Tres tristes tigres



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La cuestión es que ella se volbió por aquí muy poquito después y le leí la cartiya. Ud. le dije a ella, no parese hija de mi co madre Estelvina Garcés, mi co madre Estelvina le dije es una mujer desente y caval y le digo de nuevo, tú muchacha deberías aprender con tu madre Estelvina y le digo que como tu Estelvina no hay dos y que te iba a matar a disjusto y que después ella iba a saber lo que era vivir sin madre como tú y como yo que nos criamos uérfanas y entonse tu hija se pone a llorar a moco tendío y me da mucha pena y la consuelo y todo y a qué tu no sabes lo que me dijo antes de irse, después que se calmó y dejó de llorar y eso le ice café y se lo tomó todo. Pues se para en la puerta y con una mano en la puerta y en la otra una carterita muy mona que traía, me dice muy campante muerta de risa casi, me dice, no se dice Estelvina usté sabe, se dice Etelvina sin ese y me tira la puerta en la cara y se me va antes de que la pueda poner en su sitio. Esa hija tulla que tú has parlo Estel te salió por un mal costado, porque todabía me falta contarte otras cositas.

Ya acabé de fregar la losa del almuerzo y ya Gilberto se fué otra vez para el trabajo y puedo seguirte la carta de esta mañana con más tranquilidá. Como te iba diciendo esa hija tulla se ha buelto buena perla aquí en la Habana que es una ciudá pernisiosa para la jente joven y sin esperensia. Por Harsenio Qué que está trabajando aquí nos enteramos que ella estaba andando mucho por Radiosentro que es ese edifisio grande donde está la estación de radio CMQ y hay un teatro y cafés y restoranes y muchísimas cosas más. Gloria entubo mucho pero mucho tiempo sin venir por aquí y un día vino a la casa y no hizo más que llegar y sentarse y pidió una servesa, así como lo olles. Muchacha le dije yo. Te crees que estás en una barra, aquí ni tenemos servesa ni refrigidaire ni Gilberto puede tomar por el hígado y tú sabes que me dijo. Pues más bale que Gilberto se compre una servesa para que vean ustedes cómo he subido. Yo no entendía lo que me quería desir. Subido le dije a ella subido adónde? Ella me dijo entonse, bueno consiganse un diario para que me vean. Gilberto el pobre fué a casa de Genaro que es un vecino tabaquero que tenemos, negro él pero muy buena persona, y que le prestó el periódico. No bien lo trajo Gilberto ella se lo quitó de las manos, lo abrió y nos lo entregó y que tú crees que bimos allí en El Mundo, pues a tu hija anunciando la Polar. Ella está allí casi en cueros, con una trusita de esa que se llaman bequini y que no creo que tú conoscas ni cosa por el estilo, nada más que con dos tiritas una arriba y otra abajo que parecen más bien un antifás y un pañuelito de mujer y sin más nada pero más nada está parada junto a un oso blanco y le pone la mano ensima y todo. El anunsio dise La bella y el oso son simonimos de Polar y luego sigue un letrero que parece una cosa indesente y no lo es y sí lo es si lo miras bien y en medio de todo esto como si el letrero fuera una mano de letras los dedos así como de letras manosean toda a tu hija Gloria Pérez que ya no se llama ni Gloria ni Pérez ni cosa que se le paresca.

Ella se llama ahora Cuba Venegas que parese ser un nombre que vende según nos dijo ella, pero a mí no me preguntes qué es lo que vende. Pues bien tu hija Cuba Venegas también anunsia otros productos comersiales y entre otras cosas anunsia la Materva y hay un anunsio que en ves de desir como siempre dice bien clarito Tome lo que Toma Cuba, y con todas esas cosas ella parese ser muy famosa y ganar mucho dinero porque vino aquí en una máquina grande de esas sin techo ni nada arriba y nos llamó desde la calle para que saliéramos a ver su conbertible como lo llama ella. Yo no salí, porque la calsada, la calle del frente, es de mucho tráfico y estaba vestía con los trapos de casa que me pongo todo el día, pero Gilberto que es como un muchacho y que siempre ha sido un fanático de las máquinas él pobre sí salió y me dijo que el carro era una maravilla. También me dijo que iba un hombre manejándola, le pregunté a Gilberto que quién era y me dijo que no lo conosía, le pregunté que como era y me dijo que ni se había fijado y que podían matarlo si tenía que decir que era rubio o trigueño o si le faltaba la nariz y que sabía que era un hombre porque tenía bigote y que aunque hay mujeres bigotudas nunca tienen bigotes de manubrio, que parece ser que los tenía el tipo de la máquina.

Tu hija Cuba Venegas, perdóname Estel pero es que me da una risa, ella bino por aquí varias veces, cada ves mejor vestida que la otra ves. Una de las veses bino y entró y benía junto con ella un muchachito muy delgadito, muy delicado que siempre se pasaba la lengua por los labios y se los mojaba y tenía el pelo muy lasio así como una onda sobre la cara y que le yebava una maletica chiquita de pajilla y que no quiso sentarse parese que por temor a ensuciarse con mis miserables asientos sus pantalonsitos blancos de algo así como raso espejo te lo juro. Tu hija benía muy bien vestida y se veía muy tiposa y muy elegante y me dijo que ahora también era bedete o algo paresido, que trabajaba por el radio y la televisión vaya y me dijo que estaba ganando buena plata, así me lo dijo y cuando le pregunté si te estaba mandando algo me dijo que sí que te había mandado algún dinero por las pascuas pero que tenía que gastar mucho en ropa y en sapatos y en maquillaje y eso y también en un secretario y me señaló para el muchachito del maletín de pajilla. Imaginate tú hija con secretario, qué te parese. Pues bien ella me dijo que quería que la viera yo por la televisión y me dijo otras cosas más que no recuerdo ya. Otra vez bino con un traje presioso de zatén o algo así y me dijo que le estaban asiendo un reportaje gráfico y vino aquí con el fotógrafo que era un tipo de espejuelos verdinegros con cara de sapo que se deja el bigote finito como una raya con lapis y no era el tipo que bino la otra ocasión al meno eso me dijo Gilberto y le tiró fotografías aquí en la casa y tu hija, antiguamente Gloria, me dijo que el fotógrafo quería sacar en la revista Carteles que es otra rebista de aquí de la Habana un artículo con los detalles de su vida esto fué lo que me dijo y estubieron tirando planchas aquí toda la santísima tarde. Por sierto que el fotógrafo es un tipo realmente descarado y se pasó la tarde toqueteando a tu hija y dándose besitos en cada rincón y por poco los boto porque no me gusta ese desorden en mi casa. Me dijo al irse que me iba a regalar unas fotografías a mí que me iso labando en el patio y todabía lo estoy esperando Gilberto compró la rebista y de la casa lo que se ve es lo peor que es el patio y la pila de agua y los escusados y esa parte que uele mal de la casa, pero detrás, con tu hija haciendo visajes delante, nada que no me gusto nada el escrito y menos mal que no salimos nosotros en los retratos.

La última ves que vi a tu hija que ya no sé ni como se yama fue hase como seis meses. Bino aquí una tarde por la tarde con una amiga rubia y las dos traían pantalones, pantalones largos más apretados que visto en mi vida entera y benían fumando sigarros, unos sigarros que olían muy rico y muy dulse. Les ise café y todo y ellas estubieron un rato aquí y se sentaron y todo y casi me puse contenta porque lusía tan linda. Verdá es que se unta mucha pintura y mucho polbo y mucho crellón de labio pero estaba rialmente bonita. Ella y la amiga se cuchichiaban y se traían un secreto de lo más molesto y te juro que no me gusto nada y asta se ensendían los sigarros una a la otra tú sabes, con los dos sigarros en la boca de una de ellas y nada de eso me gustó y luego desían cosas que yo no entendía casi y se reían después y también se reían por gusto y salieron al patio se rieron de los becinos y se cojían las manos y se desían contantemente mi hermana y mi amiga y mi amiguita y cosas así y cuando se fueron iban con las manos cojidas y se despidieron muertesitas de risa como si le ubiera contado un gran chiste al salir y yo las acompañé hasta la puerta de la cesoria y me dijeron adiós con la mano de la máquina y se fueron con mucho ruido y muertas pero muertas de risa. Esa fue la última vez que tu hija, la que antes se yamaba Gloria Pérez y que a ora se llama Cuba Venegas entubo por acá.

Con todo este brete por poco olbido de decirte que perdí la última esperanza de tener una criaturita hase como un año ya. Estube de lo más enbullada pero no resultó y ahora me despido de esa ilusión también porque ya estoy casi en el retiro. Nada Estel que ya bamos para vieja y orita un poquito más pa allá. Escribe pronto y no te olbides de esta amiga que siempre te quiere y que no se olbida de que en el colegio cuando chiquita las confundían como hermanas, tuya afectuosamente,

Delia Doce

Pos Data Gilberto te manda saludos también a tu marío.





La dejé hablal así na ma que pa dale coldel y cuando se cansó de metel su descaiga yo le dije no que va vieja, tu etás muy equivocada de la vida (así mimo), pero muy equivocada: yo rialmente lo que quiero e divestime y dígole, no me voy a pasal la vida como una momia aquí metía en una tumba désas en que cerraban lo farallone y esa gente, que por fin e que yo no soy una antigua, y por mi madre santa te lo juro que no me queo vestía y sin bailal, qué va: primero vilgen, y entonse ella que me dise, tú, me dise así, moviendo su manito parriba y pabajo, de lo más picúa ella, díseme, tú te puededil-aonde-te-de-la-gana, que yo no te voy paral ni ponel freno: por finés que yo no soy tu madre, me oíte, me dice poniéndose su manito así al revés sobre la bemba negra que tiene y gritándome en el mismo oído que por poco que me rompe el témpano, y dígole lo que pasa señora (sí sí de señoreo y to, que yo sé cuándo botarme de fisna) e que uté no sabe vivil el momento y la vida se le base dificilísima o séase que ya etá muy antañona pa comprendel-me, y me replica con su dalequedale: si tú te puedil cuando te de la rial gana, eta niña, que a mi no me impolta nada de nada de tu vida ni de lo que haga con lo que tiene entre la pierna que eso e asunto tuyo y del otro y no llevo papeleta en esa rifa, así que arranca pallá cuando quiera que paluego e talde, y dígole, digo, pero mijita que confundía, pero que confundía etás tu: quien te dijo, dígole, que el carnaval e un hombre, ademá bailal no e delito, dígole y me dise, bueno enún final yo no te tengo amarrá ni con pendón de cantidá y ya me miba subiendo con tanto insulto, casi con mi nueve punto, y le digo, dígole, nada ma que se vive una ve, miamiga, y hay que sabelo hasel que eso e también una siensia te enterate? y ella va y me dise, cucha cucha ahí tiene tu musiquita y tu bailoteo y tu revolvimiento: vete cuanto tú quiera, ahora o-y-e-l-o bien, te va y no vuelve má, en eta casa tú no vuelva polque tevasencontlal la puelta trancó y con candao y si te queda nel pasillo traigo la encargá pa que te bote de la asesoria mira como e la cosa, me oite, y ya yo que toy metía en la piña de a mil y que oigo que, fetivamente, la música viene con su rimmo y su sandunganga y su bombobombo, casi como polequina, le digo hay hija pero qué apurativa tú ere: cálmate cálmate mi vida o toma pasiflorina y que e lo que hase eta hija de, mira déjame callame, coje así y no dise ma nada nada nada pero nada y me da lepalda y yo cojo así, con la mima, miestola y mi carterita y doy un paso, e, y otro paso, e, y otro paso, ey, y ya etoy en la puelta y cojo y me viro, así, rápida, como Betedavi y le digo, dígole, óyeme bien lo que te voy adesil: nada más que se vive una ve, me oíte, dígole, así gritando al paltil un pulmón: nada má que se vive una ve, dígole, y cuando me muera se murió el carnaval y se murió la música y se murió la alegría y e polque se murió la vida, me entendite, le digo dígole, polque éta que etá aquí, Magalena Crús, vastar del otro lao y de allí pacá sí que no se ve nada ni se oye nada y entonse, mivida, se acabó el acabóse, me oíte, le digo y entonse ella base así, muy dinna, que se me vira de medio lao y se me queda de pesfil y va y me dise muchachita, que tú ere la abogá del casnaval, me dise. Acabate dil de una ve, díjome.



Mi hermano y yo habíamos descubierto un método para ir al cine que debimos patentar. Ya no podíamos hacer lo que hacíamos antes cuando nos colábamos en el Esmeralda, porque éramos grandes para eso: entretener conversando o armando una falsa pelea o gritando ¡ataja! ¡ataja! al portero para que uno de los dos se colara y luego venir el otro y pedir permiso para entrar a buscar a su hermano para darle un recado urgente de su mamá y aprovechar y quedarnos los dos dentro —eso, ya no era posible. Pero ahora cogíamos el camino de Santa Fe. Primero reuníamos todos los cartuchos usados, que daban un centavo por cada diez en el puesto de frutas de la calle Bernaza (donde una vez el dueño me dijo que me daría veinticinco centavos por cada cien cartuchos y cuando yo, todavía deslumbrado por el descubrimiento que acababa de hacer: una mina: un idiota: uno que no sabía contar: la veta a explotar, regresé con veinte cartuchos, corriendo, presa de la fiebre del oro y le pedí los cinco centavos y solamente recogí su sonrisa, luego risa y la respuesta, «Usté se cree que yo soy bobo», con su cola para mi asombro. «Llévese sus cartuchos ¡coño!», supe lo que era el doble engaño), si el día andaba malo para la caza de cartuchos, veíamos cuántos periódicos viejos teníamos, salíamos a pedir por toda la cuartería o a buscar dondequiera y al final nos íbamos con el cargamento precioso a la pescadería —donde los periódicos valían menos que los cartuchos. (Siempre hubo que olvidarse de la propina por hacer mandados porque había que hacerlos de gratis: eran tan pobres en el solar y ya Lesbia Dumois, la generosa puta de quince años, Max Urquiola, el botarate, maduro crupié trasnochador, y doña Lala, la dadivosa y vieja y casi venerada mantenida del triple héroe: aviador, coronel, político (todos ellos eran, fueron personajes épicos: no desdeñen como pobre caracterización lo que quiere ser solamente, únicamente, eternamente una otiose), ellos todos se habían mudado, se habían ido, se habían muerto: los habíamos perdido tanto como la inocencia infantil para aceptar una regalía sin sonrojo: ahora crecíamos y sabíamos ya lo que es vender un favor —más fácil es vender cartuchos usados, periódicos viejos o...)

Nuestro último, gran filón fueron los libros: los de mi padre, los de su tío, los del padre de su tío: vendíamos el patrimonio literario familiar. Primero que nada fue una colección —más bien una tonga— de una pésima obra de teatro de Carlos Montenegro, regalada a mi padre con el objeto de sacarle dinero (mi padre) y fama (el autor) y propaganda (el libro), que se llamaba Los perros de Radziwill. Nunca la pude leer, es más: nadie la leyó, porque los libros estaban en rústica y siempre conservaron la virginidad original. También hubo otro regalo del mismo autor pero de otro libro. Seis meses con las fuerzas (o las tropas) de choque. Ambas colecciones cogieron el camino de Santa Fe, inmaculadas como la concepción: las vendimos por el peso. Quiero decir, por lo que pesaban, no por un peso —porque no llegaron siquiera a los cincuenta centavos: los libreros nunca han sabido apreciar la literatura. Después otros libros menos ilustres o más leídos (y por tanto escasos) seguían la escondida senda. A veces iban (acompañados por mi hermano y yo: las mercancías no pueden ir ellas solas al mercado) de cinco en cinco, otras de diez en diez, otras más de tres en siete, de cuatro en dos, etcétera. (Dispenso al lector los gritos, estallidos de cólera, amenazas damoclianas de mi padre, no lo dispenso de las malas palabras, porque nunca le oí decir ninguna. Lo alivio también de los malos, óptimos argumentos de mi madre, que no sabemos cómo neutralizaba el amor de mi padre por aquella biblioteca que cada día era más el recuerdo de una biblioteca: los anaqueles vacíos, los estantes con libros que se recostaban demasiado a la derecha o a la izquierda, echando de menos la apretada promiscuidad de un compañero sacrificado en aras del cine (porque hay que decir que cada libro conducido al campo de exterminio de la librería de viejo (y cómo había librerías de viejo en el barrio: uno se asombra de la cantidad de ellas que pueden ser, tentadoras, en el camino... de Santa Fe) era trasmutado de plomo literario en oro del cine por la piedra filosofal de una caminata y un cantico), los títulos que la memoria creía ver todavía pero que el conocimiento negaba, eran pruebas de que la zorra entraba en el gallinero. Qué imagen más fabulosa: ¿no sería mejor decir el gavilán pollero?)

Voy cogiendo el camino

de Santa Fe

(Variación primera:

Voy cogiendo

corriendo

el camino de Santa Fe)

(Variación segunda:

Voy cogiendo voy cogiendo voy cogiendo voy

cogiendo el camino de Santa Fe)

(Variación tercera:

Voy


Cogiendo voy

voy


cogiendo cogiendo

el camino / el camino / el camino / el camino

de Saaantaaaaaaa Feeeeeeeeeeeeeeeeeee)

Esta tonada (y sus variaciones Goldwyn) era cantada con la música equivalente, que es la música de The Santa Fe Trail, sólo que nosotros no lo sabíamos entonces. ¿De dónde la sacaríamos mi hermano y yo? Seguramente de una película —del Oeste.

Este día, este jueves (los jueves el cine costaba menos entonces) de que hablo, ya habíamos completado la primera parte de la jornada a Santa Fe (porque Santa Fe, ustedes deben haberlo adivinado, era Arcadia, la gloria, la panacea de todos los dolores de la adolescencia: el cine) y antes que regresara mi padre del trabajo, nos habíamos bañado, escogido el programa (más bien escogido el cine: el Verdún, que a pesar de recordar una batalla, era apacible, barriotero y fresco, con su techo de hierro y planchas de zinc, que se corría con ruidos, chirridos, traqueteos tan pronto entraba la noche calurosa y que no podía hacer el cierre de vuelta tan rápido los días que llovía: se estaba bien allí, en la tertulia, frente a la pantalla (sobre todo si se sabía coger primera fila de gallinero (llamada también el paraíso): una localidad de príncipes, el palco de la realeza en otro tiempo, otro espectáculo) y directamente bajo las estrellas: se estaba casi mejor que en el recuerdo) y salíamos, cuando nos encontramos en la escalera a Nena la Chiquita, que era, como muchos de los vecinos, no una persona sino un personaje. Pero, ay, Nena la Chiquita (una vieja encogida y sin dientes y sucia, y con un insaciable apetito sexual) era también un ave de mal agüero. «Al cine, ¿no?», creo que fue lo que dijo. Mi hermano y yo le dijimos que sí, sin dejar de bajar la escalera barroca y torcida y sucia. «Que se diviertan », dijo ella, la pobre, subiendo con pena la escalera. No le dimos las gracias: lo único que se podía hacer era escupir tres veces en el suelo, cruzar los dedos y vigilar el tránsito.

Seguimos para el cine. Atravesando el parque Central ya oscurecía. Cruzamos el Centro Gallego a ver las fotos de las bailarinas españolas y, quizás, de una rumbera en trusa. Luego seguimos por la acera del Louvre, con los conversadores nocturnos que ya empezaban a llegar y los tomadores constantes de café, en el café de la esquina y nos detuvimos en el puesto de revistas, atraídos como otras tantas mariposas por las luces de colores de los magazines americanos y dimos vueltas y vueltas y vueltas, sin comprar, sin tocar, sin entender. La acera del Louvre no termina nunca: ahí hay otro puesto de café y más gente y un grupo de conversadores parados junto a los grandes retratos al óleo de los candidatos a alcalde, a concejal, a senador que parecen todos nominados al Oscar, de creer al artista del pincel que los magnificó —y retocó un poco. Aquí hay un tiro al blanco y seis flippers y un punchingbag mecánico. Los tiros secos estallan por sobre las campanitas de los pin-balls y por sobre la mala palabra del tramposo que provocó un tilt. El punto final es la trompada esponjosa al estropeado punching-bag que debía tener todo su mecanismo punch-drunk hace rato. Alguien (el muchacho del flicker, el marinero del tiro al blanco, el negro del punchingbag) hace diana. Salimos envueltos en el aroma de las fritas y los perros calientes y los panes con bisteques que hay casi en la esquina, en un puesto de ad hoc dog. No hemos comido, no vamos a comer. ¿Quién piensa en comer cuando le espera un largo camino que la ansiedad hace corto —o al revés— y en Santa Fe la aventura, la libertad y el sueño? Cruzamos con pocos pasos tres calles —un pedazo de Prado, Neptuno y San Miguel— en esta ajetreada, ruidosa, oliente, coloreada, espesa encrucijada donde un día del futuro se ha de pasear La Engañadora, caminando con la armonía de un chachachá. Llegamos a una de las etapas del camino, El Rialto. Esta noche ponen El filo de la navaja, pero (tememos) ¿no es este título demasiado metafísico? Decidimos que sí (que lo es) solamente que lo decimos con otras palabras. Mejor esperar a la próxima semana, a la sección de la biblioteca que viene, mejor dicho, para ver La breve vida feliz de Francis Macomber. El título es muy largo y muy complicado y está esta mujer, la que se parece a Hedy Lamarr tanto, por el medio. Pero, pero hay leones y safaris y cazadores: está el África que es como decir el corazón de Santa Fe. Vendremos.

Seguimos envueltos en el ruido de la ciudad y ahora en el olor de frutas (mamey, mango, anón sin duda: esa fruta siniestra, verde camaleón por fuera y gris de masa gris, con la pulpa como un encéfalo enfermo, por dentro, con tanto punto negro de las semillas envueltas en su quiste viscoso, pero con ese olor a todas las frutas posibles del árbol de la ciencia del bien y del mal, con el aroma de los jardines de Babilonia y el sabor de la ambrosía sea ésta lo que fuere, adentro) de batidos, de refrescos de melón, de tamarindo, de coco, y en la mezcla otro olor de fruta, el olor del betún y la tintarrápida y el paño del salón monumental de limpiabotas y ahí en la esquina la estación para el cambio de caballos de nuestra diligencia: Los parados, con ese nombre que quiere decir que los clientes no se sientan jamás, pero que parece, decididamente, otra cosa: ahí donde por seis centavos (por una colección de la revista Nueva Generación, como quien dice) podremos tomar dos caficolas, antes de atravesar el sediento desierto con todos sus riesgos, sus venturas.

De nuevo el camino polvoriento. Tenemos ahí delante la tentación del Alkazar donde siempre dan buenas películas. Pero la semana pasada había una cantante dando gritos que se oían desde la calle —aunque la película, Sangre en la nieve, era de guerra: la culpa es de esos shows obligatorios que inventaron los artistas. Más adelante, pegado a Santa Fe, está el Majestic, con tan buenos programas, dobles, triples, cuádruples (esa palabra era difícil entonces) aunque muchas veces no son aptas y hay que rogarle al portero o irle a buscar café a la esquina para después (total) no ver más que gente enferma y una mujer (muy flaca) que se baña con un gran misterio en una tina (de espuma) y una pareja que se escapa de casa una noche y después de una tormenta, ella da a luz. Basuras.

De pronto, todo es confusión. La gente corre, alguien me empuja por un hombro, una mujer chilla y se esconde tras una máquina y mi hermano me hala me hala me hala como un sueño persistente por la mano, por el brazo, por la camisa y grita: «¡Silvestre que te matan!», y me siento impulsado hacia un lugar que luego sabré que es una fonda de chinos y caigo bajo una mesa, donde ya hay una pareja compartiendo el precario refugio de una silla de madera y paja y el tiesto de una areca y oigo que mi hermano me pregunta con la voz por el suelo si estoy herido o no y es entonces que oigo los disparos muy lejos/muy cerca y me levanto (¿para huir? ¿para correr hacia adentro de la fonda? ¿para enfrentar el peligro? no, solamente para ver) y me asomo por la puerta y ya la calle está desierta y a media cuadra o al fondo o solamente a unos pasos (no recuerdo) veo un hombre gordo y viejo y mulato (no sé cómo sé ya que es mulato) tirado en el suelo, agarrando por las piernas a otro hombre, que trata de sacudirlo con los pies una y otra vez y como no puede no ve otro medio de apartarlo que dispararle dos veces seguidas en la cabeza y no oigo los tiros, sólo veo una chispa, un relámpago blanco y rojo y naranja o simplemente verde que sale de la mano del hombre que está de pie y alumbra la cara del mulato muerto —porque no hay dudas de que ahora está muerto y el hombre suelta una de sus piernas, luego otra y echa a correr, disparando su pistola al aire, no para asustar, no para abrirse camino, sino como el anuncio de una victoria, me parece, como un gallo que cantara después de matar al otro gallo del corral, y la calle se llena otra vez de gente y comienzan a gritar y a pedir auxilio y las mujeres a llorar aullando y alguien dice muy cerca «¡Lo han matado!», como si se tratara de un muerto famoso no de un bulto que está tirado en medio de la calle que ahora levantan que se llevan cuatro hombres casi sin poder con él y desaparece en una esquina, en una máquina tal vez, de seguro en la noche. Mi hermano regresa de alguna parte y está asustado. Se lo digo: «Si te vieras la cara que tienes.» Él me dice: «¡Si tú vieras la tuya!»




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