Referencias cruzadas del humanismo florentino: de petrarca a maquiavelo



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REFERENCIAS CRUZADAS DEL HUMANISMO FLORENTINO:

DE PETRARCA A MAQUIAVELO


Por Jorge Velázquez Delgado

Universidad Autónoma Metropolitana – Iztapalapa, Ciudad de México



Quienes abrazan el humanismo lo

interpretan como quisieron o pudieron

Robert C. Davis y Beth Lindsmith

Introducción

A pesar de ser asumido y considerado como la más significativa y determinante fuerza plurisecular de la historia el Humanismo continua siendo, por fuera de sus tendencias, cambios y múltiples detractores, el más relevante movimiento trasversal de la historia occidental. Desde sus orígenes más remotos localizados en las islas de la Grecia Antigua y en la masa de pueblos apiñados en Medio Oriente que elevaron a la antiquísima cultura hebrea a un plano de grandes importancias en la configuración de la civilización cristiano europea, el Humanismo no ha dejado de ser la constante preocupación por definir la ubicuidad del hombre frente a las poderosas fuerzas de la naturaleza y de una infinita y muy variada gama de divinidades. La centralidad del hombre en el universo pero sobre todo en su propio mundo, se convierte de esta manera en el principal motivo y razón de un modo particular de pensar las cosas del hombre en relación a las cosas del mundo y allende de las inescrutables cosas divinas.

Como todo movimiento de gran envergadura el Humanismo en cualquiera de los diversos y principales procesos de la historia, cuenta también con una serie de momentos estelares. Por su relevancia y significado la ciudad de Roma y la civilización que a partir de ella se desplegó ocupa un lugar de gran envergadura en referencia y significado a las grandes motivaciones del movimiento humanista durante el Renacimiento italiano. Siendo la ciudad de Florencia la que por la magnificencia desplegada a lo largo de los siglos que van de Dante Alighieri a Maquiavelo, adquirirá tonalidades y relevancias admirables. Haciendo de la bella ciudad del Arno la Catedral del Humanismo. Es durante lo que se reconoce también como el periodo Clásico del Humanismo que en el denso imaginario florentino de aquellos tiempos se eleva a la ciudad de Florencia a niveles tales que compite con pleno derecho a ser parte de los destinos del hombre. Rompiendo de este modo el famoso tríptico que forma parte de la mentalidad del hombre europeo en referencia a sus míticas y antiguas ciudades: Jerusalén, Atenas y Roma. Pero por decir las cosas de otra manera fue ahí en donde esas antiguas ciudades se conjugan forjando de esta manera un referente histórico cultural que no deja de ser causa de la enorme admiración que aún vibra en su interior. Como no deja de lanzar múltiples interrogantes que hasta ahora forman parte de las pasiones de investigadores y académicos de prácticamente todo rincón del planeta. Como del intenso debate que a partir de la publicación del célebre estudio de Jacob Burckhardt La cultura del Renacimiento en Italia en 1860, no ha encontrado reposo1.

La mayor dificultad que presenta cualquier indagación sobre el humanismo en los términos expuestos brevemente es la imposibilidad de fracturar al tiempo, pues de un modo u otro y asumiendo incluso muy diversas y encontradas orientaciones y campos de problematización el humanismo como tal, es decir, como movimiento trasversal de la historia y como fuerza plurisecular de la misma, no deja de mostrar que de aquellos tiempos antiguos aquí referidos a nuestros días, subsiste la misma inquietud por establecer los criterios sobre la centralidad del hombre en términos de su dignidad, libertad y trayectoria histórica en el orden del universo. Es esto lo que si se quiere lo define como Eterno Adán que errante no tiene otra opción o razón de ser más que vivir la condición de un ser andrajoso y condenado a buscar algo que exactamente no sabe qué es. O de un Hércules que mira desafiante y con orgullo humano a sus dioses. Desafío que –indudablemente— encierra el profundo sentido de la dignidad humana. O el sentido de su libertad contenido en el estrecho marco de posibilidades y condicionantes que la realidad impone al hombre. Lo que define aquí la vocación del humanista es su valía como hombre o mujer disidente. Enjundia particular que nace del coraje de cambiar las cosas del mundo. El humanismo es desde aquellos tiempos la expresión y experiencia de un pensamiento crítico y por lo mismo, emancipador al encontrarse estrechamente identificado con el despliegue de una profunda imbricación entre la política y la moral. Que en el caso particular del Humanismo florentino, ésta estaba más apegada al reino del hombre que al de Dios y de la Iglesia en su conocida pretensión de universalidad y de ordenar las cosas de este mundo.

La discusión en torno al problema histórico del Humanismo es algo de suyo tan añejo que de algún modo se pierde en sus propios orígenes y en sus no menos polémicas discontinuidades a través de la historia. Lo que desde mi particular punto de vista he podido apreciar es su insistente proyección como modo particular de la conciencia en la historia. Por lo mismo, como modo de comprensión para enfrentar los retos y límites que ella impone al hombre. Pero para la modernidad la no cabal identidad con el Humanismo y a todo lo que ha sido y proyecta hasta hoy, radica en ver en él al malestar filosófico del historicismo. De aquí nace la querella de agudas consecuencias en el modo de entender y ejercer la noble materia: la filosofía. Intensa polémica caracterizada por un vasto campo de problemáticas que van desde la discusión entre la ciencia y la ideología, la validez de la teología y en general por los modos de producción del conocimiento humano. Incluyendo la relación entre la ética y la política hasta las complejas formas y herramientas que se tienen para las infinitas tareas de la historia. Pero tratando de aclarar un poco las cosas se debe aceptar que el Humanismo no es ciencia ni una filosofía sustentada en la pretensión de alguna oculta sustancia humana. Por ser sobre todo la expresión de la conciencia histórica que al saber sus límites espacio-temporales, recurre a la inagotable cantera de la historia extrayendo del pasado humano las más relevantes y trascendentes experiencias históricas las cuales, de acuerdo al canon establecido por Cicerón --quien fuera adoptado como el padre inspirador del humanismo renacentista--, tienen que ver con la acción humana referida a un campo de expectativa. Siendo esto la base de la praxis humana. O modo concreto de ser, estar y actuar en la historia como lo que ella es para dicha conciencia: el fundamento radical del ser humano. Por ello para el humanista la verdad radical del hombre es la historia y asumirse como lo que es: el ser de la historia. Lo que sabe es que no es poseedor de alguna sustancia. Y que las posibilidades del conocimiento humano son las que impone su propia experiencia obtenida a través de la historia.

Por lo anteriormente dicho y en clara referencia a lo que es el debate actual sobre el Humanismo, este tiene que ver mucho con las pretensiones de la Modernidad. Que como se sabe ampliamente y por razones diversas pero difíciles de tratar en este apretado espacio, tienen mucho que ver con la negación e incluso rechazo de los modernos a reconocerse en el ideario humanista desplegado en particular en aquella admirable ciudad florentina durante los siglos XIV, XV y XVI. Haciendo con ello que el sueño del humanismo no sea el sueño de la modernidad o de la Razón2.



La nueva sociedad: orígenes e innovaciones.

Independientemente de si la razón está o no empeñada en producir monstruos lo cierto es que con tal negación o rechazo es posible comprender los cambios y las discontinuidades que supuestamente subyacen en el lado profundo de la historia. Lo que ha prevalecido es la idea de ruptura en todo lo que suele reconocerse como rebelión moderna y constitución de la nueva sociedad que no es otra más que la sociedad capitalista. Es en este intenso proceso histórico que abarca varios siglos pero en los cuales la península itálica juega un papel central, que se ha requerido de una estupenda cantidad de criterios y métodos explicativos para los fines de su reconstrucción histórica. Lo que no deja de ser un dato curioso en todo esto es pensar que Italia era una simple región en la que importan más las anécdotas de los protagonistas de un despliegue histórico de tales dimensiones, que la aportación relevante a las formas de acumulación capitalista y por tanto de todo un nuevo modo de vida que tiene que ver con la ambición y la codicia. Por fuera de esto no cabe duda que: “de todas las naciones europeas, Italia solamente podía ser la cuna del Renacimiento”3. Convirtiendo a Florencia en la ciudad más prospera de Europa bajo el esplendor de los Medici. Lo que permite decir que en Florencia más que ser el marco de una escenificación política, era a la vez el campo de una lucha económica y de rivalidades en las que el arte de la guerra compite con el arte de la seda, la lana y la banca. Que convierten en conjunto al Arte de Calimalá en referente simbólico de la vida activa de los florentinos. Sabemos bien que la base de dicho esplendor se encuentra en haber sido los Medici los banqueros de Europa. Explotando a la vez lo que se afirma es parte inherente de la naturaleza humana: la indeclinable tendencia a la propiedad4. Así,

en Florencia el comercio adelanta y domina a la industria, lo que es uno de los trazos característicos del régimen capitalista. El desarrollo industrial de la ciudad nos va a mostrar lo que fue ese capitalismo urbano5

Es necesario remontarnos hasta Dante Alighieri para fijar un referente sobre la configuración de la nueva sociedad a partir de nuevas formas de gestación y acumulación de la riqueza en el norte de Italia pero sobre todo en aquella bella ciudad. Procesos de acumulación en el que la cuestión de la política y la cuestión del Estado, no quedan de lado. Al igual que el Derecho y la legítima herencia que conserva respecto a la idea de Modernidad que nos hemos forjado. Hans Kelsen es, como se sabe, no sólo especialista en cuestiones del Estado y del Derecho sino también de la obra del gran poeta florentino. En la que por cierto comparte con el gran poeta su ideario filosófico político.

La exigencia de que el Estado –escribe Kelsen– haya de realizar la paz, la justicia y la libertad es característica del llamado Estado de Derecho. Dante afirma en un pasaje (De Monarchia, III, II) que el fundamento de su Estado universal de Derecho humano (imperii vero fundamentum jus humanum est) y se ha llegado a llamar a su Monarchia el “Estado de Derecho de la humanidad”. Pero incorrectamente, a mi juicio, pues las funciones que Dante asigna a su Estado son sustancialmente más amplias y extensas que las que pueden tener cabida en los limitados fines del Derecho. La paz, la justicia y la libertad, que, coincidiendo con el concepto más amplio del jus humanum, constituyen el contenido característico del llamado fin del Derecho, sólo son para Dante, en último término, un fin instrumental, meras condiciones necesarias para la consecución de un fin último que impone al Estado comprensivo de toda la humanidad: el actuare semper totam potentian intellectus possibilis…Dante no impone a su Estado únicamente el fin del Derecho, sino también el fin de la cultura…Así, en Convivio, IV, IV (I), donde habla de la “necesidad de una civilidad humana, la cual persigue como fin la vida feliz”6.

La innovación filosófica que se encuentra en el Humanismo florentino durante la llamada cultura del Renacimiento italiano fue, como se sabe ampliamente, la conjugación extraordinaria de múltiples factores y fuerzas históricas entre las que sobre salen por su relevancia la intensa relación que guarda el nuevo estilo de vida urbana con los aún típicos enclaves agrarios. En tal sentido este humanismo se erige en renovada fuerza histórico cultural que al no romper absolutamente con tal pasado, lo asimila y absorbe a su propio ámbito de interés; conjugándolo a la vez con tal racionalidad en la que lo verdaderamente fundamental es proyectar el nuevo estilo de vida. Promoviendo las artes y otorgándoles la proyección que conocemos y disfrutamos hasta nuestros días. Lo esencial era embellecer las cosas del hombre y su entorno social. La ciudad se erige de este modo en causa de los caprichos de la magnificencia de los poderosos; promoviendo a la vez el afán de gloria como fuerza motriz de la acción humana. Que no ignora los inescrutables e inesperados caprichos de la fortuna. Pero por fuera de tales imaginarios que formaban parte de la mentalidad renacentista lo importante es entender los pasos que sigue el taller hacia la industria moderna. Pues si bien Mercado, Derecho y Estado forman los factores típico y permanente en la evolución de la nueva sociedad y los modos de dominación que a partir de dicho tríptico se gestan, el taller se convierte en el extraordinario espacio que al albergar y concentrar la fuerza de trabajo, se piensa como el centro de la nueva hegemonía en ciernes. El taller es el especio que imbrica a la vez en su seno al mecenas, al artista y al tirano como personajes de la nueva escenificación histórica de la que parte la formación de la nueva sociedad.



Todo bajo un mismo cielo

No hay consenso generalizado que permita afirmar si el Renacimiento italiano fue el intenso proceso de innovación, inversión, ruptura, transición, cambio o renovación. Lo que pienso es que fue todo esto a la vez. Motivo por el cual y al ocurrir todo bajo un mismo cielo, hay que echar mano de la dialéctica para comprender y explicar qué fue esa admirable totalidad histórica que reunió en su seno las más diversas y adversas personalidades en una misma ciudad. Jorge Renard en su excelente estudio sobre la Historia del trabajo en Florencia7, muestra que en la bella ciudad más que ocurrir todo lo posible, es la unidad de un espacio y un tiempo marcado por la intensa relación de referencias cruzadas. De apasionantes personalidades que comparten dicho espacio pero no las mismas inquietudes y motivaciones. Sobra decir aquí que el Humanismo florentino no fue un movimiento hegemónico. Pero si plural por sus tendencias, motivos y extracción social de sus personajes. Como tal este movimiento produce su propia estela de irradiación trasladando los densos muros florentinos a otros rincones de Europa e incluso a Nuestra América durante los tiempos de la Conquista y la Colonia.

Como movimiento que contiene su propia personalidad histórica el Humanismo florentino no deja de ser un referente de gran interés historiográfico que lanza infinidad de interrogantes a través de las cuales se quiere desentrañar sus profundos misterios, como vasto campo de experiencia vital que lo caracteriza. Su entrañable paradoja es no encontrar cómodo lugar en el interior de la Modernidad. Razón por la cual se presenta como una serie de acontecimientos ajenos y extraños a ella. Existe la idea también que al ser un movimiento elitista, no fue capaz de permear a todo el ethos sociocultural florentino. Pero al exponer múltiples rivalidades y contradicciones que se conjugan en la teoría de los dos humores tal y como la suscribe Nicolás Maquiavelo, se aprecia una realidad que al constituir lo político en su sentido radical y moderno, conduce a lo que más adelante será el desenlace de una dialéctica de la historia que encuentra su apoteosis en la era de las Revoluciones modernas. Es claro que en este movimiento las clases subalternas desempeñan también un rol central.

Es a partir de dicha confrontación lo que motiva no poder definir sus límites e influencias históricas. Por encontrar incrustaciones y múltiples referencias cruzadas en los posteriores acontecimientos ocurridos a lo largo de la configuración de la Modernidad. Ni el Renacimiento italiano ni el Humanismo florentino merecen ser considerados como fuerzas marginales de la historia por ser incluso pensadas como parte de la famosa alborada de la Modernidad. Pero sobre todo como un acontecimiento a través del cual se definen los destinos del hombre una vez que las razas europeas deciden no seguir reconociéndose en aquel cerrado y cuestionable mundo feudal. Y como decimos: todo ello aconteció bajo un mismo cielo. Ahora bien, el Humanismo no es un método ni un complejo sistema filosófico. Es, en el mejor de los sentidos, la respuesta innovadora a la serie de cuestionamientos los que por su propia inercia generan condiciones de madurez para un cambio histórico de elevadas proporciones.



Quiénes fueron los humanistas8

Pero a todo esto: ¿quiénes fueron los humanistas? Indudablemente hombres de extraordinario talento e ingenio que ocupados en sus propias fantasías, obsesiones y pasiones sembraron con su marcado vitalismo los frutos de una civilización que no deja de admirarlos. Fueron hombres y mujeres sin reposo que hicieron de la vida activa el sustento de una renovación intelectual que hasta la fecha no encuentra parangón9. Fueron ellos quienes hasta su último aliento quisieron encontrar no la respuesta absoluta y definitiva de las cosas del mundo, pero si a sus propias motivaciones personales que encierra su oficio, pasión y por qué no, su vocación. Era una caterva de extraordinarias personalidades a las que incluso la bastardía logró ser superada en un ethos cargado de prejuicios sociales y no ajeno a la crueldad y la violencia. Por eso encontramos ahí desde las más admirables conquistas que van desde la hazaña de algún temible condottiero a las más admirables obras de arte de sus inigualables artistas. Fueron hombres y mujeres a quienes la adversa fortuna10 orilla asumir a la virtú como inversión y principio para la acción humana. O bien eran personajes a quienes esa caprichosa diosa siempre acompañó de la cuna a la tumba. Que sin embargo saben que no era posible prescindir de la renovación de las virtudes republicanas, una vez que las cosas del mundo terminan por definir todo a través de un largo cambio histórico que comprende la llamada transición histórica del feudalismo al capitalismo.

En otro sentido el humanista es un sujeto que a diferencia del individuo motivado por la pasión de enriquecimiento a través del egoísmo bien entendido y del cálculo racional, se caracteriza por el fuerte apego y amor que muestra por la cultura en prácticamente todas sus manifestaciones. Considerando los objetos del pasado como invaluables huellas humanas. Asume de este modo e independientemente de su posición social como mecenas o simple buscador de tesoros, la defensa y renovación de la cultura con base a tales huellas. Que en este caso eran las que tenían frente pero sobre todo en la mítica ciudad de Roma. Su labor no concluye ahí pues dedica tiempo, esfuerzo y gastos incalculables a la traducción urgente y necesaria de los antiguos textos para ponerlos a disposición de eruditos y legos. A su modo es alguien que quiere la democracia de los complejos saberes y conocimientos humanos. Que quiere como Erasmo de Rotterdam construir la utópica República de las Letras. O que piensa que la educación debe ser extensiva a toda la sociedad. El proyecto humanista es sumamente ambicioso y nace del profundo interés por hacer un claro ajuste de cuentas a la palabra; convirtiéndose de este modo en filólogo al sostener que el mejor remedio que existe para que el hombre abandone el estado de tinieblas en que se encuentra, es devolviendo a la palabra su sentido original. El humanista es el pedagogo que se percata que la humanidad debe ser educada de acuerdo a las nuevas condiciones del tiempo. El humanismo debería haber sido de este modo la paideia del hombre moderno. Y el inmortal escrito de Pico della Mirandola, De hominis dignitate, el verdadero Manifiesto de la Modernidad.

El Humanismo: cuestión de generaciones

No es una ocurrencia afirmar que las generaciones son también rebanadas del tiempo como recurrente forma para narrar el tiempo11. En el caso del Humanismo como típico tiempo breve de la historia que comprende los siglos XIV, XV y parte del XVI es posible hacer mención a tres momentos o cortes representativos pero a la vez diferenciados entre sí. Los dos primeros responden al denominado Humanismo Clásico florentino y se divide en un tiempo que va de Francesco Petrarca a Lorenzo Valla. El segundo parte de Lorenzo Valla y termina en Nicolás Maquiavelo y Francesco Guicciardini. El tercer momento es el que si bien rompe con los muros de Florencia llega al Norte de Europa aceptando y renovando el gran legado florentino; pero encausando sus motivaciones y razones hacia lo que vendrá a ser el nuevo cristianismo. Será este último humanismo el que al exponer y expresar sus propios ritmos y oscilaciones entre las que se incluye la crisis del Renacimiento italiano y la crisis florentina, recibirá diferentes denominaciones como: Humanismo integral, Humanismo bíblico cristiano o Humanismo NortAtlántico. Es bajo la batuta de Erasmo de Róterdam que dicho movimiento humanista buscará poner las cosas de Europa en su lugar a partir de la vocación pacifista que caracteriza al grueso de los humanistas que participan del erasmismo.

Como se puede ver las proyecciones del Humanismo y de los humanistas fueron múltiples. Motivando con ello la densa polémica que comprende ya varios siglos. Las referencias cruzadas son, pues, los nexos de alguna inquietud en la que se conjugan infinidad de cuestiones que tienen que ver con la filosofía, la religión, la política, el arte, la guerra, la paz la teología, la idea del hombre y un largo etc. Pero la diferencia fundamental entre el, llamémoslo así, Humanismo del Sur y el Humanismo del Norte fue que en la Italia del Renacimiento predomino el paganismo como un vibrante y vital fuerza que mueve al hombre a buscar alternativas a todo lo que se pensó era ya la insoportable decadencia y corrupción del cristianismo bajo le dirección de la Iglesia Católica. Lo que asume Florencia es al hedonismo y al epicureísmo como radical experiencia humana en la que los asuntos de la religión y de Dios tuvieron poca importancia a pesar de la producción de bellas imágenes de santos, vírgenes y motivos bíblicos que entran en franca competencia con el caudal de imágenes del paganismo antiguo. Pareciera como si en la bella ciudad fuera el centro de la escenificación de una nueva batalla entre dioses12.

Era una verdadera batalla entre los hombres

Pero era en verdad una dura batalla entre los hombres. Misma que no requería para su eficacia de plegarias y rezos. O de una ética montada en el ascetismo de los nuevos hombres de acción. E incluso ni de la necesidad de cercar las tierras para que los ovejas devoren a los hombres como es lo que escribe Tomás Moro en su inmortal Utopía. Observación aguda que por cierto recoge Karl Marx para hablar de la llamada acumulación originaria de capital. Las razones del gran impuso que adquiere la pasión por la riqueza obedece a otras inquietudes humanas en las que la ni la gracia ni la Providencia intervienen como anteriormente se creía13. Lo que se tensa es, como se ha visto, la fortuna y la virtú en relación al surgimiento de la individualidad moderna14. No se debe olvidar aquí la relevancia que adquiere la innovación que va adquirir a partir del movimiento Humanista florentino la gloria como motivación de la acción humana.

La mentalidad renacentista como la medieval depende de la credulidad y de la superstición. Pero de las cosas del mundo que sabemos con inescrutable certeza es que cada individuo es un ser finito y mortal. La gloria aquí se entiende en su más justo sentido terrenal, es decir, como presencia histórica del sujeto a través de la memoria humana. No sabemos si la extraordinaria narración que hiciera Dante Alighieri sobre el más allá en el que sólo hay castigo infernal o premio celestial, influyó de modo tal en el trastrocamiento del imaginario de trascendencia que sostenía a todo el pesado edificio de la sociedad medieval. Lo que sí es posible advertir es el hecho del giro que adquiere a partir de La Divina Comedia el miedo en la historia. El Humanismo florentino adquiere también con ello fuertes motivos para expresarse como conciencia de la mundanidad que rige la vida de hombres y mujeres aquí en la Tierra. Es bajo tal ethos sociocultural que las referencias cruzadas entre el epicureísmo y el estoicismo se entretejen nuevamente; conformando parte de la misma escenificación histórica que contendrá diversos pliegues referidos en especial al nuevo modo de comprensión de la acción humana. Son tales herencias filosóficas las que no dejan de ser parte de las duras y largas batallas entre los hombres.

La gloria es la prenda más estimada por los humanistas; ya sea por los laureles que desea el poeta o por las hazañas del simplemente hombre de acción. Pienso por ello que de los productos más genuinos que motivo fue revalorar la biografía como género historiográfico, en el que el saber y el poder se vuelven a encontrar en aquellos espejos de príncipes como fuente inagotable del conflicto que marca a su vez el orden de lo político. Principalmente al saber el intelectual que lo que pide el poder es magnificarlo. No está de más decir que en general los humanistas eran también parte de la servidumbre fiel de los poderosos hombres del Renacimiento, que buscan a través del saber y del arte su propia inmortalidad; misma que ahora depende del ingenio, la pluma, el cincel y el pincel. La biografía es un género que al ser renovado se aleja de la hagiografía pero no de sus formas de narración al resaltar aquellos hechos que se consideran son los más representativos de las acciones o rasgos psicológicos de tales hombres y mujeres. La biografía como el retrato e incluso el autorretrato serán de esta modo reflejo de la dichosa búsqueda de gloria terrena. En la que a fin de cuentas todo queda subsumido en la finita y miserable existencia humana que tenemos como simples seres mortales y finitos que somos. En otro sentido es el anuncio de la conciencia de la muerte que, como bien lo muestra Alberto Tenenti en un valioso estudio, es parte constitutiva de la nueva sensibilidad y mentalidad humana que entra en juego con las otras inescrutables fuerzas del cosmos15.

Lo que aquí cabría remarcar es la relevancia que tuvo el devastador año 1348 que marca y define la configuración de dicha sensibilidad y mentalidad, al motivar obras en las que se advierte que frente a dichas fuerzas todos somos iguales. Ocupando –indudablemente— la muerte un lugar central. El igualitarismo pasa a ser también causa del humanismo, adquiriendo legitimidad en referencia a la injusticia y desigualdad que motiva la tremenda asimetría de los dos humores desplegada por la nueva sociedad. Influyendo de manera tal en conflictos y contradicciones de la lucha de clases, al asumir su fuerte carga política y moral. En el caso florentino esto conjuga con las causas del popolo como con un tipo de republicanismo sustentado en la democracia y poder popular. Girolamo Savonarola y Nicolás Maquiavelo son parte de esta referencia cruzada que ha tenido gran influencia en los combates por la liberación del hombre moderno.

Es Dante Alighieri quien al hablar de ese imaginario mundo trascendente introduce, desde mi opinión, la fatal duda que lleva a romper en pedazos la escatología establecida por san Agustín. Será la representación de la muerte con su guadaña igualitaria, la que permite que nos reconozcamos de ese modo con nuestro fatal e inevitable destino. La igualdad a partir de la cuna será algo que posteriormente aparecerá al refrendar la nueva sociedad al estoicismo; sosteniendo que todos los hombres somos iguales por naturaleza. Como es evidente, los humanistas de aquellos tiempos pensaban la libertad e igualdad de forma muy diferente a la nuestra. La libertad era para ellos una relación humana consistente en no estar la República --como forma y espacio ideal para la vita civile-- sometida a potencias extrajeras. Aquí aún no existe la querella entre la libertad de los antiguos frente a la de los modernos. Por ser más bien la inquietud de dar continuidad a formas antiguas de asociación en la que las ideas sobre la política de Aristóteles y Cicerón no pierden vigencia alguna. De acuerdo a las formas de representación existentes y promovidas en aquel tiempo se habla y reconoce la presencia de formas de gobierno y poder democrático. En los que la comuna, el gremio y el tirano adquieren tonalidades muy difíciles de encontrar en otros lugares del continente europeo, al ser un fenómeno que podríamos calificar típicamente italiano16.

Lo importante de la experiencia del Humanismo florentino es el interés mostrado por las virtudes públicas17. Convirtiendo de este modo a la ciudad del Arno en un paradigma al sostener la creencia que era gobernada en base a la práctica de dichas virtudes. Si Florencia era o no presa de las jugarretas de la diosa fortuna, es asunto del que no se hablará aquí. Lo que se puede anotar es que una vez que la ciudad cae bajo el dominio de los Medici a mediados del siglo XIV, las rivalidades entre güelfos y gibelinos, entre negros y blancos o entre dos facciones que se disputan la representación del poder universal, pasa a otro plano. Dejando por herencia la inquietud política de establecer una Monarquía Universal que, a la vez de unir a Europa, establezca la paz y la concordia en una cristiandad que vive siempre al borde de sus propios límites y bajo la latente amenaza del Turco.

De Dante y Campanela pasando por Nicolás de Cusa y Luis Vives, tal idea dará pie a una interesante pero poco atendida literatura política18. Por fuera de esto y volviendo a Florencia es importante resaltar el valor e importancia que adquiere la figura del gonfaloniero en ese inquieto ethos socio político. En el que lo que a fin de cuentas importa para los fines del mismo como los del arte, es representar, como se ha anotado, a la magnificencia en su mayor esplendor19. El más claro ejemplo que tenemos es la monumental catedral de Santa Maria di Fiore conocida anteriormente como Santa Reparata. Obra en la que tal vez como nunca se producen múltiples referencias cruzadas en la que la famosa anécdota de su cúpula tiene mucho ver con ese mundo plagado de banqueros, comerciantes, gremios, ejércitos de artesanos, cortesanos, profetas, predicadores y simples creyentes piadosos.





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