Bourdieu, P


El lugar de la reproducción social



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El lugar de la reproducción social
Pero la naturalización del arbitrario social tiene por efecto hacer olvidar que, para que esta realidad que se denomina familia sea posible, es necesario que se reúnan condiciones sociales que no tienen nada de universal y que, en todo caso, no están distribuidas uniformemente. En breve, la familia, en su definición legítima, es un privilegio que se ha instituido en norma universal. Privilegio de hecho que implica un privilegio simbólico: el de ser como se debe, en la norma, y tener, por tanto, un beneficio simbólico de la normalidad. Aquéllos que tienen el privilegio de tener una familia tipo están en condiciones de exigirlo de todos sin plantearse la cuestión de las condiciones (por ejemplo, cierto ingreso, un departamento,) etc de la universalización del acceso a lo que exigen universalmente.
Este privilegio es, en los hechos, una de las condiciones mayores de la acumulación y la transmisión de privilegios, económicos, culturales, simbólicos. En efecto, la familia juega un rol determinante en el mantenimiento del orden social, en la reproducción, no sólo biológica, sino social, es decir, en la reproducción de la estructura del espacio y de las relaciones sociales. Es uno de los lugares por excelencia de acumulación del capital bajo sus diferentes especies y de su transmisión entre las generaciones: ella salvaguarda su unidad por y para la transmisión, a fin de poder transmitir, y porque ella es en tanto que transmite. Ella es el "sujeto" principal de las estrategias de reproducción. Esto se ve, por ejemplo, en la transmisión del apellido (N.T.: literalmente, nombre de familia), elemento primordial del capital simbólico hereditario: el padre no es más que el sujeto aparente de la denominación de su hijo, dado que lo denomina según un principio que él no domina y, al tiempo que transmite su propio apellido (el apellido del padre), transmite una auctoritas de la que no es el auctor, y según una regla que él no creó. Lo mismo puede decirse, mutatis mutandis, del patrimonio material. Un número considerable de actos económicos no tienen por "sujeto" al homo oeconomicus singular, en estado aislado, sino a colectivos, uno de los más importantes es la familia, ya se trate de la elección de un establecimiento escolar o de la compra de una vivienda. Por ejemplo, tratándose de viviendas, las decisiones inmobiliarias de compra movilizan generalmente a una gran parte del linaje (por ejemplo, los parientes de uno u otro de los cónyuges que prestan dinero, y que, como contrapartida, dan consejos e influyen sobre la decisión económica. Es cierto que, en este caso, la familia actúa como una especie de "sujeto colectivo", conforme a la definición común, y no como un simple agregado de individuos. Pero éste no es el único caso en el que la familia es el ámbito de una suerte de voluntad trascendente que se manifiesta en decisiones colectivas, donde sus miembros se sienten llevados a actuar como partes de un cuerpo unido.
Es decir, que todas las familias, y en el seno de la misma familia, todos los miembros, no tienen la misma capacidad ni la misma propensión a amoldarse a la definición dominante. Como se ve de manera particularmente clara en el caso de las sociedades de "maison" (casa), donde el deseo de perpetuar la casa como conjunto de bienes materiales orienta toda la existencia de la maisonéé2, la tendencia de la familia a perpetuarse siendo, a perpetuar su existencia asegurando su integración, es inseparable de la tendencia a perpetuar la integridad de su patrimonio, siempre amenazado por la dilapidación o la dispersión. Las fuerzas que impulsan a la fusión, en particular los dispositivos éticos que llevan a identificar los intereses particulares de los individuos con los intereses colectivos de la familia, deben tener en consideración las fuerzas de fisión, es decir, los intereses de diferentes miembros del grupo, mas o menos proclives a aceptar la visión común, y más o menos capaces de imponer su punto de vista "egoísta". No se puede dar cuenta de prácticas en las que la familia es el "sujeto", como por ejemplo las "elecciones" en materia de fecundidad, de educación, de matrimonio, de consumo (inmobiliario, especialmente), etc. si no es con la condición de tomar en cuenta la estructura de las relaciones de coerción entre los miembros del grupo familiar funcionando como campo (y por tanto, de la historia que hay detrás de este estado de cosas), estructura que está siempre presente en las luchas al interior del campo doméstico. Pero el funcionamiento de la unidad doméstica en tanto campo encuentra su límite en los efectos de la dominación masculina que orientan a la familia hacia la lógica del cuerpo (la integración puede ser un efecto de la dominación).
Una de las propiedades de los dominantes: tener familias particularmente extendidas (los grandes tienen grandes familias) y particularmente integradas, dado que están unidas no sólo por la afinidad de los habitus, sino también por la solidaridad de los intereses, es decir, a la vez por el capital y para el capital, el capital económico, evidentemente, pero también el capital simbólico (el apellido), y sobre todo, puede ser, el capital social (del que se sabe que es la condición y el efecto de una gestión exitosa del capital poseído colectivamente por los miembros de la unidad doméstica). Por ejemplo, en el patronato la familia juega un papel considerable, no solo en la transmisión, sino también en la gestión del patrimonio económico, especialmente a través de los lazos económicos que frecuentemente también son lazos familiares. Las dinastías burguesas funcionan como clubes selectos; son ámbitos de acumulación y de gestión de un capital que es igual a la suma de los capitales poseídos por cada uno de sus miembros y que es posible movilizar a partir de las relaciones entre los poseedores, por lo menos parcialmente, en beneficio de cada uno de ellos.



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