Capítúlo Octavo el sacrificio



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EL SACRIFICIO

“¿Se puede vivir asi?” - Giussani


Quisiéramos comprender de golpe, quisiéramos comprender enseguida, quisiéramos comprender las cosas tan de inmediato que pudiéramos sentirlas enseguida. Sin embargo, hace falta repetirlas; y aun repitiéndolas parece que no se comprenden; más aún, muchas veces, al repetirlas parece que se comprenden menos, lo cual es una forma de impaciencia. Porque si uno se ve obligado a repetir las cosas para entenderlas, o desea ardientemente la verdad (tiene pasión por lo que estudia), o bien resopla, en un momento dado da un bufido; y resoplar coincide con comprender menos.

Pero si algo es verdadero y uno resiste, repite y fija su mirada en ello, en un momento dado es como si, sin preverlo, comenzase el aire fresco de la mañana, el amanecer, y se empieza a comprender. De ahí en adelante se convierte en un triunfo, porque es como el sol después del amanecer: triunfa. Y aunque haya muchas objeciones, muchas oscuridades, muchas barreras que obstruyen la visión directa de las cosas, el triunfo de la verdad está en el fondo del corazón; uno comprende que la verdad está ahí, lo entiende. Y además, existen otras implicaciones, aunque están en las manos de Dios y es inútil describirlas ahora.

La madurez en este camino puede traer consigo un gozo, una conmoción, una ternura tal por la verdad, que uno siente que el amor a Cristo no es distinto —es distinto, pero sólo en el sentido de que es más profundo, más incisivo— del afecto que puede experimentar por una u otra de las personas que conoce...; pero estas consecuencias vienen después.

Lo importante es comenzar, y es tan importante comenzar que le toca a Dios: si están aquí es porque ha empezado Dios. No están aquí porque hayan comenzado ustedes, sino porque Díos ha comenzado. Hace cinco años, hace diez, ninguno de nosotros podía imaginar que estaría aquí y mucho menos podía imaginar que pudiera resistir y permanecer aquí.

Para mí —tal como lo he dicho, espero que lo comprendan todos, porque es de todos— es todavía peor, ¡por lo menos trece veces peor, por usar un número mágico! ¿Por qué? Porque quisiera hacerles comprender enseguida, quisiera hacer que sintieran enseguida, quisiera iluminarles enseguida, quisiera que el otro no tuviera que hacer el esfuerzo que debe hacer, quisiera que pudiese saltarse la fatiga. Y ello caracteriza el aspecto esencial del afecto, el que tienen los padres y las madres. Porque el ideal no es el afecto que se da entre hombre y mujer; entre el hombre y la mujer este afecto se verifica al final, si se recorre bien el camino. Originalmente el afecto nace cuando se es padre o madre, pues el padre o la madre querrían, al mirar al hijo pequeño de dos palmos, que hiciese su camino sin esfuerzo, querrían que no tuviera que dar todos los pasos que han tenido que dar ellos, les duele que tenga que pasar por ellos.

No obstante, uno hace lo que puede. No lo que puede, ni siquiera hace lo que puede, sino aquello que Dios le permite, considerando lo disponible que está su libertad. Así, juntos, con la fidelidad de ustedes, si permanecen aquí, y con mi fidelidad, si hago lo que Dios me permite hacer, caminaremos.




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