Relato de un viaje al centro de la tierra…



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RELATO DE UN VIAJE AL CENTRO DE LA TIERRA…
Aquella asoleada mañana de marzo supe lo que iba a pasar. En días anteriores un inusitado movimiento había llamado mi atención. El escaparate era vaciado, la ropa doblada y las criadas, aquellas lindas muchachas que mi mama educaba con esmero y amor, no cesaban de moverse cargando corotos o haciendo mandados. Los abuelos nada decían y se sentaban a observar. El día que me mandaron a poner un telegrama fue cuando comenzó todo. No olvidé aquel mensaje que como siempre cumplía con la exigencia de 20 palabras por un bolívar:

Josefina Ortiz. Cruz Verde a Zamuro número 21, Caracas.

Este sábado se van las encomiendas. Arrancamos en San Jose.

Carmen
Desde entonces estuve pendiente. Cada día, al regresar después de recitar la tabla y la cartilla en casa de Doña Olga, jurungaba por todas partes y por la noche, desde mi chinchorro enmosquiterado, veía con creciente interés y curiosidad aquel extraño ajetreo y cómo se amontonaban las cosas en el zaguán. Al irse la luz, como religiosamente ocurría cuando en la cercana iglesia de Las Mercedes Matías jalaba las nueve campanadas nocturnas, las muchachas en vez de acostarse prendían las lámparas de carburo y al amparo de aquellas brillantes y azules luces seguían la incansable labor de mover los corotos.


La víspera, no había jabones ni paños en el aguamanil de adentro y cuando finalmente todo oscureció, me atreví a bajar de mi chinchorro y salir al corredor. Todo era silencio y no resistí asomarme al patio para ver el estrellado y brillante cielo y aquella reluciente luna llena de marzo. Entonces sentí que no volvería a verla, ni mi patio, ni mis matas… Pero, para dónde me llevaban? No sabía porque los mayores no dicen a los muchachos cosas de mayores…!

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Al amanecer todos estaban despiertos. Ya habían quitado la tranca del portón y mamá guardaba la cruz de la palma de Ramos. Me enviaron al excusado y cambiaron mis alpargatas de suela por los zapatos domingueros que siempre me apretaban. Mi padre apresuraba y decía que pronto nos vería. Los abuelos hablaban de macundales y detrás, las muchachas en fila agitando sus manos y llorosas fueron la culminación; con misia Felicia, la vecina, de testigo asomado. Me monté en el autobús de Ezequiel sin oír las expresiones de despedida, los llantos y los consejos. No atendí el saludo de los otros pasajeros y sólo veía a Pedrito, el colector, subir las maletas al techo del vehículo. Sentí cuando mi madre me sentó a su lado y limpio las lágrimas mientras contenía las de ella y musitaba:

-Acuérdese que los hombres no lloran…! Le va a gustar…


Sonreí cuando en cada esquina Ezequiel tocaba la corneta de perilla y la gente saludaba y despedía a los viajeros…Al llegar a la salida miré hacia atrás y fijé la vista en las últimas casas del pueblo y en la elevada caja de agua… Antes de caer somnoliento, presa del sueño bajo el cadencioso crujir del granzón al paso del vehículo, logré persignarme como los demás y retuve el conocido y tranquilizante paisaje de sabanas interminables con sus lagunas y garzones y los atentos chigüires ante la cercanía del peligroso babo…

De pronto, un perturbador silencio me trajo de vuelta. El chirrido de los cauchos cesó y aquella querida visión llanera había sido irreverentemente remplazada. A través de la ventanilla solo veía cerros y un creciente malestar se concentraba en mi barriga y me ponía el cuerpo malo cada vez que el autobús iba y venía en un constante y silencioso zigzaguear por endemoniadas curvas de la carretera de macadam.

En la primera parada de aquella extraña zona, todos hicimos fila ante una hilera de poncheras en las cuales mi madre lavó el polvo del camino. Entonces todo cambió. Atrás quedaron los recuerdos junto a las amarillentas aguas. Algo en mi mente estaba atento y azuzaba el interés por la nueva y desconocida visión. A medida que el camino ascendía y el silencio del macadam se oía mejor, todo era más interesante y digno de mi curiosidad. Los cerros cada vez más altos y la vegetación diferente ya no me extrañaban. Se había abierto una puerta inesperada por la que entré

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decidido. Me movía con libertad por el pasillo del autobús a pesar de las curvas y al lado del conductor veía lo que se avecinaba y luego corría al fondo cuando se me perdían. Todo era, definitivamente, interesante y nuevo. De pronto Pedrito Gritó : - Ortiz…! Y me asomé para mirar aquellas nuevas calles y a toda esa gente diferente… Entonces no perdí de vista a nuestro colector…Parapara…! Otro pueblo cercano pero diferente en sus olores y apariencias…Villa de Cura…! Aquel era, definitivamente, nuevo. Tenía muchas calles y casas y pocos patios. Mucha gente en la calle y muy cerca de una gran laguna. Decidí sentarme. Ahora el cambio desde mi ventanilla era más notorio pues la carretera se acercaba más a los cerros y casi podía tocarlos. Me adentré por esa hermosa vía llena de casas y sembrados cuyos nombres oía pero prestaba más atención a la vista. La vegetación era diferente, las casas igual y cuando nos bajábamos en las paradas la gente hablaba distinto.

A media tarde el ascenso se hizo más empinado y las curvas pronunciadas. Pero ya no sentía malestar por los cerros al alcance de mi mano y en trechos podía ver hacia abajo sin alcanzar el fondo lo cual me emocionaba… Más adelante Pedrito anuncio: - Los Teques…! Ponemos gasolina y seguimos, ya estamos cerca! Pregunté si podía apearme y fui hacia el borde. Esta vez ví el fondo interminable y sentí frío. El cerro descendía y en cada vuelta había casas blancas con humaredas y animales en los alrededores. Un río con piedras bajaba y el ruido melodioso y una brisa fría me estremecían. El cornetazo rompió aquel encanto!

Ahora la subida fue permanente y mientras ascendíamos solo veía aquel paisaje diferente que ya se había metido en mi mente y los carteles que anunciaban los pueblos. Tejerías, el Consejo, La Victoria, Guaracarumbo y ahora estos Teques, completamente diferente. La montaña se fue cerrando y me hundí en el asiento. No me sentía mal, no lamentaba lo que había dejado atrás y eso me contentaba pero surgía en mi mente el interrogante: es bueno olvidar aquello y comenzar de nuevo?

Mis cavilaciones fueron interrumpidas por Pedrito quien gritó: - Antímano y llegamos..! Corrí a la parte delantera para observar aquella calle muy ancha y llena de arboles que al cabo de varios minuto se convirtió en una concurrida avenida y en una plaza capuchina donde terminaba el viaje.

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Después, fue desplazarse en un “libre” hasta la casa de la tía en la dirección prevista para llegar al anochecer. Sentí cansancio y el recuerdo de un viaje de muchas horas que nunca había hecho. Era el debut en la ciudad y me dormí en aquella pieza de mosaicos, por primera vez en una cama, sin recordar siquiera mi chinchorro de moriche ni los patios y el pozo de agua…



Definitivamente todo era distinto pero me acostumbré rápidamente a las comidas al igual que las costumbres. Nunca comí avena en el desayuno ni frutas sancochadas que convertían en mazaclote como el de los pájaros, y pollo, que era para los abuelos y los adoloridos. Pero ya no era el mismo, ahora me sentía como de allí.

Lo mejor fue el despertar con frío, y soportar aquellas gruesas camisas y medias hasta la rodilla. Cuando me asomé a la puerta de la calle y ví neblina, comprendí que tenía que actuar de manera diferente y usar con prudencia la viveza característica de mi antiguo entorno. Caminé muchas cuadras para ir conociendo aquello y fijando en mi memoria los nombres de las esquinas y las caras de la gente. Me presté a hacer todos los mandados bajo el sabio consejo de la Tía Fina y poco a poco se extendieron mis recorridos hasta usar autobuses en los cuales recorrí aquella maravillosa ciudad y conocí sus iglesias y teatros, los mercados y las plazas y asistir a los cines sin tener que llevar mi silla y, de día…!

En poco tiempo ya pertenecía a aquella gran ciudad que cada día crecía mediante la construcción de largas y amplias avenidas y edificios y torres de muchos pisos. Como ellos, aprendí a cambiar mis costumbres para aceptar que mis pulperías se convirtieran en abastos, las boticas en farmacias y las casas en edificios. Pasé a ser uno más de allí y cuando pude asistir a la nueva escuela, no tuve inconvenientes en adaptarme y compartir con mis compañeros quienes no imaginaban quién era y de dónde venía. Había pasado el tiempo y definitivamente yo era uno más de allí. Eso me hacía sentir bien y comprender lo que después me explicaron. El pueblo se moría de mengua y ya nada había que hacer allí. Era un reto y ellos lo aceptaron.

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Yo también y por eso, cada vez me aventuraba más y más a recorrer aquellas calles y nacientes avenidas y a tener sus costumbres, a perder mi tono de por allá…

El tiempo ha pasado…Ha transcurrido una vida y al volver la vista atrás he vuelto siempre a caminar ese camino para no olvidar ningún detalle. Como escribieron los ahora admirados poetas, torné a mirar ese camino andado y reconocer que fue una marcha de soldado.(1) Sí, con paso vencedor a todo estruendo que me provocó gran alegría, y me hizo sentir este dulce mal que estoy viviendo…Sí , Caracas, allí está, Odalisca rendida a los pies de este sultán enamorado…(2)

Las distancias no se pueden deshacer y al ver que ahora soy otro me hacen reconocer la gratitud de la gran decisión. Y entonces, uno vuelve allí para imaginar lo que habría sido quedarse. Seguramente la imagen de quienes familiares y amigos jamás abandonaron el lar nativo. Ahora los veo o como antes, pero viejos y regañónes. Vestidos y calzados a la usanza y dicharacheros, sin más nada que mostrar sino permanecer cada día…detrás del mostrador de la pulpería familiar…Cual Justo Brito o Juan Tabare…(3)

Al admitir y reconocer en mi interior la reconvención de envejecidos familiares quienes, en la vuelta a la patria, al quejarme de calor expresan con convicción su reconocimiento de que ya uno no es de allí, estoy admitiéndolo. Y el dulce mal se equilibra cuando la ciudad supera al pueblo. Aquella cada vez mayor y mejor y el otro igual que siempre. Entonces tengo que evocar a José Antonio Páez, el catire, a quien le pasó lo mismo y de Cabudare a Nueva York pensó en las mil mejoras y reformas y en el progreso introducido influenciando sus costumbres y cambiando completamente su carácter. (4)

Pero mi pueblo, te digo adiós y acaso con esta despedida mi más hermoso sueño muera dentro de mí…Pero te digo adiós para toda la vida, aunque toda la vida siga pensando en tí… (5)
Por VIAJERO INDOMITO


  1. Tomado de EL DULCE MAL (Andres Eloy Blanco)

(2) De VUELTA A LA PATRIA (JA Perez Bonalde)

(3) Poema de Angel C Bello

(4) Autobiografia de Jose Antonio Paez

(5) POEMA DE LA DESPEDIDA (Jose Angel Buesa)

DECLARACION:

Mediante la presente nota dejo constancia de que el texto presentado bajo el título “RELATO

DE UN VIAJE AL CENTRO DE LA TIERRA” es de mi autoría Pseudónimo Viajero Indómito.

Es un texto original escrito para el Concurso Literario AJIP 2013 y por tanto es inédito y no ha

sido presentado ni premiado en concursos anteriores.



___Viajero Indomito_________________________________

En Caracas a los 15 dias del mes de abril de 2013.

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