Tres tristes tigres



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Cuando terminó de echar sus redondas carcajadas como anillos de humo de risa hacia el techo, me dijo Ay Arsen contigo no se puede y se levantó ¿Quieres verlas? me dijo. No entendí y lo vio en mi cara Las fotos hijo dijo abriendo los brazos en una parodia del enojo final. ¿Qué creías que era? La miré bien Los originales, claro. No las copias. Se rió: No cambias me dijo ¿Quieres o no quieres verlas? Dije que sí y se fue al cuarto diciendo Espera. Miré el reloj pero no recuerdo la hora que era. Sí recuerdo que en ese momento Livia me llamó del cuarto Ven Arsen y fui. La puerta estaba abierta y ella estaba sobre la cama disponiendo las fotos en que mostraba sus senos desnudos, Eran grandes. Quiero decir, las fotos: cubrían, dos o tres, casi toda la cama. Aparecía en ellas

desnuda de la cintura para arriba con

los brazos cruzados sobre el pecho o

con la camisa medio abierta hasta el vientre o

completamente abierta hasta medio vientre o

desnuda, de espaldas o

desnuda y oculta por un claroscuro cómplice

pero nunca se le veían los senos completos. Se lo dije. Se rió y sacó una foto debajo de otra y me dijo Y ésta como preguntando y afirmando a la vez. Miré pero la ocultó detrás de su cuerpo No la pude ver le dije No la vas a ver me dijo No se puede ver y se rió mostrando la garganta: era una cockteaser como dicen los americanos o los españoles que dicen calientapijas: en Cuba no tenemos palabras: quizás porque tenemos tantas —mujeres así, quiero decir. Decidí irme. Lo supo Ya se puso bravito el niñito me dijo imitando un puchero. Si el nene se queda un ratico más habrá un premio. La miré y me sostuvo la mirada Vaya dijo y tiró la foto al suelo: estaba desnuda, sentada, pero ahora, se veían bien sus senos, aberrados por un lente de ángulo ancho que los ponía en relieve: eran blancos y perfectos y bellos, y Livia tenía motivos para estar orgullosa de ellos, vanidosa por las fotos, molesta con la negada exhibición de la maravilla en que la mera carne es a la vez objeto estético y sujeto de pasión. No creo en ellos le dije sin embargo Son senos en 3-D: buenos para Arch Oboler ella se detuvo sin que hubiera echado a andar ¿Quién esese? preguntó y parecía casi furiosa El director de Bwana Devil. En el mismo movimiento se agachó, recogió la foto del suelo y las otras de la cama, las guardó en el closet y caminó hacia el baño No te vayas dijo antes de entrar y cerrar la puerta. Salió de nuevo. Pasarían dos o tres minutos entre la salida y la entrada pero en el recuerdo son acciones simultáneas. Venía desnuda. Es decir, se había dejado unos blumers breves, negros pero más nada ¿Y ahora? me dijo desafiante y caminó hacia mí en punta de pies, con el tórax combado y los brazos y los hombros echados hacia atrás en un gesto que debió de haber aprendido de Jayne Mansfield, pero que no me dio risa porque tenía frente a mí (y digo frente a mí) la belleza que se puede ver, tocar, oír, oler y gustar con todos los sentidos: ver con las manos, oír con la boca, gustar con los ojos, oler con los poros del cuerpo: ¿Son falsos o reales? preguntó. Otra voz respondió emocionada Son teatrales y no era la mía: miré, miramos, y en la puerta estaba Laura con una caja redonda en una mano y en la otra la manita de una niña pequeña y rubia y fea, que era su hija.



Recuerdo ahora cuando la puerta de la nueva casa de Livia se abre, otra puerta que se cierra y la frase socorrida, vulgar que Laura dijo y a la que el tono súbitamente helado hizo de veras dramática La próxima vez cierran la puerta al irse y recuerdo la indiferencia continuada en las ocasiones que la llamé, que vine a buscarla, que fui a verla a la televisión y la lejanía afectiva en que acabó nuestra relación, donde el Quiay y el Hola y el Taluego sustituyeron todas las anteriores expresiones de calor, de afecto— ¿de amor? Muchacho dichoso los ojos dijo Livia Mirtila miraquienestaquí hablando hacia los cuartos, el cuarto a donde entraba dejando las dos puertas abiertas, caminando solamente en pantalones y se sentaba al espejo-tocador diciendo Pasa Arsen y siéntate que acabo enseguida mirándome a través del espejo y retocando sus labios con el cuidado y la precisión y la maestría del pincel que dicen los libros de reproducciones que Vermeer pintaba bocas holandesas, aunque quizás con menos ropa, ella, Livia, no Vermeer ni las mujeres miniatura. La voz del baño dijo Va y pareció una voz de ¡fuego!, porque inmediatamente se abrió el baño y apareció Mircea Eliade, Mirta Secades, Mirtila a secas para usted y la propaganda y los amigos, desnuda sí, ella también: en cueros y dijo Ay Arsen al reconocerme perdona no sabía que eras tú y volvió al baño sin cerrar la puerta, tomó una bata (transparente) y salió otra vez desnuda y comenzó a meter sus brazos húmedos por el calor y el agua de la ducha en las mangas blancas y de flores azules. Pero no cerró la bata y empezó a buscar cosas en el closet/tocador/botiquín del baño / maletas por el suelo closet de la sala/cocina/refrigerador y a cada instante regresaba al sofá cama donde yo estaba sentado, para mirar por la ventana si iría a llover o no. No me voy a poder estrenar el impermeable hoy tampoco coño dijo Ay perdona Arsen pero es questoy MÁS fastidiada. Aquí no hay ni estaciones. Livia se levantó y fue al baño y mientras se mojaba con cuidado la cara maquillada dijo Ella viene del Norte, hijo, del Cánada (Dry, tú sabes) Mirtila saltó de entre las maletas con un pantaloncito azul en una mano y unas sandalias blancas bajas en la otra No, vengo del Cotorro, pero eso no quita para que aquí no esistan estaciones se ponía el blumer y tu sabes bien Livia que para que una mujer pueda ser elegante soltó unas zapatillas de baño azul pálido y metió los pies en sandalias mientras hablaba hace falta por lo menos que haigan dos estaciones Livia se rió con estruendo. Oye, oye, Arsen, cómo habla y después quiere ser locutora dijo entrando (cerrando) el ajustador a la espalda Haya, niña, haya y Mirtila se sentó al tocador Bueno hayan o haigan el cuento es que una mujer elegante le hace falta lucir su vestiario Medieval pensé yo y en esta mierda de país vuelta hacia mí Perdona Arsen vuelta hacia Livia ni Eso se puede se levantó y gritó por la ventana Ni eso se puede más fuerte No se puede nada carajo y se volvió a sentar al tocador mirando para mí Perdona tú pero estoy hasta aquí y levantó una mano larga y flaca y haló un mechón de pelo pajizo, teñido cien, mil veces y ahora muerto, embalsamado por el tinte blanco, de platino verdadero, metálico, mineral: de verdad la cabellera de Falmer. ¿Puedo hablar de los senos? Los veía de perfil y reflejados en el espejo. Una noche fueron grandes, casi listos a saltar sobre la barrera del pudor y el escote, y jóvenes, ahora eran flácidos, largos y terminados en una punta oscura, morada y ancha: no me gustaban. Los senos de Livia, el momento que los vi, también habían cambiado, no para mejorar y no los quise mirar de nuevo para guardar el buen/mal recuerdo que siempre tengo de ellos: es mejor perder el paraíso por una manzana roja y engañosa que por el fruto del saber seco, cierto. Mirtila anoche, la otra noche, parecía tener quince, veinte años y ahora no podía decir qué edad tenía, sólo sé que alguna vez, en la niñez, fue raquítica, porque tenía el pecho combado sobre los senos y no era esbelta sino desnutrida. Sin pintura en los labios los tenía también violeta, como los senos, pero más pálidos y aunque conservaba la nariz increíblemente fina, perfecta y los ojos claros y grandes y de pestañas largas, se veía que tenía una abuela negra escondida por la química de los afeites y la física de la luz incandecente: ella, como Livia, no salía ya más que de noche, las dos espesamente maquilladas. Vi también que se afeitaba completas las cejas y esto daba a su frente un largo excesivo. No me gustaba: no era ésta la mujer por la que vine de voluntario a este calor infernal de la tarde de agosto, a esta oscuridad de la luz que se va, a esta espiral de preguntas sin respuestas que Mirtila mientras decide cómo maquillarse le hace a Livia que termina de arreglarse:

Livia puedes encenderme la luz amor? Livia que tú cres que me limpie la cara con la crema astringenterrefrescante de Lisabé Tarden o con la vanichincrín de Pons / Livia no la oye porque está en la sala, junto a la ventana, aplicando rimel a sus pestañas / Livia viejita me pongo la Lildefrance de base o la AmoretaCrin Tú cres tú que mejor la Velada Radiante, fíjate que me voy a poner polvos Ardena despué / Livia se sienta en la sala y con una cajita de laca sobre las piernas busca dentro / Que tú cres como creyón Arden Pin o Golden Popy, yo no sé por cuál decidirme, no me gustan el sabor. El Luis Equisvé de Revlon no sé si me pega. Qué noche tú cres que haga miamiga / Livia saca una sortija ampulosa de la cajita negra / El Rosaurora está bien pero no sé si me aviene bien con la ropa que llevo puesta / Livia saca aretes que hacen juego con la sortija y se los pone / Yo creo que finalmente me pongo el coral vainilla de Revlon y se acabó: pa qué andar con tanta escogedera / Livia saca de la caja de laca un collar de varias vueltas, de perlas de cultivo: todo lo que usa Livia es de calidad pero de una calidad mediocre, falsa: una vez un fotógrafo, Jesse Fernández, que le hizo varias fotografías me dijo: «Baby, aquí será una modelo, pero en Nueva York o Elei sería una callgirl de lujo» / Livia tú piensas que el Caraseda deLena Rubistein sea mejor que la Mascaramatic o me pongo el AyChado o el C°méstico de Arden / Livia va para la cocina abre el refrigerador y se sirve un vaso de leche, alimento para su pichón de úlcera / Ahora sí. Figúrate hija que me tiré por arriba un cubo de agua con sal de Morni, Rosas de Junio, y no sé qué perfume ponerme. Tú cres que me eche MisDior o Diorama. Yo que para mí que sería mejor Diorísimo / Livia se sienta en la sala en la misma silla a tomar, lentamente, el vaso de leche / Aunque, miamiga, Magui de Lancón o Arpeje de Lanvín son muy buenos, buenísimos. Bueno, más vale que me eche el Linterdí de Jivenchi, que siempre me trae suerte/

Miro a Livia y por primera vez me mira: hace el gesto de una mala palabra con la boca, con la mano una se ñal de fastidio. Mirtila se levanta y se pone un chaleco-sostén negro y un liguero también negro y comienza a calzarse las medias (malva oscuras) sentada en el borde de la banqueta del tocador: la miro bien y parece una mantis acorazada, un guerrero medieval japonés, un jugador de hockey. No sé por qué ¿Salimos esta noche? le pregunto Tenemo que modelar para Elencanto me dice sin interrumpir la delicada tarea de enfundar sus largas, torneadas piernas en la malla oscura y sedosa y elástica ¿Y después? pregunto Vengo paracá que tengo que descansar. Anoche no dormí nada nada pero lo que se dice NADA. Ahora se levanta y me mira ¿Qué tal estoy? La miro y le digo Muy bien y de verdad que está muy bien: es otra mujer. Y me falta todavía el vestido: es un estreno. Voy a hacerle la tercera pregunta (Everything happens in threes), pero para qué. Por suerte Livia me llama y me levanto y voy hacia ella. Vuelve otro día Arsen me dice Mirtila. No sé qué respondí.

Livia Esta guajira me tiene más cansada me dice en un susurro Cada día está más presumida y me da lecciones y todo sube el cuchicheo después que yo la inventé. Enseguida, bien alto ¿Cómo me encuentras, amor? me pregunta ¿Verdad que estoy como nunca? Me río: Sí, ama, pero en Alturas del Bosque vive Blancanieves, en concubinato con 7 enanitos. Me golpea, suave, en la cabeza con su abanico invisible Tú siempre igual me dice en broma. No, en serio estás bellísima. Están bellísimas. No sé por cuál decidirme. Abro la puerta Pero yo siempre dice Livia he sido tu verdadero amor y me voy. Sí digo desde el pasillo. El único, el último. Tropiezo con el pasamanos y comienzo a bajar maldiciendo las escaleras: un pie en el vértigo, otro pie en el abismo, otro pie en la nada. ¿Cuándo encenderán la luz en esta casa?

Quinta


Me acuerdo de cuando era novia de mi marido. No, mentira, todavía no era novia, pero él venía a buscarme para ir al cine o a salir a pasear y llegó un día que me invitó a su casa, para que conociera a sus padres. Era Nochebuena y él vino a buscarme ya tarde, como a las ocho, cuando ya yo creía que no venía y todo el mundo del edificio salió al balcón a vernos y mi madre no salió al balcón, porque sabía que estaban mirando y estaba muy orgullosa de mí, porque mi novio era de dinero y venía a buscarme en un convertible para llevarme a cenar a su casa y me dijo, «Niña, todo el barrio lo ha visto bien. Ahora tiene que casarse contigo. No nos hagas quedar mal» y recuerdo como me fui disgustada con mi madre. Era la noche de Nochebuena pero hacía mucho calor y yo iba muy preocupada, porque había cogido el único vestido presentable que tenía, que era uno muy veraniego y para hacer ver que era por eso que me lo ponía, tan pronto como llegué a la máquina le dije a mi novio, «Ricardo, qué calor» y él me dijo, «Sí, tremendo. ¿Quieres que baje la capota?», muy considerado y muy educado y muy gentil.

Cuando llegamos a su casa, me sentí muy bien, porque todos estaban vestidos informales, aunque la casa quedaba en el Country y su padre estaba encantado conmigo y quería enseñarme a jugar el golf al otro día y decidimos comer en el jardín, aunque tomaríamos el aperitivo dentro de la casa. Me sentía muy bien allí con Arturo, digo con Ricardo y su hermano que estudiaba medicina y la madre que era una mujer muy joven y muy bella, algo así como una Mirna Loy cubana, muy distinguida y el padre de Ricardo que era alto y bien parecido y que no dejó de mirarme en toda la noche. Había bebido un poco y estábamos en la sala, conversando, esperando a que el pavo quedara bien dorado y el padre de Ricardo me invitó a dar un viaje a la cocina. Recuerdo que me sentí mareada y que el padre de Ricardo me apretaba mucho el brazo hasta la cocina y como la casa estaba a media luz por el árbol me molestó la luz tan clara, casi blanca, de la cocina. Fui y miré el pavo y entonces vi a la muchacha que nos había servido los tragos y que ayudaba al cocinero (porque ellos eran muy ricos tenían un cocinero, no una cocinera) y entonces vi que no era vieja y recordé que la madre de Ricardo había dicho algo como que no tenía experiencia y la vi a la luz de la cocina, cómo iba de la mesa con las ensaladas, al lavadero y al refrigerador y no miraba para nosotros nunca y me pareció que su cara me era conocida y vi que no era vieja y fue entonces que vi que era una muchacha que había sido compañera mía en la escuela de mi pueblo y que hacía como diez años, desde que vinimos mi familia y yo para La Habana que no la veía. Estaba tan vieja, doctor, tan acabada y tenía mi edad, mi misma edad y había jugado conmigo cuando niñas y éramos muy amigas y las dos estábamos enamoradas de Jorge Negrete y de Gregory Peck y nos sentábamos por la noche en la acera de mi casa y hacíamos planes para cuando fuéramos mayor, que me dio una pena terrible saludarla y reconocerla, porque ella se iba a sentir tan mal, que salí de la cocina. Luego, otra vez en la sala, por poco voy a la cocina y la saludo, porque pensé que no la había saludado porque tenía miedo que la familia de Ricardo supiera que yo era del campo y había sido tan pobre. Pero no fui.

La comida se demoraba, yo no sé: algo pasaba con el pavo y seguíamos tomando y entonces el hermano de Ricardo quiso enseñarme toda la casa y yo fui primero a ver el cuarto de Ricardo y luego fui a ver el cuarto del hermano y no sé por qué me metí en el baño, que tenía la cortina de la ducha corrida y el hermano de Ricardo me dijo, «No mires ahí», y sentí una curiosidad que corrí la cortina y miré y en la bañadera, metido en un agua sucia había un esqueleto que tenía todavía pedazos de carne, un esqueleto humano y el hermano de Ricardo me dijo, «Lo estoy limpiando». No sé cómo salí del baño ni cómo bajé las escaleras ni cómo me senté en la mesa del patio a comer. Solamente recuerdo que el hermano de Ricardo me agarró por una mano y me besó y yo lo besé y luego me ayudó a atravesar el cuarto oscuro.

En el patio todo estaba muy bonito, muy verde por el césped y muy alumbrado y la mesa muy bien puesta con un mantel muy caro y me sirvieron a mí primero porque la madre de Ricardo insistió. Yo lo que hice fue mirar la carne, las lascas de pavo, muy cocinadas, casi tostadas en su salsa carmelitosa, cruzar los cubiertos sobre el plato, bajar las manos y ponerme a llorar. Le eché a perder la Nochebuena a aquella gente que fue tan gentil y tan amable, y regresé a casa tan cansada y tan triste y tan calladita que ni mi madre me sintió llegar.

ELLA CANTABA BOLEROS



Soñé que salía durante 68 días consecutivos al golfo nocturno y no conseguía ni siquiera un pescado, ni una sardina y Bustrófedon y Eribó y Arsenio Cué no dejaban salir conmigo a Silvestre porque decían que yo estaba completa y definitivamente salao, pero el día 69 (un número de suerte en La Habana de noche: Bustrófedon dice que es porque es capicúa, Arsenio Cué tiene otras razones y Rine también: es el número de su casa) estaba de veras en el mar, solo, y de entre las aguas azules, violetas, ultravioletas, venía un pez fosforescente que era largo y se parecía a Cuba y después se achicaba y era Irenita y se volvía prieto, negruzco y era Magalena y cuando lo cogí, que picó, comenzó a crecer y a crecer y se hizo tan grande como el bote y se quedó boyado, bocarriba, jadeando, haciendo ruido con su boca de hígado, ronroneando, rugiendo y después hacía otros ruidos, como los que hace un tragante tupido, y se quedó quieto y comenzaron a aparecer tiburones, picúas, pirañas, que tenían caras desconocidas, pero una de ellas se parecía muchísimo a Gianni Boutade y otra al Emsí y tenía una estrella en la boca y otro era Vítor Perla y llevaba una perla en el buche y el buche era como una corbata de sangre y empecé a jalar cordel y pegué mi pez a la borda y le decía pez grande, mi pez enorme, noble pez, yo te arponié, yo te cogí, pero no dejaré que ellos te coman y empecé a subirlo al bote y metí su cola dentro del bote, que ahora era blanco, radiante y el pez se veía negro azabache y luego comencé a luchar con sus costados que eran blandos, como de gelatina y vi que era una aguamala por ese lado y di otro tirón y perdí el equilibrio y caí dentro del bote, y todo el pez se me vino encima y no cabía en el bote y no me dejaba respirar y me estaba ahogando porque sus agallas me caían en la cara por sobre la boca y la nariz y me respiraba el aire todo el aire no sólo el aire que tenía que respirar el de afuera sino el aire de mi nariz y de mi boca y de mis pulmones y me dejaba sin ningún aire y me ahogaba. Me desperté.

Dejé de luchar con el noble pez del sueño para pelear, pujar, patear al felón cachalote de la realidad que estaba sobre mí y me besaba con sus inmensos labios de bofe, me besaba los ojos, la nariz, la boca y me mordía las orejas, y el cuello y el pecho y La Estrella se resbalaba de sobre mi cuerpo y volvía a montarse y hacía ruidos extraños, increíbles, como si cantara y roncara a la vez y entre estos mugidos me decía mi negro mi amor quiéreme dale un besito a tu negra anda anda anda y cosas así, que me hubieran hecho reír si no me faltara el aire y le di un empujón con toda mi fuerza haciendo palanca con la pared (porque había llegado hasta la pared empujado por aquella masa en expansión, atropellado por aquel universo que se me encimaba) y le hice perder el equilibrio y se cayó de la cama y en el suelo se quedó jadeando y bufando y me levanté de un salto y encendí la luz y la vi: estaba completamente desnuda y sus senos tan gordos como sus brazos, dos veces más grandes que mi cabeza, se caían uno para un lado y llegaba al piso y el otro le daba por sobre el rollo central de los tres grandes rollos que dividían sus piernas de lo que hubiera sido su cuello si lo tuviera y el primer rollo después de los muslos era una especie de prolongación de su monte de venus y vi que Alex Bayer tenía razón, que ella se depilaba toda porque no tenía un solo vello en el cuerpo y aquello no podía ser natural, aunque nada era natural en La Estrella. Fue entonces que me pregunté si no sería una marciana.



Si los sueños de la razón dan monstruos, ¿qué dan los sueños de la sinrazón? Soñé (porque de nuevo me dormí: el sueño es tan persistente como el insomnio) que los marcianos invadían la tierra no como temía Silvestre en naves que se posaban sin ruido en las azoteas o infiltrándose como espíritus armados en la materia terrestre o invadiéndonos en forma de microbios que crecerían en los animales y en los seres humanos, sino con formas marcianas, criaturas con ventosas capaces de hacer otras paredes con el aire y descender y ascender por escaleras invisibles y con paso majestuoso sembrar el terror desde sus presencias negras, brillantes, silenciosas. En otros sueños o en el mismo sueño de otra forma eran ondas sonoras que se metían entre nosotros y nos encantaban, como sirenas: en cualquier rincón brotaba una música que alelaba, un son paralizante y nadie hacía nada por resistir aquella invasión del espacio exterior porque nadie sabía que la música era el arma secreta y final y no había quién se tapara los oídos no ya con cera ni siquiera con los dedos y al final del sueño yo trataba de levantar las manos hasta las orejas, porque comprendía, pero tenía las manos pegadas y la espalda pegada y el cuello pegado con cola invisible, y me desperté fuera de la cama, con un charco de sudor debajo del cuerpo, en el piso. Recordé entonces que me había tirado en el suelo al otro extremo del cuarto, cerca de la puerta y allí me dormí. ¿Tenía el guante de un motorista en la boca? No lo sé porque no sentía más que un sabor a bilis y sed y ganas de vomitar más que de beber, pero lo pensé bien antes de levantarme. No tenía ganas de ver a La Estrella, fuera monstruo o persona, dormida en mi cama, roncando con la boca abierta y los ojos medio cerrados dando vueltas para un lado y para el otro: uno nunca tiene ganas de encontrarse al despertar con su pesadilla de la noche antes. Empecé a calcular cómo llegar hasta el baño, lavarme, regresar a buscar mi ropa, ponérmela y salir para la calle, sin ruido. Hecho todo eso con el pensamiento comencé a escribir una nota mental a La Estrella que dijera más o menos que cuando se levantara hiciera el favor de salir sin que la vieran, no eso no: de dejar todo en orden, no tampoco: de cerrar la puerta: mierda, todo era infantil y además, inútil porque La Estrella no sabía leer, bueno lo escribiría con el lápiz de grasa, bien grande y ¿quién me dijo que ella no sabía leer? la discriminación racial, creo, me dije y decidí levantarme y despertarla y hablarle con franqueza. Claro que antes tenía que vestirme. Me puse en pie y miré hacia el sofá-cama y ella no estaba y no tuve que buscar mucho, porque veía frente a mí la cocina vacía y el cuarto de baño, con la puerta abierta, también vacío: ella no estaba, se había ido. Miré el reloj que nunca me quité anoche y eran las dos (¿de la tarde?) y pensé que se levantó temprano y se fue sin que yo la sintiera. Delicado de su parte. Me fui al baño y sentado en la taza, leyendo esas indicaciones que vienen en cada rollo Kodak, que estaban tiradas por el suelo del baño no sé por qué, leyendo esa cómoda simpleza que divide la vida en Al Sol, Exterior Nublado, Sombra, Playa o Nieve (nieve, mierda, en Cuba) y finalmente Interior Luminoso, leyendo sin comprender oí que sonaba el timbre de la puerta y si hubiera podido pegar un salto sin consecuencias sucias, lo hubiera hecho porque estaba seguro que era el come-back de La Estrella y el timbre sonó y sonó y yo hice que mis tripas y mis pulmones y el resto del cuerpo consiguieran el silencio absoluto. Pero no hay nada más solidario que un amigo cubano y alguien gritó mi nombre por el cajón de aire de la cocina y del baño, tarea nada difícil si uno conoce el edificio, tiene la disposición física de un trapecista, la garganta de un tenor operático y la adhesión del esparadrapo con las amistades y saca peligrosamente la cabeza por la ventana del pasillo. No era la voz de un marciano. Abrí no sin cumplir antes ciertos ritos higiénicos y Silvestre entró como una tromba por la puerta gritando excitado que Bustro estaba enfermo, muy grave. ¿Quién? dije yo todavía alisándome el pelo llevado por su viento, y me dijo, Bustrófedon anoche lo dejé en su casa de madrugada ya porque se sentía mal vomitando y bromié con él porque creía que era más duro para el trago pero me dijo que lo dejara en su casa tranquilo y hoy por la mañana cuando fui a buscarlo que íbamos a ir a la playa la criada me dijo que no había nadie en la casa ni el caballero ni la señora ni Bustrófedon porque a él lo habían ingresado por la madrugada, me dijo Silvestre, así, sin una sola coma. ¿Y la criada te dijo Bustrófedon? fue mi pregunta estúpida de esa mañana con sueño, cruda y cansancio y él me respondió, No hombre no qué carajo me dijo su nombre pero era bien Bustrófedon. Y qué te dijeron que tenía, dije yo caminando para la cocina a tomarme un vaso del agua de oasis en el desierto temprano de los bebedores, la leche. No sé, dijo Silvestre, no creo que sea malo pero tampoco que sea nada bueno. Los síntomas no me gustaron, puede que fuera un aneurisma cerebral o un embolismo, no sé, y yo me reía antes de que él dijera no sé. ¿De qué coño te ríes? me dijo Silvestre. De que tú eres un gran clínico, viejito, le dije. ¿Por qué? me gritó y vi que estaba bravo. Por nada, por nada. ¿Tú crees también que yo soy un hipocondriaco? me dijo y le dije que no, que lo que me daba risa eran los nombres, el diagnóstico rápido y su seguridad científica. Se sonrió, pero no dijo nada y me salvé de su cuento de que empezó o iba a empezar a estudiar medicina cuando fue con un amigo del bachillerato a la facultad, a la sala de disección y vio los cadáveres y sintió el olor del formol y la carne muerta y oyó cómo crujían los huesos que partía un profesor con una sierra o qué sé yo. Lo invité a tomar leche y me dijo que ya había desayunado y del desayuno saltamos a lo que le precede, que no es el ayuno sino la noche anterior.

¿Qué te hiciste anoche? me preguntó y no he visto gente para hacer más preguntas que Silvestre: su apodo podía ser Por qué. Salí, le dije, me fui a dar una vuelta. ¿Por dónde? Por ahí, le dije. ¿Tú estás seguro? Cómo no iba a estar seguro si era yo el que estaba dentro de mi ropa, le dije. Ah, me dijo, con sonido de sabiduría, qué interesante. No quise preguntarle nada y él aprovechó para preguntarme a mí, ¿A que no sabes lo que pasó anoche? ¿Aquí?, le dije, tratando de no preguntarle. No, aquí no, me dijo. En la calle. De aquí nos fuimos los últimos, creo. Sí los últimos porque Sebastián Morán se fue antes de que tú volvieras con La Estrella que tenía show (me pareció oír un retintín en su voz) y luego se fueron Gianni y Franemilio y nos quedamos Eribó y Cué y Bustrófedon hablando, gritando por encima de los ronquidos de La Estrella y Eribó y Cué y Piloto y Vera se fueron juntos y Bustrófedon y yo nos llevamos a Ingrid y a Edith y Rine se había ido antes con Jesse y Juan Blanco, creo, no sé bien. Bueno el cuento es que yo cerré aquí y Bustro y yo nos llevamos a Ingrid y Edith y nos íbamos a ir al Chori y Bustro estuvo como nunca, había que oírlo y del otro lado del río cuando se sintió mal y tuvimos que volver para atrás, y Edith se quedó finalmente en su casa, me dijo.




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