Tres tristes tigres



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A la otra rubia no tengo que describirle ni la boca ni la sonrisa de Mona Lisa ni el peinado —ni siquiera la banda lavanda. Solamente se diferencia (si alguien quiere diferenciarlas) porque sus ojos son verdes, sus pestañas son menos largas y su frente menos alta— aunque ella misma es más alta. No corras tanto termina de decir la rubia de la derecha que es la rubia que conozco: ahora, que se echa hacia atrás y deja que la luz morada haga fosforescentes sus pómulos blancos y tersos y brillantes (tiene aceite sobre la cara para mostrar su cutis japonés), la reconozco. Livia le digo muchacha, si te llego a conocer antes te arrollo y mientras te llevamos a la casa de socorro, aprovechamos. Ella se ríe con una risa gutural, de cabeza temblorosa echada hacia atrás como si hiciera gárgaras con mi chiste y dice tan falsa como su risa Ay Arsen, tú siempre igual: tú no cambias. Livia es de este tipo de mujeres que quiere siempre que uno cambie de manera de ser como ella cambia de color de pelo. Te queda muy bien el rubio, le digo. Eso no se le dice nunca a una mujer (¿a quien entonces, a Liberace?) dice poniéndose seria con igual falsedad que se reía: con los labios en puchero: cerrados y prominentes y a la vez mojados y con una mano hace un ademán frente a mí como si me golpeara la cabeza con un abanico: Malo. (Si esta escena, porque es una escena, hubiera pasado en la loma del Ángel, cien años atrás, Cirilo Villaverde habría visto el abanico realmente.) Es usté muy malo dice la otra rubia, que tiene, por supuesto, voz de eco. ¿Quiénes son ustedes pregunta Silvestre Ana y Livia Plurabelles? Livia lo mira con su mirada de miope y luego con su mirada de insolente y luego con su mirada de rubia fatal y luego con su mirada reconocida y luego con su mirada encantadora: Livia tiene un arsenal de miradas que cambiadas por granadas de mano, digamos, convertirían a sus ojos en la santabárbara de un cuartel de Batista. Usté dice sacándole el pasador a su mirada de presentación de desconocidos ilustres y tirándosela al conteo de siete a Silvestre, a quien le estalla en la cara es seguro uno de los amigos intelectuales de Arsen ¿no? Sí digo yo él es Silvestre Isla, el autor de Por quién doblan las esquinas. La amiga de Livia es entrometida, para su desgracia: Ay dice ¿no es Las campanas? Sí digo yo también escribió ésa que es la primera parte. Dice la amiga ¿De verdá? hablando más bien con Silvestre. De verdá dice Silvestre con su cara de palo. Muy cierto digo yo Lo que las escribió con un seudónimo. Livia considera que está bueno ya, que debe intervenir como potencia amiga y lanza hacia la trinchera aliada una mirada de fragmentación seguida de varias minas en mi dirección: Niña estalla ¿no ves que este niño te está tomando el pelo? Digo yo El pelo no, le estoy tomando la mano y quisiera tomarle hasta la capital, ¿llamada cómo? Es verdad: hace rato que la amiga de Livia tiene la mano sobre el borde de la puerta y hace rato que yo tengo mi mano sobre su mano: hace rato que tenemos dos manos sobre el borde de la puerta, aunque la imagen de Livia parece no darse cuenta. Ahora que hablo mira a mi mano como si mirara a su mano — y viceversa. Se sonríe y dice Ay es verdá. Quita la mano, la instala dos pulgadas más hacia Livia y dice Ay señor pero mire que usté es fresco sin mirarme, mirando tampoco a Livia, sino a algún punto intermedio entre nosotros y el Limbo. Yo me llamo Mircea Eliade. Silvestre y yo saltamos al mismo tiempo ¿Cómo? Mirta Secades repite ella: habíamos oído mal, claro Pero mi nombre profesional es Mirtila. Se lo escogí yo dice Livia. ¿No verdá que es bueno, Arsen? Maravilloso digo yo con mi mejor entonación del actor que fui hasta hace poco Tú siempre has sido muy buena, para escoger nombres le digo Menos el mío dice ella que es natural. Bueno digo yo entonces no queda más que presentarme. No hace falta dice Mirtila usté es Arsenio Cué. ¿Y cómo tú lo sabes dice Silvestre dulce Mirtila Malva? Ay porque gesto vago de aprehensión total de la cultura, mirando todavía al Limbo yo veo televisión. Dice Silvestre a mí y a Livia Ah, ella ve televisión y a ella ¿También vas al cine?

Sí también voy al cine dice Mirtila cuando no tengo trabajo esa noche.

¿Va sola Mirtila? dice Silvestre.

Cuando no voy acompañada sí responde Mirtila con una sonrisa que casi se permite ser risa y Livia se ríe solidaria: ése es su nombre, Livia Solidaria.

Ingeniosa criatura digo yo No sé por qué me recuerda el jugador de ajedrez de Maelzel pero Silvestre no está interesado ya en mi ingenio que se hace tan privado como la masturbación.

¿Irías conmigo Mirtila? dice Silvestre.

Ay no dice Mirtila.

(Pensé en el doctor Johnson, en sus alocuciones siempre comenzadas por la palabra Sir.)

¿Por qué? insiste Silvestre.

(Tiempo de verbo demasiado culto explico yo, inútilmente, porque lo digo para mí.)

No me gustan los hombres con espejuelos, vaya dice Mirtila.

Tengo los ojos amarillos dice Silvestre y yo lo miro Además en el cine soy casi bonito.

¿En qué película? dice Lívida Malvada.

Lo dudo dice Mirtila sin mirar a Silvestre.

Ella no cree en milagros muchacho dice Livia Alevosa.

Silvestre va a hacer ademán de quitarse los espejuelos, pero esto es ya demasiado (hasta para Livia, que no le gusta nada estar más de diez segundos sin ser el centro de atracción universal) y oigo de pronto un piadoso clamor tras de nosotros que no sé cómo no se dejó oír antes: de la cola de carros que están detrás esperando que nos quitemos del medio o que sigamos, entre los cambios de luces (y Livia, por un momento parece estar en la premiere mundial del film que nunca hizo, naufragando en gestos populares entre las olas luminosas de los reflectores de la notoriedad) y pitazos oigo una voz tal vez conocida que grita bien claro «Pa la posada» Livia pone cara de sentir fetidez en alguna parte de su Dinamarca de sueños de grandeza y dice, regresando al barrio como quien vuelve al siglo desde un diálogo de carmelitas calzadas Qué barbaridá qué grosería qué vulgaridad y Mirtila que no ha oído nada se cree obligada a decir Ay sí hija qué vulgaridá, quitando de nuevo su mano bajo mi mano. Livia me dice Arsen tenemos un apartamiento caro (creo que me habla del precio, pero me doy cuenta que me dice querido, como sé que dice siempre apartamiento y nunca apartamento como todo el mundo) ahí mismo en la esquina y tiene tiempo de levantar un brazo perfecto y lívido Es el edificio magenta. Casi arranco ante el nuevo estruendo de las máquinas Ven a vernos un día y ya me voy rápido cuando por encima del ruido de motores, escapes, ruedas que borran grises las huellas blancas de la velocidad sobre el asfalto negro, oigo que Livia pierde su famoso tono de contralto tropical para gritar casi en soprano callejera quinto piso al lado del grito final que se convierte en una palabra que sube por ella misma así

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y se continúa todavía cuando doblamos por la calle 25 para arriba. Qué te parece dice Silvestre. Qué digo yo aparentando no estar en la onda. Mirtila dice Silvestre y deja que su pregunta que no es una pregunta cuelgue sobre nosotros como el verdadero techo del carro o como la pálida corona de la noche, y bajo ella y en ella, pesante, atravesamos esa zona oscura de 25 y N hasta L y 25 que nunca me ha gustado y ya en la animación de la esquina del hotel y la cafetera y las casas de huéspedes, con las muchachas que bajan hasta Radiocentro y los estudiantes que vienen a tomar café, digo ¿Mirtila? ¿Como mujer? Está bien. Alta, bonita sin llegar al asco, elegante y el semáforo en verde (camaleón del tránsito, misericordia es tu color, no esperanza) no me deja seguir hablando pues subo todavía por 25 y me cago en alta voz en mi existencia porque por hablar poco y pensar mucho en hablar poco he seguido por esta calle que atravesará la Escuela de Medicina y con la idea de tanto muerto almacenado junto a la verja de hierro, conservados en la espantosa posteridad del formol, acelero. Qué te parece vuelve a preguntar Silvestre ya llegando a la Avenida de los Presidentes ella realmente? donde me siento mejor, no en la pregunta, sino corriendo por entre los jardines de una de mis calles preferidas. Tengo que contestarle o si no va a seguir preguntando toda la maldita noche comiendo conmigo, en el cine, luego en 12 y 23 tomando un refresco o un café mientras vemos pasar las últimas mujeres populares rumbo a la cama de cada una y no, ay, a las nuestras, antes de dejarlo en su casa y yo irme a dormir o a leer hasta la mañana o a llamar por teléfono a quien salga a hablar conmigo de mi tema para la madrugada de hoy, la Teoría Cuéntica —es decir, tendré que sentirme cogido entre las tenazas de su interrogación toda la noche. Así que mejor contestarle ahora y que luego Elia Kazan en Al Este del Edén con sus preocupaciones socio-metafísicas en glorioso color DeLuxe lo entretenga y lo conmueva y lo preocupe con otro mundo que es más real para él que este pedazo de selva que acabamos de atravesar sin un rasguño, aparente. Eres ingenuo le digo por mi madre sagrada que eres un ingenuo.

II

Como el elevador no funcionaba, di media vuelta para irme, pero finalmente decidí subir por la escalera. Ahora, hace un momento, en la duda que enfrentaba la calle al fondo (y dije al fondo) como una luceta radiante, mirando al largo pasillo que era más bien un túnel, supe que estaba en una de las minas de carbón más profundas y oscuras y torcidas del mundo, con tres, más bien dos vetas a explo tar: una agotada (el elevador) y dos todavía con recursos (el callejón de atrás y gritar a su ventana, y el cajón de la escalera) y la posibilidad de las vacaciones del aire, de la tarde, la claraboya de la vida: un libre albedrío ajeno y distante porque había escogido venir. Había también la libertad del azar en la forma de un posible escape de grisú melancólico. ¿Por qué había venido? De algún lado, de abajo, quizás (aunque debajo no debía quedar otro recinto que lo que Julio Averno llamaba el salón del viento fenomenal) llegaron unos ruidos que no podían ser una respuesta, porque eran martillazos bien claros. Arreglaban el elevador. Empecé a subir la escalera y sentí un vértigo invertido (¿es que esta sensación existe?): si hay algo que detesto más que bajar una escalera oscura, es subir una escalera oscura.



¿Por qué te vengo a ver Livia Roz? (¿Ése es tu verdadero nombre o más bien Lilia Rodríguez?) ¿Me invitaste de veras a tu casa? Si quieres, si puedes, responde las dos preguntas francas y olvida el malvado paréntesis ¿quieres? Nunca hubiera podido explicarle a Silvestre por qué contaba estos escalones metafísicos con la suela del zapato, mientras que una de mis manos (sudorosa) aferraba el pasamanos de mármol pulido y la otra (suave) trataba inútilmente de agarrar la sudada pared de granito. Creo que llegué porque toqué con nudillos invisibles una puerta que no existía y una voz lejana y penetrante y reconocible dijo o gritó o susurró Va enseguida. Recordé un sueño de otra puerta, otras puertas y otra respuesta al llamado.

Pude haberle dicho a Silvestre muchas cosas. Una de ellas que conocí a Livia Roz cuando tenía el pelo negro, que debió ser hace tiempo. Me maravilló la piel blanca, transparente, viva y me alegraron los ojos azules oscuros y me conmovió el pelo que creí naturalmente negro. Ella se quedó con mi mano —o al menos la tuvo tanto tiempo entre la suya que me olvidé de ella (la mano quiero decir). Me la presentó Tito Lívido, que no era entonces director de cine, sino camarógrafo de la televisión. Cuando ella dejó de sonreír batiendo la cabellera y moviendo el cuello a ritmo y tirando de mi mano como si quisiera jugar al tieso-tieso, cuando habló, quizás un poco antes, cuando abrió la boca para decir algo, supe que tenía en mi mano las patas del pavorreal, la voz de la cacatúa, el andar palmeado del cisne. De manera dijo ella ¿que usté es pausa para respirar conmovida el famoso mueca de reconocimiento Arsenio Cué? ¿Qué se puede responder a esta pregunta? No, yo soy un hermano suyo que se llama igual que él. Risa general, coronel y comandante. Explicación de Tito Arsen un bromista consumado Lívido. Un bromado consumista dije yo. Nuevas risas, no sé por qué. Usté dijo Livia, levantando por primera vez su abanico ontológico y golpeando con él mi testa dura es malo tono que quiere ser maternal muy malo. Realmente, no sabía qué hacer, porque todavía no había soltado mi mano. Entonces, en una de las fases del juego (tieso-tieso) me atrajo hacia ella por debajo y mientras inclinaba su cabeza para ver mi otra mano, la izquierda, decía susurrando a mis oídos y haciendo ver a todo el orbe que le interesaba la cultura: Ay entonación idéntica a la de Rodrigo de Triana al descubrir América si tiene un libro en la mano! (Sé que suena complicado, pero habría que verlo visto y oído: digo y oído, porque de haberlo visto nada más, a través de un cristal, por ejemplo, el observador tendría casi una imagen obscena). ¿Qué es? Mostré el libro. Ella leyó como recién alfabetizada. Mas-Allá-del-Río-y-entre-los-árboles. Aquí hizo casi una mueca de asco. ¿Jemingüey? ¿Usté lee a Jemingüey? Parece que dije alguna vez que sí. ¿No está pasado de moda? Creo que sonreí: Es que yo estuve enfermo cuando chiquito Tito, lívido, le dijo algo al oído y al tiempo que ella abría la boca en una exclamación sin punto, yo decía y me pongo al día. Ella sonreía ahora con todos sus labios largos y rosados (no llevaba maquillaje ese día, recuerdo), diciendo en su risa Es que yo soy TAN innorante, pero queriendo decir Querido usté está atrasado en sus lecturas y diciendo en realidad Perdona pausa íntima ¿te puedo tutear? reinicio intimísimo.

Sí le dije yo claro que sí y al decirlo me apretó la mano en señal de gracias. Gracias: ella era amiga también del énfasis. Tendió la otra mano al libro. Presta me dijo me tengo que ir dijo y metió su mano dentro de mi chaqueta (fue entonces que supe que había soltado mi mano, que se quedó en el aire, recordándome aquel juego infantil del reflejo muscular y el brazo y la pared: tensión dinámica) y sacó mi pluma Te voy a apuntar mi número de teléfono mientras escribía para que me llames. Me lo devolvió todo (miré el número sin verlo) y me sonrió su sonrisa marcada Adiós Pero Posiblemente Hasta Luego. Chao fue lo que dijo, claro.

La llamé un día cuando terminé de leer por tercera ocasión esta novela conmovedora y triste y alegre que es uno de los pocos libros de veras sobre el amor que se han escrito en el siglo, cuando vi su nombre escrito sobre la palabra FIN en una letra grande y dibujada pero agradable: un si es no es falsa/trabajada/viril. No estaba, pero hablé con Ella por primera vez. Quiero decir, con Laura su amiga dijo una voz que me pareció entonces demasiado melosa. Livia no está. ¿Quiere dejarle un recado? No, yo llamaría otro día. Colgué: es curioso, colgamos. Cortamos la comunicación, así, con un gesto, cuando habíamos conseguido hablar el uno con el otro. Creo que nunca después (y hubo mucho tiempo para que ocurriera) estuvimos tan cerca, juntos. Ella me dijo luego que se quedó pegada al teléfono (que estaba en los bajos, junto al comedor lleno de huéspedes) aquellas siete y cuarto de la noche, esperando que yo volviera a llamar. Me lo dijo cuando Livia me presentó un día, frente al canal. Se separó de un grupo para saludarme, porque sabía que no me gustan los grupos. Arsen me dijo hay una pausa conocida mía que quiere conocerte. No tenía la menor idea de quién sería, tanto que iba a dar una excusa y meterme en la máquina, cuando vi una muchacha larga, pobremente vestida de negro, delgada, de pelo castaño claro, casi arena, que sonreía junto a la escalera: yo la había mirado al pasar por su lado, contento de ver aquel cuerpo esbelto y bien hecho y joven, y creo que miré sus ojos grises o castaños o verdes entonces (no, no los miré, porque los hubiera recordado: son sus ojos malva, oscuros, morados los que no puedo olvidar) y seguía de largo cuando la mano posesiva de Livia me trajo al presente, a la presentación: Laura llamándola, ella viniendo con la primera muestra de la docilidad ante Livia que le reproché tantas veces, de torpe. Mira quiero presentarte a Arsen. Arsenio Cué / Laura Díaz. Confieso que me chocó aquel simple Díaz entre tantos nombres sonoros y exóticos y recordables, pero me gustó, como me gusta que lo use todavía hoy que es famosa. Su apretón de manos no fue nada especial: tal vez bueno solamente para dar la mano en el parque del pueblo en la verbena del 20 de Mayo. La miré: miré su cara y me río al recordarla, porque donde hay tanta sofisticación ahora, tanto labio botado a la Brigitte Bardot, tanta pestaña negrida, tanto maquillaje diurno/nocturno/dramático, había una belleza simple, provinciana, abierta, pero también serena, triste y confiada, porque la belleza y veinte años y el hambre total son demasiados campeones para el reto de La Habana. Además, ella era viuda —cosa que no vi, por supuesto, como no vi otras cosas y pienso que quizás por teléfono habría sabido más que ahora que la tengo ahí fijada en el recuerdo: hablando y riendo y el sol cayendo por detrás de su pelo revuelto y del mar, cinco horas más tarde cuando la traía del Mariel, de un almuerzo marinero y tardío, por el Malecón a su casa.

Entre esta inicial y aquel punto hay otra historia, de la que quiero contar sólo el final. Livia tiene manías por decirlo de una manera cubana y no decir tendencias, que es una palabra médica. Una de ellas es tener compañeras de cuarto, otra la de hacerse invitar siempre (a pasear en máquina, a comer, a vivir en casa ajena), otra manía es la de «quitarle los hombres a su amiga», como explicaba Laura un día. Livia y Laura eran más que compañeras de cuarto, amigas ahora y salían juntas a todas partes y trabajaban juntas (Livia, con una rara habilidad, convirtió a Laura del patito feo de la provincia: demasiado alta, demasiado flaca, demasiado blanca para Santiago, en un cisne de Avon Inc: ahora era modelo publicitaria y maniquí de modas y adorno de revistas y periódicos: la enseñó a caminar, a vestir, a hablar, a no tener más vergüenza de su largo cuello blanco, sino a llevarlo «como si colgara de él la perla Hope» y finalmente la hizo teñirse el pelo de negro azabache—de «ala de cuervo, querido», diría Livia por encima de mi hombro si leyera esta página mientras la escribo) y acabaron por ser una pareja: Laura y Livia/Livia y Laura/Laurilivia: una sola cosa. Livia también tenía otra maña: era exhibicionista (Laura también lo era, lo que me hace pensar que todas las mujeres que he conocido eran exhibicionistas de una manera o de otra: hacia adentro o hacia afuera: las descaradas y las tímidas... pero ¿no lo seré yo también en mi carro con la capota baja, esa vidriera con ruedas, no lo seremos todos, no será el hombre una criatura que se exhibe ante el cosmos en este enorme convertible del mundo? pero ya esto es metafísica y no quiero ir más allá de la física: es de la carne de Livia y de la carne de Laura y de mi carne que quiero hablar ahora) y vivía en una vitrina. Un día, al principio, cuando subí al cuarto de ellas por primera vez, insistió en que Laura se probara un nuevo modelo de trusa que iban a anunciar la mañana siguiente, también ella se probó su bikini. Livia propuso Vamos a hacer sufrir a Arsen sonriendo y Laura llevada por el juego preguntó ¿A probar si es un caballero? y Livia respondió A probar si es un hombre o solamente un caballero, pero Laura intercedió Por favor dijo, hizo una pausa dura Livia y me dijo Arsen, please, sal al balcón y ni mires ni entres hasta que no te llamemos.

He visto demasiadas películas de la Metro para no haber cometido el error de no querer ser un cubano típico en ese momento, sino Andy Hardy que encuentra a Esther Williams y me volví y salí al balcón con una sonrisa de hombre que se sabe un caballero o viceversa. Recuerdo que lo pasé todo por alto: la insinuación de Livia tan grosera que era casi un insulto, el melvilliano sol de afuera, la inocente doble negación de Laura: con la elegancia y casi el caminado de un David Niven del trópico. Recuerdo que vi unos niños jugando en el parque al doble sol del cemento y el cielo mientras tres negritas —las manejadoras, sin duda— conversaban a la sombra de los flamboyanes en flor. Recuerdo que sentado en el banco ideal al soñado fresco de los árboles, oí que me llamaban y recibí la realidad del sol en los ojos al regresar volviendo la cara: era Livia. Cuando entré, Laura tenía puesta una trusa blanca, no era un bikini ni una dos-piezas sino «un maillot blanco radiante» en la explicación técnica de Livia: de un largo y ancho escote a la espalda y otro escote que cerraba entre los senos y atado al cuello: nunca la vi más hermosa que en aquella penumbra —excepto desnuda excepto desnuda excepto desnuda. Dije error porque desde aquel día, en aquel momento, Livia, en una sección de su máquina de voluntades, fabricó la gana/el ansia/la necesidad de que la viera desnuda: lo sé pues Arsen me llamó anúdame aquí anda me dijo indicando de espaldas el ajustador de su bikini que se caía entre sus brazos vueltos con una falta de maña que no era de práctica. Sé, porque lo vi en el espejo, que a Laura no le gustó cómo me demoré un minuto que es más que un minuto en aquel nudo de glamor, de carne perfumada, de última moda.

No, no había amor entre Laura y yo aquella tarde todavía. Lo hubo, lo hay, lo habrá, mientras yo viva, ahora. Livia lo sabía, mis amigos lo sabían, toda La Habana/que es como decir el mundo/lo sabía. Pero yo no lo sabía. No sé si Laura lo supo nunca. Livia sí lo sabía: sé que lo sabía al insistir que yo entrara en la casa cuando fui a buscar a Laura el 19 de junio de 1957. Pasa me dijo No tengas miedo que no te voy a comer. Respondí con lo que Livia creyó una muestra más de ingenio, ustedes tomarán como una señal de timidez sentimental y no es más que una cita de Shakespeare: Dame tu mano, Mesala dije Hoy es mi cumpleaños («Julio César»/acto V/escena I). Livia creyó que la apodaba y se rió: Ay, Arsen dijo qué cosas tienes querido. ¿Mesalina yo? La única Mesalina de esta casa es Esperanza la cocinera-doncella-lavandera-recadera de Laurilivía que cada día tiene un novio (marinovio tú sabes) diferente. Entré. Estoy sola me dijo. ¿Y la esperanza del pobre? pregunté y ella se sentó en el sofá, acomodó dos cojines tras la espalda y subió los pies: estaba en pantalones (slacks en lastex azul capri para Livia) y una camisa de corte masculino y descalza antes de responder Salió, mi vida se atusó el pelo con la mano de día libre y todo. Abotonó la camisa hasta el cuello y luego la zafó tanto que consiguió por fin que viera con sorpresa que tenía ajustadores.

Hablamos. De mi cumpleaños, que no fue hoy sino tres meses más tarde, del aniversario dos semanas atrás, del día en que Moll y Bloom sentadas en la taza defecaron al largo stream-of-conciousness que sería un mojón de la literatura, de las fotos que Códac le había hecho a Livia y que saldrían en «Bohemia»: de todo —o de casi todo, porque un momento antes de decidir no esperar más a Laura y regresar a casa, surgió lo que Silvestre llama El Tema. Códac opina dijo Livia que algunas fotos (las mejores claro) no saldrán publicadas se subió el cuello con las dos manos. Ah no dije yo con el mismo interés que podría haber tenido, digamos, Mahatma Gandhi en el asunto: Y por qué. Ella se sonrió, se rió y aprovechó el gesto para mojarse los labios, finalmente dijo: Porque estoy au naturel, claro que no dijo au naturel, pero es a lo que más se pareció aquel ruido exótico. No se atreverán es claro los cobardes. Mi voz salió con énfasis: ¡Canallas! No saben lo que hacen miré sus ojos azules, su pelo platino por la época y el lunar negro en la barbilla que ella usaba como una marca de agua que dejara ver, por transparencia, la calidad de su cutis Perdónalos, Livia: sus culpas alivia su torso que era más bien un busto: digno de un pedestal o de un museo o de un portalibros el infierno entibia sus piernas modeladas, más que cubiertas insinuadas por la elasticidad de los pantalones y finalmente los pies que la pintura de uñas de moda había convertido en paradigma erótico en cada botica que compran el esmalte Nivia: con la voz del locutor que hablaba mientras sus manos pintadas esmaltaban su pie en el anuncio de la televisión y el cine.



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