Tres tristes tigres



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Arsenio hizo las presentaciones. Viejos amigos. Amigos todos. Verdaderamente amigos a través del tiempo a través de la cosa, pública, la cubanidad es amor y el ave canta aunque la rama cruja es agua cubana la que está cayendo amigos las mujeres mandan. Silvestre, Beba y Magalena. Magalena y Beba, Silvestre Asecas. Encantado. Mucho gussto. E un plasel. El busto es mío. Risitas. Caigo bien. ¿Fui yo quien lo dije? Sí, porque Carreño Cué abre educado las puertas sonoras de su convertible para hacer llegar a ustedes la emoción y el romance de un nuevo levante/ donde la beldad imperre donde el coito amenace donde la castidad no alcance allí estarrá Kamakué el singador errante/ desde las profundidades de la selva en el corazón del África negra y virgen boccato di missioneri se oye un grito que viola Tanmangakué es Zartán primo hermano de Tarzán pero polígamo y zoofílico y buga esencial. Este niño. ¿Quién habla? Tú no pensará este muchacho que nos vamo montar así sin techo. No es Magalena. No voy en ésa. ¿A la itemperie? Tu no ve que acabamo salir de la peluquería. Es la otra. ¿Cómo coño se llama? No me apuren. No empujen caballeros. Tengo una memoria del carajo. Beba. Beba Materva la marca del famoso chocolate Coca-Cola la Pepsi que refresca No hay fabada señorita con los chorizos Nalón. Qué Suaritos. De la pornografía considerada como publicidad eficaz. Para chorizos El Miño y para morcillas La Mía. Póngase en cuatro, señora, póngase en cuatro horas de La Habana a Nueva York, volando por Nachonal Earlaines. ¿Tiene las manos limpias, señorita? Pues use pintauñas Revlon y verá qué lindura. No se la haga usted, no deje que su novia se la haga, las guayaberas mándelas a hacer a su medida en la Casa Pérez. De ahí sacamos en el bachi aquella parodia, con música de jingle: Señora ama de casa/ Métase el dedo en el culo/ Ya lo probé, ya lo probé/ Qué bueno es, qué rico es. Fuite tú a la peluquería, no yo, que na má que te acompañé. Esa que habla es Magalena, Magalena que dobla más abajo de mi Patagonia dándole la vuelta a Elmundo Dantescué y se sienta atrás. Chévere. Para mí. Polvos Paramí. Paso por el estrecho de Magallena y le rozo un seno, creo. ¿O son los dos? La moda femenina tiende a horno... No sean tan mal pensados. A homogeneizar, por poco se me traba la lengua dormida, lo que la naturaleza duplicó. Son dos senos, dos nalgas y todas las modas hacen que parezcan una sola cosa. Cué apretó un botón. Estamos sentados en el cine Verdún y hasta se oye la música de fondo. Encendió también a Daniel Amfitheatroff. ¿O es Bakuéleinikoff? ¿No será Erich Wolfgang Korngold? Puso el radio el cabrón. «Técnica es experiencia concentrada.» Leche condensada. Música indirecta que predispone al amor. «Señor automovilista (es casi la voz de Cué que interrumpe la música con ese murmullo de gato en celo perpetuo), por favor, dedíquenos un botón en la radio de su auto. El aire se lleva las palabras, pero queda inmarcesible la música. Y ahora en la voz romántica de Cuba Venegas y por cortesía de los calcetines Casino, el bolero de Piloto y Vera, Añorado Encuentro. Es un disco Puchito.» ¡fucha! Puta madre. Qué manera de hablar. Cuba Venegas. La voz romántica de la reina del bolero. La Puta Nacional es lo que es. Mierda. Añoñado encuentro de Vera y su co-Piloto, de Piloto y su co-Vera, de Ploto y Viera, de Plotov y Beria, stajanovistas del bolero. Arseniato Cúprico pone los pasadores a la capota y arranca con todos nosotros hacia la noche de amor, de locura y de muerte. ¿Quieren ustedes oír un cuento Tristen, Isóldito? No dejen de sintonizar el próximo capítulo.

Que es una manera de señalar a lo radio cubana y el capítulo no es más que otro trozo escogido de mis dos años ante el mástil, de las aventuras de Robinsón Cuésoe y su Silviernes en la isla de Lesbos.

Cué evitó la calle Diecisiete no por superstición, sino porque tenía querencia a Veintiuno, por motivos puramente numéricos y personales y regresamos a la avenida, bajando hacia el mar. En línea nos detuvo la roja y vi la cara, bella, de Magalena pasar del color canela a cartucho pálido por el tungsteno maldito y fue entonces que noté su mancha, una sombra oscura que le cruzaba la nariz. Creí que ella se dio cuenta y le dije:

—Códac nos presentó una noche.

—Eso dijo acá —y apuntó para Cué con un dedo de uñas largas y pintadas de algo que sería rojo si no brillara sobre nosotros la bomba de lapizlázuli, calcedonia o crisóprasa (que solamente esos hombres podían aproximarse a su color infernal) del alumbrado enemigo público.

—Arsenio es el nombre. Arsenio Cué.

Feroz anglicista traduciendo naturalmente del americano. Dice, también, afluente por próspero, morón por idiota, me luce por me parece, chance por oportunidad, controlar por revisar y muchas más cosas. Qué horror el Espanglish. Ya nos ocuparemos de ti un día, Lyno Novas.

—Ay —dijo la otra, la que dice que se llama Beba. —Pero si es verdá. Usté el agtor de televisión. La de vete que lo visto.

Era una mujer no una muchacha con algún bisabuelo de África perdido en el cruce de otros ríos tropicales. Un sí es no es mulata, pero un mestizaje tan sutil que solamente un cubano o un brasileño o tal vez Faulkner podría detectar. Tenía el pelo negro, largo, recién peinado ahora y ojos grandes, redondos, maquillados y una boca que más que sensual era depravada, como se dice. Sabiduría de la élite. Como si las formas, además de dibujarse con la luz y tener dimensiones y ocupar un lugar en el espacio, pudieran adoptar conceptos morales. Una ética para Leonardo. Un toque de pincel es un problema de moral. El rostro es el espejo del alma. El criminal ñato de Lombroso. O tempera, O mores.

Etcetética. Debía estar muy bien pero ahora no era más que un busto, una cabeza en penumbras. Vi a Cué mirándose al espejo. No, mirando en el espejo. Espiaba a Magalena por el retrovisor. Como me diga tú quele cambia? o una cosa de ésas, me cago en su madre y me bajo. O me quedo y digo, Voy en ésa. A lo mejor gano en el cambio. Mierda, no me gustan las viejas. Gerontofobia. ¿Vieja una mujer de veinticinco años? Estás loco. Eres un anormal. Un loco sensual, sexual. Terminarás como empezó Humbert Humbert. O como Hunger Humbert o Humble Humbert. O como Humperdinck. Hansel & Gretel. Primero Gretel y después. Serás también un Invert Humbert. Mierda, primero eunuco. Eugene Eunusco. Trabajaré en la Iunescu. Un momento. Have you no honor? No country? No loyalty to royalty—royalty to loyalty? Esta Magalena no es tan niña, la otra es tampoco tan vieja. One at a time. Concéntrate en lo que tienes al lado. No desearás la puta del mercado ajeno. Mírala bien. No está nada mal. Qué coño va a estar mal. ¿Quién la vio primero? ¿Yo o yo? Diecinueve años y treinta y seis, veinticuatro, treinta y ocho. ¿Cábala? No, estadísticas. Cuban bodice. Cuban boy. Cuban body. Body by Fischer. MagaleNash Ramper, se exhibe en La Rampa. Ambar Motors. Sepia Motors. Sexual Motor. General Motels. Fordnicando. Etcetetas.

—¿Cómo?

—Donde estabas niño en la nube?



—Bájate de esa nube y ven aquí a la irrealidad —era la clave bien templada de Juan Sebastián Cuéch. —Se canta con música de Isidro López.

—Perdone no la oí —me disculpaba.

—Silvestre viejo avívate. Y aquí vamos a tutearnos. Todos. De izquierda a derecha, tutéame, tutea a Beba y tu-teta Magalena.

Se rieron. Este cabrón puede ser popular con las damas tanto como yo con el ajedrez. Soy inkorregible, pero también dirigible. Díganme Von Zeppelin. Haré un esfuerzo y ya que subí a los palacios bajaré a las cabañas, aunque sean del Tío Tom. Esfuerzo popular. Hay que descender al pueblo, bajar entre sus piernas —si es femenino. Beber de hinojos la leche de la bondad humana. Populismo. Seré un populista. No me digan von ni zepelín, llámenme el starets Capón.

—Me dijiste, Beba?

Esa que oyeron es mi voz. No suena a eunuco. No soy un castrato. Quizás Pepino el Breve, pero tengo una buena voz—para imitar otras voces, esta vez una voz amable y atenta y popular.

—Qué qué tú hace niño?

—Esteta.


¡Cómo! dijeron las dos. Eran un dúo. A capella.

—Viajo entre bellezas.

Risitas. Risa de Cué.

—Grasia.


—No este niño, ahora no. Que en qué tu trabaja. Agtor, tú eres agtor?

—Soy es.


Cué era otra bibliotecaria y se metió por medio.

—Él es periodista. De Carteles. ¿Recuerdan, Alfredo Telmo Quílez y No pasquines y las portadas de Andrés? Pero no, ustedes son muy jóvenes para recordar eso.

Sonrisas.

—Favor que ustés no hase —dijo Beba. —Pero la revita se vende por la calle, no e jistoria antigua.

Menos mal. Un rasgo de humor. Rasgo es algo.

—Aunque nosotro siempre la yerno en la peluquería. ¿No verdá Beba?

—Privilegio de mujer—dijo Cué. —Nos está velada la entrada a tan sacro lugar, a ese zanana.

—Suponemos que tengan lugar, allí dentro, los misterios de la Bona Dea—Cué me miró con cara de maldito humanista. Pero dijo:

—Tenemos que leerla en la barbería.

—O en el dentista —dije yo.

Me miró, a través del espejito, con ojos gratos. Era mi educación sentimental. Llámenme Wilhelmeister, no Ismael.

—Y usté, tú que hase allí? —preguntó Magalena.

—Trabajo de incónnito.

Sentí que Cué me miraba con más fuerza que la potencia de los decibeles del ¡cómo! conjunto de Magalena y Beba. Decidí ignorar a Cué. Soy un rebelde en su salsa.

—Es una broma. Modesto que él es —dijo Cué.

—Modesto Mussorgsky, para servir a ustedes y al zar.

Me pareció que ellas no entendieron. Desatendí a Cué.

—Acá—dijo Cué—es uno de los primeros periodistas de Cuba y cuando digo primero no quiero decir que entrevistó a Colón al desembarcar, aunque tenga cara de indio.

Se rieron. Ventajas de la radio.

—Y hablando de Colón y eso—dijo Cué—. ¿A dónde dirigimos esta carabela?

—O esta cara bella—dije yo aludiendo a Magalena. Sonrisa. Ellas no sabían. Respondían a Cué. Trigueñas indecisas. Escoge tú que nosotras cantamos o bailamos o lo que sea. Equisygriegazétera.

—Qué les parece un club, bar o cabaré.

—Yo no puedo ir —dijo Beba.

—Ella no puede —dijo Cué.

—Y vamo siempre junta—dijo Magalena.

—¿Donde quieren ir entonces las siamesas?

Me pareció oír en la voz de Cué una nota, nada musical, de cansancio. Malo. Pánico en la bolsa. Puede haber un crac erótico.

—No sé—dijo Beba—. Digan ustede.

Peor. Estábamos en el circo máximo de siempre. «Cojan una mujer, acarícienla, pregúntenle qué quiere y tendrán un círculo vicioso», lonescué. «Incapaces de separar el fin del principio. Animales felices», Alcmeón de Cuétona. «Ojalá todas las mujeres tuvieran una sola cabeza (maiden-head)». Cuéligula. Hablaba de nuevo.

—Bueno y un lugar limpio y mal alumbrado? Como el Johnny's?

—El Yoni no ta mal. No verdá Beba.

Beba lo pensó. Nos miró a todos uno a uno y luego hizo un juego de perfiles: se quedó mirando el perfil de Cué mientras me mostraba su línea de rostro, implacable. Linda boca. Una Ava Gardner del sobrio. Eva del ebrio. Se abrió la boca. Le dijo a Cué, Él es mono, hablando de Cué en esa tercera persona afectada, afectiva, popular en Cuba, en La Habana. Sabidulzura de la nación. Parese un cromo. Se cerró. No debías abrirte nunca Beba Gardner. Solamente en la oscuridad, dijo Cué. Hablaba de su belleza. Sonrió. Qué belleza. (La de Beba.) Cué miraba de nuevo para atrás y como nos detuvo una luz (el tiempo convencional que interrumpe la natural solución de continuidad del espacio) en el Malecón le preguntó a Magalena:

—¿Nosotros nos conocemos?

—Yo lo visto a usté mucho por televisión y lo oigo y eso.

—¿No nos hemos visto antes? En persona.

—Puede sel. A lo mejor en casa Códac o por la rampa.

—¿Antes no?

—¿Cuándo ante? —me pareció notar un aire de sospecha en su lejanía.

—Cuando eras más joven. Hace tres o cuatro años, tendrías tú catorce o quince.

—No recueldo, la veldá.

La beldad no recordaba. Menos mal. También fue buena la interrupción de Beba, que le dijo, Bueno galán te pones de acuerdo con tu corazón o qué pasa, quién te gutta más, defínete este niño. Tú preciosa, claro, dijo Cué, sin desdorar lo presente, pero eres la única. Es que creía que la conocía de niña, pero a mí no me gustan las niñas, sino las mujeres. De pene en pecho. Ah bueno, dijo Beba, la cosa cambia. Ta mejor así. Magalena se rió. Cué se rió. Consideré mi deber imitarlos, no sin antes preguntarme si Beba sabría lo que quería decir la palabra pene. Nadie me respondió, ni siquiera yo mismo. ¿Vamos o no vamos? dijo Cué y Beba dijo sí y Magalena saltó de contento y me miró, prometedora. Me froté, mentalmente, las manos. Es un ejercicio dificil, no crean. Arsenio Cué me miró, defraudador. Las manos del espíritu se crisparon.

—Silver Starr.

Su voz era, también, prometedora, pero con una duda o una pregunta como acento.

—Yeah?


—Sheriff Silver Starr, We're running outa gas.

Afectaba un acento tejano. Ahora era un marshal del oeste. O cheriff adjoint.

—Gas? You mean no gasoline?

—Horses all right. Trouble in July. I mean the silver, Starr. Long o'women but a little this side of short on moola or mazuma. Remember? A nasty by-product of work. We need some fidutia, pronto!

—I have some, I've already told you. About five pesos.

—Are you loco? That won't get us not even to the frontera.

—Where can we get some more?

—Banks closed now. Only banks left are river banks, because park bancos are called benches in English. Holdup impossible.

—What about Códac?

—No good bum. Next.

—The Teevee Channel?

—Nothing doing. They've got plenty o'nuttin for me.

—I mean your loan shark.

—Nope. He's a sharky with a pnife, and a wife. Not on talking terms.

I laughed. Digo, me reí.

—Johnny White, then?

Outa town. Left on a posse. He's a deputy sheriff now.

—And Rine?

Se quedó callado. Aprobó con la cabeza.

—Righto! Good 01' Rine. It's a cinch. Thanks, Chief. You're a genius.

Torció a la izquierda y luego a la derecha y finalmente regresó al Malecón en dirección contraria—y me toma más tiempo escribirlo que lo que demoró en hacerlo. Las niñas de a bordo, llevadas y traídas por las fuerzas centrífugas, centrípetas, la coriolis y tal vez las mareas, amén de la atracción lunar, que afecta tanto a las mujeres, se marearon y fueron a protestar ante el capitán.

—Eh, pero qués lo tuyo nene? Nos va a matar?

—Si seguimo así mejor bajarno Beba.

Arsenio puso suave el carro.

—Ademá—dijo Beba— to esa habladera en inglé y sin titulito.

Nos reímos. Arsenio tendió una mano hacia Beba y desapareció en lo oscuro. Su mano, no Beba, que se veía bellísima, con su furia medio fingida ahora.

—Es que olvidé que tengo un recado que darle a un amigo, urgente, me acordé ahora. Gases del oficio.

—Toma Fitina este niño.Nos reímos Cué, y yo.

—Eso haré. Mañana. La voy a necesitar.

Beba y Magalena se rieron. Eso sí lo comprendían.

—Además, Beba, querida—Cué conectó su voz romántica, la que nosotros, sus amigos, llamamos de Linda voz tienes Juan Monedas, por una espantosa, melosa, odiosa novela radial de Félix, Pita, Rodríguez, más conocido como Felipita—, piensa en el aspecto espiritual. Hablaba con Silvestre, acá, de lo mucho que te amo, pasión que mi natural tímido no me deja expresarte. Le decía, a éste, que te componía un poema en la mente, pero que no afloraba a mis labios inocentes por temor a las críticas despiadadas que este crítico profesional de ahí atrás pudiera hacerle y también con temor a la reacción de otras gentes —y Magalena que cogió la indirecta dijo enseguida, Conmigo sí que no, porque ni he hablao y ademá me guta mucho Ángel Buesa! No era por ti, belleza, sino por otras yerbas no presentes pero que lo estarán, espero, algún día. Le decía también a mi dilecto colega de la pluma y amigo, que mi corazón late a cien por ti y solamente espera hacerlo al unísono con el tuvo. Ésa es la verdadera y real causa de mi distracción tan molesta para ustedes como dañina a este excelente carro. Mejorando lo presente.

Beba estaba o se veía encantada.

—Ay pero qué lindo es.

—Recitalo, Checué, por favor —le dije.

—Sí sí Arsenio Cué—dijo Magalena entusiasmada con el entusiasmo.

—Pofavor este muchacho, recítalo, siempre me encantan los poeta y los cantante de punto guajiro y eso.

Cué se llevó una mano más acá del timón. La que tenía perdida allá por Beba. Habló un Cuecalambé emocionado con los rumores del hormigón.

—Beba de mi alma, te llevaré aquí, en el pecho, siem pre, junto a mi cartera, por esas palabras inolvidables que me llenan de un sentimiento inenarrado. Pausa. Acorde pasional. Allá va eso. Temita. A Beba (temblor de las bes en los labios culpables de Arsenio Cué, versión local de Enrique Santisteban), a quien pertenezco en cuerpo y (conjunción suspensiva) alma (énfasis emocional), mi poema, hecho de corazón y otras entrañas. Golpe de Gong, por favor, sonidista de la noche. Versos libres que me atan a mi adorada. Redoble asordinado. Amor en el lugar de las eses. Fanfarria-tema. (Levanta el perfil lampiño Ezra Poundquake y su voz trémola llena el carro. Había que oír a Arsenio Cué y también ver la cara de las damas de compañía. The Greatest Show in Hearse.)

SI TE LLAMARAS BABEL Y NO BEBA MARTÍNEZ

A

Ah



Ah, si solamente tú dijeras,

Si con tu boca tú dijeras

Contraria contrariis curantur,

Que parece tan fácil de decir a los que somos alopáticos.

Si tu dijeras, Lesbia, con tu acento,

O fortunatos nimium, sua si bona norint, Agricolas

Como Horacio.

(¿O fue Vírgilio

Publio?)

O tan siquiera

Mehr Licht,

Que es tan fácil

Que cualquiera en un momento oscuro

Va y lo dice.

(Hasta Goethe.)

Si tú dijeras Beba,

Digo, que dijeras,

Beba,


No que bebieras.

Si dijeras

Thalassa! Thalassa!

Con Jenofonte al modo griego

O con Valery siempre recomenzado,

pronunciando, claro, bien la última a—á

Acentuadá.

O si siguieras

Siquiera con

Saint


John

Perse


Dijeras

Ananábase.

Si tú dijeras

Thus conscience does make cowards of us all,

Silabiomurmurando

Como Sir Laurence y Sir John,

Laurence Olivier, Gielgud et al.

O con los gestos sombríos de una Asta Nielsen con voz,

con vitafón

Si dijeras

Lesbia entre mis sábanas,

Con amor:

Si dijeras, Lesbia o Beba,

O mejor: Lésbica Beba,

Si dijeras

La chair est triste, helas, et j'ai lu tous le livres!

Aunque fuera mentira y de los libros/livres

No conocieras más que cubiertas y lomos,

No los tomos

Y sí algún título perdido:

A la Recherche du Temps etcétera

O Remembrance of Things Past Translation

(¡Qué bueno,

pero qué bueno

sería,

Beba, que pronunciaras levres en vez de livres!



Entonces tú no serías tú

Ni yo sería yo

Y mucho menos tú,

Yo o yo,


Tú:

O si dijeras viande en el lugar de chaire,

Aunque hablaras como martini-quaise.

Sería yo un feliz Napo,

león de tu josefinitud carnal, comestible y enferma.)

Si dijeras, Bebita,

Eppur (o E pur) si muove,

Como dijo Galileo por excusa

A los que reprochaban al desmentido astrónomo

Que hubiera casado con puta vieja y fea

Y sin misericordia adúltera.

Si lo dijeras, Beba,

Lesbeba,

Aunque lo pronunciaras mal:

Si convirtieras por medio de tu lengua móvil, animada como con vida propia

El griego poco, el escaso latín y el ningún arameo en lenguas vivas.

O repitieras cuarenta y cuatro mil veces más y otras

tantas


O sólo 144,

Que la primera cifra,

Los cuarenta y cuatro

Mil, en palabras, son para acá y la otra cifra

En números contantes son para un destino oculto, ocultado.

Si repitieras con mi lama

(Lagrán Rampa)

O solamente un modesto gurú

Si aprendieras de él a decir, murmu

rado:


Om-ma-ni Pad-me-Hum

Sin resultado,

Claro.

O si me hicieras un mudrá



Con el dedo del medio erguido, parado,

Y el anular y el otro, índice se llamará,

Los dos, los cuatro, todos los demás,

Acostados o prostrados.

Si consiguiera esto de ti,

no yo sería mí,

porque sería el bardo

y no un bardo.

Pero esto es complicado.

Demasiado.

Si pudieras decir

Una frase más simple, sencilla.

Si pudieras decilla,

Si pudiera decirla yo contigo

Y con nosotros el mundillo,

El mali mir,

Esa que diz:

Ieto miesto svobodno!

Svobodnó!

Ah, si te llamaras no Beba, sino Babel Martínez!

Arsenius Cuetullus hizo el silencio, que quedó reverberando en el carro y el Mercury se transformó en Pegaso. Casi aplaudí. Me lo impidió la consternación que oí en la voz de Beba. O Lesbia. O más bien la rapidez con que dijo:

—Pero este niño yo no me apellido Martíne. —Ah, no—dijo Cué muy serio.

—No, ni tampoco me guta ese nombrecito de Anabel.

—Babel.


—El que sea. Habló Magalena.

—Ademá mi vida cuánta etrañesa. Te juro muchacho que no entendí ni papa.

¿Qué hacer? La respuesta, aunque habláramos ruso de veras y no a través del espejo, no la pudo dar Lenin, mucho menos Chernichevsky. Vino en nuestro auxilio, en cambio, Henry Ford. Cué pisó el acelerador hasta el fondo—o más bien, hasta Chez Rine o Rine's o Ca'Rine. Dom Rinu.

XVII


—Buenas noches, señoritas—dijo Cué regresando, entrando y sentándose al timón. —Perdonen que las llame señoritas, pero no las conozco todavía.

Adrenalina, 0. Glóbulos rojos, 0. Reacción Marx-negativa. Humores, no se aprecian.

—¿Estaba Rine?

—Yep.


Imitaba a Gary Cooper al arrancar y se ladeó un stetson imaginario. Era el Caballero Blanco, salvador. Salvador Cué.

—Hoy hizo un año que no nos veíamos—dije calcando la gruesa voz tampiqueña de Katy Jurado, en High Noon.

—Sí lou séi—dijo Gary Cuéper con acento tejano. Era el oeste en español, para beneficio de la audiencia. Autocrítica.

—¿Qué dijo Rine?

—Abrió la boca.

—¿Grande?

—Enorme.

—Qué grande es.

—Henorme —dijo Cué.

—Un Rinosaurio, diría Bustrófedon.

—¿Quienés Rine? —preguntó Beba.

—Un fenómeno de la naturaleza—dijo Cué.

—De la historia.

—¿Pero es hombre o mujer o qué?

—Qué—dije yo.

—Es un enano amigo nuestro—dijo Cué.

—¿Unenano?—preguntó Magalena. —¿No es el periodista amigo Códac?

—Yep.


—El mismo—dije yo.

—Pero yo lo visto no es enano ni nada. Es como así.

—No, era.

—¿Cómo?


—No estaba sanforizado—dijo Cué.

—¿Quécosa?

—Se encogió, rica—dije yo. —Comió champiñones, hongos alucinantes, zetas, hizo piss y se desinfló. —Ahora es el enano más grande del mundo.

—¡Qué paquete!—dijo Magalena. —Ustedes no pensarán que nos vamo creer eso ¿no?

—Si lo creemos nosotros no veo por qué no lo van a creer ustedes— dijo Cué.

—Las mujeres no son mejores que los hombres —dije yo. —Aunque yo no tengo nada contra ellas—dijo Cué.

—Ni yo tampoco—dije yo. —Es más, muchos de mis mejores amigos son mujeres.

Se rieron. Por fin, nos reímos.

—En serio, quienés?—preguntó Beba.

—Un inventor amigo nuestro—dijo Cué. —En serio. —Antiguamente se llamaba Friné, pero con los años se le cayeron la F y el acento. Falta de calcio.

—Ahora es Rine y además, Leal.

—Pero es un gran inventor—insistí sobre Cué, para evitar que el juego se hiciera semántico.



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