Tres tristes tigres



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—Es del tute. Yo sé jugar. Beba me enseñó. Pócar también.

Del carajo. Si los hombres jugaran al bridge como juegan las mujeres al póker. Pócar.

—Sí. Eso mismo.

Decidí cambiar de tema. O mejor, volver a otro tema. Ciclismo. Casar a Mircea Eliade con Bahamonde.

—¿No te gusta el baile?

—No si tú supiera que a mí, poco.

—¿Y eso? Tú tienes cara de gustarte el baile.

Mierda, ésa es una forma de racismo. Fisiognomancia. Merecía que me dijera que se baila con los pies, no con la cara.

—¿Sí? Si tú supiera que de chiquita etaba loca por el baile. Pero ahora, no sé.

—De chiquita no se vale.

Se rió. Ahora sí se rió.

—Mira que utede son raro.

—¿Quién es ustedes?

—Tú y tu amigo ése. Cué.

—¿Por qué?

—Porque sí. Son raro. Dicen cosa rara. Hacen la mima raresa. Son igualitos, raros los do. Y hablan y hablan y hablan. Tanta habladera ¿pagué?

¿Sería un crítico literario in disguise? Maga Macarthy.

—Es posible que sea cierto.

—Sí, es así.

Debí poner cara de algo porque añadió:

—Pero tú solo no lo ere tanto.

Menos mal. ¿Es un cumplido?

—Gracias.

—No hay polqué.

Vi que me miraba, fijo, y en la penumbra sus ojos se veían, casi se sentían quemantes, intensos.

—Tú me cai bien.

—¿Sí?

—Sí, de verdá.



Me miraba y se plantó frente a mí mirándome a los ojos y levantó los hombros y el cuello y la cara y abrió la boca y pensé que las mujeres entienden el amor felinamente. ¿Dónde aprendió ese gesto que parecía una actitud de baile? Nadie me lo dijo porque no había nadie. Estábamos solos y le cogí una mano, pero se soltó y al hacerlo me arañó mi mano, sin querer y sin saber.

—Vamo allá.

Señaló con la cabeza la oscuridad de detrás, la orilla. ¿Sería tan tímida? Del otro lado del río brillaban las luces del Malecón. Vi una estrella que cayó al mar por detrás de La Chorrera. Caminamos. Le cogí una mano invisible. Me apretó la mía, fuerte, clavándome sus uñas en la carne, invisibles. Le di vuelta y la besé y sentí su aliento, carnal, más tibio que la noche y el verano y era un vaho, un aura, otro río y llenaba, inundaba el descampado con sus besos sus olores sus ruidos amorosos su perfume salvaje y doméstico (porque sentí algún vago Chanel, Nini Ricci, no sé, no soy experto) y me besó fuertemente, duro, ruda, en la boca, me abrió los labios con su lengua y mordió mis labios, fuera y dentro, las mucosas, la lengua, las encías, buscando algo, mi alma pensé y me clavó las manos que eran ya garras en el cuello —y me acordé de Simone Simon no sé por qué, si sé por qué, allí en la oscuridad, y le devolví beso por beso y fueron todos un solo beso y le besé el cuello dráculamente y dijo, gritó sí sí sí, y le abrí la blusa y no tenía ajustadores, sostén o brassieres, también llamados Soutien-gorges, Georges que era yo encima de ellos y pensé sobre los besos en las caricias de sus manos expertas que guardaron las uñas mientras buscaban una brecha amorosa, ideé que ella soñaba que era una equilibrista sin red y sin Maiden-form bra esta noche y me reí para dentro mientras para afuera movía mi lengua sobre sus senos desnudos (por poco digo dormidos) y sobre los botones, que eran dos y dos se me escapaban no como peces sino como pezones sorprendidos, y regresé por el mismo camino lentamente, del cuello hacia mi casa de su boca y la besé de nuevo, nuevamente, y ella había encontrado su ruta, su camino interior y

Se separó brusca. Miraba detrás de mí y creí que venía alguien y pensé que ella podía ver en la oscuridad y me pregunté si tendría manchas o pintas o rayas y me dije, ha vuelto a ser toda negra y como seguía mirando fijamente pensé que era Beba. No, no era Beba. No era nadie. No venía nadie. Personne. Nessuno. Nada.

—¿Qué pasa?

Miraba detrás de mí todavía, di una vuelta, rápida, en redondo, y detrás de mí no había nadie, nada, la noche, la oscuridad, las sombras solamente. Sentí miedo o por lo menos frío —y había calor, mucho, a la orilla del río.

—¿Qué pasó?

Estaba en trance, hipnotizada por algo que yo no podía ver, que no vería, que nunca veré. Marcianos en la orilla. ¿Vendrían en bote? Mierda, ni los marcianos podrían ver en esta oscuridad. Casi no la veo a ella. La sacudí por los hombros invisibles. Pero no salía del trance. Pensé darle una bofetada. Al tacto. Es fácil pegarles a las mujeres. Además siempre salen así del trance. En las películas. ¿Y si me devolvía el golpe? Quizás no fuera una cristiana. Desistí, no quiero peleas confusas en la oscuridad. Volví a sacudirla por los hombros.

—¿Qué te pasa?

Dio un tirón y al mismo tiempo tropezó y cayó sobre algo oscuro que abultaba debajo, a un lado de nosotros. Tierra de cuando terminaron el túnel, apilada. Tierra y tal vez fango. El río está ahí mismo. Podía oír el agua batiendo contra su respiración, que es una imagen que no tiene lógica, pero ¿qué quieren?, nada tenía lógica entonces. En estos momentos la lógica se fuga con el valor y el calor, por algún poro del cuerpo. La levanté por los brazos y vi que no me miraba todavía. Es asombrosa la cantidad de cosas que se pueden ver en la oscuridad cuando uno está dentro de ella. No me miraba, no, pero ya no era una mirada perdida buscando nadie en la nada.

—¿Qué fue?

Me miró, ¿Qué será?

—¿Qué era?

—Nada.


Empezó a sollozar, tapándose la cara. No tenía necesidad, la oscuridad era un buen pañuelo. Quizás no se cubriera los ojos de adentro para afuera sino al revés, los protegía. Le quité las manos.

—¿Qué es?

Cerraba los ojos y apretaba los labios y toda su cara era una mueca oscura en la noche. Del carajo. Tengo espejuelos de lince. Mejor de búho. Soy la lechuza del alma.

—¿Qué coño pasa?

¿Las malas palabras serán mágicas? Algo conjurarán, porque empezó a hablar desata furiosa desaforadamente, ganándonos a Cué y a mí, porque hablaba con una violencia interna, vehemente, tartajeando las palabras.

—No quiero. No. no. No quiero ir. no quiero volver.

—¿A dónde? ¿A dónde no quieres volver? ¿Al Johnny's?

—A casa de Beba. no quiero regresar con ella. ella me pega y me encierra y no me deja hablar con nadie pero con nadie. por favor no me dejes regresar. no quiero volver. me encierra en un cuarto oscuro y no me da ni agua ni comida ni nada y me pega cuando abre o si abre la puerta y me coge mirando por la ventana me amarra a la pata de la cama y me pega duro durísimo y me paso días enteros semanas sin comer. no me ves más flaca. no. no quiero volver coño no quiero regresar con ella. es una fresca. abusa de mí y deja que él también abuse de mí y no son nada mío para andar con esa frescura y no quiero y no quiero y no quiero. vaya. no vuelvo. me quedo contigo. verdá que me vas a dejar que me quede contigo. no regreso. no dejes que me hagan regresar.

Me miraba con los ojos botados y se soltó de mí y echó a correr, rumbo al río, creo. La alcancé y la sujeté bien. No soy fuerte, más bien soy gordo, de manera que estaba jadeando mientras la sujetaba, pero ella tampoco era muy fuerte. Se serenó, pareció componerse y volvió a mirar por sobre mi hombro, que no es difícil, ahora buscando algo concreto, preciso. Lo encontró. En la oscuridad.

—Ahí vienen —me dijo. Los marcianos coño. Eran Cué y Beba. Era un solo marciano. Beba sola. Gritando, ¿qué pasa ahí?

—Nada. nada.

—¿Pasó algo?

—No —dije yo—. Caminábamos por aquí y estaba oscuro y Magalena dio un tropezón. Pero no se hizo nada.

Vino más cerca y la miró / nos miró / la miró. Otra fiera nocturna. Podía traspasarte con su mirada en noche oscura. Gorgona pura.

—¿Y no estuvo haciendo cuento? Ella tiene manía dramática.

Del carajo. Manía dramática. Preciosa nomenclatura. Sabiduría única.

—No, no dije nada. Te lo juro. Ni hablamos. Pregúntaselo a él.

¿Cómo coño? Yo, de testigo. Mierda. ¿En qué quedamos? ¿Quieres o no quieres?

—¿Qué es lo que pasa ahí?

Cue. Salvador. Cué. Conocía su voz, voz amiga, voz eterna.

—Nada. Magalena que se cayó.

—A quoi bon la force si la vaseline suffit —dijo Cué.

Ellas no dijeron nada, parecía que no existían, silentes en la oscuridad. Shakuéspeare tiró la cosa a broma, definitivamente.

—Envainad vuestras espadas, no sea que os las enmohezca el rocío de la noche y del río, y volvamos todos al castillo.

Regresamos al club. ¿El Sueño de Juanito, eh? Mierda. La pesadilla sin aire acondicionado. Al pasar por mi lado ella me dijo (bajito) por favor. no dejes que me lleve. ten piedá y se juntó a Beba Martínez o como carajo se llamara. Fueron directo al baño y aproveché para contárselo todo a Cué.

—Hermano, santas y buenas noches —me dijo—. Lo siento por ti. Tienes suerte. Te tropezaste con una loca. La tía, porque es su tía, aunque tú no lo creas yo lo creo porque es más fácil que sea su tía que otra cosa cualquiera. La gente común y corriente es más bien simple, el barroquismo viene con la cultura. ¿Por qué iba a decir que es su tía, si no lo es? Su tía, pues, me lo explicó todo cuando estaban ustedes fuera. Al verlos salir se inquietó por ti. La chiquita es una loca peligrosa, que ha atacado gente y todo. Ha estado bajo tratamiento. Intenso. Electroschocks. Mazorra no y por suerte. Galigarcía. El gabinete del doctor Galigarcía, como tú dices. Recluida una o dos veces. Se fuga de la casa y hace todo eso que ya conoces o que creo que conociste afuera. Revelaciones, hermano, experiencias vividas. Buenas para el escritor, muy jodidas para el ser. Lo sé.

—Te digo que la otra no es tía ni un carajo. Feroz lesbiana es lo que es y tiene a ésta prisionera del miedo.

¡Prisionera del miedo! ¡Mierda! ¿Por qué no llama a la policía del sexo?

—¿Qué tú te crees que es Magalena? ¿Santa Efigenia? ¿La virgen morena? Claro que lo es. Lo son. Pero eso, como dice tu ecobio Eribó cuando se cree que está imitando a Arturo de Córdova, no tiene la menor importancia. ¿Qué somos tú y yo? ¿Jueces de moral o qué carajo? ¿No hablas a cada rato de que la moral es un convenio mutuo impuesto por los socios que tienen la mayoría de las acciones? Claro, por supuesto, of course, bien sure, natürlich, que la tía o supuesta tía para ti o tía en cualquier sentido, es lesbiana o lo que le da la gana en su cuarto y en su cama y durante media hora o una o dos a todo tirar, también es un ser humano y el resto del tiempo es una persona, y ésa, ella, me contó los trabajos que pasa con la sobrina, hija adoptiva o mantenida. No creo que estuviera mintiendo. Conozco a la gente.

Dios mío. Lo habían convertido en baina o vaina mientras estuve fuera. Llegaron los body-snatchers y le pusieron un frijolito chino gigante al lado y esto que conversa conmigo ahora es un facsímil de Arsenio Cué, un zombi, el doppelgänger de Marte. Se lo dije y se rió.

—En serio —le dije—. Esto es serio. Debía verte el ombligo. Eres un robot de Cué.

Se rió.


—Sí fuera un robot tendría también ombligo.

—Bueno, cualquier lunar, una marca de nacimiento o una herida, la cicatriz. Estarían en el otro lado del cuerpo.

—Entonces no soy un doppelgänger. Soy mi imagen del espejo. Eucoinesra. Arsenio Cué en el idioma del espejo.

—Te digo, muy en serio, que esa chiquita tiene graves gravísimos problemas.

—Claro que los tiene, pero tú no eres un psiquiatra. Y si quieres convertirte en uno, conmigo no cuentes. La psiquiatría conduce a lo peor.

—Ionesco dice la aritmética.

—Es lo mismo. La psiquiatría, la aritmética, la literatura conducen a lo peor.

—La bebida conduce a lo peor. La máquina conduce a lo peor. El sexo conduce a lo peor. Cualquier cosa conduce a lo peor. El radio conduce a lo peor —hizo un gesto como diciendo, me lo vas a decir a mí— y el agua conduce a lo peor y hasta el café con leche conduce a lo peor. Todo conduce a lo peor.

—Sé lo que te digo. No hay que entrar al jardín prohibido y mucho menos comer del árbol del bien y del mal.

—¿Del árbol?

—Del fruto del árbol ¡logicista de mierda! ¿Quieres que te haga la cita completa, que te recite —hice señas de que no, pero demasiado tarde—: «De todos los árboles del paraíso puedes comer, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas...»?

—Entonces lo mejor es no moverse. Ser una piedra.

—Te estoy hablando de algo concreto y real y próximo y, sobre todo, peligroso. Conozco la vida mejor que tú mil veces. Deja a esa chiquita, olvídala. Deja que la tía o lo que sea cargue con ella. Ésa es su misión. La tuya es otra. Cualquiera: que sea.

—¡Cállate que ahí viene!

Venían. Estaban muy arregladas. Magalena, porque Beba nunca se descompuso. Magalena era otra. Es decir, era la misma, igual a sí misma, idéntica, la de antes.

—Tenemos que irno —dijo la tía o Beba Martínez o Babel, en su lengua confundida—. Se hace tardísimo en la noche.

Qué retórica. Gimme the gist of it, Ma'am, the gift to is, the key o'it, the code. Cué dijo bueno y pidió la cuenta y pagó con el dinero de Rine. Regresamos a La Habana y dónde quieren señoritas que las deje dijo Hernando Cortés Cué y la tía dijo por donde nos encontraron vivimo terquísimo y Cué dijo bien y como lo cortés no quita lo bizarro le dijo a la tía que realmente estaba muy bien, toda ella, buenísima, que lo llamara y le dio su teléfono y lo repitió como un jingle hasta que la tía se aprendió el número y ella dijo que no prometía nada pero lo llamaría y llegamos a la Avenida de los Presidentes y las dejamos en la esquina de Quince y nos despedimos todos, amables, y Magalena se bajó sin siquiera apretárme la mano ni dejarme un billete amargo entre los dedos ni decirme su número de teléfono. Ni un arañazo, excepto los del recuerdo. Así es la vida. Hay gente afortunada. Algo las salva y jamás se meten en el castillo de Drácula y nunca leen demasiados libros de caballería, porque la lectura de las aventuras de Lanzarrota y de Amadís de Gaulle y del Caballero Blanco se sabe que siempre conduce a lo peor. Hay que seguir yendo, pasivos, al cine —por lo menos las mujeres reales que hay allí conducen nada más que a la luneta. Son acomodadoras. Aunque quizás, allá en Suiza, un ruso blanco exilado varias veces tenga la opinión de que ellas también pueden conducir a lo peor. ¿Qué hacer entonces? ¿Quedarme con Kim Novak? ¿No es la masturbación lo peor? Por lo menos eso me decían cuando niño, que si tuberculizaba, que si ablandaba el cerebro, que si gastaba energía más que diez. Carajo. La vida conduce inevitablemente a lo peor.

XIX


Aquí hace falta aire, dijo Cué y detuvo el carro para quitar la capota. Después bajó por Doce y atravesó Línea y regresamos a los predios o pagos de Moebius, vulgo Malecón arriba y Malecón abajo.

—Lo que hace falta es Bustrófedon —dije.

—Y dale con los locos y los muertos y los grandes ausentes. Has oído demasiados cuentos de aparecidos. Eso es lo que es.

—¿Tú sabes qué son los aparecidos?

Me miró con cara de mandarme al másallá o al carajo y luego hizo un gesto de imposibilidad absoluta. No se podía conmigo.

—Los aparecidos son los desaparecidos que vuelven o que no nos abandonan. ¿No te parece fantástico? Los muertos que no pueden morir. Es decir, los inmortales. Cuando digo fantástico, por favor, quiero decir extraordinario, monumental, grandioso. Famoso, si has estado en Camagüey. O en Argentina.

—Te entiendo, pero, ti prego, entiéndeme tú a mí. Creo haberte dicho que un muerto no es para mí ya más una persona, un ser humano, que es un cadáver, una cosa, peor que un objeto, un trasto inútil, porque no sirve para nada, como no sea podrirse y hacerse cada vez más feo.

Por alguna razón esta conversación lo ponía nervioso.

—¿Por qué no entierras a Bustrófedon? Comienza a apestar.

—¿Tú sabes lo que cuesta un gran muerto?

No entendió. Recité una lista que me sé.

3 tablas de madera de cedro .................... $ 3,00

5 libras de cera amarilla ........................... 1,00

3 libras de clavos dorados ....................... 0,45

2 paquetes de puntas de París................... 0,40

2 paquetes de velas .................................. 0,15

Gratificación al que construyó el ataúd.... 2,00

Total ......................................................... $ 7,00

—¿Siete pesos?

—Siete pesos fuertes o siete duros tal vez. Habría que contar también el pago a enterradores, sepultureros. Pon diez pesos, once.

—¿Eso costó el entierro de Bustrófedon?

—No, eso costó el entierro de Martí. Triste, ¿verdad?

No dijo nada. No soy, no éramos martianos. En un tiempo admiré mucho a José Martí, pero luego hubo tanta bobería y tal afán de hacerlo un santo y cada cabrón convirtiéndolo en su estandarte, que me disgustaba el mero sonido de la palabra martiano. Era preferible el de marciano. Pero es verdad que es triste, es triste que es verdad, es verdad que es triste que es verdad que está muerto, tanto como Bustrófedon, y eso tiene la muerte, que hace de todos los muertos una sola sombra larga. Eso se llama eternidad. Mientras la vida nos separa, nos divide, nos individualiza, la muerte nos reúne en un solo muerto grande. Mierda, terminaré siendo el Pascal del pobre. Pascual. Aprovecharé que giró, no sé por qué, en la farola de Neptuno, para dejar para otro día mis preguntas, mi pregunta, la Pregunta. No dejes para mañana lo que puedes hacer pasado. Carpe diem irae. Todo es posponer. La vida propone y Dios dispone y el hombre pospone. Silvestre Pascual. Mierda seca.

—Bueno —le dije— después de esta excursión a la nada, después de esta estación (traduciendo del francés, si me lo permiten y no creo que haya quien lo impida), de esta estancia en el infierno, después de este descenso al Maelstrom, después de esta transculturación, ósmosis o contaminatio, que de todas esas maneras podrías tú decirlo, me voy a soñar pesadillas menos perturbadoras, más inocentes.

—Es muy tarde para el cine y muy temprano para los adioses.

—Dije a soñar pesadillas inofensivas no a tener sueños inquietos. Me voy para casa a dormir, recogido, hecho un ovillo: regreso al útero, viajo al seno materno. Es más cómodo y más seguro y mejor. Es bueno siempre ir atrás. Como dijo un sabio por boca de una reina, así puedes recordar más, porque recuerdas el pasado y el futuro. A mí recordar me gusta más que el mantecado.

—Espera, espera, Rodrigo. La noche es joven, como dice otro sabio por boca de Rine. O como dice Marx, el aire está como vino esta noche. Hay mucho qué ver todavía, gracias a Dios y a Mazda, que no es una divinidad asiria de la luz artificial, como sabes. ¿Qué te parece si comemos?

—No tengo hambre.

—El plato crea al hambre, diría Trimalción. Todavía tenemos parque en la santabárbara fiada. En la grande polvareda no perdimos a Don Rine o al don de Rine. Nos queda para opípara cena, capaz de entusiasmar tanto a Lezama como dejar frío a Piñera. Yo seré el príncipe que tiene la torre abolida. Origen de Nerval.

—De verdad que no tengo ganas.

—Bueno, acompáñame entonces. Olvidarás estas revelaciones cotidianas. Tómate un vaso de agua de Leteo con limón, hielo y azúcar. Leche de amnesia se llama este trago. Después te dejo en la puerta. A dormir, y el día será otro mañana.

—Danke. Muy gentil de tu parte. Pensaba que me dejarías en la boca del metro, subway, tube o subte, que de esas maneras se dice y se hace en los países civilizados. Es decir, donde el frío es de los ricos y de los pobres también.

—Quédate un rato.

—No, tengo ganas de llegar a casa.

—¿No irás a escribir esto ahora?

—No, qué va. Hace rato que no escribo.

—Recuérdame regalarte mañana tan pronto abran el tencén un brazalete de Nussbaum. El prospecto recomienda que es lo mejor que se ha inventado para el calambre de escritor.

—Cabrón, ¿quién te enseñó el recorte?

Tú. Silvestre the First, el que llegó primero, yo-lo-dijeantes-que-Adán, el descubridor que vio a Cuba (Venegas) antes que Cristóforibot, el primer hombre en la luna, el que lo enseña todo aun antes de aprenderlo, el Singular, Top Ba nana, el uno de Plotino, Adán, Nonpareil, el Antiguo, Ichiban, Número Uno, Unamuno. Salve. Yo, el Dos, el Yang de tu Ying, Eng de tu Chan, el Gran Paso, el Discípulo, el Plural, Number Two, Second Banana, Dos Passos, el 2, te saludo, ya que voy a morir. Pero no quiero morir solo. Sigamos siendo, como dijo el iluminado Códac, los gemelos, los Jimaguas ñáñigos de Eribó, dos amigos y ven conmigo.

¿Qué quieren? Soy suceptible al halago. Además, Cué no redujo la velocidad nunca, como siempre. No me iba a tirar.

—Bien, voy contigo. Si me prometes que vamos despacio.

—Da, padrecito. ¿A cuántas verstas por hora?

Cogimos aire de paseo y regresamos en la volanta de Cué al Vedado. Le señalé el horizonte.

—Hubiera sido un background Universal Pictures para mi diálogo con Prieta Dubois.

Había una tormenta sobre el horizonte. Le pedí que parqueara y la viéramos bien. Valía la pena y no costaba nada. A Rine le encantaría, aunque le teme a los elementos. Había cincuenta, cien rayos por minuto, pero no se oían los truenos, cuando más, a veces, que no pasaban máquinas, un rumor apagado. Un timbal lejano tocado con baqueta, dijo Héctor Berlioz Cué. (Me reí, pero no le dije de qué.) Los rayos volaban del mar al cielo y al revés, en bolas rojas, en flechas de azogue, en rayas blancas, en raíces voladoras blancas azules cegadoras y de cuando en cuando todo el cielo se alumbraba por dos o tres segundos y quedaba oscuro y enseguida una centella sola corría paralela al horizonte hasta que se apagaba o bajaba al mar y hacía una burbuja de luz en las aguas, que estaban quietas y recibían la tempestad con la indiferencia que podían reflejar, de este lado, las luces del puerto. Ahora otra tempestad a la izquierda le servía de espejo al cielo y al mar. Vi otra tempestad y otra y otra más. Había cinco tempestades diferentes en el horizonte.

—Tremenda celebración de algún 4 de julio olvidado —dijo Cué.

—Es la Onda del Este.

—¿Qué?


—Se llama la Onda del Este.

—¿Las tormentas tienen nombres ahora, como los ciclones? Es la manía adámica. Muy pronto nombrarán a cada nube.

Me reí.

—No. Es un meteoro que viene desde oriente por toda la costa y se pierde en la corriente o en el golfo.



—¿De dónde carajo sacas esa información?

—¿Tú no lees los periódicos?

—Nada más que los cintillos. Dentro de mí hay un analfabeto o un présbita. O tal vez una mujer, como dicen tú y Codac.

—Salió un artículo hace poco sobre este «fenómeno eléctrico», firmado por el ingeniero Millás, capitán de corbeta, director.

—Mérito Naval.

Miramos todavía un rato las tormentas que convertían al cielo y el mar en una versión en myorama del gabinete del doctor Frankenstein.

—¿Qué te parece?

—Que viene de donde nosotros.

—¿Del Johnny's Dream?

—De Oriente, coño.

—El capitán de corbeta y comandante en tierra, ingeniero Carlos Millás, no se refería a ese oriental natal, sino al más abstracto y original de la rosa de los pedos, vulgo vientos, el que queda exactamente sobre la oreja derecha del Eolo de los mapas.

Arrancó y fuimos a paso de astrónomo tranquilo.

—Me imagino que antes —dijo Cué— pensarían que el infierno salió a coger un poco de aire. ¿Qué dices tú a eso, Antiguo?

—Tenían a Vulcano o Hefestos y una fragua olímpica para explicarlo y aun a Júpiter con su múltiple ira.

—No tan antes, que la historia es tu Malecón del tiempo. En la Edad Media.

—¿Tú no has leído en los libros que ésa era una Edad Oscura? Ni el lujo de alumbrarse con tempestades eléctricas se permitían. Pura vida de carboneros a media noche en un túnel. Supongo que lo explicaban como otra forma de la ira de Dios. No les haría mucha falta después de todo. La Edad Media, recuerda, no llegaba a los trópicos.

—¿Y los indios?

—Nosotros pielesrojas amar praderas de la tierra y del cielo y no preocupar pirotecnia de los dioses.



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