Robert Sheckley



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EL CUERPO

Robert Sheckley

* * *

Cuando el profesor Meyer abrió los ojos, vio, inclinados ansiosamente sobre él, a tres de los jóvenes especialistas que habían realizado la operación. Inmediatamente pensó que tenían que haber sido jóvenes para intentar lo que habían intentado. Jóvenes e irreverentes, y con unos conocimientos técnicos y enciclopédicos y nada más; gente de nervios de acero y dedos firmes, inhumanos, en realidad. Tenían la cualificación de autómatas.



Tanto le afectaba aquel ramalazo de razonamiento postanestésico, que tardó unos instantes en comprender que la operación había sido un éxito.

—¿Cómo se siente señor? ¿Se encuentra bien?

—¿Puede usted hablar, señor? Si no puede, limítese a asentir o a negar con la cabeza. O a pestañear.

Observaban con ansiedad.

El profesor Meyer tragó saliva, comprobando las limitaciones de su nuevo paladar, su lengua y su garganta. Luego dijo, torpemente:

—Yo creo... yo creo...

—¡Está perfectamente!—gritó Cassidy—. ¡Feldman! ¡Despierta!

Feldman se levantó de la turca de un salto y se puso a buscar sus gafas.

—¿Cómo ha despertado tan pronto? ¿Dijo algo?

—Sí. habló. ¡Habló como un ángel! ¡Por fin lo logramos, Freddie!

Feldman encontró sus gafas y se abalanzó sobre la mesa de operaciones.

—¿Puede decir algo más, señor? Cualquier cosa...

—Estoy... estoy...

—Oh, Dios mío—dijo Feldman—, creo que voy a desmayarme.

Los tres hombres rompieron a reír. Rodearon a Feldn y le dieron palmadas en la espalda, felicitándole. Feldn empezó también a reír, pero su risa se quebró en una lenta tos.

—¿Dónde está Kent? —gritó Cassidy—. Deberia estar aquí, maldita sea. Mantuvo ese maldito osciloscopio en marcha durante diez horas completas. Nunca vi nada igual. ¿Dónde demonios está?

—Fue a por unos bocadillos—dijo Lupowicz—. Aquí viene. ¡Kent, Kent, lo logramos!

Kent cruzó la puerta con dos bolsas de napel y medio bocadillo metido en la boca. Lo tragó convulsivamente.

—¿Habló? ¿Qué dijo?

Detrás de Kent se produjo un clamor. Una docena de hombres se abalanzaron hacia la puerta.

—¡Que se vayan de aquí! —gritó Feldman—. No pueden entrevistarle esta noche. ¿Dónde está ese policía?

Un policía se abrió paso y bloqueó la puerta.

—Ya oís lo que dice el doctor, muchachos.

—Eso no es justo. ¡Meyer pertenece al mundo!

—¿Cuáles fueron sus primeras palabras?

—¿Qué dijo?

—¿Le habéis convertido realmente en un perro7

—¿Qué clase de perro?

—¿Puede menear el rabo?

—Dijo que se encontraba bien —les explicó el policía bloqueando la puerta—. Ahora váyanse, muchachos.

Un fotógrafo metió la cabeza por debajo del brazo del policía. Vio al profesor Meyer en la mesa de operación y murmuró:

—¡Jesús! —alzó su cámara—. Mira hacia acá, amigo.

Kent puso la mano ante el objetivo al estallar el flash.

—¿Por qué hiciste eso?—preguntó el fotógrafo.

—Ahora tienes una fotografía de la mano de Kent—dijo Kent sarcásticamente—. Amplíala y cuélgala en el Museo de Arte Moderno. Lárgate de aquí antes de que te rompa el cuello.

—Vamos, muchachos —repitió con firmeza el policía echando a los periodistas. Se volvió y contempló al profesor Meyer echado en la mesa de operaciones—. Jesús, aún no puedo creerlo—masculló, y cerró la puerta.

—¡Las botellas!—gritó Cassidy.

—¡Hay que celebrarlo!

—¡Esto merece una fiesta!

—EI profesor Meyer sonrió... sólo internamente, claro está, sus expresiones faciales se veían ahora muy limitadas.

—¿Cómo se siente, señor?—preguntó Feldman acercándose a él.

—Estoy muy bien—dijo Meyer, pronunciando cuidadosamente con su extraño paladar—. Quizás algo confuso.

—Pero no lo lamenta, ¿verdad...? —preguntó Feldman.

—Aún no lo sé—dijo Meyer—. Yo en principio era contrario a esto, ya sabe, no hay ningún hombre que sea indispensable.

—Usted lo es, señor —dijo Feldman con feroz convicción—. He seguido sus clases y sus conferencias. No es que pretenda entender ni una décima parte de lo que usted habla. Para mí el simbolismo matemático es sólo una afición. Pero aquellos principios unificadores...

—Por favor—le cortó Meyer.

—No, déjeme hablar, señor —dijo Feldman—. Está usted continuando la gran obra donde Einstein y los demás la dejaron. ¡Ningún otro puede completarla! ¡Nadie más que usted! Había que mantenerle vivo unos cuantos años más, por cualquier medio que la ciencia pudiese ofrecer. Eso sí, me hubiese gustado encontrar un receptáculo más adecuado para su cerebro. No podíamos utilizar un cuerpo humano, y nos veíamos obligados a rechazar el de un primate. ..

—No importa —dijo Meyer—. Después de todo lo que cuenta es el intelecto. Aún me siento un poco mareado...

—Recuerdo su última lección en Harvard —continuó Feldman, uniendo las manos—. ¡Era usted tan viejo, señor! Me daban ganas de llorar... aquel cuerpo cansado, arruinado...

—¿Podemos ofrecerle un trago, señor? —Cassidy ofreció a Meyer un vaso.

Meyer soltó una carcajada.

—Me temo que mi nueva configuración facial no es muy adecuada para los vasos. Sería preferible un cuenco.

—Exactamente —dijo Cassidy—. ¡Traed un cuenco! Señor, señor...

—Tendrá que perdonarnos, señor—se disculpó Feldman—. Ha sido una tensión terrible. Llevamos en esta sala casi una semana, y no creo que ninguno de nosotros haya dormido ocho horas en todo ese tiempo. Estuvimos a punto de perderle, señor...

—¡El cuenco! ¡Aquí está el cuenco! —dijo Lupowic— ¿Qué desea, señor? ¿Cerveza? ¿Ginebra?

—Simplemente agua, por favor —dijo Meyer—. ¿Cree usted que puedo levantarme?

—Si le resulta fácil...—Lupowicz le alzó suavemente de la mesa de operaciones y le ayudó a bajar de ella y a sentarse en el suelo. Meyer se equilibró torpemente sobre sus cuatro patas.

—¡Bravo! —gritaron entusiasmados los demás.

—Creo que mañana podré empezar a trabajar—dijo Meyer—. Habrá que idear algún aparato que me permita escribir. No será muy difícil. Habrá otros problemas relacionados con el cambio... No pienso tan claramente como antes...

—No intente precipitar las cosas.

—¡No, demonios! ¡No podemos perderle ahora

—¡Qué artículo saldrá de esto!

—¿Trabajo de equipo, o cada uno desde su propia especialidad y su propio enfoque?

—Ambas cosas, ambas. Será un tema inagotable. Demonios, esto va a dar mucho que hablar...

—¿Dónde está el cuarto de baño? —preguntó Meyer.

Los otros se miraron entre sí.

—¿Para qué?

—Calla la boca, idiota. Por aquí, señor. Yo le abriré puerta.

Meyer siguió al otro pegado a sus talones, percibiendo mientras caminaba, cuanto más cómodo era andar a cuatro patas. Cuando regresó, los científicos hablaban acaloradamente sobre los aspectos técnicos de su caso

—Jamás, ni en un millón de años...

—No estoy de acuerdo contigo. Cualquier cosa que se pueda hacer una vez...

—No te pongas en plan científico con nosotros, muchacho. Tú sabes de sobra que fue una extraña combinación factores fortuitos. ¡Simple y ciega suerte!

—No puedes decir eso. Algunos de aquellos cambios bioeléctricos ..

—Ya ha vuelto.

—Sí, pero no debe andar por ahí dando demasiadas vueltas. ¿Cómo te sientes, muchacho?

—No soy ningún muchacho—replicó el profesor Meyer—. Soy lo bastante viejo para ser tu abuelo.

—Perdone, señor. Creo que debería acostarse, señor.

—Sí—dijo el profesor Meyer—. Aún no estoy lo bastante fuerte, ni me siento lo bastante despejado...

Kent lo levantó y lo colocó en el jergón.

—¿Qué tal se encuentra?

Se agruparon a su alrededor, cogidos de los hombros. Reían todos entre dientes, muy orgullosos de sí mismos.

—¿Podemos hacer algo más por usted?

—Pida cuanto necesite, que se lo traeremos.

—He llenado su cuenco de agua.

—Le dejaremos aquí cerca un par de bocadillos.

—Que descanse bien—dijo tiernamente Cassidy.

Luego, involuntariamente, sin darse cuenta, acarició la larga y peluda cabeza del profesor Meyer.

Peldman gritó algo incoherente.

—No me di cuenta—dijo Cassidy muy embarazado.

—Hemos de controlarnos. Es un hombre, ¿sabes?

—Claro que lo sé. Estoy muy cansado... Quiero decir, parece hasta tal punto un perro, que uno se olvida.

—¡Fuera de aquí! —ordenó Feldman—. ¡Fuera! ¡Todos!

Les echó de la habitación y volvió rapidamente junto al profesor Meyer.

—¿Puedo hacer algo por usted, señor?

Meyer intentó hablar, reafirmar su humanidad. Pero las palabras brotaban entrecortadas.

—No volverá a suceder señor, se lo aseguro. Porque, ¡usted... usted es el profesor Meyer!

Rápidamente, Feldman echó una manta sobre el tembloroso cuerpo de Meyer.

—No hay duda, señor—dijo Feldman, procurando no mirar a aquel tembloroso animal—. Lo que cuenta es el intelecto, señor. ¡La mente!



—Por supuesto—admitió el profesor Meyer, el eminente matemático—. Pero... ¿tendría la bondad de darme unas palmaditas en la cabeza?






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