Tres tristes tigres



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—No yo no coño mierda —dijo Silvestre—. Yo voy a verlos bailar y eso.

—Se aburre de que Gene Kelly baile siempre con Cyd Charisse —dijo

Cué—. Tú qué vas a hacer.

—Voy al Nacional a ver una gente.

—Siempre tan misterioso —dijo Silvestre.

Se rieron. Se despidieron. Se fueron. Silvestre iba cantando, cayéndosele la voz, una parodia: El misterioso nos quiere gobernar / Y yo le sigo le sigo la corriente / Porque no quiero que diga la gente / Que el misterioso nos quiere gobernar.

—Ñico Saquito —gritó Arsenio Cué—. Son-lata en síii bemol, opúsculo Kultur 1958.

VI

No fui a ningún lado aquella noche, sino que me quedé parado en la esquina bajo el farol como ahora. Podía haber ido a buscar una corista al terminar el segundo show del Casino Parisién. Pero eso hubiera significado ir de allí a un club, tomar algo y luego ir a una posada y finalmente despertarme por la mañana con la lengua como una lápida viscosa, en una cama extraña, con una mujer a la que apenas reconocería porque habría dejado todo el maquillaje en las sábanas y en mi cuerpo y en mi boca, con un toque en la puerta y una voz anónima que dice que ya es la hora y teniendo que ir solo a la ducha y bañarme y quitarme el olor a cama y a sexo y a sueño, y luego despertar aquella desconocida, que me diría como si lleváramos diez años de casados, con la misma voz, con la monotonía de la seguridad, Chino me quieres, preguntándome a mí, cuando lo que debiera era preguntarme el nombre, mi nombre, que no sabrá y porque yo tampoco sabré el suyo le diría, Mucho china.



Allí estaba ahora pensando que tocar el bongó o la tumba o la paila (o la batería, los timbales, como decía Cué señalando que era culto y a la vez brillante, sexual, popularmente ingenioso) era estar solo, pero no estar solo, como volar, digo yo, que no he viajado en avión más que a Isla de Pinos, como pasajero, como volar digo como piloto, en un avión, viendo el paisaje aplastado, en una sola dimensión abajo, pero sabiendo que las dimensiones lo envuelven a uno y que el aparato, el avión, los tambores, son la relación, lo que permite volar bajo y ver las casas y la gente o volar alto y ver las nubes y estar entre el cielo y la tierra, suspendido, sin dimensión, pero en todas las dimensiones, y yo allí picando, repicando, tumbando, haciendo contracanto, llevando con el pie el compás, midiendo mentalmente el ritmo, vigilando esa clave interior que todavía suena, que suena a madera musical aunque ya no está en la orquesta, contando el silencio, mi silencio, mientras oigo el sonido de la orquesta, haciendo piruetas, clavados, giros, rizos, con el tambor de la izquierda, luego con el de la derecha, con los dos, imitando un accidente, una picada, engañando al del cencerro o al trompeta o al bajo, atravesándome sin decir que es un contratiempo, haciendo como que me atravieso, regresando al tiempo, cuadrando, enderezando el aparato y por último aterrizando: jugando con la música tocando sacando música de aquel cuero de chivo doble clavado a un dado a un cubo de madera chivo inmortalizado su berrido hecho música entre las piernas como los testículos de la música yendo con la orquesta estando con ella y sin embargo tan fuera de la soledad y de la compañía y del mundo: en la música. Volando.

Allí estaba todavía parado desde la noche que dejé a Cué y a Silvestre caminando a la exhibición de pájaros en la jaula musical del Saint Michel, cuando pasó rápido un convertible y me pareció ver en él a Cuba, atrás, con un hombre que podía ser o no mi amigo Códac y delante otra pareja, muy junticos todos. La máquina siguió y se metió en los jardines del Nacional y pensé que no era ella, que no podía ser ella porque Cuba debía estar en su casa, durmiendo ya. Cuba tenía que descansar, se sentía enferma, «mala» me dijo: en eso pensaba cuando oí que un motor, un auto, subía por la calle N y era el mismo convertible que se paró a media cuadra, en la oscuridad junto al parqueo elevado y oí los pasos subir la acera y venir hacia la esquina y pasar por detrás de mí y me volví y era Cuba que venía con un hombre que yo no conocía, y me alegré que no fuera Códac. Ella me vio, claro. Todos entraron en el 21. No hice nada, ni siquiera me moví.

Al poco rato salió Cuba y vino adonde yo estaba. No le dije nada. No me dijo nada. Me puso una mano en el hombro. Quité el hombro y ella me quitó la mano. Se quedó quieta, sin decir nada. No la miré, miré para la calle y, cosa curiosa, pensé entonces que Vivian debía estar al llegar y quise que

Cuba se fuera y creo que fingí un dolor en el alma tan fuerte como un dolor de muela. ¿O fue que lo sentí? Cuba se alejó despacio, se viró y me dijo tan bajito que casi no la oí:

—Aprende a perdonarme.

Parecía el título de un bolero, pero no se lo dije.

—¿Me esperaste mucho? —me preguntó Vivian y me pareció que fue Cuba quien habló, porque había llegado casi encima de la ida de ella y me pregunté si nos habría visto.

—No.


—¿No te aburriste?

—De veras que no.

—Yo tenía miedo de que te hubieras ido. Tuve que esperar a que

Balbina se durmiera.

No había visto nada.

—No, no me aburrí. Fumaba y pensaba.

—¿En mí?

—Sí en ti.

Mentira. Pensaba en un arreglo difícil que ensayamos por la tarde, cuando pasó Cuba.

—Mentira.

Parecía halagada. Se había cambiado el vestido que tenía en el cabaré por el que traía el día que la conocí. Se veía mucho más mujer, pero no estaba nada blanca fantasmal como la primera vez. Traía el pelo recogido en un moño alto y se había maquillado fresca. Estaba casi bella. Se lo dije, claro que suprimí el casi.

—Gracias —me dijo—. ¿Qué hacemos? No nos vamos a quedar aquí toda la noche.

—¿Adónde quieres ir?

—No sé. Di tú.

¿A dónde llevarla? Eran más de las tres. Estaban abiertos muchos sitios, ¿cuál era el apropiado para esta niña rica? ¿Uno miserable, pero sofisticado como El Chori? La playa estaba muy lejos y me iba a gastar mi sueldo en taxi. ¿Un restaurant de medianoche, como el Club 21?

Ella estaría cansada de comer en estos lugares. Además ahí estaría

Cuba. ¿Un cabaré, un nite-Club, un bar?

—¿Qué te parece el Saint Michel?

Me acordé de Cué y Silvestre, los jimaguas. Pero pensé que a esa hora habría terminado la velada enloquecida y febril de las niñas del sí y de los negros espirituales y nada más que quedarían unas pocas parejas, quizás heterosexuales.

—Me parece bien. Está cerca.

—Eso es un eufemismo —le dije y le señalé el club—. Cerca está la luna.

Apenas había nadie en el Saint Michel y el largo pasillo que era un túnel de sodomía temprano por la noche, estaba vacío. Solamente había una pareja —hombre y mujer— junto a la victrola y dos locas tímidas y bien llevadas en un rincón oscuro. No podía contar al cantinero —que era también el camarero— porque nunca supe si era maricón o lo fingía para un mejor negocio.

—¿Quévana tomar?

Le pregunté a Vivian. Un daiquirí para ella. Bueno, otro para mí. Tomamos tres seguidos, antes de que entrara un grupo de gente haciendo ruido y Vivian dijera bajito: «¡Ay mi madre!»

—¿Qué pasa?

—Gente del Bilmor.

Eran amigos de ella de su club o del club de su madre o de su padrastro y claro que la reconocieron y claro que vinieron a la mesa y claro que hubo presentaciones y todo lo demás. Con todo lo demás quiero decir miradas de entendimiento y sonrisas y dos de ellas que se levantaron con el permiso de todo el mundo occidental para ir al baño y el dalequedale de la conversadera. Me entretuve completando los círculos de agua de las copas y haciendo círculos nuevos con el sudor que hacía bajar por el pie de la copa con el dedo. Alguien puso un disco misericordioso. Era La Estrella, que cantaba Déjame sola. Pensé que aquella mulata enorme, descomunal, heroica, que tenía el micrófono portátil, redondo y oscuro, en su mano como un sexto dedo, cantando en el Saint John (ahora todos los nite-clubs de La Habana tenían nombre de santos exóticos: ¿era cisma o snobismo?) a tres cuadras apenas de donde estábamos, cantando subida en un pedestal sobre el bar como una monstruosa diosa nueva, como si el caballo fuera adorado en Troya, rodeada de fanáticos, cantando sin música, desdeñosa y triunfal, los habitués revoloteando a su alrededor, como las alevillas en la luz, ciegos a su cara, mirando nada más que su voz luminosa porque de su boca profesional salía el canto de las sirenas y nosotros, cada uno de su público, éramos Ulises amarrado al mástil de la barra, arrebatados con esta voz que no se comerán los gusanos porque está ahí en el disco sonando ahora, en un facsímil perfecto y ectoplasmático y sin dimensión como un espectro, como el vuelo de un avión, como el sonido de la tumba: ésa es la voz original y a unas cuadras está solamente su réplica, porque La Estrella es su voz y su voz yo oía y hacia ella me dirigía, y a ciegas guiado por el sonido que fulguraba en la noche y oyendo su voz, viéndola en la oscuridad súbita dije, «La Estrella, condúceme a puerto, llévame seguro, sé el norte de mi brújula verdadera. Mi Stella Polaris» y debí decirlo en alta voz, porque oí unas risas en las mesas que nos rodeaban y alguien dijo, una muchacha, creo, «Vivian te cambian el nombre», y yo dije con su permiso y me levanté y fui al baño y oriné cantando Méame sola, parodia que lleva el copyright de este humilde servidor.

VII


Cuando regresé, Vivian estaba sola y bebía su daiquirí y a mí me esperaba el mío en mi puesto, casi sólido. Lo bebí todo sin hablar y como ella se había tomado el suyo, pedí otros dos y no dijimos una sola palabra de la gente que ya no sabía si habían estado aquí o la había soñado o la imaginé. Pero habían estado, porque tocaban de nuevo, por la tercera vez Déjame sola y vi las marcas de los vasos sobre el vinil negro de las mesas.

Recuerdo que encima de nosotros había un farol de fantasía que alumbraba la cabeza rubia de Vivian cuando empecé a quitarle los ganchos del moño, sin hablar. Ella me miraba los ojos y estaba tan cerca que bizqueaba. La besé o me besó, creo que me besó, porque me pregunté por entre la borrachera dónde aquella niñita que no tendría todavía diecisiete años cumplidos había aprendido a besar. Volví a besarla y mientras con una mano le acariciaba la espalda, con la otra acababa de soltarle el pelo. Le abrí el zipper de la espalda y metí la mano más abajo de la cintura y ella se revolvió, pero no incómoda, creo. No tenía ajustadores y ésa fue mi primera sorpresa. Seguíamos besándonos en el mismo beso y ella me mordía muy fuerte los labios y a la vez me decía algo. Metí la mano por el hueco de la espalda hasta el frente y sentí finalmente sus senos, pequeños, teticas que parecían estarse formando, creciendo, haciendo su pezón bajo mi mano. No crean, aun borracho y bongosero y todo yo puedo ser poético. No moví la mano, sino que la dejé allí. Ella hablaba dentro de mi boca y sentí algo salado y pensé que me había roto el labio. Era que lloraba.

Se separó de mí y echó hacia atrás la cabeza, y la luz le dio en la cara. La tenía mojada por completo. Algo era saliva, pero el esto eran lágrimas.

—Cuídame —me dijo.

Entonces lloró más y no supe qué hacer. Las mujeres que lloran siempre me confunden, aunque esté borracho que es cuando más confundido estoy: todavía me pueden confundir más que el próximo trago.

—Soy tan desgraciada —me dijo.

Creí que estaba enamorada de mí y que sabía —ella lo sabía— lo mío y de Toda Cuba (otro apodo de doña Venegas) y no supe qué decir. Las mujeres que están enamoradas de mí, me confunden más que las mujeres que lloran y que el otro trago. Ahora, para colmo, ésta lloraba y venía el camarero con dos copas más que nadie pidió. Creo que quería terminar el clinche. Pero ella habló con el referí delante y todo.

—Quisiera morirme.

—Pero ¿por qué? —dije yo—. Se está muy bien aquí. Me miraba a los ojos y seguía llorando. Toda el agua del daiquirí se le salía por los ojos.

—Por favor, es terrible.

—¿Qué es terrible?

—La vida es terrible.

Otro título para un bolero.

—¿Por qué?

—Porquesí.

—¿Por qué es terrible?

—Ay, es tan terrible. Dejó de llorar de pronto.

—Préstame un pañuelo.

Se lo presté y se limpió las lágrimas y la saliva y hasta se sonó con él. Mi único pañuelo. Quiero decir, de la noche: tengo más en mi casa. No me lo devolvió. Quiero decir, que no me lo devolvió nunca: todavía debe tenerlo en la casa o en la cartera. Tomó el daiquirí de un viaje.

—Perdóname. Soy una boba.

—No eres una boba —dije y traté de besarla. No me dejó. Lo que hizo fue subirse el zipper y arreglarse el pelo. —Quiero contarte algo.

—Dímelo, por favor —dije yo, tratando de ser tan atento y tan comprensivo y tan desinteresado que parecía el actor más malo del mundo tratando de parecer desinteresado y comprensivo y atento y a la vez hablando a un público que no lo oía. Otro Arsenio Cué.

—Quiero contarte una cosa. Nadie más la sabe.

—Nadie más la sabrá.

—Quiero que me jures que no se lo vas a decir a nadie.

—A nadie.

—Sobre todo no se lo digas a Arsen.

—A nadie —mi voz sonaba ahora a borracho.

—Júramelo.

—Te lo juro.

—Es muy difícil, pero lo mejor es decírtelo de una vez. Ya no soy señorita.

Debí poner la cara de Cué cuando los episodios con Gounod, Mozart & Cía., productores de música embarazosa al por mayor.

—De veras —me dijo, sin que yo dijera nada.

—No lo sabía.

—Nadie lo sabe. Tú y esa persona y yo somos los únicos que lo sabemos. Él no se lo va a decir a nadie, pero yo tenía que contarlo o reventaba. Tenía que decírselo a alguien y Sibila es mi única amiga, pero la última persona que quiero que se entere en el mundo es ella.

—No se lo diré a nadie.

Me pidió un cigarro. Se lo di, pero no cogí ninguno para mí. Cuando le ofrecí candela apenas rozó mi mano, a no ser las veces que el temblor de su mano se trasmitía a la mía por los dedos agarrotados y húmedos del sudor. También le temblaban los labios.

—Gracias —me dijo y soltó humo y sin hacer pausa dijo—: Él es un muchacho muy confundido, muy joven, muy perdido y yo quise darle un sentido a su vida. Pero, me equivoqué.

No sabía qué decir: la entrega de la virginidad como un acto de altruismo me dejaba completamente desarmado. ¿Pero quién era yo para discutir las formas posibles de la salvación? Después de todo, yo no era más que un bongosero.

—Ay Vivian Smith —dijo ella, que nunca usaba su Corona y me acordé de Lorca que siempre se presentaba como Federico García. No fue un lamento en su voz ni un reproche, creo que quería asegurarse de que estaba allí conmigo, y yo no se lo echaba en cara porque para mí también era un sueño. Solamente que no era mi sueño soñado.

—¿Lo conozco? —le pregunté, tratando de no parecer curioso ni con celos.

No me respondió en seguida. La miré bien y aunque parecía que había menos luces en el bar, no lloraba. Pero vi que tenía los ojos aguados. Respondió dos años después.

—Tú no lo conoces.

—¿Seguro?

La miré bien, de frente.

—Bueno, sí. Lo conoces. Estaba en la piscina el día que fuiste. No quería, no podía creerlo.

—¿Arsenio Cué?

Ella se rió o trató de reírse o una mezcla de las dos cosas.

—¡Por favor! ¿Tú crees que Arsen haya estado confundido un solo día de su vida?

—Entonces no lo conozco.

—Es el hermano de Sibila, Tony.

Claro que lo conocía. Pero no me preocupó saber que aquel tipo medio bizco, anfibio de mierda, de cadena al cuello y pulso de identidad en la muñeca: el ciudadano de Miami, ése era el Muchacho Confundido de Vivian. Lo que me preocupó es que dijo es. Si hubiera dicho fue, habría sido algo pasajero o accidental o forzado. Eso quería decir una sola cosa y era que estaba enamorada. Veo a Tony de nuevo: con otros ojos. ¿Qué vería ella en ellos?

—Ah sí —dije—. Sé quién es.

Me alegré de que Cué lo pisoteara. No, desié que él, como yo, tuviera el alma en los dedos.

—Por favor, por lo que más quieras, no lo digas nunca a nadie nunca. Prométemelo.

—Te lo prometo.

—Gracias —dijo y me cogió una mano y la acarició ni mecánica ni dulce ni interesadamente. Era otra sabiduría de su mano, como acercarla a su cara para encender un cigarro—. Lo siento —me dijo, pero no me dijo por qué lo sentía—. Lo siento de verdad.

Era la noche en que todo el mundo lo sentía conmigo.

—No tiene la menor importancia.

Creo que mi voz sonó un poco a Arturo de Córdova pero también un poco a mi voz.

—Lo siento y me pesa —me dijo, pero tampoco me dijo qué le pesaba. Tal vez fuera el contármelo—. Pídeme otro trago.

Llamé al camarero con los dedos y para esto hay que cazar a los camareros: no es tan fácil como se cree: Frank Buck no podría traer a un camarero vivo. Cuando volví a mirarla estaba llorando de nuevo. Habló comiéndose las lágrimas.

—¿De veras que no vas a contarlo?

—No, de veras. A nadie.

—Por favor, a nadie, pero a nadie a nadie a nadie. —Seré una tumba.

Enterrador te suplico, que por mi bien cantes mucho/sobre su tumba un requiém/y que el diablo le haga bien./No la llores, enterrador, no la llores (se repite).

ELLA CANTABA BOLEROS



¿Qué quieren? Me sentí Barnum y seguí los torcidos consejos de Alex Bayer. Se me ocurrió que a La Estrella había que descubrirla que es una palabra que inventaron para Eribó y esos esposos Curís que se pasan la vida descubriendo elementos del radio y de la televisión y del cine. Me dije que había que separar ese oro de su voz de la ganga en que lo envolvió la Naturaleza, la Providencia o lo que fuera, que había que extraer aquel diamante de la montaña de mierda en que estaba sepultado y lo que hice fue organizar una fiesta, un asalto, un motivito como diría Rine Leal, y al mismo Rine le encargué que hiciera las invitaciones que pudiera, que yo invitaba al resto. El resto fueron Eribó y Silvestre y Bustrófedon y Arsenio Cué y el Emsí, que es un buen comemierda, pero que falta me hacía porque era el animador de Tropicana y Eribó trajo a Piloto y Vera y Franemilio, que sería el que mejor gozaría la ocasión porque es un pianista y tiene sensibilidad y es ciego, y Rine trajo a Juan Blanco, que aunque es un compositor de música que perdió el sentido del humor (la música, no Juan Blanco alias Johannes Witte o Giovanni Bianco o Juan Branco: él es compositor de lo que Silvestre y Arsenio y Eribó los días que es un mulatico arrepentido, llaman música seria) y por poco trae a Alejo Carpentier y lo único que nos faltó fue un empresario, pero Vítor Perlo me falló y Arsenio Cué se negó siquiera a hablarle a nadie de la emisora y ahí se quedó la cosa. Pero yo contaba con la publicidad.

La fiesta o lo que fue la di en casa, en ese único cuarto grande que Rine se empeña en llamar studio y la gente empezó a llegar temprano y vino hasta gente que no había invitado, como Gianni Boutade (o algo así) que es un francés o italiano o monegazco o las tres cosas y que era el rey de la manteca no porque importara grasas comestibles, sino porque era el gran mariguanero de la vida y que fue quien trató de ser un apóstol para Silvestre una noche y llevó a Silvestre a oír a La Estrella a Las Vegas cuando hace rato que todo el mundo ya la conocía y que se creía, de veras, su empresario y con él vinieron Marta Pando y Ingrid Bérgamo y Edith Cabell que creo que fueron las únicas mujeres que vinieron esa noche, porque tuve buen cuidado que no se aparecieran ni Irenita ni Manolito el Toro ni Magalena ni ninguna otra criatura de la laguna negra, fueran o no fueran centauras (mitad mujer y mitad caballo, que es una bestia fabulosa de la zoología de la noche en La Habana, y que no puedo ni quiero describir ahora) o como Marta Vélez, notable compositora de boleros, toda caballo y también vino Jesse Fernández, que era un fotógrafo cubano que trabajaba para Life y estaba de visita en La Habana. No faltaba más que La Estrella.

Preparé las cámaras (las mías) y le dije a Jesse que podía utilizar cualquiera de ellas si le hacía falta y escogió una Hasselblad que compré por esos días y me dijo que la quería probar esa noche y nos pusimos a comparar la calidad de la Rollei y de la Hasell y pasamos de ahí a la Nikkon frente a la Leica y de ahí hablamos del tiempo de exposición y del papel Varigam que era nuevo entonces y de todas esas cosas que hablamos los fotógrafos y que son lo mismo que la falda larga y corta y el talle para las mujeres y los averages y el ranking para los fanáticos de pelota y los calderones y las fusas para Marta y Piloto y Franemilio y Eribó y el hígado o los hongos o el lupo para Silvestre y Rine: temas para las variaciones del aburrimiento, balas de conversación para matar el tiempo, dejando para pensar mañana lo que puedes hablar hoy y todo es posponer, que es una frase genial que Cué debe haber robado en alguna parte. Rine, mientras tanto, repartía los tragos y los chicharrones y las aceitunas. Y hablamos y hablamos y pasó el tiempo y pasó una lechuza por frente al balcón de mi piso, chirriando, y Edith Cabell gritó, ¡Solavaya! y recordé que le dije a La Estrella que íbamos a darle una fiesta a las ocho para que viniera a las nueve y media y miré el reloj y eran las diez y diez. Fui a la cocina y dije que iba a comprar hielo abajo y Rine se extrañó porque sabía que había hielo en la bañadera y bajé a buscar por todos los mares de la noche a esa sirena que encarnó en un manatí, a Godzilla que canta en la ducha oceánica, a mi Nat King Kong.

La busqué en el Bar Celeste, entre la gente que comía, en el Escondite de Hernando, como un ciego sin bastón blanco (porque sería inútil, porque ni siquiera un bastón blanco se vería allí), ciego de veras al salir por el farol de la esquina en Humboldt y Pe, en el MiTío en su airelibre donde todas las bebidas saben a tubo de escape, en Las Vegas evitando encontrar a Irenita o a la otra o la otra y en el bar Humboldt, y ya cansado me fui hasta Infanta y San Lázaro y no la encontré allá tampoco pero cuando regresaba, pasé de nuevo por el Celeste y en el fondo conversando animadamente con la pared estaba ella, completamente borracha y sola. Debía haberse olvidado de todo porque estaba vestida como siempre, con su sotana de la orden de las Carmelitas Calzadas, pero cuando me le paré al lado me dijo, Hola muñecón, siéntate y toma algo, y se sonrió de oreja a oreja. La miré, bravo, por supuesto, pero me desarmó con lo que dijo, No podía varón, me dijo. No tengo coraje: ustedes son muy fisnos y muy curtos y muy decentes para esta negra, dijo y pidió otro trago mientras se bebía el que tenía, como un dedal de vidrio, entre sus manos, le hice señal al camarero que no trajera nada y me senté. Me volvió a sonreír y comenzó a canturrear algo que no pude entender, pero que no era una canción. Vamos, le dije, vamos conmigo. Nones, me dijo, que pega con Bujones, te acuerdas, el de las películas de caballitos. Vamos, le dije, que nadie te va a comer. A mí, me preguntó, sin preguntar, comerme a mí. Mira, me dijo y levantó la cabeza, primero me los como a ustedes todos junticos antes que me toque uno de ustedes un solo rizo de mi pasión argentina, dijo y se halaba el pelo, duro, dramática o cómicamente. Vamos, le dije, que todo el mundo occidental te está esperando en mi casa. Esperando qué, me dijo. Esperando que tú vayas y cantes y te oigan. A mí, me preguntó, oírme a mí, preguntó, y en tu casa, están en tu casa, todavía, preguntó, entonces me pueden oír desde aquí porque tú vives ahí al doblar, me dijo, no tengo más que pararme en, y comenzó a ponerse de pie, la puerta y me suelto a cantar a todo trapo y me oyen, me dijo, no es así, y cayó en la silla que no crujió porque de nada le serviría, habituada, resignada a ser silla. Sí, le dije, es así, pero vamos a casa, que es mejor, y me puse confidencial. Hay un empresario allá y todo, y entonces levantó la cabeza o no levantó la cabeza, la ladeó solamente y levantó una de las rayas finas que tenía pintadas sobre los ojos y me miró y juro por John Huston que así miró Mobydita a Gregory Ahab. ¿La habría arponeado?



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