Tres tristes tigres



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Yo iba y venía por el cuarto buscando mis medias que anoche eran dos y ahora se empeñaban todas en ser ejemplares únicos y cuando me cansé de buscarlas por todo el universo volví a mi galaxia y fui al closet y cogí otro par y me las ponía mientras él me iba contando y yo calculaba qué hacer con el resto del domingo. La cosa, me dijo, es que levanté en claro a Ingrid (y ahora tengo que explicar que Ingrid es Ingrid Bérgamo, que no se llama así, sino que le dimos ese apodo porque así es como ella pronuncia el nombre de Ingrid Bergman: ella es una mulatica, muy adelantada, dice ella cuando está de vena, que se tiñe el pelo de rubio y se maquilla mucho y se pone la ropa más estrecha de esta isla en que las mujeres no usan vestidos sino guantes para todo el cuerpo, y es bastante fácil, lo que no aminora el regocijo de Silvestre porque una mujer nunca es fácil la víspera), la levanté y me la llevé para la posada de la calle Ochenticuatro, me dijo, y después de estar ya adentro dijo que no y que no y que no y tuve que salir de nuevo, y todo esto en taxi. Pero, me dijo, cuando estábamos otra vez en el Vedado y habíamos cruzado por cuarta o quinta vez el túnel, empezamos a besarnos y eso y se dejó llevar a Once y Veinticuatro y allí fue la misma cosa, con la ligera diferencia de que el chófer dijo que él era de alquiler no alcahuete y que le pagara que se iba y entonces Ingrid empezó a discutir con él, queriendo que la llevara para su casa y yo cogí y le pagué al chófer, que se fue. Claro, me dijo, Ingrid la cogió conmigo y allí en la oscuridad sonorizó una protesta ejemplar y salimos a la calle discutiendo, mejor dicho ella peleando y yo tratando de calmarla, más razonable que George Sanders (me dijo Silvestre, que siempre habla en términos de cine: un día me hizo un marco con las manos, siendo él entonces el fotógrafo, y me dijo, No te muevas que te me vas de cuadro y otra vez llegué a su casa, que estaba oscura, con las puertas del balcón cerradas porque el sol da de lleno por las tardes y yo abrí el balcón y me dijo, ¡Me echaste veinte mil full-candles en la cara!, en otra ocasión estábamos hablando Cué, él y yo y él hablaba de jazz y entonces Cué dijo una pedantería sobre los orígenes en Nueva Orleans y Silvestre le dijo, No vengas a meter en la conversación ese flashback, viejo y otras cosas que olvido o que no recuerdo ahora) y discutiendo y caminando y subiendo Vedado arriba ¿tú no sabes a dónde llegamos?, me dijo, y me dijo, llegamos a Dos y Treintiuno y entramos como si nada. Creo, me dijo, que la cogí cansada, pero eso no fue más que empezar y adentro, dentro del cuarto ya fue una lucha de villano de Stroheim con heroína de Griffith para que se sentara, me oíste, nada más que se sentara y no en la cama, sino en una silla y después que se sentó ni quería soltar la cartera de las manos. Por fin, me dijo, la logré convencer de que se calmara, que se sintiera tranquila, casi a gusto y voy y me quito el saco y se levanta como un rayo y va a abrir la puerta, para irse y yo que veo en big-closeup su mano en el pestillo, me pongo el saco de nuevo y la tranquilizo, pero tranquilizándola, ella se equivoca y se sienta en la cama y cuando se sienta pega un salto como si se hubiera sentado en la cama de un fakir y yo muy hombre de mundo, muy a lo Cary Grant la convenzo de que no se inquiete, que sentarse en la cama no quiere decir nada más que sentarse, que la cama es un mueble como otro cualquiera, que puede ser un asiento y ella muy tranquila se levanta y deja la cartera en la mesita de noche y se sienta en la cama de nuevo. No sé por qué, me dijo Silvestre, sospeché que podía quitarme el saco y me lo quito y me siento al lado de ella y empiezo a acariciarla y a besarla y estando en eso la empujo hacia atrás, para que se acueste y se acuesta pero como si fuera un resorte se sienta de nuevo y yo vuelvo a empujarla y esta vez se acuesta y se queda quieta y yo me le tiro encima, no del todo muy de escena romántica pero risqué y empiezo a decirle que hace calor, que es una lástima que se esté echando a perder el vestido, que se estruja todo y tan elegante como es y ella me dice, ¿No verdá que es bonito? y sin transición me dice que se lo va a quitar para no estrujarlo, pero que no se quitará más nada, que se quedará en refajo y se lo quita. Vuelve para la cama y ya yo me quité los zapatos y me olvido del Código Hays y comienzo a trabajarla en los planos medios o plano americano y le pido, suplico, casi me arrodillo en la cama para que se quite el refajo, que quiero ver su hermoso cuerpo de starlette, que se quede en blumer y ajustador, que eso no es más que una trusa de encajes para nadar en la cama y con este argumento, muchacho, la convenzo y se quita el refajo, no sin decirme antes que no se quitará más nada. Punto. Entonces nos besamos y nos abrazamos y nos acariciamos y yo digo que se me está estrujando el pantalón y me lo quito y también me quito la camisa y me quedo en calzoncillos y cuando me meto en la cama de nuevo ella está brava o hace como que está brava y no me deja acercarme más. Pero al poco rato la toco con las manos y le acaricio el cuerpo y volvemos a besarnos y todo eso y le pido, comienzo muy bajo, casi en off, a decirle, a rogarle que se quite lo que le queda, aunque sean los ajustadores para verle esos senos maravillosos y no se deja convencer y cuando estoy a punto de perder la paciencia, dice, Bueno vaya, y de un solo gesto se suelta los props y lo que veo a la luz rojiza del cuarto (que ése fue otro debate: apagar la luz del techo y encender el foco rojo), lo que veo es la octava maravilla, la octava y la novena porque son dos maravillas y me entusiasmo y ella se entusiasma y toda la atmósfera pasa del suspenso a la euforia como de la mano de Hitchcock. Total, para no cansarte, que con igual técnica y el mismo argumento consigo que se quite los pantaloncitos, pero, pero, momento en que el viejo Hitch cortaría para insertar intercut de fuegos artificiales, te soy franco, te digo que no pasé de ahí: no hubo quien la convenciera y llegué a la conclusión de que la violación es uno de los trabajos de Hércules, que en realidad no existe, que no es delito si la víctima está consciente y el acto lo comete una sola persona. Nou, thats quite impossible, dear De Sad.

Comienzo a reírme a carcajadas sísmicas, pero Silvestre me interrumpe. Espérate, pérate como dice Ingrid, que no termina ahí el cuento. Pasamos, me dice Silvestre la noche o el pedazo de noche de lo mejor y aliviado por sus diestras manos, casi satisfecho, me quedo en éxtasis dormido y cuando me despierto, aclarando ya, miro para mi adorada y veo que mi co-star ha cambiado con la noche, que el sueño la ha transformado y junto con el viejo Kafka llamo a esto una metamorfosis y aunque no tengo al lado a Gregorio Samsa sí tengo a otra mujer: la noche y los besos y el sueño le han quitado no solamente la pintura de los labios, sino todo el maquillaje, todo: cejas perfectas, las pestañas largas y gruesas y negras, el color fosforescente y, espérate, espérate, me dice, no te rías todavía y agárrate bien que voy a balancear el bote: allí, a mi lado, entre ella y yo como un abismo de falsedad, hay un objeto amarillo, más o menos redondo y sedoso, y lo toco y doy un salto: tiene pelos. Lo cojo, me dijo, en mis manos con mucho cuidado y lo miro bien a la luz ambiente y es, acorde de última sorpresa, ¡una peluca! La mujer es calva, me dijo, calva-calva. Bueno, no calva del todo, sino con unas pelusas, unas crenchas sin color, abominables. Allí estaba yo, Ionesco Malgré Louis, me dijo Silvestre, acostado con la chantatrice. Creo que lo pensé tan fuerte que me salió en alta voz, porque ella comenzó a moverse y se despertó. En el shot inmediatamente anterior yo dejé la peluca donde estaba, me acosté de nuevo y me hice el dormido y ella se despierta del todo y lo primero que hace es echarse mano a la cabeza y frenética, a saltos, busca la peluca, la encuentra y se la pone... al revés, chico, al revés. Se levanta, va para el baño, cierra la puerta y enciende la luz y cuando la abre todo está en su lugar. Me mira y me vuelve a mirar porque el susto de que había perdido su cabellera la hizo olvidarse de que yo existía y ahora recuerda que está en un cuarto, en una posada, conmigo. Me mira, me dijo Silvestre, una y otra vez para asegurarse de que estoy dormido, pero me mira de lejos y yo estoy bien dormido con los ojos entreabiertos, viéndolo todo: la cámara ubicua. Ella va, coge su cartera y recoge su ropa y se mete de nuevo en el baño. Cuando sale es otra mujer. Es decir, es la misma mujer que tú conoces y que todos conocemos y que tanto trabajo me dio anoche para permitirme asistir a su desvestida, al strip-tease total, au depouillement á la Allais.

En todo este tiempo no aguantaba la risa y Silvestre narró su odisea por encima de mis carcajadas y ahora los dos nos reíamos. Pero él hace un alto y me dice, Pero no te rías tanto de Barnum, Beyle, que los dos traficamos con monstruos. Cómo, le digo. Sí señor, usted le hizo el amor a la Oliver Hardy de color. Cómo, le digo de nuevo. Sí, sí. Mire, después de salir de la cámara del detector de mentiras, traje a la de nuevo agraciada rubia a su casa en taxi y ya que estaba en él seguí hasta la mía y al pasar por aquí, como a las cinco, iba por la acera, Veinticinco arriba, La Estrella, hecha un basilisco, toda pasas y chancletas y carterón viejo. La llamé y la monté en la máquina y la llevé a su casa y por el camino, amigo cameraman, me dijo que le había pasado una cosa atroz y me contó que se quedó dormida en esta camera obscura y que usted, borracho, intentó violarla, y terminó diciéndome que más nunca, pero que más nunca pondría un pie aquí, y estaba, te digo, realmente indignada. De manera que para un monstruo otro y a un fracaso un fiasco. ¿Así te dijo, le dije yo, con esas palabras? Bueno me dijo que trataste de forzarla, eso fue lo que me dijo. Pero te estoy dando una versión fílmica, chico, no textual.

No tenía con qué reírme y no había por qué indignarse y dejé a Silvestre sentado en la cama y fui a lavarme la boca. Desde el baño le pregunté en qué clínica estaba Bustrófedon y me dijo que en Antomarchi. Le pregunté si lo iría a ver por la tarde y me respondió que no, que a las cuatro tenía una cita con Ingrid la de Bérgamo y pensaba hoy no dejar para mañana lo que pudo hacer ayer. Me reí, ya sin ganas y él me dijo que no me riera que a él no le interesaba su cuerpo sino aquella alma desnuda y que pensara además en los antecedentes mitológicos, que Jean Harlow también usaba peluca. Hecha por Max Factor.

Sexta


Doctor, ¿usted escribe psiquiatra con p o sin p?

LOS VISITANTES



HISTORIA DE UN BASTÓN Y ALGUNOS REPAROS DE MRS. CAMPBELL

LA HISTORIA

Llegamos a La Habana un viernes alrededor de las tres de la tarde. Hacía un calor terrible. Había un techo bajo de gordas nubes grises, negras más bien. Cuando el ferry entró en el puerto se acabó la brisa que nos había refrescado la travesía, de golpe. La pierna me estaba molestando de nuevo y bajé la escalerilla con mucho dolor. Mrs. Campbell venía hablando detrás de mí todo el santo tiempo y todo le parecía encantador: la encantadora pequeña ciudad, la encantadora bahía, la encantadora avenida frente al muelle encantador. A mí me parecía que había una humedad del 90 o 95 por ciento y estaba seguro de que la pierna me iba a doler todo el fin de semana. Fue una buena ocurrencia de Mrs. Campbell venir a esta isla tan caliente y tan húmeda. Se lo dije en cuanto vi desde cubierta el tejado de nubes de lluvia sobre la ciudad. Ella protestó y dijo que en la oficina de viajes le habían jurado que siempre pero siempre había en Cuba tiempo de primavera. ¡Primavera mi adolorido pie! Estábamos en la zona tórrida. Se lo dije y me respondió: «Honey, this is the Tropic!»

Al borde del muelle había un grupo de estos encantadores nativos tocando una guitarra y moviendo unas marugas grandes y gritando unos ruidos infernales que ellos debían llamar música. También había, como decorado para la orquesta aborigen, una tienda al aire libre que vendía frutos del árbol del turismo: castañuelas, abanicos pintarrajeados, las marugas de madera, palos musicales, collares de conchas de moluscos, objetos de tarro, sombreros de paja dura y amarilla y cosas así. Mrs. Campbell compró una o dos cosas de cada renglón. Estaba encantada. Le dije que dejara esas compras para el día que nos fuéramos. «Honey», dijo, «they are souvenirs». No entendía que los souvenirs se compran a la salida del país. Ni tenía sentido explicarle. Afortunadamente en la aduana fueron rápidos, cosa que me asombró. También fueron amables, de una manera un poco untuosa, ustedes me entienden.

Lamenté no haber traído el carro, ¿De qué vale viajar en ferry si no se trae el automóvil? Pero Mrs. Campbell creía que perderíamos mucho tiempo aprendiendo las leyes del tránsito. En realidad, temía otro accidente. Ahora tenía una razón más que agregar. «Honey, con la pierna así no podrías conducir», dijo ella. «Lets get a cab.»

Pedimos un taxi y algunos nativos —más de los convenientes— nos ayudaron con las maletas. Mrs. Campbell estaba encantada con la proverbial gentileza latina. Inútil decirle que era una gentileza proverbialmente pagada. Siempre los encontraría maravillosos, antes de llegar ya sabía que todo sería maravilloso. Cuando el equipaje y las mil y una cosas que Mrs. Campbell compró estuvieron en el taxi, la ayudé a entrar, cerré la puerta, en competencia apretada con el chofer, y di la vuelta para entrar más cómodamente por la otra puerta. Habitualmente yo entro primero y luego entra Mrs. Campbell, para que le sea más fácil, pero aquel gesto de cortesía impráctica que Mrs. Campbell, deleitada, encontró very latin, me permitió cometer un error que nunca olvidaré. Fue entonces cuando vi el bastón.

No era un bastón corriente y no debía haberlo comprado por esa sola razón. Era llamativo, complicado y caro. Verdad que era de una madera preciosa que a mí me pareció ébano o cosa parecida y que estaba tallado con un cuidado prolijo —que Mrs. Campbell llamó exquisito— y que pensando en dólares no era tan costoso en realidad. Miradas de cerca las tallas eran dibujos grotescos que no representaban nada. El bastón terminaba en una cabeza de negra o de negro —nunca se sabe con esta gente, los artistas— de facciones groseras. En general era repelente. Sin embargo, me atrajo enseguida y aunque no soy hombre de frivolidades, creo que pierna dolorosa o no, lo habría comprado. (Tal vez Mrs. Campbell al notar mi interés me hubiera empujado a comprarlo.) Por supuesto, Mrs. Campbell lo encontró bello y original y —tengo que coger aliento antes de decirlo— excitante. ¡Dios mío, las mujeres!

Llegamos al hotel, tomamos las habitaciones, felicitándonos porque las reservaciones funcionaran, subimos a nuestro cuarto y nos bañamos. Ordenamos un snack a room-service y nos acostamos a dormir la siesta — cuando estés en Roma... No, en realidad hacía calor y demasiado sol y ruido afuera, y se estaba bien en la habitación limpia y cómoda y fresca, casi fría por el aire acondicionado. Estaba bien el hotel. Verdad que cobraban caro, pero lo valía. Si alguna cosa han aprendido los cubanos de nosotros es el sentido del confort y el Nacional es un hotel cómodo y mucho mejor todavía, eficiente. Nos despertamos ya de noche y salimos a recorrer los alrededores.

Fuera del hotel encontramos un chofer de taxi que se ofreció a ser nuestro guía. Dijo llamarse Raymond Algo y nos mostró un carnet sucio y descolorido para probarlo. Después nos enseñó este pedazo de calle que los cubanos llaman La Rampa, con sus tiendas y sus luces y la gente paseando arriba y abajo. No está mal. Queríamos conocer Tropicana, que se anuncia dondequiera como «el cabaret más fabuloso del mundo» y Mrs. Campbell casi hizo el viaje por visitarlo. Para hacer tiempo fuimos a ver una película que quisimos ver en Miami y perdimos. El cine estaba cerca del hotel y era nuevo y tenía refrigeración.

Regresamos al hotel y nos cambiamos. Mrs. Campbell insistió en que yo llevara mi tuxedo. Ella iría de traje de noche. Al salir, la pierna me estaba doliendo de nuevo —parece que a consecuencia del frío en el cine y en el hotel— y agarré el bastón. Mrs. Campbell no hizo objeción y más bien pareció encontrarlo divertido.

Tropicana está en un barrio alejado del centro de la ciudad. Es un cabaret casi en la selva. Sus jardines crecen sobre las vías de acceso a la entrada y todo está lleno de árboles y enredaderas y fuentes con agua y luces de colores. El cabaret puede anunciarse como físicamente fabuloso, pero su show consiste —supongo que como todos los cabarets latinos— en mujeres semidesnudas que bailan rumba y en cantantes que gritan sus estúpidas canciones y en crooners al estilo del viejo Bing Crosby, pero en español. La bebida nacional en Cuba se llama Daiquiri y es una especie de batido helado con ron, que está bien para el calor de Cuba —el de la calle me refiero, porque el cabaret tenía el «típico», según nos dijeron, «aire acondicionado cubano», que es como decir el clima del polo norte entre cuatro paredes tropicales. Hay un cabaret gemelo al aire libre, pero esa noche no estaba funcionando, porque esperaban lluvia. Los cubanos son buenos meteorólogos, porque no bien empezamos a comer una de estas comidas llamadas internacionales en Cuba, llenas de grasa y refritas y de cosas demasiado saladas con postres demasiado dulces, empezó a caer un aguacero que sonaba fuera por encima de una de esas orquestas típicas. Esto lo digo para indicar la violencia de caída del agua, pues hay pocas cosas que suenen más alto que una orquesta cubana. Para Mrs. Campbell todo era el colmo de lo salvaje sofisticado: la lluvia, la música, la comida, y estaba encantada. Todo hubiera ido bien —o al menos pasable, porque cuando cambiamos para whiskey y soda simplemente, casi me sentí en casa—, sino es porque a un estúpido emcee maricón del cabaret, que presentaba no solamente el show al público, sino el público a la gente del show, si a este hombre no se le ocurre preguntar nuestros nombres —y quiero decir, a todos los americanos que estábamos allá— y empieza a presentarnos en un inglés increíble. No solamente me confundió con la gente de las sopas, que es un error frecuente y pasajero, también me presentó como un playboy internacional. ¡Pero Mrs. Campbell estaba al borde del éxtasis de risa!

Cuando dejamos el cabaret, después de medianoche, había terminado de llover y hacía menos calor y la atmósfera ya no era opresiva. Estábamos los dos bien tomados, pero no olvidé el bastón. Así que con una mano sostenía el bastón y con la otra a Mrs. Campbell. El chofer se empeñó en llevarnos a ver otra clase de show, del que no hablaría sino tuviera la excusa de que tanto Mrs. Campbell como yo estábamos muy bebidos. A Mrs. Campbell le pareció muy excitante —como la mayoría de las cosas en Cuba—, pero yo tengo que confesar que lo encontré bien aburrido y creo que me dormí. Es una rama local de la industria del turismo, en que los choferes de alquiler actúan como agentes vendedores. Lo llevan a uno sin pedirlo y antes de que usted se dé cuenta, está ya dentro. Es una casa como otra cualquiera, pero luego que uno está dentro lo pasan a un salón donde hay sillas en derredor, como en uno de esos teatros puestos de moda por los años cincuenta, teatro en redondo, solamente que en el centro no hay escenario, sino una cama, una cama redonda. Sirven bebidas —que cobran mucho más caras que en el cabaret más caro— y luego, cuando está todo el mundo sentado, apagan las luces y encienden una luz roja y otra azul encima de la cama, pero usted puede verlo todo muy bien. Y entran dos mujeres, desnudas. Se acuestan en la cama y comienzan a besarse y a hacer el amor y algunas cosas realmente abominables por la indecencia, la poca higiene. Luego entra un hombre —un negro era, que se veía más negro por la iluminación— con un sexo exageradamente largo y hace esas cosas tan terriblemente íntimas con estas mujeres y parecen divertirse con todo. Había allí unos cuantos oficiales de marina, por lo que me pareció todo muy antipatriótico, pero ellos parecían divertirse y no es asunto mío si se divierten en estas cosas con uniforme o sin él. Después que terminó la performance, encendieron las luces y —habrá descaro— las dos mujeres y el negro saludaron al público. Este individuo y las mujeres hicieron algunos chistes a costa de mi tuxedo y el color negro de mi bastón, completamente desnudos allí frente a nosotros, y los marinos se divertían y hasta Mrs. Campbell parecía divertida. Finalmente, el negro se acercó a uno de los oficiales y le dijo en un inglés muy cubano que odiaba a las mujeres, dándole a entender algo muy sucio, pero los marineros se reían a carcajadas y Mrs. Campbell también. Todos aplaudieron.

Dormimos hasta las diez de la mañana del sábado y a las once nos fuimos a esta playa, Varadero, que está a unas 50 millas de La Habana y estuvimos todo el día en la playa. Había un sol terrible, pero el espectáculo del mar con sus variados colores y la arena blanca y los viejos balnearios de madera parecía algo digno de un film en colores. Hice muchas fotos y Mrs. Campbell y yo la pasamos muy bien. Aunque por la noche toda la espalda la tenía cubierta de ampollas y padecía una indigestión por culpa de estas comidas cubanas hechas con mariscos, tan excesivas. Regresamos a La Habana, traídos por Raymond, que nos dejó en el hotel después de medianoche. Me alegré de encontrar mi bastón en la habitación, esperándome, aunque no lo necesité en todo el día, pues el sol y el agua de mar y el calor menos húmedo me habían mejorado la pierna. Mrs. Campbell y yo estuvimos tomando en el bar del hotel hasta bien tarde, oyendo más de esta música extremista que a Mrs. Campbell parece encantarle y me sentía bien, porque bajé con el bastón en la mano.

Al otro día, domingo por la mañana, despedimos a Raymond hasta la hora de regresar al hotel a recoger nuestras cosas. El ferry se iba a las dos de la tarde. Luego decidimos salir a caminar por la ciudad vieja y mirar los alrededores un poco y comprar algunos souvenirs más, de acuerdo con el deseo de Mrs. Campbell. Hicimos las compras en una tienda para turistas frente a un cariado castillo español, que está abierta todos los días. Íbamos cargados con los paquetes y decidimos sentarnos en un viejo café a tomar algo. Todo estaba muy callado y me gustó la atmósfera antigua, civilizada del domingo allí en la parte vieja de la ciudad. Estuvimos bebiendo durante una hora o cosa así y pagamos y salimos. A las dos cuadras recordé que había dejado el bastón olvidado en el café y regresé. Nadie parecía haberlo visto, lo que no me extrañó: estas cosas suceden. Mortificado, salí a la calle, con un disgusto demasiado profundo para una pérdida tan insignificante. Mi asombro, pues, fue extraordinario y grato cuando al doblar una calle estrecha hacia un stand de taxis, iba un viejo con mi bastón. De cerca, vi que no era un viejo, sino un hombre de edad indefinible, visiblemente un idiota mongólico. No era cuestión de entenderse con él ni en inglés ni en el precario español de Mrs. Campbell. El hombre no comprendía y se aferraba al bastón.

Temí una situación de slapstick si agarraba el bastón por un extremo, como me aconsejó Mrs. Campbell, habida cuenta que el mendigo —era uno de estos mendigos profesionales que abundan en estos países— se veía un hombre fuerte. Traté de hacerle entender que el bastón era mío, por señas, pero no lograba más que hacer unos ruidos extraños con su garganta por toda respuesta. Por un momento pensé en los músicos nativos y en sus canciones guturales. Mrs. Campbell sugirió que le comprara mi bastón, pero no quise hacerlo. «Querida», le dije, tratando al mismo tiempo de cerrarle la retirada al mendigo con mi cuerpo, «es una cuestión de principios: el bastón me pertenece». No iba a dejar que se quedara con él porque fuera un morón y mucho menos se lo iba a comprar, porque era prestarse a una extorsión. «No soy hombre de chantajes», dije a Mrs. Campbell, bajando de la acera a la calle, porque el mendigo amenazaba cruzar al otro lado. «Lo sé, honey», dijo ella.

Pronto tuvimos una pequeña turba local a nuestro alrededor y me sentí nervioso, pues no quería ser víctima de ninguna lynching mob, ya que yo parecía un extranjero que abusaba de un nativo indefenso. La gente, sin embargo, se portó bien, dadas las circunstancias. Mrs. Campbell les explicó lo mejor que pudo y hasta hubo uno que hablaba inglés, un inglés bien primitivo, que se ofreció de mediador. Intentó, sin ningún éxito, comunicarse con el idiota. Éste no hacía más que abrazar el bastón y hacer señas y ruidos con la boca indicando que era suyo. La multitud, como todas las turbas, unas veces estaba de parte mía y otras de parte del mendigo. Mi esposa trataba de explicarles todavía. «Es una cuestión de principios», dijo, más o menos en español. «Mr. Campbell es el legítimo dueño del bastón. Lo compró ayer, lo olvidó esta mañana en un café, este señor», se refería al cretino, a quien apuntaba con el dedo, «lo tomó, y no le pertenece, no, amigos». La gente estaba ahora de nuestra parte.



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