Rey lear [lavelli]



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Escena 2
Frente al palacio del duque de ALBANY.

Entran GONERIL y EDMUND.
GONERIL: Bienvenido, señor. Me sorprende que mi gentil esposo no haya salido a nuestro encuentro.
Entra OSWALD.
¿ Y, dónde está tu señor ?
OSWALD: Adentro, señora. Pero nunca vi un hombre tan cambiado.

Le hablé del ejército que desembarcó ;

se sonrió. Le dije que usted venía ;

su respuesta fue : "Peor así". De la traición de Gloucester

y del leal servicio de su hijo,

cuando le informé, me llamó imbécil,

y me dijo que yo daba vuelta las cosas.
GONERIL: (A EDMUND.) Entonces, no sigas adelante.

Regresa, Edmund, con mi hermano.

IV, 2.

Vas a alistar rápido y a conducir sus tropas.



Yo debo cambiar armas en mi casa, y poner la rueca

en manos de mi marido. Este fiel servidor

será nuestro intermediario. Pronto, es probable que oigas,

si te arriesgas a actuar en beneficio propio,

la orden de tu dueña. Lleva esto ; ahorra las palabras.

Inclina la cabeza. Este beso, si pudiera hablar,

alzaría tu alma a las alturas.

Imagínalo, y que te vaya bien.


EDMUND: Tu soldado, hasta la muerte.
GONERIL: ¡ Mi amado Gloucester !
Sale Edmund.
¡ Ah, qué diferencia de hombre a hombre !

A ti te corresponden los favores de una mujer.

Un idiota usurpa mi cama.
OSWALD: Señora, aquí viene mi señor.
Sale.

Entra ALBANY.
GONERIL: Valgo por fin tu atención.
ALBANY: ¡ Ay, Goneril !

No vales el polvo que el rudo viento

sopla en tu cara. Me asusta tu carácter.
GONERIL: ¡ Hombre cobarde, hígado de leche !

Que ofrece la mejilla a los golpes, y la cabeza a la injuria ;

que no tiene bajo las cejas un ojo que distinga

el honor de la vergüenza.


ALBANY: ¡ Mírate a ti misma, diablo !

IV, 2.


Su natural deformidad no parece en el demonio

tan horrenda como en una mujer.


GONERIL: ¡ Idiota inútil !
Entra un MENSAJERO.
MENSAJERO: ¡ Ay, mi buen señor ! El duque de Cornwall ha muerto.

Lo mató un sirviente cuando iba a arrancar

el otro ojo a Gloucester.
ALBANY: ¡ Los ojos de Gloucester !
ALBANY: Eso demuestra que están arriba,

justicieros, que nuestros crímenes de abajo pueden vengar

tan velozmente. Pero, ¡ ay, Gloucester !

¿ Perdió el otro ojo ?


MENSAJERO: Los dos, los dos, mi señor.

Esta carta, señora, pide una rápida respuesta.

Es de su hermana. (Le entrega una carta.)
GONERIL: (Aparte.) Por un lado, esto me gusta.

Pero estando viuda, y mi Gloucester con ella,

todo lo que construyó mi fantasía puede derrumbarse,

haciendo odiosa mi vida. Por otro lado,

la noticia no es tan amarga... (En voz alta.) Voy a leerla, y responderé.
Sale.
ALBANY: ¿ Dónde estaba su hijo cuando le sacaron los ojos ?
MENSAJERO: Venía hacia aquí con mi señora.
ALBANY: Aquí no está.
MENSAJERO: No, mi buen señor. Lo encontré cuando regresaba.

IV, 2, 3.

ALBANY: ¿ Sabe de esta infamia ?
MENSAJERO: Sí, mi buen señor. Fue él quien lo denunció,

y abandonó la casa a propósito, para que el castigo

tuviera el camino más libre.
ALBANY: (Aparte.) Gloucester, vivo

para agradecerte el amor que mostraste al Rey,

y para vengar tus ojos. (Al MENSAJERO.) Por aquí, amigo.

Dime qué más sabes.


Salen.

Escena 3
El campamento francés. Una tienda.

Entran, con tambores y estandartes, CORDELIA, el DOCTOR, y soldados.
CORDELIA: ¡ Ay, es él ! Lo acaban de encontrar,

tan loco como el mar embravecido, cantando a voces,

coronado de rancia fumaría y de malezas.

Envíen una centuria, rastreen cada acre de los altos pastos,

y tráiganlo ante nuestros ojos. (Sale un OFICIAL.)

¿ Qué puede la ciencia humana

para restituirle el perdido juicio ?

Quien lo cure, dispondrá de todos mis bienes materiales.


DOCTOR: Existen medios, señora.

La nodriza de nuestra naturaleza es el reposo,

que es lo que a él le falta. Para inducirlo

hay muchas hierbas efectivas, cuyo poder

cerrará los ojos de la angustia.
CORDELIA: ¡ Secretos benditos,
IV, 3, 4.

inéditas virtudes de la tierra,

broten con mis lágrimas ! ¡ Sean auxilio y remedio

del dolor de este buen hombre !


Entra un MENSAJERO.
MENSAJERO: Noticias, señora.

Las tropas británicas marchan hacia aquí.


CORDELIA: Ya se sabía. Y nuestra formación está pronta

para recibirlas. ¡ Ah, querido padre !,

es tu causa la que sirvo.

Por eso el gran rey de Francia

se apiadó de mi dolor y mis importunas lágrimas.
Salen.

Escena 4
Dentro del castillo de GLOUCESTER.

Entran REGAN y OSWALD.
REGAN: ¿ Pero se han puesto en marcha las tropas de mi hermano ?
OSWALD: Sí, señora.
REGAN: ¿ Con él en persona ?
OSWALD: Después de muchos rodeos, señora.

Su hermana es mejor soldado.


REGAN: ¿ Lord Edmund no habló con tu señor en la casa ?
OSWALD: No, señora.
REGAN: ¿ Qué le dirá mi hermana en esa carta ?

IV, 4.


OSWALD: No lo sé, señora.
REGAN: En verdad, de aquí salió de prisa por algo grave.

Fue un gran error, tras arrancarle los ojos,

dejar vivo a Gloucester. Donde llega mueve

a todo corazón en nuestra contra. Creo que Edmund se ha ido.


OSWALD: Debo ir tras él, señora, con mi carta.
REGAN: Nuestras tropas salen mañana. Quédate con nosotros.
OSWALD: No puedo :

mi señora me dio órdenes precisas sobre este asunto.


REGAN: ¿ Por qué tendría que escribirle a Edmund ? ¿ No podrías

transmitir su mensaje de palabra ? Probablemente...

Hay algo... No sé qué. Te lo agradeceré mucho.

Déjame abrir la carta.


OSWALD: Señora, preferiría...
REGAN: Yo sé que tu señora no ama a su marido.

Estoy segura de eso. La última vez que estuvo aquí

le echaba extrañas y elocuentes miradas

al noble Edmund. Sé que gozas de su confianza.


OSWALD: ¿ Yo, señora ?
REGAN: Hablo con conocimiento. Lo sé.

Por eso te recomiendo que tomes nota de esto.

Mi esposo ha muerto. Edmund y yo hemos hablado.

Y más conveniente es él para mi mano

que para la de tu señora. Puedes deducir lo demás.

Si lo encuentras, te lo ruego, dale esto.

IV, 4, 5.

Y por si acaso sabes algo de ese ciego traidor,

habrá recompensa para quien termine con él.
OSWALD: ¡ Ojala pudiera encontrarlo, señora ! Le demostraría

de qué lado estoy.


REGAN: Que te vaya bien.

Salen.

Escena 5
Campos cerca de Dover

Entran GLOUCESTER y EDGAR, disfrazado de campesino.
GLOUCESTER: ¿ Cuándo llegaremos a la cima del acantilado ?
EDGAR: Lo está subiendo. Fíjese cómo nos cuesta.
GLOUCESTER: A mí el terreno me parece llano.
EDGAR: Horriblemente escarpado.

Escuche, ¿ no oye el mar ?


GLOUCESTER: No, sinceramente.
EDGAR: Venga, señor. Este es el sitio. No se mueva. ¡ Cuánto temor

y vértigo echar una mirada hacia allá abajo !

Los cuervos y cornejas que vuelan a media altura

no se ven más grandes que escarabajos.

Los pescadores que caminan por la playa

se ven como ratones ; y aquel gran navío anclado

queda reducido a un bote ; el bote, a una boya

tan pequeña que apenas se distingue.


GLOUCESTER: Llévame donde estás.

IV, 5.


EDGAR: Déme la mano. Ahora está a un pie

del borde mismo. Por cuanto hay bajo la luna,

yo no me pondría a saltar.
GLOUCESTER: Suéltame la mano.

Aquí hay, amigo, otra bolsa. Dentro, una joya,

que bien vale que un pobre la acepte. ¡ Las hadas y los dioses

te la multipliquen ! Aléjate.

Dime adiós, y que te oiga andar.
EDGAR: Que le vaya bien, buen señor.
GLOUCESTER: Así sea, de todo corazón.

(Arrodillándose.) ¡ Oh, dioses poderosos !

Renuncio a este mundo, y en su presencia

me libro, sereno, de mi gran aflicción.

Si pudiera soportarla por más tiempo,

sin pelear contra su voluntad inexorable,

la mecha que queda de mi naturaleza aborrecida

se consumiría hasta el fin. ¡ Si Edgar vive, bendíganlo !

Ahora, amigo, adiós.


EDGAR: Me he ido, señor, adiós.
(GLOUCESTER se arroja hacia adelante y cae.)
(Aparte.) Y, sin embargo, no sé si el pensamiento puede robar

el tesoro de la vida, cuando la vida misma

consiente el robo. ¿ Vivo o muerto ?
GLOUCESTER: ¡ Fuera ! Déjame morir.
EDGAR: De estar hecho de algo que no fuera telaraña, plumas o aire,

al caer desde tan alto

te habrías estrellado como un huevo. Pero respiras.

IV, 5.


Tu vida es un milagro. Habla de nuevo.
GLOUCESTER: ¿ Pero caí, o no ?
EDGAR: Desde la horrenda cima de este mojón calizo.

Mira hacia lo alto.


GLOUCESTER: ¡ Ay !, no tengo ojos.

¿ Está privada la desgracia del beneficio

de acabarse con la muerte ? Era un consuelo

cuando el infeliz podía burlar la ira del tirano,

frustrando su orgullosa voluntad.
EDGAR: Dame el brazo.

Arriba, así. ¿ Cómo estás ?


GLOUCESTER: Demasiado bien, demasiado bien.
EDGAR: Es más que extraño.

En la cresta del acantilado, ¿ qué era eso que se

apartó de ti ?
GLOUCESTER: Un pobre mendigo desgraciado.
EDGAR: Desde aquí abajo, me parecieron sus ojos

dos lunas llenas. Tenía mil narices.

Era un demonio. Por lo tanto, afortunado viejo,

piensa que los mismos dioses, te han protegido.


GLOUCESTER: Ahora recuerdo. De ahora en más, soportaré

la desgracia hasta que se agote y grite :

"Basta, basta", y muera.
IV, 5.

EDGAR: Alivia y serena tus pensamientos.


Entra LEAR, (Loco).
LEAR: No, no pueden arrestarme por acuñar moneda. Soy el Rey en persona.
EDGAR: ¡ Visión desgarradora !
LEAR: La Naturaleza está por encima del arte en este aspecto. Aquí tienen la prima de enrolamiento. Ése maneja el arco como si espantara cuervos. ¡ Debes ponerlo tenso ! ¡ Mira, mira, un ratón ! Quieto, quieto, este pedazo de queso bastará. Aquí está mi guante ; desafiaré a un gigante. Traigan las lanzas. ¡ Ah, buen vuelo, pájaro ! En el blanco, en el blanco. ¡ Pssss ! Digan la contraseña.
EDGAR: Mejorana dulce.
LEAR: Pasen.
GLOUCESTER: Conozco esa voz.
LEAR: ¡ Ah ! ¡ Goneril con barba blanca ! Me adulaban como perros, y me decían que tenía pelos blancos en la barba antes que la tuviera de pelos negros. ¡ Decir "sí" y "no" a todo lo que yo decía ! "Sí" y "no" a lo mismo no es cosa de buen devoto.
GLOUCESTER: Recuerdo bien el timbre de esa voz.

¿ No es el Rey ?


LEAR: Sí, pulgada por pulgada, soy Rey.

¡ Vean cómo tiembla el súbdito cuando lo miro !

Perdono la vida de ese hombre. ¿ Cuál era tu delito ? ¿ Adulterio ?

No morirás. ¿ Morir por adulterio ? No.

El gorrión lo hace, y la mosquita dorada

fornica ante mis ojos. ¡ Que prospere la cópula !

Ya que el hijo bastardo de Gloucester

fue más benévolo con su padre que mis hijas,

IV, 5.

engendradas entre sábanas legítimas. ¡ Vamos, lujuria, a troche y moche,



que me faltan soldados ! Miren a esa dama de sonrisa tonta,

cuya cara presagia nieve entre sus piernas,

que afecta virtud y menea la cabeza

al oír la palabra placer.

Ni la zorra ni el potro cebado lo hacen

con apetito más desenfrenado.

De la cintura para abajo son centauros,

aunque sean mujeres por arriba.

Sólo hasta el talle imperan los dioses ;

lo de abajo es del demonio. Allí está el infierno ; allí, la oscuridad ;

allí, el sulfuroso abismo ; ardor, quemazón,

hedor, consunción. ¡ Uf ! ¡ Uf ! ¡ Puah ! ¡ Puah !


GLOUCESTER: ¡ Ay, permítame besar esa mano !
LEAR: Déjame limpiarla primero ; huele a muerto.
GLOUCESTER: (Aparte.) ¡Ay, fragmento en ruinas de la Naturaleza! Así, el vasto universo se reducirá a la nada. (A LEAR.) ¿ Me conoces ?
LEAR: Recuerdo muy bien tus ojos. ¿ Me estás haciendo guiños ? No, hagas lo que hagas, ciego Cupido, no voy a amar. Lee este desafío, pero fijándote solo en el estilo.
GLOUCESTER: Aunque todas las letras fueran soles, no podría verlas.
LEAR: ¡ Lee !
GLOUCESTER: ¿ Cómo, con el foso de mis ojos ?
LEAR: ¡ Ah ! ¿ A eso vamos ? ¿ Sin ojos en la cara, ni dinero en la bolsa ? Los ojos en el foso, y la bolsa al aire. Y, sin embargo, ves cómo va el mundo.

IV, 5.


GLOUCESTER: Más que verlo, lo siento.
LEAR: ¡ Cómo ! ¿ Estás loco ? Un hombre puede ver cómo va el mundo sin los ojos. Mira con las orejas. Ve cómo aquel juez insulta a aquel pobre ladrón. Presta atención, con tu oído. Cámbialos de lugar, y, adivina adivinador, ¿ quién es el juez, quién el

ladrón ? ¿ Has visto al perro de un granjero ladrarle a un mendigo ?


GLOUCESTER: Sí, señor.
LEAR: ¿ Y a la criatura huir del perro ? Ahí puedes ver

la gran imagen de la autoridad :

a un perro se le obedece si está en el poder.

¡ Guardia, detén tu mano sangrienta, canalla !

¿ Por qué azotas a esa puta ? Desnuda tu propia espalda.

Ardes de deseo por hacerle aquello

por lo que le pegas. El usurero hace colgar al ratero.

A través de los harapos se ven los pequeños vicios.

Las togas y el armiño lo ocultan todo. Pónganle armadura de oro al crimen,

y la fuerte lanza de la justicia se romperá sin herirlo.

Ármenlo con harapos : la vara de un pigmeo lo atraviesa.

Nadie comete más faltas, nadie, digo, nadie. Yo lo garantizo.

Te lo digo yo, mi amigo, que tengo el poder

de sellar la boca de la justicia. Consíguete anteojos,

y, como el político infame, aparenta

ver lo que no ves. Vamos, vamos, vamos.


EDGAR: (Aparte.) ¡ Ah, sentido y sin sentido mezclados !

¡ Razón en la locura !


LEAR: Si vas a llorar por mi fortuna, toma mis ojos.

Te conozco muy bien. Tu nombre es Gloucester.

Debes ser paciente. Venimos al mundo llorando.
IV, 5.

GLOUCESTER: ¡ Ay, día desdichado !


LEAR: Al nacer lloramos por haber venido

a este gran teatro de locos. Este es un buen sombrero.

Sería una linda treta herrar con fieltro

un escuadrón de caballos. Voy a probarlo.

Y cuando llegue y sorprenda a esos yernos,

¡ entonces, a matar, a matar, a matar, a matar !


Entra un CABALLERO, seguido por soldados.
CABALLERO: Ah, aquí está. Aprésenlo. Señor,

su hija más querida...


LEAR: ¿ No hay quien me rescate ? ¡ Cómo ! ¿ Prisionero ? Nací

para ser el juguete de la Fortuna. Trátenme bien.

Cobrarán recompensa. Tráiganme cirujanos.

Me partí el cerebro.


CABALLERO: Se le dará lo que sea.
LEAR: Moriré con grandeza, como un novio engalanado. ¡ Sí !

Quiero estar jovial. Vamos, vamos, soy un rey.

¿ Los señores lo saben ?
CABALLERO: Es rey, y nosotros lo obedecemos.
LEAR: ¡ Entonces todavía hay vida ! Vamos, si quieren atraparlo

van a tener que correr. ¡ Ea, ea, ea !


Sale corriendo, seguido por los soldados.
CABALLERO: ¡ Un espectáculo que sería lastimoso en un pobre desgraciado

deja sin palabras en un rey !


EDGAR: ¡ Salve, noble señor !
IV, 5.

CABALLERO: ¿Qué desea?


EDGAR: ¿ Ha oído algo, señor, sobre una próxima batalla ?
CABALLERO: Es de público conocimiento.
EDGAR: ¿ A qué distancia está el otro ejército ?
CABALLERO: Cerca, y avanza a paso rápido. Se espera divisar el grueso de las tropas de un momento a otro.
EDGAR: Gracias, señor. Es todo.
CABALLERO: Aunque la reina esté aquí por motivos especiales,

su ejército está en marcha.


EDGAR: Gracias, señor.
Sale el CABALLERO.
Rezas bien, viejo.
GLOUCESTER: Y usted, buen señor, ¿ quién es ?
EDGAR: Un pobre hombre, sumiso a los golpes de la fortuna.
GLOUCESTER: Gracias de todo corazón.
Entra OSWALD.
OSWALD: ¡ La recompensa anunciada ! ¡ Qué suerte !

Tu cabeza sin ojos se hizo carne

para labrar mi fortuna. (Desenvaina la espada.) Viejo traidor desgraciado,

repasa pronto tus pecados. Desenvainada está la espada

que habrá de destruirte.
IV, 5.

GLOUCESTER: Que tu mano amiga

ponga en ella la fuerza suficiente.
EDGAR se interpone.
OSWALD: ¿ Cómo te atreves, campesino insolente,

a defender a un traidor declarado ? ¡ Fuera de aquí !

¡ Suéltale el brazo !
EDGAR: No se acerque al viejo. Retírese, se lo advierto, o tendré que probar qué es más duro : su cabeza o mi garrote.
OSWALD: ¡ Fuera, basura ! (Luchan.)
EDGAR: Venga, no me importa su espada. (Oswald cae.)
OSWALD: Me mataste, esclavo. Toma mi bolsa, siervo.

Si quieres prosperar, dame sepultura,

y entrega las cartas que llevo encima

a Edmund, conde de Gloucester. Búscalo

entre las tropas inglesas. ¡ Ay, muerte intempestiva !

¡ Muerte ! (Muere.)


GLOUCESTER: ¡ Qué ! ¿ Está muerto ?
EDGAR: Siéntese, viejo. Descanse.

Veamos sus bolsillos. Las cartas de las que habló

podrían favorecerme. Está muerto.
(Lee.)
Recordemos nuestras mutuas promesas. Tienes muchas oportunidades de eliminarlo. Si no te falta voluntad, abundarán las ocasiones, y el lugar. De nada sirve si vuelve vencedor. Seré entonces prisionera, y su lecho mi prisión. Líbrame de su odioso calor, y ocupa su puesto como recompensa por tu labor.

Tu - quisiera decir, esposa - afectuosa servidora.

Goneril.

IV, 5, 6.

¡ Ah, ilimitada extensión del deseo femenino !

¡ Un complot contra la vida de su virtuoso esposo

y mi hermano a cambio ! Cuando llegue el momento,

pondré este papel infame ante los ojos

del duque, cuya muerte se trama.
GLOUCESTER: El Rey está loco. ¡ Qué dura es mi vil razón

para seguir en pie y tener plena lucidez

de mi inmensa aflicción ! Mejor sería enloquecer.
Tambores lejanos.
EDGAR: Vamos, viejo. Lo pondré en manos de un amigo.

Salen.

Escena 6
Tienda en el campamento francés.

Entran CORDELIA, KENT, un CABALLERO y el DOCTOR.
CORDELIA: ¡ Ay, buen Kent ! ¿ Cómo podré vivir y obrar

para igualar tu bondad ? Mi vida resultará corta,

y fallido todo intento de alcanzarla.
KENT: El reconocimiento, señora, es sobrada recompensa.

Cuanto he relatado responde a la simple verdad.

Sin cortes ni agregados, sino tal como fue.
CORDELIA: Vístete mejor.

Estas ropas recuerdan aquellas malas horas.

Te ruego que te las quites.
KENT: Perdóneme, querida señora ;

pero darme a conocer impediría lo que me he propuesto.


IV, 6.

La gracia que pido es que no me reconozca

hasta que el tiempo y yo lo creamos oportuno.
CORDELIA: Que así sea, entonces, mi buen señor. (AL DOCTOR.) ¿ Cómo está el Rey ?
DOCTOR: Todavía duerme, señora. ¿ Desearía Su Majestad

que despertáramos al Rey ? Ha dormido mucho.


CORDELIA: ¿ Está vestido ?
Entra LEAR en una silla llevada por sirvientes.
CABALLERO: Sí, señora. En lo profundo de su sueño

le pusimos ropa limpia.


DOCTOR: Esté a su lado, señora, cuando lo despertemos.

No dudo que habrá recuperado la templanza.


CORDELIA: ¡ Ay, padre querido ! ¡ Que la curación ponga

en mis labios la medicina, y que este beso

repare el daño violento que mis dos hermanas

le hicieron a tu reverencia !


KENT: ¡ Dulce y amada princesa !
CORDELIA: Es un milagro que tu vida y tu razón

no se acabaran al mismo tiempo. (AL DOCTOR.) Se despierta. Háblele.


DOCTOR: Háblele usted, señora. Es mejor.
CORDELIA: ¿ Cómo está mi real señor ? ¿ Cómo se siente Su Majestad ?
LEAR: Me haces mal sacándome de la tumba.
CORDELIA: ¿ Me conoce, señor ?

IV, 6.


LEAR: Eres un espíritu, lo sé. ¿ Cuándo moriste ?
CORDELIA: ¡ Aún desvaría !
DOCTOR: Está apenas despierto. Déjelo solo un instante.
LEAR: ¿ Dónde estuve ? ¿ Dónde estoy ? ¿ La luz del día ?

Estoy muy confundido.

No puedo jurar que estas manos sean mías
CORDELIA: Míreme, señor,

y ponga sobre mí sus manos para bendecirme.

No, señor, no debe arrodillarse.
LEAR: Por favor, no te burles de mí.

Soy un viejo muy tonto y decrépito,

de más de ochenta, ni una hora más ni menos;

y, para ser franco,

temo que no estoy en mi sano juicio.

Creo que debería conocerte, y conocer a este hombre.

Sin embargo, dudo. No se rían de mí,

pero, como que soy hombre, creo que esta dama

es mi hija Cordelia.
CORDELIA: Y lo soy, lo soy.
LEAR: ¿ Son húmedas tus lágrimas ? Sí, doy fe. Te ruego, no llores.

Si tienes un veneno para mí, lo tomaré.

Sé que no me amas. Tus hermanas,

lo recuerdo bien, me hicieron mucho daño.

Tú tenías un motivo, ellas no.
CORDELIA: Ningún motivo, ningún motivo.
IV, 6.

LEAR: ¿ Estoy en Francia ?


CORDELIA: Está en su propio reino, señor.
LEAR: No me engañen.
DOCTOR: Alégrese, señora. El gran furor,

como ve, murió en él.


CORDELIA: ¿ Querría su Alteza caminar ?
LEAR: Tendrás que tenerme paciencia. Te ruego que olvides y perdones. Soy viejo y tonto.
Salen todos.

V, 1.

ACTO V
Escena 1
El campamento británico, cerca de Dover.

Entran, con tambores y estandartes, EDMUND, REGAN, CURAN y soldados.
EDMUND: (A CURAN.) Averigua si el duque mantiene su última decisión,

o si desde entonces algo lo ha inducido

a cambiar los planes. Está lleno de vacilaciones

y escrúpulos. Trae su resolución final.


Sale CURAN.
REGAN: Al mensajero de nuestra hermana, sin duda, le pasó algo.
EDMUND: Es de temer, señora.
REGAN: Ahora, dulce señor,

sabe del bien que quiero darle.

Dígame, sinceramente... pero diga sólo la verdad,

¿ no ama a mi hermana ?


EDMUND: No, por mi honor, señora.
REGAN: Jamás se lo toleraría. Querido señor,

no intime con ella.


EDMUND: Por mí, no tema...

¡ Aquí llega con su esposo !


Entran, con tambores y estandartes, ALBANY, GONERIL, y soldados.
ALBANY: Querida hermana nuestra, me alegra encontrarnos.

Señor, he oído esto : el Rey ha venido hasta su hija,

con otros a quienes el rigor de nuestro Estado

forzó a la protesta. Donde no he podido ser honesto,


V, 1.

jamás he sido valiente.


REGAN: ¿ A qué viene tanto razonamiento ?
GONERIL: Unámonos contra el enemigo.

Estas riñas domésticas y privadas

no vienen al caso aquí.
ALBANY: Decidamos entonces

con los cuadros más experimentados la estrategia a seguir.


REGAN: Hermana, ¿ vienes con nosotros ?
GONERIL: No.
REGAN: Sería conveniente. Te ruego que vengas.
GONERIL: (Aparte.) ¡ Ah, ya veo tu juego !... Voy.
Cuando se disponen a salir, entra EDGAR, disfrazado.
EDGAR: Si alguna vez su gracia se dignó a hablar con un hombre tan pobre,

oiga unas palabras.


ALBANY: (A los otros.) Yo los alcanzo. (A EDGAR.) Habla.
Salen todos, salvo ALBANY y EDGAR.
EDGAR: Antes de librar la batalla, abra esta carta.

Si obtiene la victoria, que la trompeta llame

a quien la trajo. Aunque parezca un desgraciado,

puedo ser el campeón que ha de probar

lo que en ella se afirma. Si pierde,

sus asuntos en el mundo llegarán a su fin,

y cesará la maquinación. ¡ Que la fortuna lo acompañe !
ALBANY: Quédate hasta que lea la carta.

V, 1, 2.

EDGAR: Me fue prohibido.

Cuando llegue el momento, bastará que el heraldo llame,

y apareceré de nuevo.
ALBANY: Adiós, entonces.

Leeré tu papel. (Sale EDGAR.)


Vuelve a entrar EDMUND.
EDMUND: El enemigo está a la vista. Prepare las tropas.
ALBANY: Haremos frente al momento. (Sale.)
EDMUND: A las dos hermanas les juré mi amor.

Una recela de la otra, como de la víbora

aquel al que picó. ¿ Con cuál me quedo ?

¿ Con ambas ? ¿ Con una ? ¿ O con ninguna ? A ninguna podré gozar

si las dos siguen vivas. Quedarme con la viuda

es exasperar, volver loca a su hermana Goneril ;

y difícilmente pueda conseguir lo que quiero,

estando el esposo vivo.


Sale.


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