Tres tristes tigres



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Pronto fuimos una molestia pública y vino un policía. Afortunadamente era un policía que hablaba inglés. Le expliqué lo que pasaba. Trató de dispersar la multitud, pero aquella gente estaba interesada tanto como nosotros en la solución del problema. Habló con el idiota, pero no había manera de comunicarse con aquel hombre, como ya le había explicado. Es cierto que el policía perdió la paciencia y sacó su arma para conminar al mendigo. La gente hizo silencio y temí lo peor. Pero el idiota pareció comprender y me entregó el bastón, con un gesto que no me agradó. El policía guardó el arma y me propuso que le diera algún dinero al morón, no como compensación, sino como un regalo «al pobre hombre», en sus palabras. Me opuse abiertamente: esto era aceptar un chantaje social, puesto que el bastón me pertenecía. Lo expliqué al policía. Mrs. Campbell trató de interceder, pero no vi razón para ceder: el bastón era mío y el mendigo lo había tomado sin ser suyo, darle cualquier dinero por su devolución era recompensar un robo. Me negué. Alguien en la multitud, según me explicó Mrs. Campbell, propuso una colecta. Mrs. Campbell, de puro corazón tonto, quería contribuir de su bolsillo. Había que terminar con aquella situación ridícula y cedí, aunque no debí haberlo hecho. Le ofrecí al idiota unas cuantas monedas —no sé cuántas exactamente, pero casi tanto como me costó el bastón— y quise dárselas, sin rencor, pero el mendigo no quiso aceptarlas. Ahora actuaba su papel de parte ofendida. Mrs. Campbell medió. El hombre pareció aceptar, pero enseguida rechazó el dinero con los mismos ruidos guturales. Solamente cuando el policía tomó el dinero en su mano y se lo ofreció, lo aceptó. No me gustó nada su cara, porque se quedó mirando el bastón, cuando yo me lo llevaba, como un perro que abandona un hueso. Por fin terminó aquel incidente desagradable y tomamos un taxi allí mismo —conseguido por mediación del policía, amable como era su deber— y alguien aplaudió cuando nos íbamos y algunos nos saludaron con benevolencia. No pude ver la cara del cretino y me alegré. Mrs. Campbell no dijo nada durante todo el viaje y parecía contar mentalmente los regalos. Yo me sentía muy bien con mi bastón recobrado, que sería luego un souvenir con una historia interesante, mucho más valioso que los comprados por Mrs. Campbell a montones.

Llegamos al hotel y dije en la carpeta que regresábamos a nuestro país esa tarde, que nos prepararan la cuenta, que almorzaríamos en el hotel. Subimos.

Como siempre, abrí la puerta y dejé entrar a Mrs. Campbell, que prendió la luz porque las cortinas estaban todavía corridas. Ella entró al salón y siguió al cuarto. Cuando encendió la luz, dio un grito. Creí que la había cogido la corriente, pensando que en el extranjero siempre hay voltajes peligrosos. También pensé en algún insecto venenoso o en un ladrón sorprendido. Corrí al cuarto. Mrs. Campbell aparecía rígida, sin poder hablar, casi en un ataque de histeria. No comprendí al principio qué pasaba, viéndola en medio del cuarto, catatónica. Pero ella me señaló con ruidos de su boca y la mano hacia la cama. Allí, en una mesita de noche, cruzado sobre el cristal, negro sobre la madera pintada de verde claro, había otro bastón.

LOS REPAROS

Mr. Campbell, escritor profesional, hizo mal el cuento, como siempre.

La Habana lucía bellísima desde el barco. El mar estaba en calma, de un azul claro, casi celeste a veces, mechado por una costura morada, ancha, que alguien explicó que era el Gulf Stream. Había unas olas pequeñitas, espumosas, que parecían gaviotas volando en un cielo invertido. La ciudad apareció de pronto, blanca, vertiginosa. Había nubes sucias en el cielo, pero el sol brillaba afuera y La Habana no era una ciudad, sino el espejismo de una ciudad, un fantasma. Luego se abrió hacia los lados y fueron apareciendo unos colores rápidos que se fundían enseguida en el blanco soleado. Era un panorama, un CinemaScope real, el cinerama de la vida: para complacer a Mr. Campbell, que tanto le gusta el cine. Navegamos por entre edificios de espejos, reverberos que comían los ojos, junto a parques de un verde intenso o quemado, hasta otra ciudad más vieja y más oscura y más bella. Un muelle se acercó lenta, inexorablemente.

Es cierto que la música cubana es primitiva, pero tiene un encanto alegre, siempre una violenta sorpresa en reserva, y algo indefinido, poético, que vuela arriba, alto, con las maracas y la guitarra, mientras los tambores la amarran a la tierra y las claves —dos palitos que hacen música— son como ese horizonte estable.

¿Por qué esa dramatización de la pierna impedida? Quizás quiere parecer un herido de guerra. Mr. Campbell lo que padece es reumatismo.

El bastón era un bastón corriente. Era de madera oscura y quizás era bello, pero no tenía dibujos extraños ni una cabeza andrógina por empuñadura. Era un bastón como hay tantos por el mundo, rudo, con un atractivo pintoresco: todo, menos extraordinario. Supongo que muchos cubanos han tenido un bastón idéntico. Jamás dije que el bastón era excitante: ésa es una grosera insinuación freudiana. Además, nunca compraría la obscenidad de un bastón.

El bastón costó bien poco. El peso cubano vale lo mismo que el dólar.

Muchas cosas en la ciudad me parecieron encantadoras, pero jamás he sufrido el pudor de los sentimientos y puedo nombrarlas. Me gustó la ciudad vieja. Me gustó el carácter de la gente. Me gustó, mucho, la música cubana. Me gustó Tropicana: a pesar de ser una atracción turística que lo sabe, es hermoso y exuberante y vegetal, como la imagen de la isla. La comida era pasable y las bebidas como siempre dondequiera, pero la música y la belleza de las mujeres y la imaginación desatada del coreógrafo fueron inolvidables.

Mr. Campbell se empeña, con sus razones, en convertirme en el prototipo de la mujer común: es decir, de un ser inválido, con el IQ de un morón y la oportunidad de un acreedor a la cabecera de un moribundo. Jamás dije cosas como Honey this is the Tropic o They are souvenirs. Él ha leído demasiadas tiras cómicas de Blondie —o ha visto todas las películas de Lucille Ball.

En la narración aparece muchas veces la palabra «nativo», pero no hay que culpar a Mr Campbell: supongo que es inevitable. Cuando Mr (a él que le encantan los signos de puntuación debe molestarle mucho que yo me olvide del punto de su señoría) Campbell supo que la administración del hotel «es nuestra», como él dijo, sonrió con sonrisa de conocedor, porque para él la gente del trópico es indolente. También son arduos de distinguir. Un ejemplo: el chofer, bien claro, dijo que se llamaba Ramón Garsía.

No me divirtió nunca que se paseara a toda hora con ese bastón por la ciudad. En Tropicana, a la salida, completamente borracho, con el bastón que se le cayó tres veces en el corto hall del lobby, fue una calamidad pública. Le encantó, como siempre, que lo confundieran con los Campbell millonarios, que él insiste todavía que son sus parientes. No me reí por lo de playboy internacional, sino por su falso disgusto al oír que lo llamaban el «millonario de las sopas».

Es verdad que Raymond (tuve que llamarle así finalmente) propuso la excursión a ver los tableaux vivants, pero por las insinuaciones de Mr Campbell, que no dice que compró una docena de libros pornográficos en una librería francesa, entre ellos una edición, completa, de una novela del siglo pasado editada en inglés en París. No fui yo sola quien disfrutó el espectáculo.

El bastón no lo «encontró» en la calle, caminando junto a un hombre como un personaje-cosa de Gogol, sino en el mismo café. Estábamos sentados (el café estaba lleno) y al levantarse Mr Campbell, echó mano a un bastón que había en la mesa de al lado, oscuro, nudoso: igual que el suyo. Salíamos cuando oímos que alguien corría detrás de nosotros y comenzaba a hacer ruidos: era el dueño del bastón, sólo que entonces no sabíamos que era su verdadero dueño. Mr Campbell quiso dárselo, fui yo quien me opuse. Le dije que había comprado el bastón con dinero bueno y que no porque el mendigo fuese un idiota iba a aprovecharse de nosotros, poniendo como pretexto su estado mental. Es verdad que se organizó una pequeña muchedumbre (sobre todo por parroquianos del café) y que hubo discusiones, pero siempre estuvieron de nuestra parte: el mendigo no sabía hablar. El policía (era un policía de turismo) creo que pasaba por casualidad. También estuvo de parte de nosotros, tan decididamente que se llevó preso al mendigo. Nadie propuso una colecta y Mr Campbell no pagó ninguna recompensa, yo no la hubiera permitido además. Él cuenta el cuento como si yo hubiera sido convertida en un ángel bueno de pronto, por un bastón mágico. No hay duda de eso: en realidad era yo quien más insistía en que no cediera el bastón. Ahora bien, nunca sugerí que agarrara el bastón. (Toda la escena está descrita por Mr Campbell como si fuera el escenarista de un film italiano.)

Mi español no es impecable, pero se entiende.

No hubo jamás melodrama. Ni lynching mobs, ni aplausos, ni cara compungida del mendigo, que no pudimos ver. Tampoco grité cuando vi el otro bastón (encuentro lamentables esas dramáticas letras negras de Mr Campbell: «otro bastón», ¿por qué no «otro bastón»?, simplemente se lo señalé, sin histeria ni catatonia. Me pareció terrible, por supuesto, pero creí que el error y la injusticia tenían arreglo todavía. Salimos de nuevo y encontramos el café y por la gente del café, la dirección del precinto donde se habían llevado al mendigo acusado de robo: era el castillo cariado de Mr Campbell. No estaba allí. El policía lo había soltado en la puerta, ante las bromas de los otros policías y las lágrimas del ladrón que era el único robado. Nadie, por supuesto, supo dónde podríamos encontrarlo.

Perdimos el barco y tuvimos que regresar por avión, con los dos bastones.

EL CUENTO DE UN BASTÓN SEGUIDO DE VAYA QUÉ CORRECCIONES DE LA SRA. DE CAMPBELL



EL CUENTO

Arribamos a La Habana un viernes por la tarde y bien caliente tarde que fue, con este techo bajo de gordas, pesantes nubes oscuras. Cuando el barco entró en la Bahía el piloto del canal simplemente apagó la brisa que refrescó la travesía. Había fresco y de pronto no había. Así como así. El Autor Hemingway, presumo, lo llamaría el ventilador del mar. Ahora la pierna me molestaba como demonio y caminé el tablón con mucho dolor, pero sin mostrarlo en beneficio de huéspedes y anfitriones. (¿Debo decir nativos y exploradores?) La Sra. Campbell venía detrás de mí hablando y gesticulando y asombrándose todo el maldito tiempo y encontraba cada cosita encantadora: la encantadora bahía azul, la encantadora ciudad vieja, la encantadora y pintoresca pequeña calle junto al muelle encantador. ¿Quién, yo? Yo lo que pensaba que había un 90 o 95 % de humedad ambiente y estaba más que seguro que la maldita pierna me iba a doler terriblemente todo el condenado fin de semana. Fue una idea del diablo venir en viaje de descanso a esta ardiente, empapada isla, desteñida por el sol donde no está quemada. El Invierno de Dante. Un proyecto de la Sra. Campbell, por supuesto. (Una ejecución de la Sra. Campbell, estoy tentado a decir, con un De Ella bordado detrás.) Ya le advertí cuando vi desde el puente de cubierta el domo de nubes negras colgando sobre la ciudad, una espada damocliana de lluvia sobre mi pierna. Ella protestó mucho y dijo que el agente de viajes juró sobre su corazón lleno de afiches que siempre es primavera en Cuba. Primavera mi dolorido dedo gordo del pie. ¡Agentes de viajes! Debían haber estado todos en Cuerno del Mercader con Carey & Renaldo y coger la Enfermedad de Booth. (La de Edwina, quiero decir, una enfermedad de mujer.) Estábamos bien metidos en la infestada de mosquitos, endémica con malaria, poblada por bosques de lluvia Zona Tórrida. Se lo dije así a la Sra. Campbell y ella respondió por supuesto a su vez: «¡Miel, éste es el Trópico!»

Sobre el muelle, como una pieza nada desechable de la máquina de desembarco, había un trío de estos encantadores nativos rasgueando una guitarra y sacudiendo dos grandes crótalos como de calabaza y golpeando madera con madera y voceando algunos gritos ferales que ellos deben llamar música. Como décor para la orquesta aborigen alguien había erigido una tienda al fresco donde vendían toda clase de frutos del árbol de la ciencia del turismo: castañuelas, habanicos pintados, los crótalos vegetales, palitos de música, collares hechos de concha y cuentas de madera y semillas, una mediocre menagerie sacada del tarro de un buey gris, y sombreros de paja dura y seca y amarilla: Tutti frutti. La Sra. Campbell compró una o dos piezas de cada ítem y se veía refulgente. De-lei-ta-da. Extática. Le aconsejé dejar todas esas compras para el último día en tierra. «Miel», ella dijo, «son souvenirs». Ella no podía entender que los souvenirs se supone que se compren solamente cuando se deja el país. Gracias a Dios, todo se hizo rápidamente en la casa de aduanas, lo que me sorprendió mucho, debo admitirlo. También fueron amables, de una manera untuosa, si saben lo que quiero decir.

Lamenté no haber traído el Buick. ¿De qué sirve viajar por ferry si usted no viene con su carro? Pero la Sra. Campbell pensó, en el último minuto, que íbamos a perder mucho tiempo aprendiendo las regulaciones del tráfico y las calles. Actualmente, ella temía otro accidente. Ahora tenía una razón más que añadir. «Miel, con tu pierna en esa (señalando a) condición, no puedes de alguna manera manejar», ella dijo. «Cojamos un taxi.»

Pedimos un taxi y algunos nativos (más de los que eran necesarios) nos ayudaron con el equipaje. La Sra. Campbell estaba radiante con la así llamada gentileza latina. Proverbial, ella dijo. Dando propinas en manos extras, pensé en lo inútil que sería decirle que es una gentileza proverbialmente bien pagada. Ella los encontrará siempre maravillosos, no importa lo que hagan y/o prueben en contrario. Aun antes de llegar sabía que todo saldría maravillosamente bien. Cuando las maletas y las mil y una cosas que la Sra. Campbell compró estuvieron dentro del taxi, cerré la puerta (en competencia ardua con el chofer, evidentemente emparentado con Jesse Owens) y di la vuelta para entrar por la otra puerta. Usualmente, entro primero y la Sra. Campbell me sigue, para hacerles las cosas más fáciles. Pero este gesto de imprácticas buenas maneras que la Sra. Campbell, embriagada, encontró mucho latino, me indujo a un error que nunca olvidaré. Fue entonces (del otro lado) que vi el bastón.

No era un bastón ordinario y no debía haberlo comprado solamente por esa razón. Además de ser una ostentosa, torcida cosa, era caro. Cierto, estaba hecho de alguna preciosa madera dura, ébano o algo así, y estaba tallado con un cuidado prolijo. (Toque exquisito, dijo la Sra. Campbell.) Pensando en dólares, sin embargo, no era tan caro. Bajo inspección más cercana, las tallas eran en realidad adornos grotescos sin ningún significado. El bastón terminaba en la cabeza de un Negro o Negra (nunca se sabe con esta gente, los artistas), de facciones notablemente groseras. In toto, quedaba un poco en este lado de lo repelente. Tonto, me atrajo de inmediato y no puedo decir por qué verdaderamente. No soy hombre frívolo, pero creo que lo hubiera comprado, pierna dolorida o no. Quizás la señora Campbell me hubiera empujado a comprarlo finalmente, viendo mi interés. Como todas las mujeres, ella ama comprar cosas. Ella dijo que era bello y original y (debo ir por aire antes de decirlo) excitante. ¡Dios mío! Los mujeres.

En el hotel, ella nuestra suerte, todavía corría bien y las reservaciones fueron encontradas válidas. Empecé a considerar el bastón un encanto de buena suerte. Subimos y nos duchamos y ordenamos una merienda rápida a servicio de cuartos. El servicio fue rápido como la merienda fue buena y echamos un sueñito satisfactorio, la siesta Cubana —cuando en La Habana... No, había mucho calor y mucho ruido y mucho sol afuera y estaba limpio y cómodo y fresco adentro. Un buen, tranquilo, refrigerado hotel. Verdad que era caro, pero lo valía. Si hay algo que los cubanos han aprendido bien de nosotros es el sentido del confort y El Nacional es un hotel cómodo y aún mejor, eficiente. Nos levantamos tarde, a prima noche y dimos una vuelta por la vecindad.

En los fragantes jardines del hotel conocimos a una suerte de chofer de taxi que se ofreció a ser nuestro guía. Dijo llamarse Ramón Algo y produjo una sucia, estrujada tarjeta de identidad para probarlo. Luego nos guió a través de un laberinto de palmeras y autos parqueados hasta esta ancha calle que los habañeros llaman La Rampa, con tiendas y clubes y restaurantes en toda ella y anuncios de neón y tráfico pesado y gente subiendo y bajando por la rampa que da nombre a la avenida. No está mal, a la manera de San Francisco. Queríamos conocer Tropicana, el Night-club que se anuncia a sí mismo como el «cabaret más fabuloso del mundo». La Sra. Campbell casi hizo el viaje solamente para visitarlo. Nosotros, o más bien ella, decidimos cenar allá. Mientras tanto, fuimos a una película que quisimos ver en Miami y nos perdimos. El teatro estaba cerca del hotel y era nuevo y moderno y aireacondicionado.

Regresamos al hotel a cambiarnos para la ocasión. La Sra. Campbell insistió en que yo debía llevar mi traje de media etiqueta. Ella iría emperifollada en una bata de noche. Saliendo, mi pierna me estaba doliendo de nuevo, probablemente debido al frío dentro del teatro y del hotel, y llevé el bastón conmigo. La Sra. Campbell no dijo nada en contra. Al contrario, lo encontró divertido.

Tropicana está localizado en un barrio de las afueras. Es un cabaret en la jungla. Los jardines crecen sobre los callejones de entrada y cada yarda cuadrada está plagada de árboles y arbustos y lianas y epyphites que la Sra. Campbell insistía eran orquídeas, y estatuas clásicas y fuentes chorreando agua y spot-lights de colores ocultos. El night-club puede describirse como físicamente fabuloso, la cumbre, pero el espectáculo se queda en llanos desnudos mayormente y simples, como todo cabaret Latino, yo supongo, con mujeres semi desnudas que bailan la rumba y cantantes mulatos que gritan esas canciones tontas y cancioneros almidonados que se aprovechan del estilo del Viejo Bing, en español, claro. La bebida nacional cubana se llama Daiquirí, un mejunje mejor descrito como un batido helado de ron, bueno para el usual clima de Cuba, no muy lejano de un alto horno. El calor de la calle, quiero decir, porque este cabaret tenía la «típica», así nos dijeron, «refrigeración cubana», que es como decir el clima del Polo Norte emparedado en un cuarto. Hay un cabaret gemelo aunque sin techo, el aire libre, que no se usaba esta noche particular pues esperaban lluvia a eso de las once. Los cubanos son buenos meteorólogos. Empezábamos a comer una de esas comidas llamadas en Cuba internacionales, católicamente grasientas y llenas de cosas todasfritas con alimentos demasiado salados y postres demasiado dulces, cuando comenzó a caer una lluvia tan pesada que se podía oír por sobre la música. Esto es para sugerir la violencia del aguacero, pues hay pocas cosas que quedan sobre este mundo que suenen más alto que una orquesta típica cubana. Para la Sra. Campbell habíamos llegado al límite, al acmé, al summum: el habitat del salvaje sofisticado: selva, lluvia, música, comida, silvestre pandemonium-y ella estaba, simplemente, encantada. Mejor, visitando Las Encantadas. Todo habría salido pasable o más bien bien el momento en que cambiamos para bourbon y soda, cuando fue casi como en casa, si solamente entonces este maricón del emcee no hubiera empezado a presentar los intérpretes al público y el público a los intérpretes y cada quien al otro y luego ¡el ápice! Este payaso o bufón envió a alguien a preguntarnos nuestros nombres y nos introduce en este increíble inglés suyo. No solamente me tomó por una de esas gentes de las sopas, que es un error frecuente y soportable, pero además dijo (a través del altavoz, note usted) que yo era un playboy internacional. ¡Oh muchacho! Probablemente el Playboy del Mundo Occidental. ¿Y qué creen ustedes que la Sra. Campbell está haciendo todo este tiempo? Llorando, bañada en lágrimas de risa, riendo, a carcajadas. ¡Gozosa!.

Cuando dejamos el cabaret, bien después de medianoche, había cesado de llover y el aire estaba fresco y claro, una limpia mañana nueva. Estábamos los dos intoxicados, pero no olvidé mi bastón. Con una mano lo llevaba mientras con la otra hacía lo mismo por la Sra. Campbell. El chofer-guía-consejero físico, este Virgilio del Infierno de la noche, insistió en llevarnos a ver otra clase de espectáculo (show). No hablaría de él si no tuviera la excusa de que ambos, el Sr. y la Sra. Campbell estaban bien borrachos. E,b,r,i,o,s. La Sra. Campbell lo encontró muy excitante, no para mi sorpresa. Debo confesar que para mí fue un asunto desagradable, aburrido y creo que dormí sobre un pedazo de él. La función es un subproducto local de la industria turística, donde los taxistas son publicitarios (admen) y vendedores al mismo tiempo. Lo llevan a usted allí sin pedirlo y antes de que usted pueda realizar lo que está pasando verdaderamente, está ya dentro. Dentro quiere decir en una casa como otra cualquiera de esa calle, pero cuando la puerta se cierra detrás de los visitantes, lo llevan a usted a través de un corredor de puertas a un santuario interior o penetralia, de hecho un salón con sillas todo en derredor, como una de esas cajas de espectáculos de fuera-Broadway tan de moda en los años cincuenta medios, teatros arena, solamente que esta vez la arena no es un escenario pero una redonda, grande cama central. Un Ganimedes le ofrece a usted brevages (pagando por ellos, esto es, y mucho más caros que los tragos de Tropicana), hasta las botas (?) y más tarde pero no mucho más tarde, cuando todos los huéspedes han arribado y todo el mundo está acomodado, ellos apagan la luz y luego encienden las luces (una roja y otra azul) sobre la cama, así que usted pueda discretamente ver la escena y al mismo tiempo olvidar la presencia que pronto será embarazosa de su vecino. Y las dos mujeres entran, severamente desnudas. Después entra un hombre desnudo, un Negro, negro profundo ahora por las luces, un Otelo aprovechado, un Lotario profesional, Supermán le dicen. Había en el público unos cuantos oficiales de Marina de la Armada y todo se veía realmente anti-Americano, pero ellos también disfrutaron del espectáculo y no es nada de mi negocio si los marinos andan por ahí en uniforme o no. Después de la interpretación encendieron todas las luces y, vaya nervio, las muchachas (porque eran muy jóvenes) y el Negro saludaron a la audiencia. Este Sansón Sexo & Socias sacaron algunas bromas de mi smoking y la negrura y del bastón en Español, por supuesto, con gestos convenientes, completamente desnudos allí frente a nosotros, y los marineros morían de risa mientras la Sra. Campbell trataba dura de no reír, sin éxito. Finalmente, el Negro vino cerca de uno de los oficiales y dijo en un inglés afeminado, partido (fractured) que él odiaba a las mujeres y los marinos bufaron esta vez y la Sra. Campbell también. Todos aplaudieron incluyéndome.

Dormimos hasta tarde el Sábado por la mañana y salimos como a las once para ir a Varadero, una playa a exactamente ciento cuarenta y un kilómetros al Este de La Habana y nos quedamos allá abajo el resto del día. El sol era brutal, como es usual, pero la vista del plácido, abigarrado, abierto océano y las blancas, deslumbrantes dunas y los pseudo-pinos y las sombrillas de playa de techo de palma y las villas Victorianas tardías, de playa y de madera eran algo para Natalia Kalmus imitar. Yo tomé muchas fotografías, en color, por supuesto, pero también en B&W , y yo estaba feliz de estar allí. Ni gente, ni música, ni porteros, ni choferes, ni emcees, ni puta rameras, ni crudos exhibicionistas para forzarlo a usted dentro del ridículo, del odio y/o del desprecio. ¿Paraíso encontrado? No todavía. Al anochecer tenía ampollas sobre toda mi espalda y brazos y para contrabalancearlo, una terrible acedía producto de los mariscos del almuerzo, tan excesivos. Traté vanamente de romperlas con Bromo-S y crema fría —tragando el digestivo y untándome todo yo con el ungüento, no viceversa. Sin resultado. El crepúsculo también trajo hordas de Transilvánicos mosquitos. Nos batimos en retirada hacia La Habana.



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