Tres tristes tigres



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Doctor, de nuevo no puedo comer carne. No es como antes, que veía en cada bisté una vaca que vi una vez que no quería entrar al matadero en mi pueblo y se aferraba con las patas a la tierra y clavaba los tarros en la puerta del matadero y se resistió tanto, que finalmente el matarife salió y le clavó la puntilla allí en la calle y la sangre corría por la cañada como el agua cuando llovía. No, y la cocinera tiene órdenes de freírme la carne hasta que esté negra. Pero, sabe lo que pasa, es que la masco, la masco, la masco y la masco y la masco más todavía y no la puedo tragar. Simplemente no me pasa. ¿Usted sabía, doctor, que cuando yo era señorita y salía con un muchacho tenía que ir con el estómago vacío, porque si no vomitaba?

BACHATA



I

Será una lástima que Bustrófedon no vino con nosotros, porque íbamos por el Malecón, a sesenta, a ochenta, a cien por hora, viniendo del Almendares, ese Ganges del indio occidental, como decía Cué, y a la izquierda estaba el doble horizonte del muro y de la raya azul, plegada, que es la cicatriz de la división de las aguas. Era una lástima que Bustrófedon no vendrá con nosotros para ver cuando lo permita el horizonte de hormigón y sol las divisiones del mar, las franjas verde azul añil morado negro del mar mechadas sin que las pueda separar el cuchillo de Pym. Es una lástima que Bustrófedon no viene con nosotros, con Arsenio Cué y conmigo esta tarde por el Malecón, en el carro de Cué que se desliza como un travelling del castillito de La Chorrera a los frontones del Vedado Ténis, el continuo Malecón ahora y siempre a la izquierda, hasta que demos la vuelta (que siempre damos), y a la derecha el hotel Riviera que es un estuche cuadrado con un jabón de baño azul al lado: el huevo veteado del roc: el domo de placer del salón de juego, y la gasolinera frente a la rotonda a veces asesina: esa estación de servicio que es un oasis de luz en las noches del negro y desierto Malecón, y al fondo el mar siempre y por sobre todo, el cielo embellecedor, que es otro domo veteado: el huevo del roc del universo, un infinito jabón azul.



Viajar con Cué es hablar, pensar, asociar como Cué y ahora que él está callado aprovecho para mirar y viendo el mar, mirando cómo el ferry de Miami avanza hacia el canal de la bahía navegando por el filo del muro, equivocado de mar, saliendo de entre nubes horizontales formando una natural nube atómica, un hongo potable que se tragará la salada, sedienta corriente del Golfo, viendo cómo el sol de la tarde descubre pepitas en cada una de las ventanas de los treinta pisos del Focsa y al convertir en El Dorado a esa mole obscena no hace más que poner empastes de oro en la enorme muela habitada, mirando con ese placer único que produce acercarse a una velocidad uniforme y constante a un punto dado, que es el secreto del cine, oyendo ahora una melodía que puede ser el acompañamiento musical, música de fondo y la voz de actor de Cué completa la ilusión al tiempo que la hace trizas.

—¿Qué te parece Bach a sesenta? —me dice.

—¿Cómo? —le digo.

—Bach, Juan Sebastián, el barroco marido fornicante de la reveladora Ana Magdalena, el padre contrapuntístico de su armonioso hijo Carl Friedrich Emmanuel, el ciego de Bonn, el sordo de Lepanto, el manco maravilloso, el autor de ese manual de todo preso espiritual, El Arte de la Fuga —me dice—. ¿Qué diría el viejo Bacho si supiera que su música viaja por el Malecón de La Habana, en el trópico, a sesenta y cinco kilómetros por hora? ¿Qué le daría más miedo? ¿Qué sería pavoroso para él? ¿El tempo a que viaja sonando el bajo continuo? ¿O el espacio, la distancia hasta donde llegaron sus ondas sonoras organizadas?

—No sé. No había pensado —y de veras que nunca lo pensé, ni antes ni ahora.

—Yo sí —me dice—. He pensado que esa música, que ese sutil concierto grueso —y deja un espacio vacío de sus frases dramáticas pedantes para que lo llene la música—fue creado para oírse en Weimar, en el sigloXVII, en un palacio alemán, en la sala de música, barroca, a la luz de candelabros, en una quietud no sólo física sino también histórica: una música para la eternidad, es decir, para la corte ducal.

El Malecón pasaba por debajo del auto hecho un plano de asfalto, a los lados en forma de casas picadas por el salitre y el muro inacabable y arriba por los cielos nublados y parte nublados y el sol que bajaba incoerciblemente, como Ícaro, hacia el mar. (¿Por qué este mimetismo? Siempre termino siendo lo que los otros: díganme cómo hablo y les diré quién soy, que es como decir con quién ando.) Oía a Bach ahora por los intersticios de la explicación y pensé en los juegos verbales que hubiera hecho Bustrófedon de estar vivo: Bach, Bachata, Bachanal, Baches (que había en el pavimento, rompiendo el continuo espacial del Malecón), Bachillerato, Bacharat, Bacaciones —y oírlo hacer un diccionario con una sola palabra.

—Bach —dice Cué— que fumaba tabaco y bebía café y fornicaba como cualquier habanero, pasea ahora con nosotros. Tú sabes que escribió una cantata al café —¿me preguntaba?— y otra al tabaco, al que hizo un poema que me sé: «Siempre que cojo mi tabaco y lo enciendo / y fumo para dejar pasar el tiempo / mis pensamientos, cuando me siento y tiro, / vienen a parar en una visión triste y gris y tenue: / eso prueba que me meto / muy bien dentro del humo» —dejó de citar, de recitar—. ¿Qué te parece el Viejo? Es casi un punto guajiro. ¡Carajo! —Hizo un silencio para oír, para hacerme oír—. Oye ese ripieno inmediato, Silvestre viejo, haciéndose cubano por este Malecón y que sigue siendo Bach sin ser Bach precisamente. ¿Cómo lo explicarían los fisicos? ¿La velocidad puede ser un calderón constante? ¿Qué diría de esto Albert Schweitzer?

¿Hablando en swahili?, pensé yo.

Cué manejaba y al mismo tiempo tarareaba la música con la cabeza y con las manos avanzando un forte con el puño cerrado y siguiendo un pianissimo con la mano abierta y hacia abajo, bajando una escalera musical invisible, imaginaria, y parecía un maestro de sordomudos traduciendo un discurso. Me acordé de Belinda y casi me pareció Lew Ayres, en su cara el más honesto de los clichés dramáticos, conversando en silencio con Jayne Wyman frente a la admiración o a la ignorancia, de todas formas mudas, de Charles Bickford y Agnes Moorehead.



—¿No puedes oír cómo el viejo Bach juega en la tonalidad en re, cómo construye sus imitaciones, cómo hace las variaciones imprevisiblemente pero donde el tema lo permite y lo sugiere y no antes, nunca después, y a pesar de ello logra sorprender? ¿No te parece un esclavo con toda la libertad? Ah, viejito, es mejor que Offenbach, te lo juro, porque está here, hier, ici, aquí en esta tristeza habanera y no en una alegría parisién.

Cué tenía esa obsesión del tiempo. Quiero decir que buscaba el tiempo en el espacio y no otra cosa que una búsqueda eran nuestros viajes continuos, interminables, un solo viaje infinito por el Malecón, como ahora, pero a cualquier hora del día y de la noche, recorriendo el paisaje cariado de las casas viejas, las que están entre el parque Maceo y la Punta, que terminaron por convertirse en lo mismo que el hombre robó al mar para hacer el Malecón: otra barrera de arrecifes, recibiendo el salitre siempre y rocío marino cuando hay viento y olas en los días en que el mar salta sobre la calle y pega en las casas buscando la costa que le arrebataron, creándola, haciéndose otra orilla, y después los parques en que empieza ahora el túnel y donde los cocoteros y los almendros falsos y las uvas caletas no borran del todo el aire de solar de chivos que el sol consigue al quemar la yerba y tostar el verde en un amarillo pajizo y el demasiado polvo haciendo otras paredes con la luz, y después los bares del puerto: New Pastores, Two Brothers, Don Quixote, el bar donde los marineros griegos bailan cogidos por los brazos mientras las putas se ríen y la iglesia de San Francisco, del convento, enfrentada a la Lonja y a la Aduana, señalando los diferentes tiempos históricos, las distintas dominaciones talladas en esta plaza que en la época y en los grabados de la Toma de la Guan-Hábana por los ingleses parecía una maravilla veneciana y los bares que repiten la entrada a la salida de la alameda de Paula y recuerdan que los muelles comienzan o terminan los paseos del mar, en La Habana, y luego siguiendo la curva suave de la bahía íbamos a cada rato hasta Guanabacoa y Regla, a los bares, mirando a la ciudad del otro lado del puerto como desde el extranjero, en el México o en el bar Piloto, sobre pilotes, en el agua, oyendo y viendo el vaporetto que hace el viaje cada media hora, y luego regresábamos por todo el Malecón hasta la Quinta Avenida y la Playa de Marianao, cuando no seguíamos al Mariel o nos hundíamos en el túnel de la bahía y aparecíamos en Matanzas a comer y luego a Varadero a jugar para volver a medianoche, de madrugada a La Habana: hablando siempre y siempre contando chismes y haciendo chistes y siempre y también filosofando o estetizando o moralizando, siempre: la cuestión era hacer ver como que no trabajábamos porque en La Habana, Cuba, ésa es la única manera de ser gente bien, que es lo que Cué y yo querríamos haber sido, queríamos ser, tratábamos de ser —y siempre teníamos tiempo para hablar del tiempo—. Cuando Cué hablaba del tiempo y del espacio y recorría todo aquel espacio en todo nuestro tiempo pensé que era para divertirnos y ahora lo sé: era así: era para hacer una cosa diversa, otra cosa, y mientras corríamos por el espacio conseguía eludir lo que siempre evitó, creo, que era recorrer otro espacio fuera del tiempo —o más claro—, recordar. Lo opuesto a mí, porque me gusta acordarme de las cosas más que vivirlas o vivir las cosas sabiendo que nunca se pierden porque puedo evocarlas debe haber tiempo Ésta es la cosa que es en el presente lo más perturbador y si existe el tiempo que es en el presente lo más perturbador es la cosa que hace al presente lo más perturbador puedo vivirlas de nuevo al recordarlas y sería bueno que el verbo grabar (un disco, una cinta) fuera el mismo que en inglés, recordar también, porque eso es lo que es, que es lo opuesto de lo que es Arsenio Cué. Ahora hablaba de Bach, de Offenbach y quizás de Ludwig Feuerbach (del barroco como el arte del préstamo digno, de reconciliarse con el austríaco y alegre parisino porque dijo que en la floresta de la música él sabía que nunca será un ruiseñor, de alabar al hegeliano tardío que aplicó el concepto de alienación a la creación de los dioses), pero eso no era recordar, sino lo contrario. Es decir, memorizar.

—¿Te das cuenta, mi viejo? Este tipo fue una suma y parece una multiplicación. Bach al cuadrado.

En ese momento (sí, justo en ese momento) se hizo el silencio universal: en el carro y en el radio y en Cué, y era que la música terminó. Habló el locutor —que se parecía mucho a Cué, en la voz.

«Acaban de escuchar, señoras y señores, el Concerto Grosso en Re Mayor, opus once número tres, de Antonio Vivaldi. (Pausa.) Violín: Isaac Stern, viola: Alexander Schneider...»

Solté una carcajada y creo que Arsenio también.

—Chico —le dije— la cultura en el trópico. ¿Te das cuenta, mi viejo?

—le dije, imitando su voz, pero haciéndola más pedante que amiga. No me miró, dijo:

—En el fondo, yo tenía razón. Bach se pasó toda su vida robándole cosas a Vivaldi, y no sólo a Vivaldi —quería salvarse por la erudición: lo vi venir:— sino a Marcello —dijo, nítidamente, Marchel-lo— y a Manfredini y Veracini y hasta Evaristo Felice Dall-Abaco. Por eso hablé de suma.

—Debías haber dicho resta, sustracción, ¿no?

Se rió. Lo bueno que Cué tenía el sentido del humor más desarrollado que el del ridículo Hemos presentado en nuestro espacio Grandes Partituras un programa dedicado Apagó el radio.

—Pero tienes razón —le dije, contemporizando. Soy el Cid Contemporizador—. Bach es el padre de la música, como se dice, por la ley, pero Vivaldi le hace un guiño a Ana Magdalena de vez en cuando.

—Viva Vivaldi —dijo Cué, riendo.

—Si Bustrófedon estuviera en esta máquina del tiempo ya hubiera dicho Vibachldi o Vivach Vivaldi o Bivaldi y seguiría hasta la noche.

—Entonces, ¿qué te parece Vivaldi a sesenta?

—Que bajaste la velocidad.

—Albinoni a ochenta, Frescobaldi a cien, Cimarosa a cincuenta, Monteverdi a cientoveinte, Gesualdo a lo que dé el motor —hizo una pausa más exaltada que refrescante y siguió—: No importa, lo que yo dije sigue valiendo y pienso en lo que será Palestrina oído en un jet.

—Un milagro de la acústica —dije yo.

II

El convertible rodó, encarrilado, por la dilatada curva del Malecón y vi a Cué concentrarse una vez más en el manejo, otro apéndice del motor, como el volante. Me hablaba entonces de una sensación única, es decir, que yo no podía compartir (como morirse o defecar), no sólo porque era una experiencia religiosa sino porque yo no sabía manejar. Decía que había veces en que el carro y la carretera y él mismo desaparecían y los tres eran una sola cosa, la carrera, el espacio y el objeto del viaje, y que él, Cué, sentía cómo el camino era tan suyo como la ropa que llevaba y saboreaba el placer de tener una camisa, fresca y limpia y de hilo sobre el cuerpo, y que era un placer físico, profundo como el coito y a la vez él, Cué, se sentía desasido, en el aire, volando, pero sin aparato que mediara entre su persona y los elementos, porque el cuerpo había desaparecido y él, Cué, era la velocidad. Le hablé del arco y la flecha y el arquero y el blanco, y le presté el librito y todo, pero me dijo que el budismo-zen hablaba de eternidad y él hablaba de momento y fue inútil discutir. Ahora, en el semáforo, rojo, de La Punta salió por fin del trance.



Miré al parque, a lo que quedaba del Parque de los Mártires (también conocido como Parque de los Enamorados) después de abierto el túnel bajo la bahía, ahora todo el parque hecho una ruina más, como el pedazo de cárcel y el trozo de paredón patibulario, y el parque, como los museos, se había vuelto otra reliquia. De pronto, en la reverberación del sol de la tarde, sentada bajo un almendro, pero, como siempre, al sol, la vi. Se lo dije a Cué.

—¿Y qué? —me dijo—. Es una loca.

—Sí, ya lo sé, pero asombra que esté ahí, que siga ahí como hace diez años.

—Va a seguir ahí todavía un buen rato.

—Tú sabes —le dije— que hace como diez años. No, diez años, no: ocho o siete...

—O cinco o tal vez ayer —me interrumpió Cué, que creía que yo bromeaba.

—No, no, hablo en serio. Hace unos años la vi por primera vez y estaba hablando y hablando y hablando. Un verdadero mítin de una sola persona, a lo Hyde Park. Me senté cerca y siguió hablando, porque no me veía, no veía nada de nada y me pareció tan extraordinario, simbólico, lo que decía que fui a casa de un amigo, un compañero de bachillerato que se llama Matías MonteHuidobro, que vivía ahí cerca y le pedí lápiz y papel sin decirle nada, porque él también escribía o quería escribir entonces, regresé y alcancé un pedazo del discurso, que de todas maneras era idéntico al que yo había oído, porque llegado a un punto, como un rollo de pianola sinfín, ella repetía lo mismo, siempre. A la tercera vez que lo oí y lo copié bien, asegurándome de que no me faltaba nada, excepto los signos, me levanté y me fui. Todavía seguía su discurso.

—¿Y dónde lo metiste?

—No sé. Por ahí debe andar.

—No, yo creía que fue a parar a un cuento.

—No, no. Lo perdí, primero, y luego lo encontré y ya no pareció tan fascinante, y lo único que me asombró fue que la letra engordó.

—¿Cómo?


—Sí, era un bolígrafo, de los antiguos y el papel muy poroso y la letra se hinchó y casi no se podía leer lo que escribí.

—Justicia poética —dijo Cué y arrancó y pasando lentamente junto al parque viendo a la loca sentada en su banco, la miré bien.

—No es ella —dije.

—¿Qué?


—Que no es ella. Es otra.

Me miró como diciendo, ¿Tú estás seguro?

—Sí, sí. Es otra mujer. Aquélla era mulata, pero parecía china.

—Ésta también es mulata.

—Sí, pero más negra. No es aquélla.

—Si tú lo dices.

—Sí. Te lo aseguro. Si quieres me bajo a ver.

—No, ¿para qué? Tú eres quien la conocías, no yo.

—Definitivamente no es ella.

—A lo mejor no está loca tampoco.

—A lo mejor. A lo mejor es una pobre mujer que vino a coger fresco.

—O a coger sol.

—A estar cerca del mar.

—Ésas son las coincidencias que me gustan —dijo Cué.

Seguimos y al pasar frente al anfiteatro sugirió que fuéramos a tomar algo al bar Lucero.

—Hace tiempo que no vengo —dijo.

—Yo también. Ya me había olvidado cómo era. Pedimos cerveza y saladitos.

—Es curioso —dijo Cué— cómo cambia el mundo de eje.

—¿Por qué?

—Hace tiempo que éste era el centro de La Habana nocturna y diurna.

El anfiteatro, esta parte del Malecón, los parques de la Fuerza al Prado, la avenida de las Misiones.

—Era como si La Habana se acercara otra vez a los tiempos de Cecilia Valdés.

—No, no es eso. Era que éste era el centro, sin más explicaciones. Después lo fue el Prado, como antes debió serlo la Plaza de la Catedral o la Plaza Vieja o el Ayuntamiento. Con los años subió hasta Galiano y San Rafael y Neptuno y ahora está ya en La Rampa. Me pregunto a dónde irá a parar este centro ambulante que, cosa curiosa, se desplaza, como la ciudad y como el sol, de este a oeste.

—Batista trata de que cruce la bahía.

—Pero no tiene futuro. Ya lo verás.

—¿Quién, Batista? Me miró y se sonrió.

—¿Qué tú quieres?

—¿Yo? Nada.

—Tú sabes que nunca hablo de política. Ésa es mi política.

—Pero sé cómo piensas.

—Sí, vaya, los dos.

—Yo lo creo, también —dije—. No hay quién haga cruzar la bahía a esta ciudad.

—Exacto. Mira a Casablanca y a Regla cómo languidecen.

Miré a Casablanca y a Regla languideciendo. Miré a La Cabaña. Miré al Morro también. Finalmente miré a Cué que bebía su cerveza como hacía todo, como un actor posando en todas las posiciones y algunas veces de perfil.

III

Estuvimos un rato hablando de ciudades, que es un tema favorito de Cué, con su idea de que la ciudad no fue creada por el hombre, sino todo lo contrario y comunicando esa suerte de nostalgia arqueológica con que habla de los edificios como si fueran seres humanos, donde las casas se construyen con una gran esperanza, en la novedad, una Navidad y luego crecen con la gente que las habita y decaen y finalmente son olvidadas o derruidas o se caen de viejas y en su lugar se levanta otro edificio que recomienza el ciclo. ¿Linda, verdad, esa saga arquitectónica? Le recordé que parecía el comienzo de la Montaña Mágica, en que Hans Castorp entra en escena con lo que Cué llamó «el ímpetu confiado de la vida», llega al sanatorio, petulante, seguro de su salud evidente, de alegre visita de vacaciones al infierno blanco —para saber días más tarde que él también está tísico. «Me alegra», me dijo Arsenio Cué, «me alegra esa analogía. Ese momento es como una alegoría de la vida. Uno entra en ella con la prepotencia de la joven inmaculada concepción de la vida pura, sana y al poco tiempo comprueba que es también otro enfermo, que todas las porquerías me manchan, que está podrido de vivir: Dorian Gray y su retrato».



Yo venía a este parque cuando niño. Jugaba ahí mismo y más allá y me sentaba en el muro, a ver entrar y salir los barcos de guerra como ahora veo la lancha del práctico navegando rumbo al alto y aquí, junto al Castillito que es más que la ruina de una garita de la vieja muralla, estaba un día enseñando a mi hermano a montar bicicleta y lo empujé fuerte, y salió disparado y chocó contra un banco y se clavó el manubrio en el pecho y se desmayó y vomitó sangre, estuvo como muerto una media hora o tal vez diez minutos no sé, pero sí sé que lo hice yo y después, un año o dos después, cuando mi hermano se tuberculizó seguí pensando que lo hice yo. Se lo conté a Cué, entonces. Quiero decir, ahora.

—¿Tú no eres de aquí, Silvestre, de La Habana?

—No, yo soy del campo.

—¿De dónde?

—De Virana.

—Curioso, caray. Yo soy de Samas.

—Está muy cerca.

—Sí, ahí al lado, al cantío de un gallo como quien dice.

—A treinta y dos kilómetros y ciento seis curvas de carretera de segunda tirando a tercera.

—Yo iba mucho a Virana, caray, de veraneo.

—¿Sí?

—Debimos habernos encontrado por allá.



—¿Por qué época tú ibas?

—Durante la guerra. Cuarenta y cuatro, cuarenta y cinco, creo.

—Ah no. Ya yo vivía en La Habana. Aunque, te digo, iba a veces de vacaciones, cuando había dinero. Pero nosotros éramos realmente pobres.

Vino el camarero y trajo más camarones fritos y nos interrumpió, y me alegré. Bebimos. Noté las máculas en la visión que me han aparecido últimamente. Moscas volantes. Son probablemente otro sarro de la nicotina, manchas tóxicas. O un precipitado crítico. Ahí deben estar concentradas todas las malas películas que he visto, que sería un mal metafpisuco —así es como mi máquina escribe metafísico—. O quemaduras cósmicas en la retina. O marcianos que solamente yo detecto. No me preocupan, pero a veces pienso que pueden ser el comienzo de un fade-out y que algún día mi pantalla se ilumine con luz negra. Cosa que ocurriría tarde o temprano, pero hablo de la ceguera no de la muerte. Este cierre-en-negro total será la peor condena para mis ojos del cine —pero no para mis ojos del recuerdo.

—Tú tienes buena memoria?

Casi di un salto. Arsenio Cué tiene, a veces, estas raras dotes deductivas. Digo raras en un actor. Es Shylock Holmes.

—Bastante —le dije.

—¿Cuánto bastante?

—Mucha. Es más, muy buena. Recuerdo casi todo y además a veces recuerdo las veces que lo recuerdo.

—Debieras llamarte Funes.

Me reí. Pero pensé mirando al puerto que hay alguna relación sin duda entre el mar y el recuerdo. No solamente que es vasto y profundo y eterno, sino que viene en olas sucesivas, idénticas y también incesantes. Ahora estaba sentado en la terraza tomando una cerveza y llegó un golpe de brisa, ese viento que viene del mar, cálido, que comienza a soplar al caer la tarde y en asaltos repetidos me llegó el recuerdo de este aire de la tarde, pero fue el recuerdo total porque en uno o dos segundos recordé todas las tardes de mi vida (por supuesto que no las voy a enumerar, lector) en que sentado en un parque leyendo levantaba la vista para sentir la tarde o en que me recostaba a una casa de madera y oía el viento entre los árboles o en la playa comiendo un mango que manchaba mis manos de jugo amarillo o sentado junto a una ventana oyendo una clase de inglés o visitando a mis tíos sentado en una mecedora con los pies sin llegar al suelo y los zapatos nuevos que me pesaban cada vez más, y donde siempre batía esta brisa suave y tibia y salobre. Pensé que yo era el malecón del recuerdo.

—¿Por qué lo preguntaste?

—Por nada. No tiene importancia.

—No, dime por qué. A lo mejor pensamos lo mismo.

Ése es mi pecado, tratar de pensar lo mismo que los demás. Arsenio me miró. Sus ojos bizqueaban a veces al mirar, pero no era un defecto sino más bien un efecto que conseguía con su mirada. Pensé en Códac que dice que en cada actor hay escondido una actriz. Habló ahora, segundos después de haber abierto la boca en forma de una vocal conocida. La escuela de Marlon Brando.

—Oye, ¿tú recuerdas bien a una mujer?

—¿A qué mujer? —me sorprendí. ¿Otro golpe de presciencia que no abolirá el futuro?

—A una mujer cualquiera. Escoge tú. Pero tienes que haber estado enamorado de ella. ¿Tú estuviste enamorado alguna vez, realmente?

—Sí, claro. Como todo el mundo.

Debía decirle que más que todo el mundo. Traté de recordar varias mujeres y no pude pensar en ninguna y cuando me iba a dar por vencido, pensé no en una mujer sino en una muchacha. Recordé su pelo rubio, su frente alta y sus ojos claros, casi amarillos, y su boca gruesa y larga y su barbilla partida y sus piernas largas y sus pies en sandalias y su andar y recordé estarla esperando en un parque mientras recordaba su risa que era una sonrisa de dientes perfectos. Se la describí a Cué.



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