Los efectos de un modelo de desarrollo insostenible: la crisis económica en la comunidad de Madrid


Crecimiento económico basado en el Infraempleo y la dualización del mercado de trabajo



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Crecimiento económico basado en el Infraempleo y la dualización del mercado de trabajo


Entre 1991 y 2011 la población de Madrid ha pasado de los cinco a los seis millones y medio de habitantes. Si consideramos el ciclo 1996-2006 descubrimos que mientras este incremento de la población fue de medio millón de personas, la población activa lo hizo en algo más de un millón. Aunque, lo realmente espectacular fue lo ocurrido con la población ocupada, que creció en más de 1,2 millones (de los 1.787.500 ocupados a los 3.031.000). Al finalizar la década 1997-2007, la tasa de empleo había pasado del 42% al 60%, la tasa de paro se había reducido del 19,51% al 6,49%. Sus tres millones de puestos de trabajo convertían a Madrid en uno de los grandes polos de actividad del continente europeo.

Ello fue debido, sobre todo, a la creciente inserción laboral de la mujer, pero también de jóvenes que abandonaban los estudios ante las oportunidades de empleo y a la población inmigrante extranjera, especialmente extracomunitaria. Tres grupos sociales tradicionalmente excluidos del mercado de trabajo, cuya incorporación estará determinada por las reformas laborales que abaratan relativamente su coste mediante fórmulas contractuales excepcionales (contratos de inserción, trabajo a tiempo parcial, contratación temporal, etc.), específicamente dirigidas a ellos, y, por supuesto, por la generación de actividades y nichos empleo específicamente creados para ellos en los servicios y la construcción (López Calle y Castillo, 2004; Candela, Piñon y Galán, 2010 Iglesias, 2010).

Por tanto, el empeoramiento general de las condiciones de trabajo se articula a través de una creciente dualización del mercado de trabajo en la que muy pocos trabajadores, cada vez menos, disfrutaban de muy buenas condiciones, y muchos, cada vez más, veían precarizada su situación laboral en esos años «Crecen, sin duda, tanto el estrato de los directivos, gerentes de empresa y cuadros de la administración pública como, sobre todo, el de profesionales y técnicos con titulación superior, sin olvidar un amplio conjunto de trabajadores con titulación media, dedicados a tareas relacionadas con la comercialización y ventas, o con la gestión y administración empresarial. Pero aumenta también la presencia de trabajadores ocupados en tareas de escasa o nula cualificación, más abundantes en las actividades de distribución y en la prestación de servicios personales, que conforman un mercado secundario de trabajo en el que la precariedad en las condiciones laborales y el acceso a las prestaciones sociales, una elevada inestabilidad y bajos niveles retributivos son componentes habituales, acompañados a veces de su carácter informal. […] Se debilita, en cambio, el estrato correspondiente a los obreros industriales cualificados, que tradicionalmente se caracterizaron por un empleo asalariado más estable y regulado, sobre todo en el seno de las grandes fábricas» (Méndez, 2001:s/p).

En términos generales, la tasa de temporalidad media entre los asalariados alcanzó al 30% al finalizar 2006, aunque ese año una nueva reforma laboral iba a reducir los derechos vinculados a la seguridad en el puesto de trabajo del contrato indefinido, acercándolo a las condiciones del temporal. En paralelo, la evolución de los salarios reales fue negativa: según datos de la Contabilidad Regional de España, la remuneración de los asalariados representaba un 57,5% del VAB regional al coste de los factores en 1990 y, pese al fuerte aumento del número de empleados, se había reducido ligeramente, hasta el 56,5% quince años después (Martín-Guzmán, Toledo y López Ortega, 2007).

Pero, al mismo tiempo, se producía un incremento de la desigualdad en las condiciones de trabajo y empleo entre distintos grupos sociales. En el año 2007 la diferencia entre el salario medio anual (19.802 euros) y el salario más frecuente (12.503 euros) era de más de 7.000 euros. Los jóvenes menores de 30 años alcanzaban tasas de temporalidad cercanas al 80%, e índices de siniestralidad laboral que superan el 96 por mil (frente a un índice para esa misma cohorte 10 años antes del 70 por mil). Los extranjeros ostententaban índices de incidencia de accidentes un 12% más elevados (6.567 por 100.000 ocupados en 2008) que los nacionales (4.889). Pues un 22% de los extranjeros ocupados varones eran albañiles y mamposteros o peones de la construcción, mientras que, en el caso de las mujeres el 25% se dedicaban a trabajos del hogar y el 12 a limpieza de oficinas y otros.

Por último, la transformación del tejido productivo vía la incorporación de nuevas generaciones con otras condiciones hizo que la dualización del mercado de trabajo primario y secundario estuviera acompañada de una suerte de balcanización. En el primero de ellos encontramos trabajadores adultos hombres, con larga experiencia en sus puestos, sindicalizados y con contratos estables, que realizan esas tareas que hemos identificado genéricamente con el trabajo mental. En el segundo encontramos esos trabajadores y trabajoras jóvenes, con bajas retribuciones, que realizan tareas descualificadas y no cualificantes –a pesar de estar muy cualificados-, con altas tasas de rotación, que van pasando por distintos empleos igualmente descualificados a medida que las empresas rotan las plantillas para aprovechar los incentivos a la contratos de inserción y evitar los costes de la contratación indefinida. Ya en el año 2000, por ejemplo, un 25% de los desempleados al finalizar ese año habían estado menos de seis meses en su anterior empleo, cuando cuatro años antes ese nivel se situaba en sólo el 19%. De tal forma que, poco a poco, las formas de contratación atípicas y las situaciones de empleo excepcionales se fueron normalizando hasta convertir el empleo estable y con derechos en un privilegio.

La citada balcanización del mercado de trabajo provocó, por tanto, que no sólo se estrechara y alargara la pirámide social, sino que además disminuyera la movilidad social, es decir, que se reforzara reproducción de clase: en el 2007, nuestra fecha de referencia, sólo un 13% de los hijos de clase obrera conseguía mejorar su estatus adscrito; esto es, nueve de cada diez hijos de trabajadores manuales conseguían empleo como trabajadores manuales.




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