Capítúlo Octavo el sacrificio



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Entonces, ¿la abstracción es una distracción?
Sí, lo abstracto es una distracción buscada; por eso he hablado de impostura. Es una distracción de la razón, es decir, de tu naturaleza, que es exigencia del destino que asoma en tu razón.
A propósito de la tristeza, usted nos había dicho que leyéramos el pasaje del libro de Il Sabato donde dice que «no hay que tener miedo del sacrificio porque es la condición para que permanezcan la ternura y la alegría». No logro comprender bien esta conexión entre tristeza y alegría.
La permanencia de la ternura y, por consiguiente, de la alegría que nace de ella —la ternura es el crepúsculo de la posesión, el crepúsculo de la mañana o el crepúsculo de la tarde— exige que se trate de una verdadera ternura; debe ser realmente una ternura verdadera para resistir, para permanecer. Para ser verdadera ternura tiene que amar de modo verdadero su objeto y tiene que percibirlo tal como es en verdad. ¿Cómo puedes sentir ternura hacia un ser que te da la vida, como tu madre, y luego te abandona, porque en un momento dado muere? Es una ternura que, si lo piensas bien, ya se está ahogando desde hoy en un bidón de tristeza. Tú quieres especialmente a una persona, pero ¿cómo puedes quererla intensamente, sentir ternura por ella, pensando que mañana ya no la verás, que mañana morirá o que mañana se irá a Kamchatka, que está allá lejos, al este de Rusia? ¿Cómo podrías? Únicamente si percibes la eternidad de la compañía con esa persona, solamente si percibes que lo que suscita en ti la relación con ella es signo de tu relación con lo eterno; entonces la relación con ella es una relación eterna, y el amor a esa persona es un amor eterno.

El sacrificio, en el presente, permite que permanezca la ternura. Si sientes ternura hacia una persona y piensas que mañana la puedes perder —porque un marido que abandona a su mujer ¿qué diferencia tiene con una madre que muere antes que tú?- esa ternura permanece, por decirlo de algún modo, pero es triste. Si aceptas, en cambio, esta condición del camino —los dos están, tú y tu madre, destinados a un umbral feliz, realizando un viaje distinto pero igualmente doloroso, duro, lleno de trabajo, de sacrificio—, si aceptas este sacrificio, si aceptas que el viaje sea tan duro, que la distancia que tienes que cubrir sea tan fatigosa, si lo aceptas, ello te permitirá sentir ternura, te permitirá tener la evidencia de que el amor permanece, y permitirá que no sucumbas a ninguna circunstancia.

¿Es tan difícil comprender estas cosas? Es difícil comprenderlas tan sólo en dos casos: que jamás se haya amado a nadie intensamente, o que se haya dejado de amar a alguien (pues se había amado de tal manera que el amor tenía que acabar, es decir, no se quería, porque no se puede concebir un «te quiero» que dure veintitrés años. Por eso el divorcio es la reducción obscena del amor entre el hombre y la mujer: «Te, amo intensamente, perdidamente, mientras tenga ganas, o sea, tres años». ¡Bellísimo!).
La vez pasada dijo que el sacrificio adquiere para nosotros valor moral cuando se convierte en correspondencia, es decir, corresponsabilidad, respuesta, a la muerte de Cristo. Entonces, ¿podría también faltar la respuesta de la libertad?
Sí, porque si el sacrificio, a través de la libertad, no se traduce en coincidencia o compañía con Cristo, en respuesta a Cristo que nos llama, nada hay más estúpido y bestial —como decía Pavese— que el sacrificio. Por otra parte, si adoptas como sistema evitar a toda costa el sacrificio, tendrás que pararte en el charco en que estás, porque apenas muevas la proa te encontrarás una roca delante y cambiar el rumbo supone sacrificio.

Sin sentido, el sacrificio sería, en primer lugar, perder el tiempo, realizar cosas incompletas y, en segundo lugar, una verdadera bestialidad: el animal, la bestia no tiene razón.

¿Cuándo la razón logra aceptar, abrazar un sacrificio? Cuando lo acepta porque pertenece al designio que Dios tiene sobre la vida, porque forma parte de ese designio. El designio que Dios tiene sobre tu vida se llama Cristo, y el dolor es parte de la compañía de Cristo.

Al seguir a Cristo, te adhieres a su compañía, aceptando los sacrificios que ella impone. Y Cristo, con su sacrificio, salva al mundo; de modo que tú tienes que ver con la salvación del mundo. ¿Qué quiere decir, entonces, que tu padre o tu madre o, mejor aún, un amigo tuyo al saberte en este camino, te diga: «Oye, por favor, reza algún Ave María por mí»? Quiere decir que reconoce, bon gré, mal gré, que tú tienes que ver con su camino hacia el destino, con su felicidad, que tienes que ver con su felicidad de manera distinta a cuando te quería; distinta quiere decir que «verdaderamente tienes que ver».





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