Capítúlo Octavo el sacrificio


El carisma y el sacrificio de la fe



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4. El carisma y el sacrificio de la fe

Corolario. Deben leer en el Evangelio de Juan todo el capítulo primero. La primera mitad es la teoría suprema y la segunda mitad es el hecho más impresionante que se pueda narrar, lo de Juan y Andrés... Me puse contento cuando, después de los últimos Ejercicios de la Fraternidad, donde había 150 trabajadores españoles, por la noche me llamaron por teléfono desde Madrid, y Carmen me dijo: «¡Aquí todo el mundo habla de Juan y Andrés!», pues esa vez insistí en ello casi durante media hora.

En esto reside el problema: para mí, la presencia de Cristo, ¿cómo resulta reconocible, amable hasta el sacrificio (es el sacrificio de la fe, la fe en cuanto sacrificio)? ¿Por qué estamos juntos, amigo mío? Estamos aquí porque Cristo está entre nosotros. Cristo, después de dos mil años, te ha puesto aquí, conmigo a quien no conocías y estamos juntos por esto; no sabemos cómo, pero estamos juntos por esto, y todo el cúmulo de razones que tenemos para estar aquí no agota para nada la solución... ni siquiera da un pequeño atisbo de solución a esta pregunta: «Por qué estamos aquí? ¿Cómo puede estar Cristo aquí, entre nosotros?». El amor que cada uno de nosotros tiene al otro, el interés que tiene por el destino del otro es porque Cristo está entre nosotros, se debe a que Cristo está entre nosotros, es una afirmación de que Cristo está entre nosotros.

Sabemos que Cristo está aquí por muchos motivos que no se explicarían más que aceptando esta hipótesis: la gran posibilidad de que se halle entre nosotros algo diferente, más grande que el hombre. Es inconcebible, a todo el mundo le resulta inconcebible, que haya un grupo de gente que se reúna el sábado por la tarde de la forma en que lo hacemos aquí. Entre nosotros hay algo más grande que nosotros mismos; y reconocer la presencia de algo más grande que uno mismo —que la razón no logra identificar bien con todos sus razonamientos, pero que no puede negar si no es corriendo el riesgo de cometer la irracionalidad más gorda que se pueda cometer—, es la fe: «Creo, Señor».

Cristo permanece presente entre nosotros: «Estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo»; por esto conozco a María, a Genoveva y a Silvia, por esto conozco a todos los que conozco y también a todos aquellos a quienes no conozco. Cristo permanece presente con nosotros, todos los días, hasta el fin del mundo, dentro de las circunstancias históricas que establece el misterio del Padre, circunstancias históricas a través de las cuales el misterio del Padre te hace reconocer y amar la Presencia de algo distinto, de Cristo. Estas circunstancias históricas mediante las cuales el Padre nos hace captar la presencia de otra Presencia, de algo diferente, más grande, pertenecen a eso que se llama carisma: son las circunstancias históricas que crean nuestro movimiento o nuestro Grupo Adulto.

Carisma quiere decir gracia, don, don de sí mismo que hace el Infinito, e indica la modalidad existencial de temperamento, mentalidad y ambiente por la cual ese don asume para ti una determinada fisonomía, un acento y una mirada particulares. En Asia pueden ser gordos, delgados, pequeños, altos o bajos, acatarrados, con la voz ahogada, con el rostro feo o bello... ¡Y qué impresionante es poder decir que «eso no importa»! Uno quiere siempre a cualquiera: ¡sucede realmente así! como, por ejemplo, nuestros amigos que van a Kampala, en medio de los rinocerontes y los cocodrilos, o de los enfermos de sida a los que nuestra Rose cuida como si fueran hermanos y por eso la conozcan en media Kampala.

El que es alcanzado por un carisma, ya no puede seguir a Cristo abandonando el carisma: sería una traición. Toda la gente que me ha dicho: «El movimiento tiene todos estos defectos, así que lo dejo»; todos esos que se han marchado, lo han perdido todo, no han comprendido ya nada, hasta el punto de que en un momento dado muchos vuelven. Cualquiera de ustedes, si se marchara, no entendería ya nada; si has sido llamado a través de estas circunstancias, es a través de ellas como alcanzarás tu felicidad, como ayudarás a los hombres, amarás a la gente y amarás a Cristo; si Cristo ha hecho que lo conocieras a través de las circunstancias que representan estos rostros, es a través de estos rostros y de esas circunstancias como te va a cambiar, como hará crecer tu corazón, tu alma y tu cabeza.

«¡Si pudieran ver a Jesús de cerca y tocarlo! —dijo el Papa Juan Pablo II hace tres semanas— Tocar, ¿dónde? Ver, ¿dónde? Si lo ven en ustedes dirán: ‘Señor mío y Dios mío’, como Santo Tomás». En nuestras personas: Cristo se hace presente por medio nuestro, a través de nosotros: es como se toca a Cristo, a través de nosotros es como se le ve. En cambio, si nos abandonas no verás ya nada. «Si continúas, verás cosas tan grandes como éstas —decía Jesús— y mucho mayores aún» (Jn 14, 12). Yo pienso siempre en estas palabras de Jesús al recordar los inicios de mi sacerdocio y las clases de religión en el Berchet: eran tres o cuatro chicos los que me seguían; mi último pensamiento era que aquello creciera: ¡ahora me viene un temblor de espanto si lo pienso!

«El que permanezca en mí, el que se mantenga fiel en la pertenencia [y me pertenecen por medio de la unidad entre ustedes, de la compañía que hay entre ustedes, porque yo estoy presente ahí], realizará obras como las mías y las hará aún mayores» (cf. Jn 14, 12; Jn 15, 5-6).

«Tocar, ¿dónde? Ver, ¿dónde? Si lo ven en ustedes, dirán: ‘Señor mío y Dios mío’». El sacrificio parece muerte —mortificación—; en cambio, es el principio de la vida, el principio de la verdadera vida, la que vence al tiempo y al espacio, la vida que no cede a la mentira, pues no hay ninguna experiencia de sacrificio que no nos haga ser mejores si se acepta: «Está, porque cambia».


Para comprender estas cosas es necesario que se nos conceda una gracia, hace falta que Dios nos ayude. Solo Dios, puede hacer comprender el ser tal como es, y el sacrificio es la condición fundamental del ser en el tiempo y en el espacio.

Menos mal que fuera del tiempo y del espacio, amigos, será una gran gozada: «En el reino celeste, / que cumple toda fiesta / que el corazón ha deseado» (Jacopone da Todi), en el paraíso donde se cumplirán todas las imágenes festivas que el corazón desea. Por eso, en los ejercicios de Rímini, dije que el yo humano, es decir, el corazón humano, es una encrucijada entre la relación con lo eterno (con el infinito) y la nada: no hay alternativa. La dificultad —dificultad grandísima que debe vivirse con temor y temblor— para imaginarse cómo es el infinito es comprensible, pero la nada no es comprensible.

El hombre es inútil que diga que, al volverse hacia atrás, percibe la nada, es decir, que las cosas no permanecen, mueren, desaparecen; no puede decir «así pues, todo es nada», porque las cosas existen. Si existen, aunque sea un sólo instante, no se puede decir, no se puede concluir, que «todo es nada». «Todo es nada» es una simple metáfora desesperada.




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