Tres tristes tigres



Descargar 1.35 Mb.
Página24/31
Fecha de conversión28.11.2018
Tamaño1.35 Mb.
1   ...   20   21   22   23   24   25   26   27   ...   31


Se calló y bebió el daiquirí de un golpe, como un punto final. ¿Se beben los puntos finales? Hay setas comestibles. Decidí enlazar el fin con el principio, para que la conversación fuese feliz.

—¿Qué vas hacer entonces?

—Ah no sé. Pero no te preocupes. Algo vendrá. Sí sé que todo, menos creerme escritor.

—Quiero decir que en qué vas a trabajar.

—Ésa es otra pregunta. Por lo pronto vivo, para copiarte el léxico, de un fenómeno de física económica que se llama inercia pecuniaria. El dinero me durará más allá del, aprende, Límite del deRoche, si soportamos mi bolsillo y yo las presiones ambiente y el período de fatiga de los metales, particularmente crítico en el caso de la plata. Resistiré el viaje espacial si entonces cambio todo por quilos prietos, ya que se sabe que el cobre dura más, incluso más que el níquel.

Me sonreí. La bebida devolvía a Cué a los orígenes. Ahora hablaba en el dialecto popular de Códac y Eribó y Bustrófedon a veces.

—Sé donde quieres llegar —me dijo—. Que es saber a dónde voy.

—No solamente en tu carrera.

—Puedes decirlo en todos los sentidos, si quieres. Ya sé. Pero te voy a hacer una cita penúltima. Tú la recuerdas —no me preguntaba, me decía—. «C'est qu'il y a de tragique dans la Mort, c'est qu'elle transforme notre vie en destin.»

—Es bien conocida —dije con Sorna. En estos casos procuro no estar solo.

—No hay carrera, en realidad, Silvestre. No hay más que inercia. Muchas inercias o una sola inercia repetida. Inercia y propaganda y, en algunos casos, tanto por ciento. Ésa es la vida. La muerte no es un destino, pero hace de nuestras vidas destinos. Es decir, que sí es, en las diez de última, un destino. ¿No es así?

Le dije que sí con la cabeza, que se me fue de lado. Alcohol, no énfasis.

—En las diez de última. Sabiduría de las naciones. Siguiendo esta mayéutica etílica puedo preguntarte, ¿no es entonces cualquier destino la muerte o la Muerte, si quieres hablar con grandes palabras, a la Malraux?

Hizo una pausa y dijo por favor viejito repite aquí al camarero. O al dueño.

—Curioso cómo una foto transforma la realidad cuando más exactamente la fija.

Fue al final de la oración, como en alemán, que me di cuenta de qué hablaba, porque seguí su vista y pude empatar el discurso, tirar una línea zigzagueante de su mirada a un mural fotográfico que había al fondo. El Vañe de villales. El llave de niVales. El valle de Viñales.



—Observa que hay un balcón en primer término. También que el término primer término es una convención de Códac e le altri. Pero ahora, precisamente ahora, balcón y palmas y mogotes y nubes distantes y cielo de fondo son una misma cosa. Una sola realidad. Una realidad fotográfica con respecto a la realidad Viñales. Otra realidad. Una irrealidad. O para emplear uno de tus términos, una metarrealidad. ¿Te das cuenta cómo una foto deviene fenómeno metafísico?

Pensé en sus pandectas y en la popularidad de la palabra metafisica, pensé en que no hacía falta más que Códac para que asienta haciendo así con la cabeza. Códac llamado Cádóc por Bustro. Que venga, que debe Él venir para que haga bromas con el bromuro. ¿Habrá un limbo de los chistosos? ¿O estará en el Bustrofierno? Si no ¿dónde está? ¿En el cielo? ¿En esas partículas de polvo que fijan, como quimicales de Códac, el azul, todavía prisionero de la gravedad terrestre? ¿O más allá del Límite de Roche, donde un armario salido de la tierra se haría mil pedazos? Pero Bustrófedon no es un armario, ni su alma. Un almario, ¿se hará también pedazos fuera del Límite de Roche? ¿Estará Bustrófedon hecho una pelota de gas sólido rodando por el frío sideral? Pienso mucho, no ahora, otras veces, he pensado mucho en la provincia de las ánimas, quiero decir, donde viven los espíritus, los fantasmas. ¿Habré resuelto el enigma gracias a la física actual y a la astronomía? No es la primera vez que la física alimenta a la metafísica: cf. Arist-hóteles, los alquimistas, Raimundo Ludio, Tailhard DuJardin: pero el fenómeno me asombra, ahora todavía. Supe dónde estaba esta provincia de ultramás, Nether-Land, el Leteo, por una noticia de astrofísica en Carteles, que hablaba de la velocidad de la luz y la relatividad, que hacía mención de una zona próxima a la tierra, un magma gaseoso donde la luz alcanza extrañas velocidades por encima de su tope: su borde último, la velocidad total, el absoluto metafísico descubierto por los físicos. Este artículo y un hecho sin importancia casi, que coincidieron en el automóvil de Cué, hace un tiempo, en que yo viajaba pensando en la nota y vi en el cristal del parabrisas, a ochenta y porque Cué mencionó algo entonces o antes sobre que íbamos a paso de tortuga para el sonido y le dije que para alguien que viajara a la velocidad de la luz no nos movíamos y le gustó y vi la burbuja y pensé en la luz viajando a velocidades superiores a sí misma y pensé que los corpúsculos que viajaran a tal velocidad pensarían que sus colegas del rayo de luz lenta iban a paso de tortuga y pensé que quizás hubiera otras velocidades aún mayores para las que estos corpúsculos viajarían a cero velocidad, pensando así, en cajitas chinas, sentí un vértigo semejante a si cayera en el vacío, a una velocidad mayor que la noción de la caída. Fue entonces, exactamente en ese momento (que no olvidaré jamás y para que sea así, tomé estas notas al llegar a casa), que vi la ampolla en el cristal. No sé si saben, ustedes los del otro lado de la página, que el cristal de los autos, el del parabrisas, está formado por dos láminas hialianas de idéntico grosor divididas por una hoja plástica invisible. La ventana no pierde su calidad diáfana pese a cierta opacidad de la celulosa. Las tres hojas se unen luego a presiones de una resistencia diez veces mayor que la calculada como límite de seguridad para la lámina final. En algún lado, pues, de esta superficie homogénea en apariencia y en efecto, se metió un poco de aire —un hálito, un aliento, la milésima parte de un suspiro— y formó una burbuja ante mis ojos. Pensé, por supuesto, en Lovecraft y en sus criaturas anteriores y en el magma gaseoso y de nuevo en la velocidad de la luz. ¿No estará el éter poblado de fantasmas, burbujas del «último aliento» dentro de la gran burbuja del vacío? ¿No serán sobre estas pompas fúnebres que corren los corpúsculos de luz? Me parece que hay aquí tanta materia para pensar como insustancia para creer. Última hipótesis: el magma estaría compuesto por las ánimas finales, mientras que el vacío, el éter cósmico, iría acomodando a los espíritus antiguos, disparados hacia sus confines por un Límite de Roche metafísico. ¿Estará nuestro Bustrófedon, el Nostrófedon en el éter cómico? En la parte seria de la hipótesis, en el espectro (buena palabra) en el espectro grave veo los restos gaseosos de Julio César Cué buscando la nariz invisible de Ella, de Cleopatraysha, a Platón, espíritu esencial, presenciando otro simposio, no de sombras sino de burbujas socráticas, a Juana de Arco de humo lívido arder en un fuego menos que fatuo, a Shakespeare casi íntegro en su pompa de circunstancias retóricas, a Cervantes manco de un brazo aéreo o sútil, como diría Góngora, gaseoso, a su lado y rodeando la mano ingrávida de Velázquez que trata de pintar con luz negra, el polvo sideral y enamorado de Quevedo, y más acá, mucho más acá, casi de este lado del límite, ¿a quién veo? No es un avión no es un pájaro de sombras es Superbustrófedon, que viaja con luz propia y me dice, al oído, a mi oído telescópico, Ven ven, cuándo vas a venir y hace sus malas señas y susurra con voz ultrasónica, Hay tanto que ver, es mejor que el aleph, casi mejor que el cine, y estoy por dar el salto, columpiándome en el trampolín del tiempo, cuando la voz terrena de Cué me trae al siglo.

—¿No es así?

—Lo que a ti te perturba de las fotos es la fijeza. No se mueven.

Hizo un ruido sordo. ¿Habrá ruidos oyentes? Estupidez de las naciones. Ruidos sordos. A ruidos sordos ganancias de pecadores. A oídos revueltos cuñas de palabras necias. No hay peor sordo que del mismo palo. Cría cuervos y te sacarán astillas. De tal palo tal colmillo. A caballo más temprano no se le miran los ojos. No por mucho regalar amanece más ayuda. A quien madruga Dios castiga sin palo ni piedra. Hace falta, coño, una revolución de los refranes. El refranero a la lanterne. Diez proverbios que conmovieran a Mao. Soldados, desde esta frase veinte siglos os contiemplan. Sabidupinga de las naciones. Un fantasma recorre Europa, es el fantasma de Sartre, de Stalin. Crimen, cuántas libertades se cometen en tu nombre. Al hombre hay que cuidarlo como se cuida un árbol. Preparen. Apunten. Timmmbeerrr! Sólo la beldad nos pondrá la toya viril. ¿No es así? ¿No es así? No, es así.

—¿NO ES ASÍ? Te hablo de la vida, carajo, no de la fotografía.

Del fondo del bar llegó un silbido.

—A callar a su gallina —gritó Cué.

—A Silvestre Sugallina Un servidor —dije yo, el Cid Conciliador, en alta voz pero hacia nadie.

—Te hablaba de la vida, viejo.

—Sí, pero no tan alto, mon viux.

Signo inequívoco de alcoholíssimo. Galvanización del francés. Volta abre su pila y sale alcohol. ¿Cuántos amperes tendrá mamere? Sixte Ampere —Científico francés de origen español. El nombre se escribía originalmente Ampérez. Su abuelo, Grampere, emigró a Francia cruzando los Pirineos a lomo de elefante en busca de Libertad Lamarque y murió en París. Pompée fúnebre. Ohm y Soit qui mal y pense. ¡Que inventen ellos! dijo Unamuno al ver a la familia atravesar el país vasco Encíclicopedia España.

—Ya en este país ni hablar se puede.

—Lo que no se puede es gritar.

—Mierda, no es la forma lo que importa, es el fondo. Lo que se dice.

—¿No quedamos en que no querías hablar de política?

Se sonrió. Se rió. Se puso serio. One two three. Estuvo callado un rato. ¿Efectividad de silbar?

—Mira, me acaban de dar una solución.

Miré, pero no vi una solución. Vi un mojito y siete copas de daiquirí. Seis vacías y una llena.

—Veo dos soluciones.

—No, no —dijo Cué— es una sola.

—Es que ya estás viendo simple. Anti-alcoholismo.

—Es una sola solución. A mis problemas. La única.

—¿Cuál cuál entonces?

Se acercó en ondas alcohólicas hacia mí y me dijo muy bajito en el oído:

—Me voy al Sierra.

—Es muy temprano para la noche y muy tarde para la madrugada. No va a estar abierto.

—A la Sierra, no al Sierra.

—¿A Nicanor del Campo ahora?

—No, coño, me voy al monte. Me alzo. Me hago guerrillero.

—¡Qué!


—Que me uno a Fiel, a Fidel.

—Estás borracho hermano.

—Nonó, en serio. Estoy borracho, sí. Pancho Villa estaba siempre borracho y míralo. Por favor, te lo pido, no te vuelvas a mirar si entra o no entra Pancho Villa. Hablo en serio. Me voy al monte.

Se bajaba. Lo cogí por una manga.

—Pérate. Hay que pagar primero. Se zafó con un gesto impaciente.

—Ahora vuelvo. Voy al baño, vulgo pipi-rrom.

—Tú estás loco. Es como la Legión Extranjera.

—¿El baño?

—No qué baño ni qué carajo. Irse a la Sierra, a la guerra. Es meterse en la Legión Extranjera.

—Será la Legión Nacional.

—Sigue así y terminarás como Ronald Colman. Primero mucho Beau Geste y después creyéndote Otelo y al final muerto en el cine y muerto en la vida y muerto total.

«Muerto profundo, muerto fundamental, muerto muerto. Muerto. Definitiva, Terry, terriblemente, terminantemente muerto.» Recitó con la voz congolesa de Nicolás Guillén. Seguí yo: ¿Seré yo Guillén Banguila, Guillén Kasongo, Nicolás Mayombe, Nicolás Guillén Landián?

—«¡Qué enigma entre las aguas!»

—¡Qué enigma ni qué esfingenealogía! Lo que tiene que hacer Nicolás es ir al registro civil.

—¿Cuál será mi nombre acaso? ¿Cuál será mi nombre? ¿Ocaso?

¿Cuál será mi nombre, Acacia? ¿Cuál será mi nombre, Casio?

—¡Qué enigma entrambasaguas! Hablando de aguas, tengo que ir al mingitorio o meadero, que de ambas maneras debe y puede decirse.

—Estás escusado.

Comenzó de nuevo a bajar el Pico Turquino que era su banqueta, pero no terminó el movimiento. Se volvió a mí y silbó un chasquido largo y creí que llamaba otro trago, pero vi que se llevaba el índice horizontal a los labios verticales. ¿O fue al revés?

—Ssssssss. 33-33.

—¿Otra cábala?

Ahora me diría que una y una son dos y también once y que once por dos son veintidós y por tres treinta y tres y treinta y tres y treinta y tres son sesenta y seis, que es un número perfecto. Arseniostradamus. Pero volvió el ruido, insistente.

—Sssss. 33-33. Un chivato. Es-I-em.

Miré, no vi a nadie. Manía perseCuétoria. Sí, había un camarero que cambiado de ropa salía a la calle, a los canales, de civil.

—Es un cameriere veneziano.

—33-33. Está disfrazado. Son del carajo. Estudian en la Gestapo y en el Berliner Ensemble. Magos del disfraz y la doblés. De madre. Me reí.

—No, mi viejo. Mejor que sea una cábala porque no hay nadie del SIM.

—SSS. Disimula.

—SS mejor. Schützstaffel.

—Disimula disimula.

—¿Cómo? Mejor me camuflo. Camaleón puro.

—Déjame a mí. Soy el rey del disimulo. Actor at large. ¿Tú sabes que si yo fuera Stendhal sería leído hacia 1966? Es mi año de suerte.

¿Qué dije? Ahora comenzaba a explicarme cómo mil novecientos sesenta y seis —pero cóño se demora mucho en el baño. Voy, fui a buscarlo. Estaba mirándose al espejo, cosa que hace a menudo. Hasta lo sorprendí mirándose en un vaso. Mi vaso. Menos mal que el espejo es como el baño, público. Este narciso gasta los azogues. Se lo dije. Me citó a Sócrates, que, como Martí, habló de todo. Dice que dijo, Sócrates, que hay que mirarse en los espejos. Si uno va bien, lo comprueba. Si va mal, todavía puede arreglarse. ¿Y si el mal no tiene cura, como el mío? Sócrates no sabe. Cué tampoco. A mí que me registren. Voy a mear. Narciso Cué sigue en su arroyo vertical. Pero, me dice, tú sabes una cosa, no me miro para ver si estoy bien o mal, sino solamente para saber si soy. Si sigo ahí. No sea que haya otra persona dentro de mi piel. Cuida tu piel, le digo, que es tu frontispicio, vulgo fachada. Si soy, si sigo aquí. Sigo aquí. ¿Es un eco, un eCué, Ekué? Margarita hialiana de pétalos mercuriales: lo sé/no lo sé/lo sé/ lo sé. Tú estás ahí le digo. Sí, estoy, me dice. Estoy. Pero ¿soy? En todo caso sí sé que fue yo quien vomita y me señala un rincón del baño. Pero ¿soy yo quien vomitó? y señala de nuevo. Miro y luego lo miro de arriba abajo. ¿Es, fue él? Está impecable, en todo caso. Implacable diría Bustrófedon si pudiera mirarse al espejo. ¿Y Drácula? ¿Cómo sabe que es, que está, que existe? Los vampiros no se ven en el espejo. ¿Cómo se haría la raya al medio el viejo Bela? Entre estas reflexiones siento náuseas. ¿Puedo vomitar yo? Cué me dice que sí, cualquiera puede, no hay más que tener qué. Voy a uno de lo inodoros que, como siempre, desmiente su nombre. Una vez oriné sobre el hielo en el Floridita, bar famoso de La Habana vieja. Hemingway durmió aquí una mona. Traída de África. O de Chicago. Ahora el negro que limpia el bar del baño ¿o es el baño del bar? El negro que limpia el baraño del Floridita me dice que es para que no haya malolor, que el orine fermenta con la calor. Un hemingweyano, hace femenino lo masculino. Dejo mi huella en el hielo. Miro el blanco y ocre y amarillo recipiente que parece una guitarra y es un arpa cólica. Sonora con los vientos. No vomito. Me meto el dedo. No vomito tampoco. Me meto el dedo. No puedo vomitar. Saco el dedo. ¿Será que no tengo qué vomitar? Náusea sartriana, seguro. Metafísica, meatufísica. Salgo. Me miro al espejo. ¿Soy yo quien me mira a través del espejo? ¿O es mi alter ego? Walter Ego. ¿Será Alicio Garcitoral en el País de las Villas a Mar? ¿Qué diría de estas muecas Alice Faye? Alice in Yonderland. Alice in underlandia. Aliciing in Vomitland.

—¿Tú sabes lo que te pasa? —le pregunto a Arsenio Cuévas, que quiere salir del baño y no encuentra el hueco propicio.

—¿Qué cosa?

—Que estás cansado de crecer y descrecer y de subir y bajar y correr y de que dondequiera, por todas partes anden esos conejos dando órdenes.

—¿Qué conejos?

Comenzó a buscar por entre mis pies.

—Los conejos. Los conejos que hablan y miran el reloj y organizan y mandan en todo. Los conejos de este tiempo.

—Es muy temprano para el delirium tremens y muy tarde para los dioses. Silvestre, coño. No más juegos.

—No, te lo digo en serio.

—¿Y cómo tú lo sabes?

—Me lo dijo Alicia.

—Adela.


—Alicia. Ésta es otra.

Pero Buster Cué es casi un genio de la última palabra. Me señala la puerta, que por fin encontró sin ayuda. Hay un corazón de enamorados arañado en la madera. Con flechita, iniciales (G/M) y todo.

—Un anuncio de la General Motors —le digo, tratando de sacar primero.

—No —dice él tirando certero desde la cadera—. Amor en el lugar de las heces.

XIV

¿Le hablaría ahora o esperaría a más tarde? Tal vez así se olvidaría del afán guerrillero. ¿O ya lo olvidó? Neurosis. Realización de proyectos erróneos. Addlingmachine. Coño! A lo mejor se va a la Sierra, Cué es un neurótico del carajo. Lo dejo pagando la Cuénta. ¿Nos iremos a la Sierra ahora? Salgo y el mar, el estanque, es otro espejo. Habrá que evitar que se mire, no vaya caerse. En el muelle hay un niño que tira piedras chatas en el agua mansa y chascan, planean, saltan y pegan y botan dos, tres veces y finalmente rompen el espejo y desaparecen detrás, para siempre. En el embarcadero un pescador sin sombra en la luz que Leonardo llamaría universal, sacaba peces de una lancha. Sacó un pez enorme, feo, un monstruo marino. Un pez hediondo en el bote a motor. ¿Qué sería? Cué salía del bar. Venía hablando solo.



—¿Qué pasa?

—What am I? A jester? A poor player. A pool player?

—¿Qué pasó?

—Nada, que nos quedamos sin blanca, como dice D'Artagnan. Sin blanca ni negra ni semifusa. Ni un quilo. De madre.

—¿Cómo?

—Estamos arrancados. Kaputt. Fini. Broken. Nos pelaron. Tuve una bronca con el barman. Qué manera de cargar la mano.



—Di mejor qué manera de empinar el codo. Metáforas ortopédicas.

—¿Tú tienes dinero?

—Poco.

—Como siempre.



—Sí, como siempre.

—No te preocupes. Estás en la inercia del pobre. Eso cambiará y pronto.

—What are you? A sooth-sayer?

—Quizás quizás quizás. Se canta con música de Osvaldo Farrés.

Camino hacia el embarcadero.

—¿Asernio cómo se llama este pez?

—Qué carajo sé yo. ¿Te crees que soy un naturalista? Un Naturalista sin Plata. Guillermo Enrique Cué, alias Arsenio Hudson. Servidor.

—¿Qué pes es éste? —le pregunto al pescador.

—Eso no es un pez —dice Cué—. Es un pescado. Los peces, como la gente, cambian de nombre cuando se mueren. Tú eres Silvestre, te mueres y

¡presto! eres un cadáver.

El pescador nos mira a los dos. ¿Será Mike Mascarenhas?

—Es un sábalo.

—Lomingo, no sábalo —dice Cué.

El pescador lo mira. No, no es Mike: no era violento ni pescaba tiburones. Tampoco esta laguna es el Pacífico.

—No le haga caso —le digo—. Está borracho.

—No, no estoy borracho. Soy borracho. Lo vi en el espejo, oscuramente.

El pescador guarda bicheros, arpones, curricanes y cañas. Cué mira atentamente al pez.

—Ya sé lo que es. Es la Bestia. Vamos a darle vuelta que debe tener el 666 del otro lado. Una bestia de ferpil, de perfil.

Lo sostengo por el brazo para evitar que tropiece y vaya a dar al agua o caiga entre los peces.

—¿Qué tú crees Silvestre?

—¿Qué crees tú que yo creo? —le digo imitando a Cantinflas.

—¿No te parece que este 666 es el remedio contra los males venéreos? La bala de plata mágica. La estaca en el pecho, dormido de día.

—Sigues borracho hermano —le digo, todavía con acento mexicano.

—Borracho era...

—Pancho Villa.

—No, tu tocayo musical, Revueltas y mira lo que compuso.

—Será oye, no mira.

—Oye, mira, toca Sensemayá.

Comenzó a tararear, a golpear las tablas del muelle con el pie. La Cuélebra.

—Hace falta Eribó que te acompañe —le dije.

—Seríamos un dúo lamentable. Ahora soy lamentable yo solo.

Era verdad. Pero no se lo dije. A veces, soy discreto. Dejó de bailar y me alegré.

—¿No crees tú, Silvestre, de veras, que si uno supiera que su destino es ser ese pez muerto para siempre, toda una eternidad, cambiaría, trataría no de ser perfecto, pero sí de ser de otro modo?

—Parece El Pescado de Dorian Gray —dije y sentí mi inoportunismo. Así soy: oportuno ahora, indiscreto al otro golpe de péndulo. Es mi carácter, el alacrán y la rana, genio y figura, etc.

Dio media vuelta y se alejaba. Parece que nos íbamos. ¿Sería este estanque, esta charca, esta rada falsificada nuestro finisterre? Pero no. Caminó hasta el otro extremo del muelle. Hablaba con el muchachito de las piedras. Estaban muy juntos y Cué lo acariciaba o le halaba una oreja, en broma. Demagogia. Los dictadores y las madres y la gente pública siempre simulan llevarse bien con los niños y con los animalitos. Cué era capaz de acariciar un tiburón, siempre que hubiera testigos. Por poco lo hace con la bestia del mar. Apenas los veía. Oscurecía a toda velocidad. La luz viajando a la velocidad de la luz hacia las sombras. Penumbras, unmbra, umbral. Miré para La Habana. Había como un arcoiris. No, eran nubes, rabos de nubes coloreadas todavía por el sol. No podía ver el mar desde el muelle, sino este espejo verde, azul, gris sucio y ahora casi negro. La ciudad sin embargo se veía iluminada por una luz que no era artificial ni la del sol, que parecía propia y La Habana era lumínica, un espejismo radiante, casi una promesa contra la noche que empezaba a rodearnos. Cué me llamaba con la mano y fui. Me enseñó una piedra y me dijo que se la regaló ella y entonces me di cuenta que era una niña con shorts y no un niño quien tiraba piedras al mar, una muchachita que ahora se iba mirando, sonriendo, haciendo casi un guiño a Cué, que le daba las gracias meloso y oí que alguien, en la oscuridad, la llamaba Angelita ven. Me alegré y lo sentí al mismo tiempo y no supe por qué y lo supe enseguida. No me gustan los niños, pero me encantan las niñas. Me habría gustado hablar con ella, sentir de cerca su gracia. Ahora se iba con otra sombra al lado. Su padre, supongo.

—Mira. Tiene algo escrito.

No veía bien. Un miope, alguien que lee demasiado no ve nunca bien en el crepúsculo.

—No veo nada.

—Estás quedándote ciego, coño. Pronto no verás más películas que el recuerdo. —Lo miré—. Perdona viejo perdona —me dijo enseguida, apenado. Me tiró un brazo por encima—. No te beso porque no eres mi tipo.

¡Qué personaje!

—Eres de lo peorcito —le dije.

Se rió. Conocía esa increíble frase cubana. Clave del ocaso. Lo dijo Grau San Martín: amigos todos verdaderamente amigos la cubanidad es amor, etcétera, que siendo presidente calificó así en un discurso a su rival político. Batista por supuesto. ¿Matará El Hombre más gente que el tiempo?

Caminamos por entre las palmas y le mostré La Habana, luminosa, promisoria en el horizonte urbano, con rascacielos de cal que eran torres de marfil. San Cristóbal la blanca. Debía llamarse Casablanca ella y no la ciudad marroquí ni el pueblito pesquero al otro lado del puerto. Lo señalé a Arsenio.

—Son sepulcros blanqueados, Silvestre. No es la Nueva Jerusalén, mi viejito, es Somorra. O si lo prefieres, Godoma.

No lo creo.

—Pero yo la amo. Es una sabrosa bella durmiente blanca ciudad.

—No la amas. Es tu ciudad ahora. Pero no es blanca ni roja, sino rosada. Es una ciudad tibia, la ciudad de los tibios. Tú eres un tibio, Silvestre, mi viejo. No eres ni frío ni caliente. Sabía que no sabías amar, ahora sé que tampoco puedes odiar. Eres eso: un escritor. Un espectador tibio. Con gusto te vomitaría, pero no puedo porque ya vomité todo lo que podía. Además, eres mi amigo, qué coño.



Compartir con tus amigos:
1   ...   20   21   22   23   24   25   26   27   ...   31


La base de datos está protegida por derechos de autor ©odont.info 2017
enviar mensaje

    Página principal