Capítúlo Octavo el sacrificio



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EL SACRIFICIO - ASAMBLEA
«Estoy cansado de sufrir, Señor, dame vida según Tu palabra»(Sal 118, 107):5 ¿cómo se pueden leer todas las semanas semejantes frases sin aprender nada? «Estoy cansado de sufrir»: en esto estamos de acuerdo, ¿no? Todo el mundo está harto, por la noche todos están hartos, a mediodía están hartos, a las tres están hartos... Entonces: «¡No suframos más!». No; no sufrir más significa no vivir más, porque es necesario estar muertos para no sufrir. Sufrir es inevitable. Es como si yo dijera: «Hay que comer para vivir». ¡Es algo evidente!

Siempre estamos cansados de sufrir, porque el sufrimiento no pertenece a la naturaleza del destino del hombre, no es «según Su palabra». Según Su palabra el hombre no está hecho para la infelicidad, dice un versículo del Libro de la Sabiduría: «Dios ha hecho al hombre para la felicidad»(cf. Sb 1, 13-15). Cuando leen una frase tan verdadera —esto me interesaría—, ¿en qué piensan? ¿Cómo responden a esta contradicción? «Estamos cansados de sufrir», justamente porque el sufrimiento no pertenece al destino del hombre. «Según Tu palabra» quiere decir conforme al destino que has dado al hombre. En cambio, «Dame vida», hazme vivir, es conforme a Su palabra. ¿Dónde estriba el equívoco? En oponer el sufrimiento a la vida, cuando el sufrir es una condición de la vida hasta tal punto que cuanto más sufre alguien y más capaz de sufrir es, más vida es la suya. En efecto, aunque nunca se piense en él, el mejor ejemplo es bien conocido por todos: es Jesús, que ha padecido más que nadie porque ha dado a todos la vida.

«Estoy cansado de sufrir», por esto, hazme comprender la razón y el amor del sufrimiento, concédeme comprender por qué es humano sufrir, hazme entender el amor al Ser que encierra el sufrimiento, concédeme comprender por qué participa en el amor a Cristo, muéstrame, oh Misterio, el amor a Ti que se encuentra en el sufrimiento. Entonces, ya no me escandalizo. «Estoy cansado de sufrir» es el escándalo del sufrimiento que parece contrario a «Dame vida», y, sin embargo, es la condición para la vida.

«Según Tu palabra», cambia de significado: según Tu designio (palabra), el sacrificio se convierte en motivo de vida. ¿En qué sentido el sacrificio se convierte en motivo de vida, como lo fue para Jesús? ¿Por qué sufrió Jesús? «Nadie puede establecer un fundamento distinto del que ya tenemos, que es Jesús» (1 Cor 3, 11): Nuestra vida no puede ser ni intensa ni valiosa, ni viva para nosotros ni útil para los demás, si no imita a Jesús. En la raíz de nuestra vida está el dolor de Cristo, Su gloria igual que Su dolor: «Han recibido gratuitamente, den gratuitamente» (Mt 10, 8). Y así se comprende la oración: «Para que podamos servir a la comunidad humana con la experiencia del Espíritu y para la construcción del Reino» (Oración de la Hora Intermedia del sábado, en El libro de las horas). La construcción del Reino: para hacer del mundo la gloria humana de Cristo, para convertir el mundo en templo de Cristo, es necesario que la vida nazca del sacrificio. El sacrificio es como el abono —mi pobre madre, cuando estábamos de vacaciones .y caminábamos por el campo repetía siempre esta observación: «¡Qué misterio! ¿Cómo nace el pan?, ¿de dónde viene la comida? De la tierra, donde se pone el estiércol»; no era un ejemplo banal, era una observación que no hacemos ninguno de nosotros—, el estiércol es el sacrificio, la vida que no parece vida.


[pregunta] Usted dijo que la tristeza es el sentimiento que el sacrificio afirma como más verdadero. Esto fue lo que más me costó comprender porque, ¿acaso se vuelve uno más triste a medida que avanza? Luego pensé en la relación con mis amigos y lo entendí así: si trato yo de decir a mis amigos en qué consiste su felicidad, me equivoco por partida doble, porque, de un lado, no soy capaz de saber cuál es su felicidad, y, de otro, soy violento al tratar de restarles libertad para afrontar su vida.
Muy justo.
Si por lo que yo comprendo la tristeza es el sentimiento que me lleva a pedir «Señor, no soy capaz, haz Tú lo que yo no puedo hacer», entonces esta tristeza es buena, me devuelve a la relación con el otro, la relación con él se pone en marcha de otra manera.
La tristeza es una nota inevitable y significativa de la vida, porque en cada momento —y más cuanto más intenso es el momento— percibes que hay algo que todavía te falta, la tristeza es una ausencia que sufrimos.

¿Qué hace que la tristeza sea buena? Reconocerla como instrumento significativo del designio de Dios. El designio de Dios supone que la vida esté siempre, en cualquier caso, sujeta a la percepción de que algo falta, y más cuanto más comprometida está, cuanto más aparentemente satisfecha. Esto resulta providencial para hacernos entender que, como decía Pár Lagerkvist, no hay nadie que responda a la voz que clama en el vacío del mundo; pero entonces, ¿por qué existe esa voz, por qué existe ese grito? Que la vida sea triste es el argumento más fascinante para hacernos comprender que nuestro destino es algo grande, es el mayor misterio. Y cuando este misterio nos sale al encuentro, al hacerse un hombre, entonces esa fascinación se vuelve cien veces mayor. No te quita la tristeza, porque Dios se hace hombre de un modo tal que lo tienes sin tenerlo, que lo tienes ya y no lo tienes todavía. A nosotros nos parece así porque no lo vemos —yo no lo veo a Él como te veo a ti—; sé que Él está aquí porque estás tú, porque estamos nosotros. Pero también para los primeros discípulos era exactamente igual: para los primeros Cristo era un hombre cualquiera, un hombre como los demás. La tristeza es la condición en la que Dios ha puesto al corazón en la existencia humana, para que el hombre no sufra jamás tranquilamente la ilusión de que lo que tiene le puede bastar.

Yo había explicado así el tema. Todo lo demás, como lo que tú nos has contado, es justo; pero la razón verdadera de la conexión entre la tristeza y la vida es que la tristeza forma parte integrante de la existencia del hombre, del camino hacia su destino, y está presente en todos nuestros pasos, pero no es la naturaleza del destino del hombre. Cuanto más amas el paso que estás dando, cuanto más bello es para ti, cuanto más encantador, cuanto más tuyo, tanto: más comprendes que te falta lo que verdaderamente esperas.
El año pasado habías dicho que si uno no siente el miedo al sacrificio, hasta el punto de que se refugie en Cristo como única esperanza, ¿qué clase de hombre es? Esto me impresionó porque, al hablar con la gente, nunca se habla del miedo al sacrificio. Y me digo: ¿No será porque somos tan abstractos que vivimos un poco alejados de la realidad?
Es muy justo. Cuando ya has eliminado de antemano tu voluntad de aceptar, tu capacidad de valorar y tu juicio acerca de la pertinencia de algo, esto te parece abstracto. Si yo te preguntara: « ¿Es justo o no lo que digo?» (justo o no quiere decir: ¿hay razones para decirlo o no?), y tú respondieras: «Sí, hay razones pero son abstractas», ello indicaría una impostura en ti. Porque si hay una razón, no puedes decir «pero es abstracta», ya que la razón reconoce lo que corresponde a la necesidad del corazón, lo que corresponde al destino de tu persona. Ya les he respondido así una vez y han reaccionado con escepticismo —¡justamente!—porque es una condena de la superficialidad de ustedes. Considerar abstracto un valor cuya razón de ser se ve, contra el cual no se tienen razones, considerarlo abstracto porque no se puede tocar como los cabellos, como la punta de la nariz o un rostro que se acaricia, quiere decir ser falaces, ya que es negar el nexo con nuestro corazón, con el sentido de nuestro destino que ese valor revela. La razón revela la relación que tiene una cosa con nuestro destino, la razón establece la relación con nuestro corazón, con las exigencias de nuestro corazón y, por ello, con nuestro destino.

No debemos tener miedo del sacrificio. Debemos tener miedo de lo abstracto. Lo abstracto es la condena de nuestra dignidad humana. Abstracto es lo que elude tu conexión con el destino y, por consiguiente, es lo que elude aquello para lo que está hecho tu corazón y tiende a identificar lo concreto con la punta de la nariz que se toca, con los cabellos que se peinan, con la tripa que duele, con el helado que gusta, pero todo esto es tan irónicamente concreto que termina en la podredumbre de la tumba.





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