Tres tristes tigres



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—¡Phabuloso!—dijo Cué con énfasis radiofónico.

—¡No digan!—dijo Magalena. —En Cuba no hay inventores.

—Pocos pero hay—dije yo.

—Aquí to viene de fuera—dijo Magalena.

—¡Qué oror!—dijo Cué. —Las mujeres que no tienen fe en su patria dan hijos sietemesinos.

—Lo único que falta—dije yo, —es que digas, Caballero, mira que lo blanco inventan.

—Aquí lo que falta es un nacionalismo—dijo Cué, en tono de arenga-mitín.

—Miren a los japoneses —señaló para afuera. —No, no se ven ya. Desaparecieron en el horizonte histórico.

—Además —dije yo— Rine es extranjero.

—¿De veras?—preguntó Beba. —¿De dónde?

El snobismo es mayor que el espíritu: sopla donde quiera.

—En realidad es apátrida —dijo Cué. —Extranjero total.

—Sí —dije yo. —Nació en un barco de la United Fruit fletado en Guatemala con bandera liberiana navegando en aguas internacionales.

—De padre andorrano naturalizado en San Marino y madre lituana que viajaba con un pasaporte pakistaní.

—Ay hijo pero qué complicadera —dijo Magalena.

—Así es la vida de los inventores —dije yo.

—El genio es una enorme capacidad para soportarlo todo —dijo Cué.

—Menos lo insoportable —dije yo.

—Niña no le crea ni media —dijo Beba. —Testán tomando el pelo.

¿Dónde oí yo esa frase antes? Debe ser una cita histórica. Sabiduría del gremio. To the unhappy few.

—En serio —dijo Cué agravando su voz. —Es un inventor genial. Posiblemente no se ha visto nada igual desde que se inventó la rueda.

Beba y Magalena se rieron, ruidosamente, para que viéramos que entendían. Sólo que lo cogieron por otro lado de la rueda. Por el eje. Axis. Axes. Sexa.

—Hablo en serio —dijo Cué.

—En serio que habla en serio —dije yo.

—Un gran inventor. E. Norme.

—¿Pero qué inventa?

—Todo lo que no está inventado.

—No inventa otra cosa por considerarlo inútil.

—Algún día tendrá su merecido —dijo Cué— le pondrán su nombre solamente a los predestinados.

—Como Catulle Mendés, por ejemplo.

—O Newton Medinilla, que fue mi profesor de física en otra encarnación.

—O Virgilio Piñera.

—Y La Estrella, ci-devant Rodríguez.

—¿Y qué me dices de Erasmito Torres? Está en Mazorra ahora.

—¿Médico?

—No, paciente. Pero saldrá de allí con nuevos datos de primera mano sobre la locura. Un Encomio Mazorrae.

—No lo dudo. En fin que, parodiando a Grau, habrá rines para todos.

—Pero por fin, decídanse caballeros, qué inventa el Rine ése.

—Te haremos un catálogo, descuida, monada.

Cué, manejando y todo, simuló leer una larga lista, como un heraldo y desenrolló un pergamino invisible.

—Por ejemplo, Rine inventó el agua dehidratada, que resuelve de un golpe de ciencia que no abolirá la sed, el cada vez más angustioso problema de Arabia. Una invención para la ONU.

—Y tan sencilla.

—No hay más que echarse al bolsillo de la chilaba unas pastillas de agua y arrancar desierto abajo.

—O arriba. Entonces hay que poner el camello en primera.

—Caminas y caminas y caminas y no encuentras ni oasis ni oleoducto ni una filmación, pues ¡fuera catarro! Sacas tu pastillita, la echas en un vaso, la disuelves en agua y tienes un vaso de agua. Instantáneo. Da para dos beduinos. ¡Fin del chantaje imperialista!

No se rieron. No entendían. ¿Esperarían inventos reales o tal vez otras ruedas? Seguimos. Así, en la incomprensión, empezaron el cristianismo, el comunismo y hasta el cubismo. No teníamos más que encontrar nuestro Apollinaris.

—Ahora perfecciona la pastilla de agua destilada. Será una garantía contra los microbios.

—Mientras, inventa otros inventos. El cuchillo sin hoja que perdió el cabo, por ejemplo.

—O la vela que no hay viento que la apague —dije yo.

—Ésa es una idea luminosa.

—Y simple.

—¿Cómo es?

—Cada vela lleva un letrero impreso en tinta roja que dice No encender.

—Al principio consideró teñirlas de rojo y poner Dinamita en letras negras, pero era demasiado barroco. Además, no había seguridad ni con los suicidas ni con los mineros asturianos.

—Tampoco con los terroristas.

No se reían.

—Otro invento genial es el condón urbano. Hubo algo que podían ser risitas.

—Se cubre la ciudad con una gran bolsa de nylón inflada.

—Ese invento pertenece a lo que algún día se conocerá como Período Pneumático en la obra de Rine.

—Protegerá del sol a las ciudades tropicales o desérticas o de los vientos a las borrascosas y del frío a las ciudades nórdicas.

—Aunque no de las poluciones —dije yo.

—Además —siguió Cué— podría controlarse la lluvia por zonas, porque la bolsa tendría zippers para abrir secciones y dejar caer por allí el agua acumulada encima. Los observatorios se limitarían a decir, Hoy lloverá en la zona del Vedado, por ejemplo, y hacer una señal al control de la bolsa, Aguacero sobre El Vedado, por favor.

Decepción en las filas femeninas. Pero ya no había quien nos detuviera.

—Otro invento de esta época épica son las calles neumáticas por las que corren automóviles con ruedas de asfalto o concreto, según el gusto. Una simple inversión que evitaría inversiones.

—Piensen en el ahorro en gomas que tendrían los autistas del futuro.

—Este invento tiene, sin embargo, una falla en su carácter. Pequeña pero molesta. Las calles pueden poncharse. Bastará entonces con poner un aviso por radio. Radio Reloj informa: Desviado el tránsito de la Quinta Avenida, que amaneció ponchada. Se ruega a los señores automovilistas que transiten por Tercera o Séptima, mientras duren los trabajos de inflado. Pip pip pip. Más inventos el próximo minuto.

Ni hablaban.

—Hay también el invento de las ciudades rodantes. En vez de viajar uno hacia ellas, son ellas las que vienen al viajero. Va uno a la Terminal...

—¿Uno? ¿Y si van dos?

—Es lo mismo. Habrá igualdad. Las estaciones vienen para todos. Se paran esos dos, pues, como un solo hombre en el andén. ¿Cuándo viene Matanzas? le pregunta a un inspector. Matanzas debe llegar de un momento a otro, si cumple el itinerario. Detrás se oye otra voz. ¿Cuándo llega Camagüey? Bueno, Camagüey trae algún retraso. Hay un aviso por los altavoces. ¡Atención viajeros a Pinar del Río! Por el andén número tres está llegando Pinar del Río. ¡Atención! Los viajeros a Pinar del Río se aprestan, cogen su equipaje y saltan del andén a la ciudad, que sigue .su camino.

Nada nada nada.

—Hay otros inventos pequeños, más modestos.

—Pobres pero honrados.

—Como las máquinas que ruedan sin gasolina, por gravedad. No hay más que construir las calles cuesta abajo. La Shell descubrirá que su perla es de cultivo.

Nada de nada.

—También en ese estilo de obras públicas maestras están las aceras rodantes.

—Con tres velocidades.

—Son tres aceras sinfín y rodantes que van una, la de afuera, a la velocidad de la gente apurada (ajustable al carácter, la economía y la geografía de las diferentes ciudades), la del medio para aquellos que van de paseo o que quieren llegar tarde a una cita o los turistas, y finalmente la acera de adentro, lentísima, para los que quieren mirar las vidrieras, conversar con los amigos, decir un piropo a una muchacha en su ventana.

—Esta acera interior tiene, a veces, sillas para ancianos, inválidos y mutilados de guerra. Es obligatorio cederlas a las mujeres encinta.

Nada y nada y nada.

—O la máquina de escribir notas musicales.

—Piensen si la hubiera conocido Mozart.

—Habrá estereoestenógrafas, taquimelos o melonógrafas.

—Chaicovski pudiera haber sentado a su secretario en las rodillas.

—Mejor todavía es el nuevo sistema de escribir música que hará de todos nosotros alfabetizados musicales.

—Es una invención tan revolucionaria que ya ha sido prohibida, oficialmente, en todos los conservatorios. Hay un acuerdo firmado en Ginebra para impedir su uso. Igual destino tuvo su sexofón, sucedáneo del violónceloso.

—Es tan simple como todas las cosas de Rine, cuyo abuelo nació a orillas del Simplón. Simplemente se pone (y no hace falta papel pautado tampoco) en la partitura Tararará tarararí o Un-pa-pa-pá o Nini nini niní, dependiendo del carácter de la música. Se hacen acotaciones al margen: más rápido, lento, agitado, allegro nasal, maestoso mofletudo o trompetillando. Son las únicas concesiones a la notación tradicional. Papapapááá papapapí sería el comienzo, por ejemplo, de la Quinta Sinfonía de Beethoven, que Rine tiene ya casi toda transcrita a su sistema. El solfeo, por supuesto, se llamará tarareo. Ya lo verán, Rine resultará más importante en la historia de la música que Czerny.

Nada que estás en la nada nadificada sea tu nada. Un último intento.

—Está el último invento, la Definitiva, la contra-arma final. Una antibomba atómica o de hidrógeno o de cobalto.

—Estas bombas, ricas, desintegran. La anti-bomba de Rine integra.

—Cae la bomba y un dispositivo automático dispara la anti-bomba, que integrará a la misma velocidad, con pareja intensidad que la otra desintegre y la bomba enemiga queda reducida a un cascote de hierro que cae del cielo. Puede dañar un edificio, hacer baches en la calle, matar un animal.

—Igual que una teja pesada.

—Se leería en los periódicos al día siguiente, Parte de Guerra. —Ayer resultó muerta una infortunada vaca, cuyas generales se desconocen, por una bomba atómica lanzada por el enemigo sobre nuestro heroico pueblo. Pronto pagarán sus fechorías estos criminales sin entrañas. Nuestro ejército prosigue victorioso su retirada táctica. General Confusión, Jefe de Estado Menor.

Se hizo un silencio total. Parecíamos el anuncio de los Rolls-Royce porque yo oía el tictac del reloj de la pizarra. Nadie dijo nada. Arsenio Cué solamente, que organizó un sonido rugiente mientras daba un corte para evitar arrollar a un hombre gordo. El pesado peatón se aligeró por el susto y ganó la acera o perdió la calle de un brinco y quedó en el contén haciendo giros, cabriolas, saltos vitales, como un funán-noctámbulo. Oí una cascada de risa, una sola larga carcajada más cubana que argentina. Nuestras pasajeras reían y se agarraban las tripas y hacían señas y aspavientos mirando atrás, al elefante que bailaba la Polca del Miedo. Estuvieron riéndose cuadras enteras.

Quisimos pasearlas entre la prisa y la brisa hasta el Johnny's o Yoni, que de ambas maneras se dice —sin mucho éxito. Ahora, dentro, frescos en el aire acondicionado helado y sorbiendo un alexander, un daiquirí, un manhat tan y un cuba-libre, sendos tragos, tratábamos de molerlas en nuestro ingenio. Para ellas, era evidente, resultaba más pus que humor y gracia bajo presión y no tenían dientes para estas risas. Sin embargo, seguíamos haciéndoles cosquillas, ligando bromas de Falopio, hilarando un chiste-tras-otro. ¿Por qué? Quizás porque Arsenio y yo estábamos divertidos. Posiblemente quedara algo todavía de alcohol etílico en nuestras venas humorísticas. O estábamos alegres por la facilidad, fácil felicidad, con que las levantamos, por la sencillez con que burlábamos la gravedad moral por nuestras levytaciones, con mi idea de que la turgencia es lo contrario de una caída. Al menos creo que lo pensaba yo, no sé si Arsenio Cué lo sentía o no. Ahora fuimos los dos quienes decidimos al mismo tiempo ser Gallagher & Shean para ellas, Abbott y Costello para ellas, Catuca y Don Jaime para ellas, Gallastello/Abbottshean Garriño & Pidero y Catushíbiri/Jaimecuntíbiri y Abottstello y Gallashean y Garriñero para ellas solamente para ellas. Empezamos con una Bu(stro)fonada, por supuesto, en homenaje póstumo pero no tardío a ese maestro, el Maestrófodon, mi Maéstrom.

—¿Ustedes saben el cuento de cuando Silvestre Acá se quedó desnudo en un parque?

Buen comienzo. Lección de la rueda aprendida. Interés femenino en el nudismo, a secas, no por mí.

—Por favor, Cué, no cué-ntes eso —falso rubor en mi voz.

Más interés femenino.

—Cué cuenta.

Más interés.

—Cuenta cuenta.

—Bueno.

—Por favor Cué.



—Estábamos (risita) Acá y Eribó... Bustrófedon (risita) y Eribó y yo en el parque...

—Cué.


—Estábamos (risita) Acá y Eribó...

—Por lo menos si lo vas contar cuéntalo bien.

—(Risas) Estábamos Acá y, tienes razón (risita), Eribó no estaba.

—Tú sabes que no podía estar.

—No, no estaba. (Risas) Estábamos Bustrófedon y Acá y... ¿Bustrófedon estaba?

—No sé. El cuento es tuyo no mío.

—No, el cuento es tuyo.

—Es tuyo.

—Es mío pero es sobre ti de manera que es tuyo.

—De los dos.

—Bueno, vaya, de los dos. El cuento es que (risitas) estábamos éste (risiticas) y yo y creo que Códac. No, no era Códac. Era Eribó. ¿Era Eribó?

—No era Eribó.

—No. Parece que Eribó no estaba. Estábamos entonces Acá (risita) y Códac...

—Códac no estaba.

—¿No estaba?

—No estaba.

—Bueno mejor haces tú el cuento, ya que te lo sabes mejor que yo.

—Gracias. Tengo una memoria inflable. Estábamos (risas) éste y Bustrófedon y yo, nosotros cuatro...

—Hay no ahí más que tres.

—¿Tres?


—Tres sí. Cuenta. Tú y Bustrófedon y yo.

—Entonces somos dos, porque Bustrófedon no estaba.

—¿Él no estaba?

—No, yo no lo recuerdo y tengo una gran memoria. ¿Tú te acuerdas si estaba?

—No, yo no sé. Yo no estaba.

—Cierto. Bueno, estamos (risas) estábamos (risas) quedábamos en el parque (risas) Códac y yo... ¿Yo estaba?

—Tú eres el Memorión, ¿recuerdas? Mr. Memory. Mamory Blame.

—Sí, sí estaba. Estábamos. No, no estaba. Debía estar. ¿No? Si no estaba, ¿dónde estoy? ¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Me perdí desnudo en el parque! ¡Ataja!

Risas de los dos. Siempre fueron de los dos, nuestras solamente, las risas. Ni siquiera se dieron cuenta ellas de que esta versión de Bustrófedon de la Sinfonía La Sorpresa era el cuento de nunca empezar. Inventamos, entonces, nuevas diversiones. ¿Para quién? A quien no quiere caldo, tres tazas de sopa de caballo metafísico estáis Rocinante es que no como.

—¿Quieren que les cante una canción?

Era una pega que robó Bustrófedon a un reverendo insensato y Arsenio Cué perfeccionó hasta el infinito, al par que la hizo suya. Ladrón que. Ahora yo sería su frontón, su straight-man, su carnal Marcelo, y como Magalena o Beba o las dos dijeron ¡Ah! como queriendo decir Qué lata, me apuré a comenzar. Señoras y señores. Ladies & Gentlemen. Tenemos mucho gusto en presentar. We are glad to introduce (Cué hizo una señal obscena con un dedo: su mudrá) to present, por primera vez y única vez, once and only, al Gran! To the Great! ¡Arsenio Cué! Arsenyc Ué! Fanfarria. Un aplauso por favor. Doble Fanfarria y tema. Un gran cantante internacional. Cantó en la Escala y luego el capitán insistía en dejarlo allí. También cantó en un hall del Carnegie Hall. Artista invitado de la Virgo una vez, no volvieron a invitarlo más nunca...

Nuestras pasajeras repitieron el ruido como algo comido. Era un eructo de aburrimiento y hastío. Demasiado caldo metafísico. Apresuré el acto con un elemento patriótico, imitado de aquel tenor que cada vez que se le iba un gallo gritaba encima del fallo, ¡Viva Cuba libre!

—Coopeereen con el artista cubano.

Cué hizo gárgaras sonoras. Mi mi mi Mimí. Me acerqué, salero de solapa en mano.

—¿Qué vas a cantar?

—A petición, voy a decir Tres Palabras.

—Lindo título —dije.

—Ése no es el título —dijo Cué.

—¿Es otra canción?

—No. Es la misma canción.

—¿Cuál es el nombre?

—Yo iba por un caminito cuando con un burrito muertecito di y no le di con el pie Sin-Embargo (apellido doble de mi pie derecho) pasándole por encima todo el cuerpo.

—Es un nombre un poco largo para una canción.

—Ése no es el nombre de la canción. Tampoco es un nombre un poco largo. Es un nombre bastante largo.

—¿No es el nombre de la canción?

—No. Ése es el nombre del título.

—¿Y cuál es el título?

—No lo recuerdo, pero te puedo decir cómo se llama ella.

—¿Cómo se llama?

—Reina.


—Ésa es la canción. La conozco. Preciosa.

—No, no es la canción. Es el nombre propio de una amiga.

—¿Una amiga? Una dedicatoria. ¡Eso es!

—Es una amiga de la canción.

—Una fanática.

—No es fanática. Es más bien escéptica y si vamos a decir quién es y no qué es, digo que es una amiga de la canción.

—¿Cuál es entonces la canción?

—La que voy a decir.

—¿Qué vas a decir?

—Tres palabras.

—¡Ésa es la canción!

—No, ése es el título. La canción es lo que viene debajo del título.

—¿Qué viene debajo del título?

—El subtítulo.

—¿Y debajo?

—El sub-subtítulo.

—Pero entonces, demonio, ¿cuál es la canción?

—Mi nombre es Arsenio, señor mío.

—¿CUÁL ES LA CANCIÓN?

Acá


más

allá


—Ése es otro título.

—No. La canción.

—¿La canción? Pero son tres palabras.

—Tres Palabras, sí, señor.

—¡No cantaste coño!

—Nunca dije que iba a cantar esa canción. ¿Coño? Ni siquiera la conozco. Además dije que iba a decir no a cantar, Tres Palabras.

—De todas maneras, una hermosa composición.

—Ésa no es la composición. La composición es otra.

Frenamos. No se habían reído. No se habían movido. Ni siquiera protestaban ya. Estaban muertas para el ser —y también para la nada.

El juego terminó pero nada más que para nosotros. Para ellas nunca comenzó y solamente lo jugamos Arsenio Cué y yo. Las ninfas miraban con ojos ciegos a la noche dentro de la noche del bar. Women! dijo Arsenio. De no existir habría sido preciso inventar a Dios para que las creara. Era mi voz, en un tono medio serio y medio en broma.

XVIII

Creo que fue entonces cuando nos preguntamos, tácitamente (a la manera de Tácito decía siempre Bustrófedon), por qué hacerlas reír. ¿Qué éramos? ¿Clowns, el primero y el segundo, enterradores entre risas o seres humanos, personas corrientes y molidas, gente? ¿No era fácil enamorarlas? Era, sin duda, lo que ellas esperaban. Cué, más decidido o más ducho, empezó con su Murmullo Número Uno en sí en una esquina y yo le dije a Magalena por qué no salimos.



—¿En dónde?

—Afuera. Solos. Al claro de luna.

No había claro ni siquiera luna nueva, pero el amor está hecho de lugares comunes.

—No sé si Beba.

—¿Por qué no vas a beber?

Perro huevero, aunque esté entre avestruces.

—Digo que no sé si Beba, aquella que etá allí se pondrá braba. ¿Tú entiende?

—No tienes que pedirle permiso.

—Permiso no, ahora. Y luego?

—¿Luego qué?

—Que ella va hablar y comentar y decir bobera.

—¿Y qué?


—Cómo que y qué! Ella me mantiene.

Lo suponía. No lo dije, sino qué interesante poniendo cara interesante a lo Tyrone Cué.

—Ella y su marido me tiene recogida.

—No me tienes que dar explicaciones.

—No son explicaciones, te lo digo para que tú sepa por qué no puedo.

—Tú también tienes tu vida.

Era el truismo contra el altruismo.

—No permitas que vivan tu vida por ti.

Amor versus amor propio.

—No dejes para mañana lo que puedas gozar hoy.

Ah «frío epicúreo».

Razón de Cué vence. Hasta en la batalla de los sexos la vanidad es la única arma prohibida. Pareció pensarlo llevada por mi versión cubana del carpe diem o al menos puso cara de pensarlo, que ya es bastante y en el mismo gesto, continuado, miró de reojo a Beba Beneficiencia. Estaba ella en el rincón más oscuro, olvidada y cubierta de polvos Max Fáctor. Ganamos. El viejo Píndaro y yo.

—Etá bien, vaya.

Salimos. Se está mejor al fresco. Gran descubrimiento de los cafés al aire libre. Arriba refulgía en rojo y azul y verde el letrero que decía Johnny's Dream y se apagaba y encendía. Color exótico. Neon-lit Age. Di un traspiés en una de las oscuridades del anuncio no siempre lumínico, pero mi sentido del ridículo más que del equilibrio lo convirtió en un paso de baile.

—Me deslumbré —dije como explicación. Siempre doy explicaciones. Verbales.

—Etá muy oscuro adentro.

—Eso es lo que no me gusta de los clubes. Se extrañó. ¿Sería por el singular plural?

—¿No?


—No. Tampoco me gusta el baile. ¿Qué es el baile? Música. Un hombre y una mujer. Abrazándose apretados. En la oscuridad.

No dijo nada.

—Tú debías decir y qué tiene eso de malo —le expliqué.

—No lo encuentro nada malo. Aunque no crea que a mí tampoco que me guta el baile.

—No, que digas, repite: ¿Y qué tiene eso de malo?

—Qué tiene eso de malo.

—La música.

No sirve. Ni siquiera sonrió.

—Es un viejo chiste de Abbott y Costello.

—Quiéne son eso.

—El embajador americano. Es un nombre doble. Como Ortega y Gasset.

—Ah.


Cabrón. Abusando con los más pequeños.

—No. Es otra broma. Son dos cómicos del cine americano.

—No lo conoco.

—Fueron famosos cuando yo era chiquito. Abbott y Costello contra los Fantasmas. Abbott y Costello contra Frankestein, Abbott y Costello contra el Hombre-lobo. Muy cómicos.

Hizo un gesto vago, vago-simpático.

—Tú eras muy chiquita.

—Sí. A lo mejor no había nacío.

—A lo mejor no naciste. Quiero decir, que naciste después, a lo mejor.

—Sí. Como por milnovesiento cuarenta.

—¿No sabes cuándo naciste?

—Más o menos.

—¿Y no tienes miedo?

—Y por qué.

—Deja que lo sepa Cué. Por nada. Por lo menos sabes que naciste.

—¿Estoy aquí no?

—Prueba concluyente. Si estuvieras conmigo en una cama, sería definitiva. Coito ergo sum.

Claro que no entendió. Me pareció que ni siquiera oyó. No tuve tiempo de asombrarme de mi tirada a fondo. Eso pasa cuando se sube un tímido en un trampolín.

—Latín. Quiere decir que si pisas, piensas existes.

Serás hijo de puta!

—Como piensas, estás aquí, caminando, conmigo, bajo el calor de las estrellas.

Si sigues hablando así terminarás, Tú Juana, yo Tartán. Anti-lenguaje.

—Qué complicadera la de ustedes. To lo complican.

—Tienes razón. Toda la.

—Y qué habladera. Habla que te habla.

—Más razón. Te cabe el derecho. Le das en la yema a Descartes.

Dije Des-cartes.

—Sí, lo conoco bien.

Debí pegar un salto. Tan grande como el que dio Arsenio Cué un día en el Mambo Club, una noche, una noche toda llena de putas y de mesa con carteras encima y de música de alas —Alas del Casino, de moda entonces, con una pupila enamorada de su voz, que no hacía más que poner los cinco discos una y otra vez, hasta que no solamente me sabía el final de un disco sino el comienzo del siguiente, empatados, como una sola canción larga. Cué empezó a pedantear como siempre, a hablar con una puta, preciosa, una ricura, y le dijo que yo me llamaba Senofonte y él Cirocué y que vine a combatir junto a él en esta batalla de los sexos, nuestro Mamábasis, y una puta en otra mesa, solitaria, algo vieja (en el Mambo una mujer de treinta años era una anciana, Balzanciana) y ella, de ojos dulces, le preguntó suavemente a Cué, ¿Contra Darío Codomano? y se enfrascó en una larga disertación sobre el Anábasis que casi parecía la retirada de las diez mil putas hacia el mar por lo bien que la conocía y resultó ser una normalista que por azares de la historia (se hacía llamar Alicia, pero nos dijo su verdadero nombre que, cosa curiosa, era Virginia Hubris o Ubría) y de la economía vino a parar en puta hace poco, al revés de las otras, que comenzaban por ahí desde que eran unas niñas ¿y pueden creer que Arsenio Toynbee Cué, más conocido por Darío Cuédomano, dejó a su bombón vestida a medias en su bata de papel plateado y el muy pedante elefantino se acostó con Virginia Ubres, la maestra de historia antigua y media? ¿Qué le enseñaría? Regresé del salto. No habían pasado dos segundos. Teoría de la relatividad extendida al recuerdo.



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