Pv suña falcon


Economía y patrones de subsistencia prehispánicos



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2.3. Economía y patrones de subsistencia prehispánicos
Economía y patrones de subsistencia prehispánicos del pueblo Tikuna
El sistema económico de los Ticuna se basa en la horticultura, la cacería, la pesca, la recolección de frutos silvestres y en menor escala el comercio y la venta de artesanías. La horticultura consiste en la socola, tumba y quema de bosque maduro, rastrojos de diferentes edades, para establecer un ciclo de chagras6 en donde desarrollan un sistema de policultivos tradicionales, utilizando las vegas de los ríos (tierra baja y/o várzeas en la época de la bajante) y la tierra firme; las chagras están ubicadas cerca de los caseríos, siendo su principal siembra la yuca dulce y amarga, el plátano, la caña de azúcar, el maíz, la granadilla, el caimo, la piña, el ñame, ají y otros. Las labores culturales en la horticultura las realizan de manera conjunta hombres y mujeres a nivel familiar o en mingas cuando son comunitarias, a través del sistema de mano vuelta. La desyerba y la quema se realiza de manera colectiva, mientras que la tumba y preparación del área la realizan los hombres y comparten con las mujeres las actividades de cosecha; las mujeres se encargan de la siembra y el mantenimiento de la chagra. Este sistema de producción corresponde a una agricultura itinerante, que es complementada por huertas habitacionales alrededor de las viviendas, donde siembran más que todo frutales y algunas hortalizas (marañón, uva caimarona, guayaba, copoazú, papaya, cilantrón, pimentón).
La socola consiste en cortar a machete todo tipo de arbustos, bejucos, palmas pequeñas y la vegetación menor a 50 cm. de alto; se aprovecha esta actividad para conseguir cacería. La tumba le corresponde a los hombres que participen de la minga, utilizando hachas para el apeo de los árboles. Para estas labores se aperan de suficiente comida (carne de monte, pescado, fariña, chicha o casabe).
La quema es realizada después de un tiempo prudente, con buena luz solar, hasta que el área y el material rozado estén bien secos. (2 a 5 semanas). El cultivo de la chagra mantiene en continua actividad a la familia durante el año, sobretodo a la mujer, pues es ella la que está pendiente del cultivo, ya que el hombre se dedica a la caza y a la pesca.
La cacería, labor masculina por excelencia, es una actividad peculiar de los indígenas e importante para su dieta alimenticia; antiguamente usaban la pucuna o cerbatana, el arco, las flechas y las trampas. Actualmente, las escopetas han desplazado estos instrumentos que a su vez permitían regular la cantidad de cacería, lo mismo que ya no se realizan expediciones de cacería comunitarias, sino que se ha convertido en una actividad individual; las especies que más se capturan son boruga, cerrillo, danta, venado, chiguiro, mico cotudo, pato real, paujil, panguana, garzas, loros, caimán, morrocoy, carapa, armadillo y otros.
La pucuna o cerbatana, hecha con materiales exclusivamente de la selva, es el arma más efectiva de los Ticuna para la cacería: es un largo tubo de madera construido con dos medias cañas de espintana caspi o pona, las que son labradas a machete, yuxtapuestas entre sí, amarradas y calibradas con manteca de pijuayo y arena fina, curadas con brea en la parte externa y recubiertas con soga de pucuna-huasca, pucuna cara o malunga. La pucuna tiene los siguientes accesorios: el carcaj, que es el depósito hecho en bambú u hojas de chapaja, donde se guardan los virotes envenenados; el virote es un dardo de unos 30 cm. de largo por 2 mm. de grosor, hecho con el nervio principal de la palma inayuba. La himba, que es la seda vegetal con la que se hacen los pequeños tapones que ayudan a presionar la salida de las flechas. Cuando el animal se siente herido, se esfuerza por librarse de la saeta, ésta se introduce por el corte hecho y queda dentro del cuerpo toda la parte envenenada.
La pesca también es una labor muy tradicional de los indígenas, ya que por naturaleza son pescadores y su dieta alimenticia básica es el pescado. La realizan de manera individual o colectiva, siendo en la actualidad más usuales algunos elementos como las mallas, los anzuelos, arpones y trampas; también utilizan el volantín, que es una cuerda de nylon de 35 metros aproximadamente, provista de un anzuelo multipropósito en su extremo, con un lastre de plomo y un accesorio flotador de topa. Han existido otros métodos poco usuales y prohibidos por la ley, como son por envenenamiento, con hojas mojadas y molidas de cuaca-matá, que al ser arrojadas al agua, ésta queda envenenada y los peces mueren; también es utilizado el barbasco, un bejuco grueso al que se le extrae la corteza, se machaca, se revuelve con vagazo y todo se mezcla en el agua con una caña.
La pesca varía en calidad y cantidad dependiendo de la dinámica del río: cuando empieza la bajante en el Amazonas hay abundancia de pescado, incorporándose esta actividad en la economía indígena y de los colonos. Los peces comúnmente capturados son: bagre, pintadillo, pirarucú, gamitana, sábalo, bocachico, palometa, piraña, paco y otros.
Los Ticuna aplican sus conocimientos de la naturaleza para mantener el equilibrio ecológico, al conocer numerosas especies que clasifican según su hábitat, su tipo de alimentación y sus ciclos migratorios, que varían según las épocas y las especies, procurando no agotar la capacidad de renovabilidad del recurso. En las subiendas de oviposición o desove, en invierno, utilizan las trampas, flechas y arpones para la pesca individual, el barbasco solo se usa ocasionalmente en verano, después de la migración de vaciante.
Las artes de pesca, son todas aquellos métodos de captura de peces empleados y fabricados por los pescadores artesanales de subsistencia en el área del territorio tradicional indígena del resguardo. El uso de las mismas es de carácter tradicional y por su simplicidad no implica una alta inversión económica, pero no da mucha garantía durante las faenas de pesca por su baja efectividad. Entre ellos tenemos:
Arpón: Conformado por una punta metálica de dos astas alternas, hecha en varilla de hierro de 20 a 25 cm. de longitud, con una boca posterior circular que va empatada en una vara de madera (guacaropona) rolliza punteada en el extremo respectivo donde se acomoda el arpón, de 4 a 6 cm. de diámetro por 1.80 a 2.00 m. de larga; luego éste se asegura con una soga o raipa, que va unida a otras dos tiras de piola auxiliares, las que a su vez se unen en una soga gruesa de nylon trenzado, que se desliza por el cabo del arpón, conectada a su vez a una topa flotante. Este aparejo se emplea para capturas de grandes especimenes de pirarucú, gamitanas, caimanes y arawanas.
Volantín: Su uso es muy común, consta de un cable de nylon atado a un pedazo de topa flotante, unido en su extremo a una plomada, un alambre y un anzuelo. Se emplea para la captura de especies pequeñas como pirañas, bocachicos, sábalo, paco, otros.

Izana o flecha: Es un arte muy común en los indígenas y muy tradicional. Se elabora con una vara de caña brava secada al sol, de 1.80 m. de largo, con una parte terminal formada por puntas de metal aserradas que varían en número de 3 a 11, según el gusto del pescador y van unidas y aseguradas por una soga bien trenzada; se usa para capturar peces de tamaño mediano.


Varandilla: es un tipo de caña de pescar con un palo flotante de 2 m. de largo, que sujeta una cuerda de nylon, en cuyo extremo tiene un anzuelo asegurado por un alambre. Se emplea especialmente en verano, desde tierra firme o desde la canoa, para la captura de especies pequeñas y medianas.
Puíta: es un aparejo pasivo, consta de un trozo de madera flotante de 1.5 m de largo, al cual se le amarra una soga de nylon grueso trenzado, en cuyo extremo se coloca una piedra que hace las veces de plomada, un alambre y un anzuelo. Sirve para capturar pintadillo, pirarucú, gamitana, dorado. Se usa mucho en invierno.
Puzal: su apariencia es de un gran colador. La red se teje con nylon por medio de agujas hasta un largo de 50 a 60 cm. La red se sujeta a un arco de hierro o metal de 25 cm. de diámetro, del cual se desprende un brazo de metal de 50 cm. Se capturan peces vivos, en especial especies ornamentales (escalares, arawanas), durante la noche en ambientes lénticos, utilizando linterna para focalizar y atraer los peces.
Atarraya: aparejo muy selectivo y de alta costo. Es elaborado en nylon con dimensiones promedio de 2.5 m. de largo por 340 a 400 puntos de vuelo, de 34 a 40 crías (líneas donde se comienza a tejer los puntos). Del centro se desprende una soga gruesa de 3 m. de largo y a 20 cm. del otro extremo, se sujetan los plomos, que miden 4.5 cm. de largo. El peso de la atarraya oscila entre 6 a 8 kg. Y el ojo de malla es de 1 pulgada. Se utiliza mucho desde la canoa para captura de peces al azar.
Malla: este tipo de aparejo tiene un gran número de variaciones en los componentes y en su tamaño, dependiendo del interés del pescador, el lugar donde la va a colocar y el pez que se quiera capturar. La malla tipo artesanal noi sobrepasa los 150 m. de largo por 3 m. de ancho, con un ojo de malla de 20 cm. Es elaborada con nylon de monofilamento con flotadores colocados cada 40 cm.; como se trata de un arte considerado de uso ilegal en los lagos, la mayoría de pescadores prefieren enterrar varas muy largas de donde sujetan la malla para evitar los flotadores y ser descubiertos. Hace algunos años, solo se empleaba este método durante la época de inundación en los lagos y quebradones; actualmente su uso es extensivo a las épocas de sequía, ante la escasees y falta de control.
Línea de anzuelos: es similar al volantín, con la diferencia de que este sistema tiene flotadores, para no dejar hundir los anzuelos. La longitud de la línea oscila entre 7 a 10 m. y es colocada en la mitad del espejo de agua, durante varias horas, para capturas de peces pequeños a medianos al azar.
La recolección se realiza de manera familiar, recogiendo los frutos silvestres de asaí, umarí, canangucha, insectos y larvas de mojojoy, que son productos ocasionales de la canasta familiar.
Artesanías: Los indígenas trabajan la chambira (palma) para hacer jicras o bolsos y hamacas, con bejucos de la selva hacen canastos, moldean el barro para hacer ollas, decoran las yanchamas ( extraída de la corteza de algunos árboles: Poulsenia armata, Ficus máxima, otros) con pinturas de árboles (látex, resinas, tintes), de la madera del plisangre (Brosimun rubescen) y la pona (Ochoroma lagopus), elaboran figuras talladas propias de la región ( delfines, tucanes, anacondas, rayas, tucanes, guacamayas, tigres), con las plumas de los pájaros y frutos de los árboles hacen coronas, collares, brazaletes, collares, cinturones y otros).
Entre los Ticuna el tejido es una actividad netamente femenina, durante la infancia la joven aprende al lado de su madre a tejer en chambira o cumare (palma espinosa) y durante su reclusión al alcanzar la pubertad, confecciona su primera hamaca. Secan las fibras partiendo la palma con las manos y tirando fuertemente de ellas, para que salgan enteras; estas fibras tienen un color amarillento, pero después de lavadas, quedan blancas. Una vez tendidas y secas al aire, las tuercen como cabuya y hacen diferentes entramados de líneas alternas, demostrando así su gran creatividad, complementándola con pinturas de diversos colores, que son extraídos de raíces, tallos, hojas y cortezas de árboles.
Las hamacas son consideradas como un bien personal y en las creencias de los Ticuna, los seres sobrenaturales también poseen sus propias hamacas; en el pasado, al morir los Ticuna son enterrados con sus hamacas. Actualmente éstas constituyen un objeto comercial en el mercado regional.
Hacen canastas de bejucos entretejidos, disponiendo sus aros de forma horizontal y paralelos, a los que atraviesan de izquierda a derecha y viceversa, organizando un tejido de triángulos y exágonos formando estrellas en el conjunto. También las mujeres elaboran el cibucán o tipití, instrumento requerido para exprimir la yuca y hacer la fariña (harina tostada de yuca), el cual está hecho con bejucos entrelazados en espiga, terminando en un extremo en forma de anilla y abierto por el otro, pero más ancho y en el que los mismos bejucos con los que se ha tejido, forman otra anilla.
En lo relacionado con la pintura, su técnica en el dibujo y en el empleo de colores, es superior a la de muchos otros grupos indígenas del Amazonas. Este arte es elaborado principalmente en una corteza de árboles específicos de la selva, denominadas yanchamas, las cuales se obtienen de las parte más gruesa del tallo, son abiertas en despliegues especiales, machacadas y secadas naturalmente. Eran utilizadas en el pasado como vestidos, actualmente como trajes decorados o disfraces para rituales especiales y en usos artesanales con pinturas planas y figuras de objetos que constituyen su mundo circundante.
Otra actividad que merece relevancia está en la fabricación de canoas y botes en donde poseen una gran imaginación y destreza, las que constituyen su medio de transporte. Las construyen de diferentes tamaños, de acuerdo a sus necesidades, en maderas de ceibo, lagarto, canela, achapo, andiroba y otros.

En resumen, la economía de los Ticuna asciende hasta un nivel de subsistencia, para mantener sus necesidades básicas, durante el año, en el cual se distinguen dos fases principales de la producción: la primera, el verano, que constituye la época de pesca, de quema en la chagra y producción de fariña y artesanías; la segunda, el invierno, que constituye la época de cultivos y extracción de madera para uso doméstico. Cada familia requiere de un sector para la huerta y de dos o tres chagras, que cumplen un sistema de rotación: una en crecimiento y otras en producción, de las cuales sacan principalmente la yuca, producto básico para su alimentación y en la producción de fariña, la que no puede faltar en su dieta alimenticia, junto con el pescado. En los últimos años, después de la bajante del río Amazonas, en las restingas, se ha incrementado el cultivo del arroz, en una forma muy rudimentaria, promovido y asociados con algunos colonos, obtienen algún beneficio como jornaleros.


El Curare

Sustancia mortífera producida por los Ticuna, proveniente de la mezcla del zumo de un bejuco venenoso con veneno de víboras, utilizado para la cacería y en combates (Cipoletti 1.988: 531). La circulación de este veneno entre los Ticuna, es notoria a partir del siglo XVIII, en un amplio sistema comercial de intercambio directo o indirecto, para la adquisición de algunos bienes de importancia creciente, tales como los utensilios de metal: hachas, machetes. El área de desplazamiento de los Ticuna se extendió hasta San Joaquín y Jeberos, en zonas fluviales e interfluviales, lo cual permite apreciar la reputación y alta calidad del curare que producían. Era un objeto de intercambio muy apreciado tanto para los pueblos indígenas vecinos de los Ticuna, como para los blancos, quienes lo revendían a buen precio (Escobar 1.908: 53). El curare tenía tanto valor que los misioneros lo utilizaban para pagar la mano de obra y no tenía competencia entre los circuitos de mercadeo con otros curares de diferente procedencia, extendiéndose su comercialización del Brasil y de Mainas, hasta las más remotas tribus de los Quixos y Macas en las nacientes del Napo y Pastaza (Perú) y más allá de la cordillera de los Andes, a las provincias de Esmeralda (Ecuador), Barbacoas y al Este de las naciones del bajo río Negro ( Martius 1.981 :III, 173; traducido del portugués).






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