañía, las sugerencias inmediatas, los descubrimientos realizados- da a entender, a ti y a mí, qué es Cristo. Por eso, porque Cristo es todo en nuestra vida, nada nos une más que el carisma, ya que es el acontecimiento decisivo: por medio del él puedes reconocerte a ti mismo; medio del él yo me reconozco a mí mismo, por medio del carisma reconozco quién eres tú. El carisma representa el primer espacio donde el misterio de Dios se convierte en don para el hombre, un espacio modelado por Cristo que se caracteriza por circunstancias particulares que constituyen el yo, que forman el contexto en el que vive el yo, que crean siempre una compañía, es decir, una experiencia de Iglesia: la Iglesia está formada por muchas realidades que son otros tantos carismas.

Pero, entonces, no puedes decidir cómo debes comportarte con la doctrina cristiana, con el conocimiento de Cristo, no puedes decir: «Me lo invento yo, elijo a quien quiero». ¡No! «Escojo a ese cura porque es guapo, robusto, habla bien y además se pone gomina en el pelo, o porque tiene una voz bonita»: no puedes razonar así. El Espíritu te puede haber asignado una circunstancia difícil, una situación que te impida aliviar o aligerar el peso de tu camino por medio de una compañía más fácil y bella, más lúcida y transparente; pero puede ser a través de la compañía de un párroco anciano y desaliñado, con una voz penosa, con gente pueblerina y distraída en la iglesia, puede ser ése el camino que te asigna.

En resumen, puesto que todo deriva de la forma con la que el Espíritu determina la fisonomía de ustedes, la vida de ustedes, el camino de ustedes, tienen que adecuaros a esas circunstancias; y adecuarse a esas circunstancias es un sacrificio, es renunciar a las que preferirían. Por eso alguien que haya conocido esta comunidad, ya no puede ser un buen cristiano si la olvida. Teóricamente es libre de ir adonde quiera; pero objetiva, histórica, y existencialmente, si no responde, si no obedece, si no toma en consideración, si no se deja iluminar por la forma con la que Cristo le ha impactado, por las circunstancias de un determinado encuentro, si no se adhiere a esto, no será jamás cristiano en serio, nunca estará contento, nunca alcanzará una postura adecuada para ser útil a los demás. Simplemente: siempre estará descontento, porque es una traición. En el ejército te entregan un lanzallamas, porque perteneces a la compañía de lanzallamas, y dices: «¿Lanzallamas a mí? ¡Ni soñarlo! Yo tomo un puñal». Y sigues con tu puñal en la compañía de lanzallamas: ¡te quemarán a ti el primero de todos! Si te asignan a una compañía de lanzallamas, ¡lanza llamas!

Entonces, ¿por qué el sacrificio es inherente a cada carisma? Porque el carisma es un conjunto de circunstancias que no fijas tú, y tú debes seguirlas y valorarlas. Una flor que nazca con los pétalos altos y estrechísimos, llegará a tener una corola magnífica y deslumbrante si secunda su propia naturaleza y no dice: «¡Yo quiero tener sépalos pequeños, ser de color amarillo...!» Tienes que seguir unas circunstancias que no fijas tú. Si supieran... ¡pero cuando lo sepan, comprenderán! No se puede querer a una persona, un hombre no puede amar a una mujer, sin pasar a través de estas condiciones, no puede; pues si quiere amar a la mujer como él quiere, la destruirá o la perderá, que viene a ser lo mismo. Es más sano perderla, ¡porque al menos caerá en la cuenta! Se puede destruir sin darse cuenta.


¿Qué significa que el sacrificio más verdadero es reconocer una presencia? ¿Que en vez de afirmarme a mí te afirmo a ti, te amo? ¿Qué significa que el sacrificio más verdadero es amar?
La gran cuestión es que el fenómeno del sacrificio alcanza el máximo de su intensidad, de su herida, de su peso, pero también de su utilidad para el mundo, en el reconocimiento de una presencia.

Voy a poner dos ejemplos -¡no creo que se puedan poner tres!- a los que me parece que se puede reconducir todo.

Cuando un chico quiere a una chica -es inútil buscar otros: los ejemplos que se pueden poner se reducen todos a la relación entre el niño y sus padres, entre el hombre y la mujer, porque son las dos imágenes originales del reflejo que el misterio de la Trinidad tiene en la vida del hombre, en la vida de la creación-; cuando un hombre quiere a una mujer, o no piensa en ello (entonces, pobrecillo, reduce la relación, goza una centésima partes; los hombres se afanan hasta perder el alma, en reducir, en no engrandecer, no en hacer más grande, no, sino en reducir, en empequeñecer, para poder agarrar más, creyendo que así poseen más), o bien, si uno piensa en ello, comprende que todo lo que hace, en casa o fuera, está obligado a hacerlo, a llevarlo a cabo, conforme al temperamento y la voluntad de la persona amada: se ve movido a hacerlo todo como otro quiere. Si le parece que no hay sacrificio en ello es porque tiene la cara amortiguada, oscurecida por un efímero placer, por un goce efímero, por el gusto efímero de una ternura que no es consciente de sí, que no conoce sus raíces, sus motivos, su destino. ¿Creen que alguien puede querer a otra persona haciendo todo lo que le parece? ¿Creen que sí? ¡No! ¿Y entonces? Entonces no hay ninguna fuente de sacrificio mayor que reconocer una presencia.

Pero esto es simplemente un aviso, una escaramuza -una escaramuza natural, humana y, por tanto, efímera- de la gran cuestión que atañe al misterio de Dios y al misterio de Cristo. ¿Por qué fue un hombre grande Cristo? «Yo hago siempre lo que quiere mi Padre», «Lo que el Padre me manda, Yo lo hago» (Jn 14, 31) «Mi Padre obra siempre y Yo también obro» (Jn 5, 17), «No busco mi voluntad sino la voluntad del Padre» (Jn 5, 30), «Hecho obediente hasta la muerte» (Fil 2, 8). ¡Entren en la conciencia de Cristo, hombre, como Mario es un hombre o como lo soy yo, hombre como nosotros! ¡Es un hombre! La grandeza del hombre-Cristo consiste en haber vivido reconociendo que el valor de todo radica en la voluntad de Otro, del «Padre que está conmigo» (Jn 16, 32), «El Padre está siempre conmigo», «Padre, Yo te he glorificado en la tierra, ahora ha llegado el momento: glorifica a tu Hijo» (17, 1) (pero éste es el signo del fin de los tiempos). Es preciosa la frase «glorificar al otro» para decir que el otro es el criterio de mi obrar. Si el criterio de mi obrar es el otro, tengo que sacrificar lo que a mí me parece: «Padre, si es posible, haz que no muera, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (cfr. Mt 26, 42; Mc 14, 36; Lc 22, 42). Es el instante en que emerge más imponente, aunque todavía sin cumplir, la mole del dolor que Cristo aceptó y abrazó. Para Cristo, reconocer la presencia del misterio del Padre constituía la fuente más aguda de dolor en su vida, de sacrificio de sí. Piensen que vino para salvar al mundo —«He venido a traer fuego a la tierra y, ¿qué quiero, qué puedo querer, sino que arda?» (Lc 12, 49)—, y sin embargo, el Padre le mandó que permaneciera entre los judíos, mientras que a pocos kilómetros había ciudades como Tiro, con mayor población pagana, que lo habrían recibido cien veces mejor.

No fue allí, pero a la mujer que le tocó el vestido para verse sanada, le dijo: «¿Quién me ha tocado?»; y los discípulos dijeron: «¡Maestro, con toda la gente que se agolpa a tu alrededor, todos te tocan!». «No, Yo he sentido que salía de mí una energía». La mujer, al verse descubierta, postrándose dijo: «He sido yo, Maestro» (cfr. Mt 9, 20-21; Mc 5, 25-27; Lc 8,43-44). La idea se completapensando también en la cananea: «Da también un poco de pan a tus otros hijos». Y Él dice: «No, yo he sido enviado para los hijos de Dios, los israelitas»; y ella dice: «Danos al menos las migajas que no se niegan ni siquiera a los perros». «Mujer, tu fe es grande; que te suceda como deseas» (31 Cfr. Mt 15, 21-28; Mc 7, 24-30).

Perdonen, los desafío a que encuentren un sacrificio más grande de uno mismo —sacrificio de la propia inteligencia, de la necesidad de amar, de la pasión para que todo el mundo Lo conozca—, que reconocer que en la iglesia de al lado está Cristo, reconocer que está ahí, bajo el aspecto de un pan, dentro del signo de un pan, el hombre que vivió, murió y resucitó en Palestina hace dos mil años.

A los pocos meses de empezar G.S. vino a mí un padre que tenía a su hija en el Instituto Virgilio, un señor muy distinguido, y en la misma puerta comenzó a sollozar diciendo: «Padre, ayúdeme, salve a mi hija, porque no puedo más; cuando mi hija me agarra la mano —su hija tenía 17 años y estaba muriendo de cáncer— y me dice: «Papá, ¿por qué no me curas?», se me rompe el corazón, porque no sólo no sé responder, sino que ya no quiero ni vivir». Le tuve que responder: «El Señor sabe por qué sucede esto. Es por un bien suyo y de su hija, es parte del designio de Dios». Decir así le obligaba a aceptar, a afirmar la presencia de Otro más importante, más decisivo que el amor a su hija, que el deseo de salvarla, que su misma vida.

Reconocer la presencia de otro es siempre el comienzo de una historia de sacrificios, siempre: cuando una madre da a luz a un niño es comienzo de una historia de sacrificios; cuando un joven se casa con una mujer es el comienzo de una historia de sacrificios. Pero es el amanecer de una jornada cargada de mayor intensidad: cuando el hombre tiene que reconocer presente, presente en su vida, a Dios hecho hombre. ¿Recuerdan el ejemplo que ponía? Si el presidente Scalfaro fuera a nuestra casa de vía Monte Rosa, ante todo, se harían grandes preparativos se limpiaría todo, etc.; y luego, cuando llegara, todo giraría en torno a Scalfaro.

Si Dios se ha hecho hombre y está presente aquí, contigo y conmigo, su Presencia determina y define todo, tiene derecho a poner en tensión toda mi vida, todas mis relaciones, a determinar todo lo que hago. Aquí irrumpe el sentido de la desproporción, una desproporción que, con certeza, se corregirá con su ayuda: es el mayor gozo que pueda percibirse en la vida, la seguridad de que mi debilidad será vencida por Aquel a quien deben servir mi voluntad y mi libertad.

El sacrificio más grande es reconocer una Presencia: es algo «del otro mundo», es «el otro mundo». Todo el drama de la persona o converge en el sacrificio o bien... todo se deshace, ya no hay forma de recomponerlo, lo agarras por una parte y escapa por otra.



No hay fuente de sacrificio más grande que la relación con una persona, que reconocer a una persona. Esto es verdad también en la relación de la madre con su hijo, del hombre con la mujer, del amigo con el amigo. El primer año en el Berchet, los primeros días de clase, decía: «Llevan juntos cinco años, sentados en el mismo banco durante cinco años, y no son amigos; como mucho están en connivencia los unos con los otros». Para que la amistad no sea complicidad, para que sea real la amistad entre nosotros, tiene que pasar primero a través de Cristo, hay que reconocer antes que Cristo es la fuente de dolor más grave en nuestra vida, la mayor fuente de sacrificio en nuestra vida. Como Él murió, también nosotros debemos morir. Y, sin embargo, el reflejo humano y existencial de este sacrificio es la alegría, como Él dijo: «Les he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestro gozo sea pleno» (Jn 15, 11).





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