Tres tristes tigres



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—Díaz.

—Sí, Díaz.



—No, es que estabas diciendo Día.

¿Me sonrojé? ¿Cómo saberlo? Cué no era, por cierto, mi espejo.

—Vete al carajo. A esta hora con clases de dicción.

—Enunciación. Tu problema es más bien de articulación.

—Al carajo.

—¿Estás molesto?

—¿Yo? ¿Por qué? Al contrario me siento muy bien, muy descansado. Como un hombre sin secreto. Lo que me parece torpe que te quedes ahí, así.

—¿Qué quieres que haga? Está lloviendo.

—Digo, cuando te digo que me pienso casar con Laura y que te quedas ahí así.

—¿Cómo?


—Así, como te quedas.

—No veo por qué tenga que adoptar una posición indicada cuando me dices que te piensas casar. Mientras no sea más que piensas. ¿Estoy bien así de perfil?

—¿Y el nombre? ¿No te dice nada?

—Es un nombre corriente. Debe haber por lo menos diez Laura Díaz en la guía de teléfonos.

—Pero ésta es Laura Díaz.

—Sí, tu prometida.

—No jodas.

—Bueno, tu novia.

—Por favor, Arsenio, me senté aquí a hablar contigo y ni siquiera reacciona. Reaccionas.

—Primo, fui yo quien te arrastró hasta aquí y ahora casi que lo lamento.

¿Era verdad? Por lo menos era verdad que insistió.

—Secundo, me dices que te casas. Que piensas casarte. Te felicito el primero. ¿El primero, creo? Iré a la boda, a lo mejor. Les haré un regalo. Algo apropiado para el hogar. ¿Qué más quieres? Puedo ser tu testigo. Padrino, si la boda es por la iglesia y con tal de que no sea en San Juan de Letrán, que detesto, por lo que sabes: que no tiene campanario y pasan un disco con sonido de campanas por los altavoces: una iglesia radial. Más no puedo hacer, de veras. El resto, mi viejo, tienes que ponerlo tú.

¿Me sonreí? Me sonreí. Me reí.

—Bueno, no hay nada qué hacer.

—Sí, presentarme a la novia.

—Te vas al carajo. Dame un cigarro, anda.

—¿Tú fumando cigarrillos? Ésta es una noche toda llena de revelaciones y de música secreta. Creí que no fumabas más que en pipa o tabacos regalados después del postre y el café.

Lo miré. Miré por sobre su hombro. Una escena. Gente en movimiento. Escampaba. Entraba gente al restorán. Salían. Un camarero echaba aserrín ante la puerta.

Una noche de mil novecientos treinta y siete mi padre me llevaba al cine y pasamos por el gran café del pueblo, El Suizo, de persianas de vaivén en las puertas y mesas de mármol y una escena de odaliscas desnudas en un gran cuadro sobre la barra, cortesía de la cerveza Polar que es la cerveza del pueblo ¡y el pueblo nunca se equivoca!, y un mantecado siempre prometido y merengues como bellas durmientes encerrados en una caja de cristal y pomos con caramelos de colores. Vimos en el piso del portal, esa noche, una cinta de serrín mojado, oscuro. El reguero llegaba al final del corredor y serpeaba por entre comentadores exaltados. En aquel café de Oriente ocurrió un drama del oeste. Un hombre enconado retó a su rival a duelo mortal. Habían sido amigos y ahora eran enemigos y entre ellos había ese odio que hay solamente entre rivales que fueron una vez camaradas. «Te mataré endondequiera», dijo uno de ellos. El otro hombre, más cauto o menos habituado, se preparó con paciencia y con valor y con fe. El primer hombre lo encontró esa noche sentado a la barra, bebiendo un ron suave. Empujó una persiana y casi desde la calle gritó, «Date vuelta, Cholo, que te voy a matar». Disparó. El hombre que se llamaba Cholo sintió un golpe en el pecho y cayó contra el mostrador de zinc al tiempo que sacaba un revólver. Disparó. El rival de la puerta cayó con un tiro en la frente. La bala destinada a Cholo (cosas del azar) se alojó en la funda de plata de sus espejuelos, que llevaba siempre (cosas de la costumbre) dentro del saco, a la izquierda, sobre el corazón. El aserrín disimulaba con piedad higiénica la rencorosa, extraviada sangre del retador, ahora el muerto. Seguimos. Llegamos al cine, mi padre pesaroso, yo excitado. Vimos una vieja película de Ken Maynard que entonces era estreno. La serie de El crótalo. La moraleja estética de esta fábula sangrienta es que Maynard de negro, audaz y certero, El crótalo misterioso, malvado y la muchacha bella y pálida y virtuosa son reales, están vivos. En cambio Cholo y su rival, que eran amigos de mi padre, la sangre en el suelo, el duelo espectacular y torpe pertenecen a las nieblas del sueño y del recuerdo. Algún día escribiré este cuento. Antes se lo conté, así, a Arsenio Cué.

—Pareces Borges —me dijo—. Llámalo Tema del Malo y el Bueno.

No entendió. No podría entender. No comprendió que no era una fábula ética, que lo contaba por contar, por comunicar un recuerdo nítido, que era un ejercicio en nostalgia. Sin rencor al pasado. No podía comprender. En fin.

—¿Qué tomaba Cholo?

—Qué carajo sé yo —le dije.

—¿No sería un licorcito?

—Te digo que no sé.

—No entiendes.

Llamó al camarero.

—¿Sí señor?

—Tráiganos dos de lo que toma Cholo.

—¿Cómo?


Miré. Era otro camarero.

—Dos licorcitos.

—¿Contró, benedictino, maríbrisár?

¿Era otro camarero?

—Lo que haya.

Se fue. Sí era otro. ¿De dónde saldría? ¿De una fábrica que había al fondo? ¿De la chistera?

—¿Cómo se llamaba el muerto?

—No recuerdo.

Me corregí.

—Nunca lo supe. Creo.

Regresó el camarero con dos copetines de un licor que un poeta modernista llamaría de color ambarino.

—A la buena suerte y mejor puntería de Cholo —dijo Cué, levantando su copa. No me reí, pero pensé que quizás comenzaba a comprender y estuve tentado de aceptar el brindis.

—To friendship —dije y bebí el licor de un trago.

Me metí la mano en ese gesto casi histriónico de ir a pagar o de tratar de pagar cuando ya es demasiado tarde y me encontré, al tacto, una visión nueva de billetes —o una visión de nuevos billetes. ¿Se me vio la sorpresa en la cara? Saqué los billetes, todos. Había tres pesos viejos, arrugados renegridos por las caricias interesadas y donde Martí casi parecía Maceo y otros dos billetes, los que Cué quizás habría llamado billetes dulces. Eran dos papeles, blancos, doblados y enseguida pensé que Magalena me dejó una nota. Pero ¿y el otro papel? ¿Un recado de Beba? ¿Una nota de Babel? ¿Un mensaje de García? Los abrí. Mierda.

—¿Qué es? —me preguntó Cué.

—Nada —le dije, queriendo decir algo más.

—Secreticos en reunión...

Le tiré los papeles en la mesa. Los leyó. Los tiró sobre la mesa él también. Los cogí, los hice un rollo y los eché en el cenicero.

—Mierda —dije.

—Ah, qué memoria la tuya —dijo Cué imitando al Indio Bedova—. Debe de ser el aire acondicionado.

Volví a coger los papeles, los alisé sobre el mármol. Supongo que Arsenio Cué no es el último mohicano y que todavía quedan curiosos en el mundo.

NO PUBLICABLE

Silvestre, la traducción de Rine es pésima por no decir otra cosa mayor, que sería una mala palabra. Te ruego que me hagas una versión usando el texto de Rine como materia prima. Te envío también el original en inglés para que veas cómo Rine construyó su metáfrasis, como dirías tú. No te duermas o no duermas con ella. Recuerda que no tenemos cuento para esta semana y entonces no quedará más remedio que meter uno de Cardoso, ese Chéjov del pobre, o de Pita, que no tiene nombre. (A Rine van a pagarle de todas maneras la traducción. ¿Por qué se empeña en usar ese increíble pseudónimo de Rolando R. Pérez?)

GCI


PS, No olvides escribirme la nota de presentación a tiempo. Recuerda lo que pasó la semana pasada. El Dire echaba Fab (nuestro detergente patrocinador) por la boca. Se la entregas a Wangüemert.

12 pts negras

Nota ................................................

Cuentistas Nort...................

William Campbell, sin ningún parentesco con los famosos fabricantes de sopas enlatadas, nació en 1919 en Bourbon County, Kentucky y ejerció los más variados oficios hasta descubrir su vocación de escritor. Actualmente vive en Nueva Orleans y es profesor de literatura española en la universidad de Baton Rouge, Lousiana. Ha publicado dos novelas de gran éxito («All-Ice Alice» y «Map of the South by a Federal Spy») y cuentos y artículos en las principales revistas de los Estados Unidos. Fue, además, corresponsal volante de Sports Illustrated en el II Havana Rally celebrado recientemente en esta capital. De esas experiencias habaneras ha surgido este delicioso cuento que publicó hace poco la revista Beau Sabreur. Las connotaciones autobiográficas se hacen truco literario de la mejor ley cuando se sabe que Campbell es un soltero empedernido, abstemio convencido y no ha cumplido cuarenta años todavía. Este cuento corto de nombre largo tiene, pues, un doble o triple interés para el aficionado cubano y CARTELES se complace en presentarlo a sus lectores en su primera versión española. Ahora dejamos a unos en manos del otro —y viceversa.

—Mierda —dije.

—¿No puedes llevar la nota mañana?

—Tendré que levantarme al amanecer.

—Por lo menos ya hiciste la traducción.

—Eso espero.

—¿Cómo eso esperas?

—No hice otra cosa que coger la traducción de Rine y poner los adjetivos que estaban delante, detrás.

—Y viceversa.

Me sonreí. Cogí los papeles de la mesa, los hice de nuevo una pelota y los tiré a un rincón.

—Al carajo.

—Allá tú —me dijo Cué.

Saqué uno de los billetes y lo puse sobre la mesa.

—¿Qué es eso? — preguntó Cué.

—Un peso.

—Eso lo estoy viendo, coño. ¿Qué es lo que haces?

—Pagar —le dije.

Se rió en forzadas carcajadas de actor.

—Todavía estás fijado en el recuerdo.

—¿Cómo?


—Que eres Cholo, viejito. ¿No oíste lo que dijo camarero?

—No.


—Te acabas de beber la cicuta del cliente. Es un regalo de la casa.

No lo oí.

—¿O estabas pensando en la traición o tradición o traducción de Rine, siempre leal, al pie de la letra así?

—Ya no llueve —fue mi respuesta. Salimos, yéndonos.

XXII

No iba a llover más por esta noche.



—El tiempo dio la razón a Brillat Savarin —dijo Cué caminando mirando gesticulando—. Hoy vale más el descubrimiento de un plato nuevo que el de una nueva estrella. (Señalando al cosmos.) Son tántas las estrellas.

El cielo estaba despejado y bajo su comba caminamos hasta el Nacional.

—Debí comprar una bomba de achicar. Te invito a pasear en bote.

No dije nada. Todo estaba oscuro y en silencio. Hasta la muñeca dipsómana estaba a oscuras y callada. Borracha de lluvia. Cué no dijo más nada y nuestros pasos resonaban históricos. En el cielo hubo un silencio que duró más que minutos-luz. Cuando llegamos al carro, antes de llegar porque el bombillo del parqueo seguía alumbrando, vimos que alguien lo había cubierto y subido los cristales.

—Y bien cerradito —dijo Cué entrando—. Seco-seco.

Me senté en mi asiento, suicida siempre. Salimos y se paró en la portada y bajó y despertó al sereno y quiso darle una propina. El guardia no la aceptó. Era el otro Ramón todavía. Los amigos de mis amigos son mis amigos, dijo. Cué le dio las gracias buenas noches. Tamañana. Nos fuimos. Hicimos un viaje corto y me dejó en los bajos cinco minutos después aunque estábamos a cuatro cuadras de casa, porque la línea más corta entre dos puntos, para Arsenio Einstein Cué, es la curva del Malecón.

—Estoy muerto —me dijo estirándose.

—¿Quieres una mortaja de lino?

—¿Novas Caivo?

—No, de hilo. O en todos caso, de Linos.

—No pienso morir de nuevo esta noche. Como dice tu Marx, Better rusty than missing.

—Considéralo una compañía para tu eternidad, que te vas solo a tu casa.

—Mi viejo, es que te olvidas del Viejo.

—¿El Viejo y el mal?

—Le Vieux M, aquel que dijo que le vrai neant ne se peut ni sentir ni penser. Mucho menos comunicar.

—Quel salaud! Ése es el Gran Contradictorio.

Haló el freno de mano y se volvió a medias hacia mí movido por la inercia. Cué vivía en el espacio exterior y ni la gravedad ni la fricción ni la fuerza coriolis menguaban sus impulsos.

—Estás en un error.

Me acordé de Ingrid Bérgamo, la pobre, que creía que Bustrófedon, el pobre, decía bien cuando decía estás en un horror. Ingrid Moe, calva, con Irenita Curly, ésta de anoche y sus permanentes caseros y cuál de los gemelos tiene el Tony (sin saber que uno fue «Tony») y con Edith Cabell, doblemente pobre, con su guanaJuanería de Arco y su pelado trapense, que podían ellas muy bien ser Curly, Larry, Moe. The Three Stooges. Las pobres. Los pobres. Todos. Nosotros dos pobres también. ¿Por qué no estaba Bustrófedon con los dos para ser tres? Mejor que no esté. No entendería. No hay dibujitos. Nada más que sonidos y, tal vez, furia.

—¿Sí? ¿Con respecto a Sartre, el San Agustín del Tercer Milenio, tu Third Coming?

—No chico no. Ni tampoco conmigo sino contigo.

—Wordswordsworth.

—Vas a cometer el primer error verdaderamente irreparable de tu vida. Ése lo convocas tú. Los otros vendrán por su propio peso.

—¿Específico o neto?

—Estoy hablando en serio. Perfectamente en serio, terriblemente en serio.

—Mortalmente de cansancio en serio. For pavor, Arsenio, ¿quién va tomarnos a nosotros en serio a estas alturas?

—Nosotros mismos. Como los trapecistas. ¿Tú crees que hay trapecista que se pregunte, en el aire, haciendo un doble o triple salto mortal: Soy yo serio o Por qué estoy haciendo estas cabriolas inútiles y no algún trabajo serio? Imposible. Se caería. Y tumbaría a los otros para abajo.

—Como los errores. Primera Ley de Newton. Todas las manzanas caen, como los trapecistas en duda, para abajo.

—Bien, no digas que no traté de avisarte. Cásate y acabarás con tu vida. Quiero decir, lo sabes bien, con tu vida de ahora. Ése es otro destino, una muerte más.

—Sé bien lo que quieres decir.

A veces puedo ser Silvestre Innuendo. Me miró bizqueando gesticulando haciendo la mueca bucal de la E.

—Es un consejo. Sin interés.

Ni tanto por ciento, pensé. El resto es evangelización. Arsenio Rhodescué.

—Te podría decir lo que dijo Clark Gable en el banquete o symposium de a bordo, donde no quería admitir a ese fantasma platinado, Jean Harlow, al decidir irse con ella a navegar por otros mares de locura, que dijo, citando al reo cuando le pusieron el nudo corredizo, «Es una lección que nunca olvidaré». Te digo, yo, lo tomaré, tomaré tu consejo en ayunas y me volveré del lado derecho.

Soltó el freno. Salí.

—I'll bet your wife, que en español se llamó Cuéntame tu Viuda. Spellbound. B,o,u,n,d.

—Creí que hablabas en serio.

—En serio dentro del juego.

—El hintrépido omvre joben en el trapezio bolante. Bersión livre.

Soltó el freno. Salí.

—Abyssinia.

Di la vuelta por detrás del carro, bojeándolo casi. Al pasar por su lado me dijo, Juan Sebastián, no Bach sino El Cano, que le vent du bonheur te souffle au cu y please end well your trip around the underworld, and sleep well, bitter prince and marry then, sweet wag, que fue una cita profética, y para beneficio del vecindario que no sabía francés ni inglés y casi tampoco el español, más alto:

—Muchas gracias por el culo, Sir Caca.

Le grité consíderelo un placer mutuo, lord Shit-land. Se equivocó E. M. Forster, se equivocaba, creyó que Londres era el mundo y el Támesis los océanos y sus amigos toda la humanidad. ¿Quién va a traicionar a su patria o a su matria (sumatria es la patria de nosotros los humalayos) para conservar un amigo, cuando sabe que puede traicionar a los amigos y mantenerlos en conserva, como peras pensantes? Arsenio Del Monte y también por qué no decirlo verdaderamente amigos la cubanidad es amor y también Silvestre Libbys.

Soltó el freno. Salí.

—Cuando sepas quién es el contradictorio velado, dímelo por carta — me gritó por sobre el cuecuecué ronro neado del motor del auto que se iba—. Escríbeme a poste restante —y el eco de la calle encajonada multiplicó, fraccionó, desfiguró su —Hasta mañana.



En el silencio que dejó el carro detrás subía las escaleras flanqueadas por dátiles en flor y atravesé el oscuro pasillo solo y en silencio y sin miedo al hombrelobo ni a la mujer pantera y cogí el elevador en silencio y encendí la luz de la cabina y la apagué de nuevo para subir a oscuras y en silencio entré en casa y en silencio me quité la camisa y los zapatos en silencio y en silencio fui al baño y oriné y me saqué los dientes en más silencio y en silencio y en sigilo metí el puente en un velero en un vaso y escondí en silencio esta hierofanía dental arriba detrás del botiquín y en silencio fui a la cocina y tomé agua en silencio tres boles en silencio tres y todavía tenía sed y en silencio me fui con la barriga inflada y dándome suaves palmas en todo el globo ventral y en silencio salí al balcón pero no vi más que el ventanal iluminado en silencio y el anuncio Funeraria del silencio Caballeros donde en silencio entierran también damas en silencio y en silencio cerré las persianas en silencio y fui en silencio a mi cuarto y me desnudé en silencio y abrí la ventana en silencio por donde entró el silencio de la última noche en silencio y que se llama conticinio palabra de silencio y oí en silencio un gotear silente de agua desde el balcón de arriba en silencio y en silencio fumé mi pipa de la paz universal y vi como Bach cómo salía en silencio el tabaco muerto en silencio espiritual en algo más que en nada en humo de silencio por el silencioso hueco alumbrado de mi ventana que miré miré miré hasta que se hizo redondo y desapareció, todo en silencio, y miraba allá al otro lado del heaviside a la gran pradera oscura de los cielos y más allá y más allá de más allá y más allá todavía donde allá es acá y todas las direcciones y ningún lugar o un lugar sin lugar sin arriba ni abajo ni este ni oeste, nunca-nunca, y pude ver con estos ojos que se comerán los gusanos, sabidureza de las nociones, vi, de nuevo las estrellas, unas pocas: siete granos de arena en una playa: playa que es un grano de arena en otra playa: playa que es un grano de arena de una playa que está en un grano de arena en otra playa, pequeña, de una rada o estanque o charca que forma uno de los muchos mares que están dentro de una burbuja de un océano fenomenal donde ya no hay estrellas porque las estrellas perdieron el nombre: el colmos, y preguntándome si Bustrófedon estaría igualmente en expansión con las señales de su espectro corriéndose hacia el rojo, rosado en mi memoria y pensando que un año-luz también convierte el espacio en un tiempo limitado mientras hace del tiempo un espacio infinito, una velocidad, sintiendo un vértu madre te estará diciendo ayer no te asomes a ese pozo que no tiene fondo tú le preguntarás de nuevo esta noche por qué no tiene fondo repetida ella repetirá porque sale por el otro lado del mundo otra vez tú querrás saber y qué hay del otro lado del mundo tu otra madre te estará diciendo siempre un pozo que no tiene fondo tútigo pascaliano que fueserá más pavoroso que la idea de los marcianos infiltrados en mi cuerpo, llevar en los veleros sanguíneos al vampiro o incubar un microbio ignorado y remoto, que era el miedo a que en realidad no hay marcianos ni más allá ni nada o tal vez solamente nada, y en terror temiendo la vigilia más que al sueño y viceversa, me quedé dormido y dormí toda la noche y el día entero y un pedazo de otra noche ya que era de madrugada cuando desperté y todo estaba en silencio y yo era la criatura de la negra, dormida laguna y me quité los espejuelos y la pipa y la ceniza que cayó en los labios y soltó el freno, salí y entré otra vez en el largo corredor de la coma, del coma y dije, entonces fue entonces, una palabra, me parece, un nombre de niña (no lo entendí: clave del alba) y me volví a quedar durmiendo dreamiendo soñando con los leones marinos de la página setenta y tres: morsas: morcillas: sea-morsels. Tradittori.

Oncena



Tuve un disgusto serio con mi marido, porque lo desperté llorando. Yo estaba llorando, él estaba durmiendo. No quise despertarlo, pero él se despertó. Se había dormido hacía rato pero yo no me había podido dormir, porque estaba pensando en una niñita de mi pueblo que era muy pobrecita. ¿Usted no se acuerda de la muchacha cocinera que vi en la casa de los padres de Ricardo? Yo no recuerdo bien si era ella o si era su hermana o era una que se parecía mucho a ella. La cuestión es que esta muchachita era muy pobre, pero muy pobrecita y huérfana. Estaba recogida en casa del panadero y dormía en la tienda de la panadería y trabajaba muchísimo y era de mi edad, pero estaba tan flaquita y era tan infeliz que estaba jorobada y era tan tímida, que nada más que hablaba conmigo y con otra niña que jugaba con nosotros también. Pues esta muchachita trabajaba en la panadería y dormía en la tienda por las noches y el panadero que la había recogido y su mujer dormían en uno de los cuartos de la casa. El panadero estaba recién casado y su mujer era la que había recogido a la niña desde antes de casarse y una noche hubo un tumulto en la panadería, porque la mujer se despertó porque oyó un ruido y fue a la tienda de la panadería y encontró que el panadero estaba subido en el catre en que dormía mi amiguita, desnudo y la tenía a ella con el refajo con que dormía subido y trataba de violarla o la había violado. La cosa es que él la tenía amenazada a ella con matarla si decía algo, pero para que no gritara le había puesto en la boca un pan y así los encontró la mujer. Todo el pueblo se levantó y lo querían linchar y se lo llevaron dos guardias rurales y el hombre iba llorando y a su lado iba su mujer y su hija (porque la otra muchachita que jugaba con nosotros era la hija del panadero, que era viudo y tenía esta hija de diez años que dormía en el otro cuarto de la casa) le iban gritando cosas y la hija le decía: «Tú no eres más mi padre» y la mujer lo insultaba y le gritaba que debía morirse. Le echaron como diez años de cárcel y después la mujer y la hija se mudaron del pueblo y la niñita, mi amiguita, fue recogida por otra familia y yo iba hasta allá a jugar, que era como a diez cuadras de la casa, pero en el mismo pueblo. Durante mucho tiempo los muchachos se metían con ella y hasta las personas mayores le decían que ella se había dejado toquetear y manosear y violar (no decían violar sino decían otras cosas, lo que usted sabe) y ella lloraba y yo le decía cosas a la gente y le tiraba piedras y le decía a mi amiguita que era mentira, que eso lo decían por bromear y ella lloraba y decía, «No es por bromear, no es por bromear», y yo la veía cada vez más encogida. Entonces vinimos para La Habana.

Se lo he contado a mi marido. Se lo he contado muchas veces, pero él me pelea, porque dice que parece que todo eso me pasó a mí y no a la amiga mía. Lo cierto es, doctor, que yo no sé si me pasó a mí o si le pasó a mi amiguita o si lo inventé yo misma. Aunque estoy segura que no lo inventé. Sin embargo, hay veces que pienso que yo soy en realidad mi amiguita.



EPÍLOGO




aire puro me gusta el aire puro por eso estoy aquí a mí me gusta el perfume que se habrá figurao me hace mueca mueca mueca y mueca me vuelvo loca de tanta mueca me gusta el perfume concentrado qué se habrá figurao que voy a oler su culo apestoso qué mejor que el aire puro el aire puro de la naturaleza me gusta el sol y los perfumes concentrados me hace mueca mueca y mueca y me mete los fondillos en la cara habiendo tanta agua le meten la peste del culo en la cara caballeros qué gente más inmoral y más sucia estoy con los alemanes el mono te castiga el mono carne humana pa qué me quiere quitar la mano seguro que se la va a comer seguro que la va cocinar y se la va comer este mono me persigue me persigue enséñeme su principio moral soy protestante protesto de tanto salvajismo un polvo de majá de cocodrilo de sapo y se vuelve localocaloca enséñeme su moral su principio moral su religión por qué no lo enseña ni soy cartomántica ni soy bruja ni soy santera toda mi familia ha sido protestante ahora usted me confunde por qué me va a imponer su ley su asquerosa ley confunde la raza confunden la religión todo lo confunde el principio moral de los católicos no de los ñañigos ni de los espiritista el aire no es suyo esto no es su casa la bemba suya se mete en toas partes esa peste me pudre las serulas del cerebro ya no puedo más registra y registra y registra que viene el mono con un cuchillo y me registra me saca las tripas el mondongo para ver qué color tiene ya no se puede más.


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